Nuestro secreto Capítulo 12
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Capítulo 12

Estaba furioso y decepcionado.

Temerosa, intenté acercarme para arreglar las cosas.

Era la primera vez que sería sincera con mi hermano después de todo lo que sabía, pero su mirada provocó que retrocedieran mis pasos y me mantuviera quieta en el sofá hasta que alguien pudiera ayudarme a calmar esa sed de venganza que estaba encendiéndole por dentro.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? —Era mi madre— ¿Brent? ¡Brent! ¿Estás bien? ¿Alguien me puede explicar qué ha ocurrido? Hay sangre por el suelo.

Me levanté para calmarla y fue un movimiento absurdo.

Brent alzó la cabeza y soltó una carcajada que me puso el vello de punta.

Daba la sensación de que había perdido la cabeza.

Que la traición pudo con ese buen chico que todo el mundo admiraba.

Ellos siempre habían estado juntos. Demasiado unidos como para romper su amistad y pensar que lo único que pasaba por la mente de uno de los dos era acabar con el otro.

—Douglas Belcher se acostaba con mi novia, mamá —dijo suavemente sin llegar a asustarla más de lo que ya estaba—. Dos años. Llevo dos años esperándola y creyendo que ella estaba haciendo lo mismo. Si cuando estaba aquí ya me engañaba, no quiero imaginar lo que ha hecho en todo e s te tiempo.

—¡Oh, hijo! —Arropó a su hijo con el agradable calor de una madre.—Lo más importante es que volvieras a casa, junto a tu familia.

—Violet lo sabía todo —enderezó los hombros una vez más—. Mi hermana pequeña me ha traicionado junto a mi mejor amigo.

Las piernas me temblaban, aun así, me quedé detrás de nuestra madre.

—Quise decírtelo, Brent.

—¿Pero…? —gritó tan fuerte, que hasta mamá se apartó de su lado.

Sacudí la cabeza y deseé poder refugiarme en la habitación, mirando el techo con el fin de volver a mis sueños imposibles.

—Te hubiera destruido, Brent.  Siempre quise protegerte.

—Mientes —dijo.

—No es cierto —pasaron una mano sobre mi hombro y me sentí más fuerte—. Mi familia es lo único que tengo. Prefiero sufrir los comentarios malvados que circulan a nuestras espaldas, antes que los viváis vosotros.

Brent puso los ojos en blanco.

—¿T-te obligó a que te acostaras con él?

No quería hablar de ese tema delante de mi madre.

—Por favor —supliqué.

—Responde, Violet.

Eché un vistazo hacia la puerta.

2 de Junio de 2014

—¡Qué calor más horrible! —Salí de la habitación con el nuevo biquini que me había comprado con mamá. Fue divertido ir al centro comercial más cercano a Lynchburg, y pasar una mañana agradable bajo un sol tan caluroso de compras.

Sonreí ante el recuerdo de verla con su nuevo bañador rosa chicle y llevarse las manos a las mejillas porque le había encantado.

Era demasiado llamativo, pero corrió para comprarlo y estrenarlo en verano.

Llevaba años sin verla tan feliz. Estaba segura que Brent tampoco se esperaría ver a mamá con una sonrisa de oreja a oreja.

La voz de mi hermano se silenció en el comedor. Era extraño que es tuviera tan tranquilo, ya que llevaba semanas entrenando sin parar para poder alistarse en el ejército e ir a Afganistán.

Cerré la puerta de la habitación. El aroma a tortitas recién hechas hizo que mi estómago rugiera.

Di unos cuantos pasos más y me detuve al ver a la persona que estaba cocinando sin camiseta y con un pantalón corto que le caía por debajo de la tira de los bóxers.

Cantaba una canción de Metallica mientras rebuscaba dentro de la nevera en busca de sirope.

—No hay. Se acabó el otro día —le avisé con una risita.

Doug se asustó. No me esperaba.

Ni siquiera me miró.

—¿Tampoco hay helado?

Fui acercándome hasta quedar detrás de esa ancha y sexy espalda que tanto deseaba tocar.

—¿Quieres algo fresquito? —Di un salto y quedé sentada sobre el mármol de la cocina.

Y entonces lo hizo. Me miró.

Estaba convencida que mi nuevo conjunto de traje de baño le encantaría.

Reí al verle tan acalorado.

—¡Qué calor! —Bajó la cabeza. Mis piernas se movieron reclamando algo de su atención. —Deberías ponerte algún pareo. Podría verte cualquier pervertido.

Recogí mi cabello en un moño despeinado con la goma que solía llevar en la muñeca e incliné un poco mi cuerpo para mirar esos azulados ojos.

—¿Eres un pervertido, Doug?

Empezó a reír.

—Lo soy.

Estiré los labios mostrándole mi felicidad.

—Pues solo quiero ser observada por un pervertido.

Doblé el codo hacia atrás y busqué la tira de la parte de arriba del bikini.

—Violet —dijo con un tono autoritario.

—Quiero que me veas —tiré un poco más.

En cualquier momento la prenda caería sobre mis pechos y quedaría desnuda ante su mirada. Él seguía observándome por mucho que lo evitara.

—Tu hermano está a punto de llegar. Ha ido a por hielo.

—Hazme el amor —mis pequeños pechos quedaron al descubierto.

Bajé de la encimera e intenté retener su mano y guiarla a mi cuerpo.

—Hazme tuya, Douglas.

—¿Te has vuelto loca? Ya hemos hablado de esto, Vio… —Se calló antes de soltar mi nombre.

—Todas las niñas del instituto han dejado de ser vírgenes. En unos días cumpliré diecisiete…

—Sigues siendo menor de edad, pequeña. Y no tienes que hacer lo que las demás chicas hacen.

—Te quiero.

—Yo también te quiero —intentó cubrirme, pero no le dejé.

Rodeé su cuello con mis brazos y le besé sin miedo.

Al principio, a Doug le costó seguir mi boca, pero después fui correspondida.

—Tócame —gemí.

Ladeó la cabeza.

—Violet, no.

—Por favor, tócame. Quiero sentirme mujer a tu lado y no una niña.

La puerta de casa se abrió y Doug arrastró mi cuerpo hasta el pasillo. Me dejó allí y volvió a la cocina para seguir haciendo tortitas.

—Aquí tengo el hielo. Las chicas vendrán en cualquier momento.

—¿Estás bien? —Preguntó Brent.

Silencio.

—¿Doug?

Empezó a reír nervioso.

—Este calor puede conmigo. ¿Te importa si me doy un baño?

Estaba segura que Douglas se había excitado.

—¡Oye! —le detuvo. —¿Has visto a mi hermana?

—En realidad, Brent, intenté meterme yo en su cama.

—¿Qué?

—Estaba enamorada de Doug —le dije—. Te ha dicho la verdad. Nunca me puso una mano en encima.

Seguramente estaba llegando a la conclusión de que el hijo del jefe de policía me manipuló.

—¿Lo has escuchado, mamá?

—Tu hermana tiene derecho a enamorarse, hijo.

—¡Pero no de Doug! Se aprovechó de ti, Violet.

Por mucho que insistiera, de mis labios no saldría una mentira que culpara a Belcher.

—No —dije con firmeza.

—Te has vuelto loca —gruñó él.

—Si la locura es amor, estoy loca.

—Nadie te apoyará.

Estaba equivocada. Había alguien que siempre nos apoyaría a los dos por igual.

—Vete, Violet. Yo hablaré con tu hermano —besó mi mejilla.

—Gracias, mamá. Te quiero.

Su sinceridad me hizo fuerte.

—Os quiero a los dos. Vuestra felicidad es mi felicidad, pero hoy tu hermano me necesita más.

Sentí una punzada en el estómago. Mi madre tenía razón. Es taba claro que había metido la pata hasta el fondo.

Nunca había corrido con tanta energía. Podría tropezar en cualquier momento, pero lo más importante, para mí, era reunirme con Doug. Las calles estaban desiertas, sentí una especie de escalofrío.

El sonido de un coche me dejó parada. Era un vehículo de la policía. No me quedaba de otra que esperar.

—Buenas noches, señor Belcher —saludé al verlo.

Tragué saliva.

Acomodó el brazo y con curiosidad preguntó:

—¿Qué haces tan tarde en la calle? —me sentí como en un interrogatorio.

—No irás a ver a mi hijo, ¿cierto? —Era a la única persona que quería ver.

Me mantuve callada mientras él continuaba hablando—.

Desde que Douglas ha llegado lo único en lo que he pensado es en su bienestar.

Vuestro romance prohibido le causó muchos problemas.

Tantos, que acabó huyendo junto a tu hermano a Afganistán para alejarse de una persona. De ti, Violet. Huía de ti.

—Eso no es verdad.

—¿Estás segura?

—Tan segura que, si hubiera sido por mí, él no estaría aquí de nuevo.

Sonrió.

—¿Tanto le quieres?

Esa confesión debería de ser para Doug.

—Le amo.

—Pues entonces déjale ser feliz. Ya has causado bastantes problemas.

¿Pretendía que no le viera nunca más?

—Será mejor que vuelvas a casa —insistió—. Descansa. Mañana te darás cuenta de que hay decisiones que pueden llevaros a ser los más desgraciados del mundo.

La lluvia empezó a caer con fuerza, pero yo no me moví de allí. No sabía qué debía hacer. Me pareció sentir unos pasos detrás de mí.

Me giré, pero no había nadie.