Capítulo 13
En el fondo no sabía quién era más egoísta de los dos.
Si su padre por alejarle de la persona que amaba, o yo por hacerle daño y apartarme de su lado sin decirle lo que sentía por él.
Douglas seguía encerrado en su apartamento.
Desde que discutió con Brent, intentó esquivar a todos.
Habían crecido juntos, como buenos amigos.
¡Qué tonta era! Ellos eran más que amigos; eran como hermanos.
Todos fuimos culpables de esconder tantas mentiras.
Demasiados secretos estallaron en unos segundos.
Doug se veía a escondidas con la novia de su mejor amigo y, a la vez, estaba enamorado de su hermana pequeña.
No era de extrañar el ataque de rabia de mi hermano.
Brent solía ser un chico tranquilo, dispuesto a solucionar las cosas verbalmente y no peleando.
Pero sus puños mostraron otra faceta de él que, seguramente, nació y se hizo más fuerte con el paso del tiempo.
Lo mejor para todos era que… ¿me alejara de la única persona que aceleraba mi corazón?
Todos mis intentos por odiarle, fracasaron.
Lo único que se me ocurrió fue lanzarme en los brazos de otra persona a la que no amaba.
Owen siempre estaba ahí. Pero entregarme a él sexualmente no fue suficiente.
Doug siempre estaba en todas partes. En el reflejo de una mirada inocente.
En la sonrisa de unos labios mucho más finos que los suyos.
¡Estúpida!
Era una estúpida.
Douglas estuvo en mi mente y en mi corazón. Y le iba a perder para siempre.
Las advertencias de su padre resonaban una y otra vez en mi cabeza. Estaba justo delante del bloque de pisos donde estaba escondido del mundo. Sí, deseaba verle y comprobar que estaba bien. El problema era que si subía nada me empujaría a mirar atrás. Nada. Y sí, ambos merecíamos ser felices.
La gran pregunta era:
¿Juntos o separados?
En un impulso, alcé mi brazo y presioné con fuerza el botón plateado de la planta 5. Cogí aire antes de saludarle; esperé unos segundos, a la espera de escuchar su voz. Un grupo de jóvenes salieron y dejaron la puerta abierta. Sacudí la cabeza y les agradecí que me dejaran colarme en el edificio.
Tal vez era una señal.
Estaba tan nerviosa que no me di cuenta que, él, a través de una cámara, él observaba mis movimientos. La puerta se cerró, pero alguien la estaba abriendo desde su piso. Doug podía verme.
El ascensor subió rápido. Localicé la puerta 20 en cuestión de segundos, la puerta estaba abierta y sin pensarlo demasiado me colé en el interior de la vivienda. Dejé que la puerta se cerrara detrás de mí. Avancé por la pequeña entrada hasta llegar al salón.
Allí no había nadie, así que reuní el valor suficiente para entrar en la única habitación de aquel pequeño piso. Allí estaba él. Sentado en la cama.
Douglas.
Quería calmar mi corazón. Pero me hacía feliz saber que brincaba de alegría al verle.
No fue fácil tragar saliva. Llevaba una toalla mediana alrededor de su cintura.
Su duro y moldeado cuerpo seguía humedecido después de la ducha.
Seguramente, mis mejillas cogieron un color rosado ya que lo primero que hizo Doug fue estirar los labios y acercarse lentamente hasta el otro lado de la cama.
Nunca antes, mis piernas, me habían temblado tanto.
—Si no es por tu visita, mi ducha se hubiera alargado —dijo, y entonces, se estiró sobre la cama.
—Te echaba de menos.
Lo dije tan rápido que ni siquiera pensé que me hubiera escuchado. Me había dado cuenta de lo excitado que estaba después de salir del baño. Yo debía de ser como un cubo de agua fría, no el éxtasis que le provocaba placer.
—Siento interrumpirte —relamí mis labios al imaginar lo que estaba a punto de hacer—. Si tu idea era masturbarte puedo…
Pero me interrumpió:
—La culpa la tiene una pequeña desvergonzada que me provocó, hasta tal punto, que no pueda olvidar sus labios recorriendo mi polla.
Sacudí la cabeza. Seguía pensando que, en cualquier momento, nos pondríamos a discutir y terminaríamos hablando de todo lo que estaba pasando a nuestro alrededor.
Intenté ponerme seria:
—Tenemos que hablar.
—Yo no quiero hablar, Violet —me tiró a la cama y, como no fue suficiente, me rodeó con un brazo.
Acomodó mi espalda sobre el colchón mientras que, con la otra, paralizaba mis muñecas sobre mi cabeza.
No quería que escuchara el gemido que solté en el momento en que mi cintura fue arropada por sus pierna—. Quiero jugar.
Mi hermano, durante un largo verano, me enseñó a defenderme de cualquier persona que bloqueara mi cuerpo. El problema era que no quería apartar a Doug de mí. Estaba disfrutando muchísimo. Evité mostrarle una sonrisa, y disfruté de su grueso miembro, que asomaba de la toalla, rozando mi vientre.
—Lo siento, cariño, no me excita la sumisión. Te has equivocado de juego.
Al azar una ceja, su mirada me hizo temblar.
—Estoy al tanto. Sé que no te pone que te dominen —de repente, ese peculiar humor de Doug, salió a la luz—. ¿Puedes explicarme por qué —y antes de acabar la pregunta, sus dedos desabrocharon el cinturón y tiraron de la cremallera de los tejanos — estás tan mojada? Dime qué sientes, Violet. Dímelo.
Había conseguido meterse en el interior de mis bragas. El único movimiento que podía hacer era cerrar los muslos alrededor de su mano y desear que siguiera tocándome. Se inclinó más cerca de mis labios, con esa sonrisa pícara. Rápidamente se llevó los dedos a la boca, saboreándolos delante de mí.
—Pienso en el sexo oral, en lo bien que debes saber, Violet. Ese líquido caliente me la pone muy dura. Quiero pasear la lengua hasta que te corras en mi boca. Lo entiendes, ¿verdad?
En ese momento no había nada más tentador que el hombre que tenía encima de mí. Douglas Belcher estaba dispuesto a colarse entre mis piernas.
—Ni lo sueñes —solté con sarcasmo.
Agrandé los ojos ante los duros movimientos que dio hasta empujar mi cuerpo un poco más arriba.
—¿Cómo has aprendido a chuparla tan bien?
—Iba a perder la cordura— ¿Estuviste practicando con tus dedos?
¿Paseabas esos bonitos y carnosos labios por ellos, imaginando que lo que tenías en tu interior era mi polla?
¡Oh, pequeña! El otro día hubieras conseguido que me corriera en esa deliciosa boca. Pero todo se jodió.
—Doug —no quería que se apartara de mi lado.
—Voy a hacerte mía. Porque en este momento lo deseas tanto como yo.
La tristeza y la ira me mostraban al Douglas que no conocí en mi adolescencia.
Su mirada estaba llena de rabia, e imaginé que lo único que quería de mí era volver a desnudarme y vengarse como yo había hecho con él.
Pero siempre acababa sorprendiéndome. Su lengua paseó por mis labios hasta adentrarse en el interior de mi boca.
Me estaba besando de una forma tan salvaje, que mi cuerpo reaccionó antes que mi subconsciente.
Abandonó inmediatamente mi boca para pasear sus labios por mi cuello, mordisqueándolo y besando mi delicada piel mientras que mi cuerpo temblaba bajo el suyo. Jadeé hasta el punto de que mis uñas marcaron una finas líneas por su espalda.
Estaba dispuesta a perder el control.
La necesidad encendía mi interior. Sentir que su cuerpo estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos, me estremecía ante el dolor de una ausencia que aún no existía.
Y él estaba ahí para demostrármelo. Rápidamente esos labios llegaron alcanzar mis pechos.
Estaba tan concentrada en sentirme llena por Doug, que no me di cuenta del momento en que me desnudó de cintura para arriba, destrozando el sostén de encaje que llevaba y tiró al suelo para que no nos estorbara.
Observó detenidamente lo que estaba a punto de devorar.
Se relamió los labios y se acercó lentamente.
Mis pezones estaban duros, hinchados y sensibles.
Mis pechos subían y bajaban por la agitada respiración.
—Son preciosos —los rozó con su cálido aliento—. Un rosado oscuro. Tienen el tono de tus labios, pequeña.
Estaba jugando sucio en el peor momento. Mis caderas empezaron a moverse bruscamente mientras que su mano se quedó posada sobre mi vientre hasta tensar cada músculo de mi estómago.
—¡Oh, Doug! —solté un ronco gemido de placer en el momento en que su boca cubrió mi pezón mientras que, con la mano que tenía libre, tiraba hacia debajo de los vaqueros.
Me arqueé hacia él, aferrándome a su cabello y dejando que me perdiera en esa sensación.
Por mucho que gimiera una y otra vez su nombre, la caliente lengua no dejaba de repasar lo que había succionado.
Apenas nos quedaba aire para respirar. La excitación estaba pudiendo con nosotros y solo habíamos comenzado.
Cuando pensaba que no sería capaz de quitarme la ropa interior, apartó aquellas bragas que estaban siendo una barrera.
Estaba tan húmeda que lo único que me faltó fue sentir su mano acariciando el interior de mis muslos para ponerme todavía más cachonda.
Sacudí la cabeza al darme cuenta que, cada vez que apartaba la mano, la anhelaba.
—Me gusta cubrir el montículo de tu coño con mi mano y oír tus gritos de placer —dijo, olvidándose durante un tiempo de mis doloridos pechos—. ¿Puedes sentir lo duro que estoy? Tus gemidos van directamente a mi polla. Me despiertas, pequeña.
Lo único que tuvo que hacer fue apartar la toalla de alrededor de su cuerpo y posar su miembro sobre mi sexo para que sintiera ese duro músculo ardiendo y necesitado de una juguetona lengua que lo rodeara.
La agonía me hizo gritar. Recordé esa noche en comisaría y el placer de haber puesto cada centímetro en el interior de mi boca.
Llegó a la excitación extrema.
Mi cuerpo se retorció contra él, y me quedé entre sus brazos. Me sentía tan segura junto a Doug que lo único que pude hacer fue cerrar los ojos y sentirme tranquila.
—Vas a volverme loco —confesó, antes de seguir descendiendo por mi cuerpo hasta plantarse por debajo del ombligo.