Nuestro secreto Capítulo 10
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Capítulo 10

Mi cuerpo se inclinó por el cansancio. Durante unos minutos, sentí la forma en que los fríos hierros helaban mi piel, pero más tarde, llegué a acostumbrarme.

A unos metros de donde me encontraba junto a mis compañeras de celda (chicas de compañía que habían detenido cerca del restaurante donde estuve a punto de celebrar mi cumpleaños), Owen dormía sobre una vieja camilla; estaba cansado.

El hecho de estar en uno de los calabozos de comisaria no le importaba lo más mínimo.

Podía escuchar sus ronquidos. El vagabundo que le acompañaba, le observaba molesto por el sonido que emitía.

Una voz me sacó de mis pensamientos.

—No me mires de esa forma, dulce niña —sonó peligrosamente encantador, pero ya le conocía—. Te cuido.

Era inevitable no prestar atención a nuestra conversación. Una de las chicas, la que sostenía un viejo y pequeño espejo que utilizaba para retocarse el maquillaje corrido, se acercó con cautela hasta mí.

—Deberías aprovecharte. Él está enamorado de ti, cariño.

Los hombres son estúpidos —su risa, ni siquiera consiguió que dejara de mirarle—, solo tienes que saber jugar.

Dale el placer que necesita y, cuando piense que eres completamente suya…

—entonces lo hice, la miré— pon tus condiciones. No podrá negarse.

No respondí. Ni siquiera fui capaz de devolverle la sonrisa que me dedicó. Mis manos seguían aferradas a los barrotes. Conseguí empujar mi cuerpo hacia atrás y volví a mirar a Doug, hacia sus profundos ojos azulados.

Había jugado conmigo. Quería pensar eso, incluso cuando escuché de sus labios un te quiero . Estaba cansada. Él fue mi mundo durante toda mi adolescencia. Ahora, la Violet que conoció… era toda una mujer. Luchadora, y no se dejaba intimidar por ningún hombre.

—Tengo derecho a una llamada, ¿verdad?

Se levantó de la mesa en la que se había acomodado. No se esperaba que pidiera aquella oportunidad para que me sacaran de allí. Estaba convencida de que el primer nombre que se le pasó por la cabeza fue el de mi hermano, y la segunda opción, tanto para él como para mí, era llamar a mi madre.

Asintió. Las primeras gotas de sudor humedecieron su frente dejándola brillante. Se apartó el flequillo de los ojos. Necesitaba seguir manteniéndome la mirada para continuar intimidándome. Y si Doug quería jugar, jugaríamos con mis reglas.

Las llaves me dieron la libertad que tanto deseaba. Una de las mujeres de compañía protestó por tener la misma oportunidad que ellas habían tenido horas antes; el problema era que nadie se acercó para pagar su fianza y hasta el día siguiente no serían libres.

—Llamarás desde mi despacho.

—¿Cerrarás la puerta, Doug?

En ningún momento detuvo sus pasos, solo me miró por encima del hombro con una sonrisa pícara que llegó a ponerme nerviosa.

—Sabes lo que puede pasar si tú y yo nos quedamos a solas en una habitación. ¿De verdad quieres correr ese peligro?

—Tú eres el peligro —zanjé.

«No te sobresaltes» —me dije a mí misma, justo cuando la puerta se cerró.

Me quedé a solas con él, una vez más, pero estaba tan furiosa que le hubiera golpeado de nuevo, y con el puño bien cerrado por todo lo que estaba haciendo. Owen no era un problema. Nosotros éramos los culpables de todo lo que nos pasaba.

Me acerqué lentamente hasta el teléfono y, antes de presionar las teclas, le miré.

—No puedo tener intimidad, ¿cierto? Doug mantuvo la distancia.

—No te voy a dejar sola.

—Tu padre estaría muy orgulloso con lo que estás haciendo…

Paseó por el despacho, y al detenerse delante del gran fichero que había situado en una esquina, dejó las esposas y la porra para sentirse más ligero.

—¿Me odias, Violet?

—Te odio.

—Quítate la pulsera.

Se quedó detrás de mí, acomodando su duro pecho en mi espalda. Nunca antes le había visto tan fuerte. Cuando se marchó junto a Brent, era un chico normal, guapo, pero sin un cuerpo esculpido.

—Doug…

—Vamos, Violet. Es fácil. Solo te la tienes que quitar…

Incliné mi cuerpo hacia delante y me di la vuelta sobre mis talones para quedarme frente a él. No se lo esperaba, por eso se quedó sin palabras.

—Voy a hacer la llamada —le empujé lo más lejos posible de mí— y después hablaremos seriamente.

—¿Sobre Owen?

Haría cualquier cosa por Owen. No podía perder la beca de la Universidad por mi culpa.

—Exacto —tecleé un número de móvil—. ¿Mamá?

Unas risas al otro lado del teléfono me sorprendieron.

—¡Cariño! ¿Dónde estás?

—¿Con quién hablas?

—Es tu hermana, Brent.

—¡Violet! Llevamos un rato llamándote. Dile a mamá dónde estás y paso a recogerte.

¿Qué le podía decir a mi madre? Ni siquiera sospecharía que estuviera con Doug.

Suspiré y después le miré.

—Miéntele, pequeña —alargó el brazo hasta tocar mi mejilla—. Es nuestro secreto.

Y sus palabras me hicieron recordar una vez más.

7 de Julio de 2013

Tiraron de mi brazo ante el ataque de pánico que sufrieron por imaginar que no quedarían entradas libres para la película más romántica del año.

Solté una risita al quedarme delante de la taquilla y ver cómo nos ofrecía cinco tickets; ya les había dicho que no hacía falta reservar butacas.

Era una de las ventajas de vivir en un pueblo lejos de la gran y maravillosa ciudad.

Y la desventaja… que esa película fue estrenada un año antes de que llegara a Lynchburg.

—Violet, tsss, Violet —acabarían por agrandar mi camiseta de la suerte, esa que tenía un gran logo de mi grupo favorito.

Al tener mi atención, miró por encima de su hombro disimuladamente para apuntar a una pareja que había a unos metros de nosotras, abrazándose—.

¿Ése no es el amigo de tu hermano? ¿Doug? ¿Doug Belcher?

El cambio que recibí se me escurrió entre los dedos.

Las monedas hicieron tanto ruido, que la pareja nos miró.

La chica del cabello rojo pasión soltó una risa de burla, mientras que él, sin importarle que los demás le vieran, me miró fijamente hasta que nuestras miradas se encontraron una vez más.

Cogí el cambio, y tiré de una de mis amigas para adentrarnos en la sala de cine.

Cada vez que le veía con su nueva novia, mi corazón sufría unas punzadas que me dejaban sin aliento. Y sí, era muy dramática, pero estaba enamorada de él. De alguna forma seguía cumpliendo mi promesa.

—¡Qué bonita pulsera! Siempre te lo digo, pero es que me encanta.

Me pasaron una Coca Cola light.

—Un regalo de cumpleaños —respondí.

Avanzamos por el pasillo después de comprar todas las golosinas de la tienda. Nuestros asientos nos esperaban, así que corrimos hasta ellos y nos sentamos para ver la película.

Empecé a jugar con mi cabello de los nervios.

—¡Violet! —un señor que acompañaba a su esposa le mandó a callar con un «shhh». Olivia bajó la cabeza avergonzada— ¿Cómo de especial es esa pulsera para que no quieras quitártela?

No fui la única en ponerse tensa, él, que estaba delante de mí, se apartó de su novia.

—Luego hablamos —intenté sonreír.

Estaba deseando que pasaran los anuncios iniciales.

—No es justo.

—Es cierto —dijo otra.

Había sido una mala idea pedirle dinero a Brent. Pero mi hermano era tan bueno, que era capaz de compartir el pequeño sueldo que ganaba en el granero de los Cafferty, conmigo. Ya era demasiado tarde para huir.

—Tal vez… —estaba tan cerca de él que, si estiraba la mano, tocaría su cabello. Así que me controlé llevándome un trozo de chocolatina a la boca— ¿Podemos hablar de otra cosa?

Se negaron.

—¿Es del Instituto?

Estaban siendo muy insistentes.

—No.

—¿De la Universidad?

—No conozco universitarios —eché hacia atrás la cabeza.

Refunfuñaron indignadas por no tener algo de información.

—Eres cruel, dulce niña.

Y de repente mi actitud cambió. Estaba tranquila, aguantando las bromas de mis mejores amigas, pero cada vez que escuchaba ese apelativo me enfurecía con el mundo. Mi padre fue la única persona que me llamaba de ese modo; él estaba muerto, y no soportaba que otros me nombraran igual.

—¡No es nadie, maldita sea! Me regalaron la pulsera con el único fin de tenerme contenta, y punto. Yo no le importo. Y él… —me levanté corriendo de la butaca—… Él…

¿A quién quería engañar? Él me importaba demasiado.

—Adolescentes —se levantó para mirarme. —¿Quieres bajar un poco el tono de voz, guapita? Nadie quiere escuchar tu vida amorosa.

—¡Victoria! —le advirtieron.

—¿Qué? Es cierto, cariño.

Lo único que hizo Doug fue llevarse su cabello hacia atrás e invitar a que su novia volviera a sentarse.

No podía seguir allí mirando aquella escena.

Dejé todo lo que tenía en las manos, y abandoné la sala para encerrarme en uno de los cuartos de baño de mujeres que había en la planta de arriba.

Me senté en el suelo, haciendo un esfuerzo por eliminar todas esas lágrimas que nacieron en mis ojos y murieron empapando mi camiseta.

Alguien golpeó la puerta.

—¡Ocupado!

Insistieron una vez más.

—¡He dicho que está ocupado!

—Violet, abre, soy yo —sonaba calmado—. ¿Quieres hablar conmigo?

—No quiero hablar con nadie.

—Salgamos un rato. Si alguien me ve aquí —rio— me echarán a patadas. Vamos, pequeña, un paseo no te hará daño.

Abrí la puerta y le mostré cómo estaba.

Doug se arrodilló delante de mí y me obligó a que lo mirara a los ojos.

Acarició mi cabello y después presionó sus pulgares bajo mis hinchados ojos.

—No más lágrimas.

—Odio que me llamen dulce niña.

Intentó sonreír, pero no lo consiguió.

—Lo sé.

—Brent dice que papá nos quería mucho —hubo un silencio por parte de los dos—. Si tanto nos quería… ¿por qué se quitó la vida? ¿Por las deudas?

Todos pensaban que no sabía lo que le pasó realmente a mi padre.

—Violet…

Me abalancé sobre él para abrazarle y que me sostuviera hasta lograr que olvidara mis penas. Estuvimos unos minutos callados, respirando con dificultad… no estaba segura, pero seguí con los labios rozando su cuello.

—No me gusta verte con otras chicas.

—Te quiero —me apartó de su lado arrebatándome la oportunidad de respirar su aroma masculino—, pero no podemos estar juntos.

—¿Por qué?

—Eres menor de edad —excusas.

—Me pediste que te esperara.