Nuestro secreto Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Tuve que controlar mis ansias, así que tiré de las sábanas de seda en el momento en que sus dedos se alternaron con esa exquisita lengua que estaba dispuesta a entretenerse con los húmedos pliegues de entre mis muslos hasta llegar al hinchado y necesitado clítoris.

Lo rodeó, y detuvo mi cuerpo posando cada mano sobre mi cintura para impedir que me moviera.

—¡Doug!

—Deliciosa. Suave y exquisita —gruñó contra los labios inferiores. Abrió un poco más mis muslos. Acabé por guiar su cabeza cuando empecé a disfrutar de su contacto—. No dejes de gritar mi nombre —tiré de su cabello al sentir como deslizaba un dedo en la caliente y apretada entrada.

Y grité con los ojos cerrados.

Estaba completamente desnuda ante él. Era cruel, a su manera, y no me permitía poseer su grueso miembro para acariciarlo con la yema de mis dedos.

Sus ojos, al igual que los míos, abiertos y con un brillo de excitación, nos detuvieron.

Quería que me hiciera el amor; dulcemente o tan feroz como podía ser Douglas Belcher.

No me importaba. Pero le quería a él. Solamente a él.

De alguna, forma llegó a obligarme a que observara detalladamente cómo separaba los húmedos pliegues con el roce de su miembro.

Acarició la suave carne preparándome para la presión hasta penetrar la sensible entrada, al tiempo que gruñía por controlar su furia masculina y hundirse en mi interior.

Removí con cuidado mi cuerpo —ante el miedo de perder su profunda caricia— y acomodé la cabeza sobre uno de los pequeños cojines que había a los pies de la cama. El deleite me tenía aturdida.

Estábamos ardiendo de placer.

Parte de su polla se enterró en mi interior. Era tan grande que un doloroso placer agitó parte de mi anatomía. Se encargó de sostener las caderas para que mis intentos de desesperación se controlaran mientras que él empujaba. Controló sus impulsos antes de penetrar otro centímetro.

Ni siquiera pude protestar ante el juego que estaba llevando a cabo al apretar o acariciar mis endurecidos pezones.

Eróticamente, ahuecó cada pecho con sus manos y soltó una carcajada cerca de mi oído al darse cuenta de la desesperación y la insistencia de mis piernas al quedar a cada lado de su estrecha cintura.

Una sonrisa maliciosa me recordó que Doug estaba dispuesto a complacerme a cambio de que dejara que él llevara la iniciativa, no como había pasado las otras dos veces anteriores.

—Estás siendo cruel —mi tono de voz sonó bajo.

Entreabrió mis labios con su lengua.

Ni siquiera intuí su siguiente movimiento. Me retorcí al notar el dedo pulgar frotándose contra el hinchado clítoris.

—¿Cómo de cruel?

Me mordí el interior de la mejilla antes de darle una respuesta.

Mis palabras hubieran ido acompañadas con un gruñido, pero acabé ahogando un grito. Douglas estaba enterrado, en mí, a medias. Sabía lo que deseaba.

—Mueve tus caderas —pedí.

—¿De qué forma?

Quería escucharlo.

Necesitaba oír lo que quería realmente de él.

—¡Doug! —grité ante el retroceso de su cuerpo.

Pero estaba jugando conmigo. Sus músculos tomaron una hermosa forma mientras me agarraba de las caderas y se hundía completamente dentro de mí.

Hubiera sido un delito no arquearse hacia él y sacudir la cintura para disfrutar de aquel fuego salvaje que provocaba las sensaciones de dolor y satisfacción.

—¿Querías esto?

«Sí»—pensé ante el temor de que se detuviera.

Mis caderas siguieron empujando vigorosamente, hundiendo su erección en mi interior, quemándome con el roce de su piel. Deseaba detener esas sensaciones que convulsionaban los músculos de mi vagina ante la necesidad de mantener esa ardiente carne dentro.

—Más.

—¿Qué has dicho? —clavé las uñas en sus anchos hombros ante los bruscos movimientos.

El sudor empapó parte del cabello que me caía sobre la frente, y su piel brillaba por unas preciosas gotas que recorrían cada rincón que deseaba besar, o lamer, con la punta de mi lengua.

Follando violentamente dijo:

—Quiero escucharte, Violet. Dilo.

No sabía muy bien cómo disfrutaba más. Si con su boca ocupada succionando mi pecho o con sus preguntas eróticas mientras que su polla asaltaba mi sexo.

—No te detengas —un gemido abandonó mi garganta. Aquella fuerza dominante me dejó anonadada. Doug hubiera sido capaz de recordarme que me estaba follando con un hambre atroz que no tenía sentido, pero éramos como dos animales salvajes sedientos de sexo.

Queríamos liberar esa tensión sexual que nació en el primer momento en el que le vi.

Ambos estábamos de acuerdo en usar protección, pero no implicaba que no le sintiera tan mío, como Doug llegó a sentirme parte de él.

El orgasmo llegó a desgarrarme y hacerme gritar ante la intensidad del placer que recorría mi cuerpo. Tuve que agarrarme a él, pasar los brazos alrededor de su cuerpo mientras que me estremecía con cada espasmo, gimiendo por las pulsaciones que se con centraban a lo largo de su miembro.

Poco a poco empecé a sentir la relajación de los músculos.

El cansancio pudo con los dos. Durante unos minutos el silencio llenó la habitación.

Afortunadamente, los recuerdos no fueron una tortura.

Tampoco estábamos dispuestos a reprocharnos el daño mutuo.

Dejé que sus brazos rodearan mi desnudo cuerpo y apreté mis labios sobre su cuello.

—Me fui queriéndote.

Disfrutaba con los acelerados latidos de su corazón.

No le miré a los ojos.

—¿Qué significa?

—Que he vuelto amándote mucho más, Violet.

Besé tiernamente el lóbulo de su oreja antes de que el cansancio pudiera con alguno de los dos. Mi cuerpo se acomodó al suyo, y cerré los ojos cuando sus largos dedos apartaron el cabello que me caía sobre el pecho y lo dejó detrás de mi espalda.

Sonreí al ver la pulsera que llevaba puesta.

Yo tampoco dejé de amarle.

Pero, ¿cuánto duraría nuestra felicidad?

Capítulo 14

El aroma a tortitas recién hechas me despertó. Al otro lado de la cama no había nadie. Doug se levantó un rato antes que yo y desapareció sin decirme nada.

De repente, sonreí.

Cogí su vieja camiseta de los Sharks y salí de allí a paso lento mientras me arreglaba el cabello. Y allí estaba. En la cocina. Con un delantal blanco preparando mi desayuno favorito.

—Eso sí que es sexy —mis brazos rodearon su cintura.

Fue agradable oír su risa por la mañana.

—¿Un hombre con delantal?

—Mi hombre cocinando.

—Hay ciertas zonas que no deberías tocar o acabaremos en la cama de nuevo.

—Sudado y entre fogones. Es una invitación muy tentadora, —besé su espalda— pero creo que mejor te esperaré en el sofá mientras que terminas este bonito detalle que ibas a tener conmigo.

Cuando intentó besarme, me aparté corriendo entre risas.

—¡Violet!

—¿Qué?

Sonrojado bajó la cabeza.

—No importa —ladeó la cabeza y se pasó el mango de la sartén a la otra mano.

—Yo también te quiero, tonto.

Y salí corriendo.

Con las piernas cruzadas sobre el sofá me dispuse a beber de mi taza de café.

Doug se entretuvo decorando el desayuno con un poco de sirope.

Me removí inquieta, sin darme cuenta de que mi trasero se había acomodado sobre el mando a distancia.

La televisión se encendió. El canal que apareció era local, las noticias se centraron en nuestro pueblo.

Al lado del joven presentador apareció la fotografía de una joven con el cabello corto y claro.

—¡Doug!

Las noticias anunciaban que habían encontrado el cadáver de una mujer. Pasaron múltiples imágenes de la zona. Se me escurrió la taza de entre los dedos cuando explicaron, con detalles muy explícitos, la forma en la que había muerto.

—Golpearon su cráneo repetidas veces, con un martillo, hasta que la joven Adelaida dejó de moverse.

Después movieron su cuerpo hasta la habitación y amputaron todos los dedos de su mano derecha —el presentador tragó saliva antes de seguir leyendo—.

Esta mañana, el jefe de policía Belcher, encontró en su despacho un sobre que iba dirigido a él.

Contenía el dedo anular de la mano izquierda de la víctima.

Todavía no han encontrado al asesino. Esperemos que, pronto, la policía resuelva el caso.

No había sido la única en escuchar la noticia.

—¿Ha dicho Adelaida? —preguntó.

—Sí, ¿por qué?

Se dejó caer en el sofá y cogió aire al ver la imagen sonriente de la joven al otro lado de la pantalla. Su mirada estaba perdida y sus ojos se entristecieron profundamente.

—Fue mi primera novia.

¡Qué horror!

¡Qué casualidad!

Aunque también era normal que Douglas, antes de que saliera con Victoria, hubiera estado con otras chicas.

—Deberías ir con tu padre. Estoy segura de que te necesita —intenté levantarme del sofá, pero me lo impidió antes de que diera unos pasos más—. Pasamos todo el día y la noche juntos. Ambos hemos perdido horas de trabajo. Tú ayuda con el caso. Yo debería ir a hablar con Victoria.

Me arrodillé delante de él solo para darle un fugaz beso.

—No quiero enfrentarme con mi padre.

—Doug…

—Ha intentado alejarte de mi lado. Con él todo son obligaciones. No es capaz de soltar la cuerda…

Su suave cabello quedó entre mis dedos.

—Nadie se interpondrá en lo nuestro. Ni tu padre, ni mi hermano, ni este pueblo que huele a rancio desde que amanece hasta que anochece.

El ímpetu con el que lo dije le hizo sonreír.

—Te veo luego —Se levantó y me rodeó con sus brazos. Después besó la coronilla de mi cabeza y solté una risita contra su pecho—. Vuelve a dormir esta noche aquí. Es agradable dormir y despertar con tu calor.

Me mordí el interior de la mejilla antes de pensar en lo que podría pasar esa noche. Volveríamos a estar desnudos sobre la cama durante horas y, una vez cansados, dormiríamos abrazados. La idea me encantaba, pero mi familia, aunque Brent estaría furioso, me necesitaba.

—O podemos aplazarlo —qué bien me conocía.

—Es la mejor idea que puedes tener hoy.

—Pequeña —acomodó sus labios sobre los míos. Y ese fue el último contacto que tuve de él antes de irme.