Nuestro secreto Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Y te lo sigo pidiendo —acercó mi mano hasta su pecho, incitándome a que sintiera sus acelerados latidos.

Era una niña caprichosa.

—Demuéstramelo —Doug se quedó pálido—. Una muestra de ese amor del que hablas, y prometo esperarte toda una vida. Mi vida, Doug.

Zarandeó la cabeza. Quería olvidar todos esos pensamientos que le venían a la cabeza y que, al parecer, le hacían sentir sucio.

—No puedo, pequeña.

Mi rostro se quedó muy cerca del suyo.

—Otro beso. Por favor, otro beso.

Me gustaba verle sonreír.

Y a él parecía gustarle complacerme.

La puerta del baño individual quedó cerrada, y nuestros cuerpos se alzaron del suelo.

Arrinconada entre sus brazos, sin escapatoria, cogí la última bocanada de aire antes de que sus labios volvieran a encajar perfectamente con los míos.

Pensé que su boca sería el único placer que conocería mi cuerpo, pero rápidamente sus manos sostuvieron mi cintura hasta adentrarse en el interior de la camiseta.

Sus dedos me hicieron conocer otra parte débil de mi cuerpo. Me vi gimiendo por querer sentirlos recorriendo cada centímetro de mi piel. Mientras, mis uñas empezaron a clavarse en sus hombros al notar que me elevaba y en cualquier momento caería… Aunque él siempre me sostendría.

Pero el deseo y la pasión duraron poco.

El teléfono móvil sonó.

—Es… mamá —me costó decir.

Douglas besó mis sonrojadas mejillas antes de susurrarme algo:

—Miéntele, pequeña. Es nuestro secreto, ¿recuerdas?

Durante unos segundos le observé. Los botones de su camisa dejaban su pecho al descubierto.

Las manos empezaron a temblarme y mi cabeza volvió a seguir a mi corazón.

Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.

Bueno, siempre estuve dispuesta a complacerle y a ocultar lo que sentíamos el uno por el otro.

—Sé que lo deseas tanto como yo —el tono de su voz sonó ronco. La lujuria podía con él. La excitación le estaba dejando débil ante mí—. Quiero desnudarte, pequeña.

Le miré directamente a los ojos y me acerqué hasta Doug sin prisa. Lentamente, apartándome el pelo de mis sonrojadas mejillas a la vez que intentaba deshacerme del nudo que se me hizo en la garganta.

—¿Cómo puedo ser capaz de quererte y odiarte a la vez?

—Antes de que respondiera, mi boca encontró la suya.

Le besé con los ojos cerrados y gemí ante la caricia de su mano sobre mi trasero; la tela de mi ropa duraría poco, por eso me aparté—.

Olvidemos todo lo que ha pasado. Déjame complacerte.

Quiero demostrarte todo lo que he podido aprender para satisfacerte.

Dame la oportunidad. Déjame llevarte al éxtasis del placer. Únicamente con mi boca.

Al final acabé pasando mis manos por sus hombros hasta dejar caer la camisa por su bronceada piel del policía.

Era la primera vez que podía tener el control sin que él intentara jugármela.

Estaba más nervioso que yo. Tal vez, era el despacho o quizás estaba más cachondo de lo que llegaba a delatar su entrepierna.

—¿Y qué haré contigo, Violet?

Los hombres con melena llegaban a excitarme demasiado. A Douglas le quedaba muy bien su cabello rozando su nuca. Atrapé uno de los mechones y se lo pasé por detrás de la oreja. Mi cuerpo se inclinó hacia delante, y le susurré:

—He sido muy mala, agente Belcher —tiró las cosas del escritorio bruscamente—, pero no tanto como tú.

—¿Quieres castigarme? —la necesidad de otro beso nos dejaba sin respiración.

Fijé mi mirada en la cremallera de su uniforme.

Una vez que quedó bajada, lo único que tuve que hacer fue adentrar mi mano en el interior de su ropa, y envolver con mis dedos el grosor de su polla.

Noté su cuerpo tenso. Al jadear en su oído pudo darse cuenta del hambre que tenía.

Estaba dispuesta a lamer cada centímetro ardiente de su cuerpo.

—Será dulce el placer. Voy a tragar cada gota.

Mis rodillas tocaron el suelo de su despacho.

Una sonrisa pícara por su parte me hizo que sacara la lengua para lamer la cabeza de su miembro.

Los brazos, que quedaron cruzados durante un rato, bajaron para acomodarse a cada lado de su cuerpo y cerró los puños en el borde de la mesa hasta dejar sus nudillos blancos.

Le prometí placer, y se lo iba a dar. Hundí mi boca alrededor de su falo y dejé que la ola de calor le llegara hasta los testículos.

Parecía que, en cualquier momento, Doug, daría su brazo a torcer …

pero como buen militar, siguió dándome órdenes.

—Pequeña, sigue chupándome así —protestó cuando mis labios se alejaron durante un tiempo. Su dureza brillaba y solté un gemido ante la necesidad de devorarle un poco más—. Tienes unos labios maravillosos. ¡Oh! ¡Qué lengua, Violet! Pienso hacerte mía, cada día de mi vida.

Pasamos del «te quiero» a «no dejes de follarme».

—Quiero tenerte dentro de mí otra vez.

—Te lo prometo, cielo.

Dejé de juguetear con su entrepierna. Y desde abajo contemplé su rostro; envuelto en placer. Doug era más atractivo. Mi lengua volvió a hacer un recorrido. Lamí su ombligo, para subir por su bello abdomen y recorrer su perfil hasta perderme en su oído.

Estaba tan perdido que, un extraño ruido que sonó detrás de él, no llamó su atención.

—Te dejaré follarme si me dices algo.

—Mmmm —me sostuvo por la cintura—… Todo lo que tú quieras. Pero rápido, Violet, me tienes ardiendo.

Solté una risita contra la curva de su cuello.

—¿Eres el culpable de que Owen y yo estemos aquí esta noche? Antes de besarme, estiró los labios y respondió.

—Yo soy el culpable —y devoró mi boca como yo había hecho con su miembro. Su lengua jugueteó con la mía y tuve que apartarme porque no era capaz de respirar con normalidad. Sentí un agradable calor en mi interior y tuve que cerrar mis piernas.

Arreglé mi cabello e intenté tranquilizar mi temblorosa boca.

—Lo siento, Doug.

—¿Qué sientes? —preguntó confuso.

La puerta de su despacho se abrió y, rápidamente, antes de que le vieran semidesnudo, se subió la cremallera del pantalón y volvió a ponerse la camisa. Pero ya había sido demasiado tarde.

Todos habían escuchado nuestra conversación. Y allí estaba su padre, furioso ante aquella noticia.

—Hola, papá —bajó la cabeza.

Me aparté sin llamar la atención, pero el señor Belcher me detuvo antes de que saliera por la puerta.

—Hay uno de mis hombres esperándoos a fuera. Os llevarán a casa.

—Gracias, señor —le agradecí.

La excitación que sentí se esfumó cuando el rostro de Douglas estaba descompuesto ante lo que había hecho. Se la había jugado. No sirvió que me disculpara. Él sería el siguiente en odiarme.