Nuestro secreto Capítulo 9
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Capítulo 9

Celos.

Los celos me hacían parecer débil.

Cuando detuvo el vehículo delante de mi casa, aparté inmediatamente esa mano que intentó detenerme.

¿Hablar? Todo había quedado muy claro en el momento que recibió esa llamada de la desconocida a quien, seguramente, seguía viendo.

Podía escuchar sus pasos; rápidos y desesperados con la intención de pisarme los talones.

Si me detenía, Doug se saldría con la suya.

Me susurraría las palabras perfectas para tener de nuevo ese amor que le entregué durante tanto tiempo y él mismo se ocupó de esquivar.

Respiré hondo y, antes de introducir la llave en la cerradura, me tomé mi tiempo para tranquilizarme con el fin de que mi familia no me viera nerviosa y con el ceño fruncido después de haber pasado la noche junto a él.

¡Qué débil y tonta había sido! Demasiadas preguntas…

con él siempre había preguntas; todas ellas sin respuesta.

Fallé a mi hermano, mentí a Owen y, lo peor de todo, me estaba torturando por acercarme a alguien que amaba, cuando la cruda realidad era que lo mejor sería dejar de vernos.

Pero, ¡qué difícil era todo cuando estaba a unos metros de mi cama! Cuando su olor se había quedado impregnado en mi cuerpo y seguía sintiendo sus dedos acariciando mi cuello con esa delicadeza que él empleaba en el momento más oportuno.

Él era mi debilidad.

—Violet… —se detuvo.

Giré la muñeca y la llave abrió la puerta de casa.

Nuestra conversación finalizó minutos atrás, así que le dejé allí, observando cómo mi cuerpo se escabullía del suyo y se refugiaba en el cálido lugar donde él también llevaba conviviendo un par de días.

Del comedor principal, unas risas llamaron nuestra atención.

Brent reía junto a mi madre, y ambos le daban la espalda a una mujer de cabello largo y castaño con reflejos más claros.

Se me hizo un nudo en la garganta. Doug se ocupó de devolverme a la realidad con un apretón de manos y me obligó a mirarle a los ojos.

—Sabías que estaba aquí —susurré.

—No —aguantó las ganas de soltar un grito, como si de esa forma le hubiera creído—. Te prometo, que desde mi llegada no he sabido nada de ella.

Esos claros ojos siguieron fijos en los míos, esquivando la figura de la mujer que le seguía llamando.

—Si mientes a tu mejor amigo —suspiré antes de seguir—, ¿por qué no ibas a engañarme a mí?

Doug se quedó sin argumento.

Cogí aire, cerré los ojos y dije la verdad.

—Huiste de aquí por acostarte con la novia de Brent. El problema fue —reí nerviosa—que huiste a su lado, en vez de esconderte —me toqué el lóbulo de la oreja para tranquilizarme —. Más bien me diste la espalda para mantenerme callada. Se acabó, Doug. Durante dos años he traicionado a mi hermano…

—Tienes que escucharme. Creerme, Violet.

Alguien nos interrumpió.

Brent posó su barbilla sobre la coronilla de mi cabeza y descansó sus brazos alrededor de mi cuerpo para abrazarme.

Aunque no le veía, estaba segura de que sus labios mostraban una sonrisa por la felicidad.

Su novia, esa que le engañó antes de irse al ejército, había vuelto para recuperarle.

Lo peor de todo, era que ni su novia, y mucho menos su mejor amigo, fueron capaces de contarle lo que pasó la noche antes de coger un avión y volar a Afganistán.

—¿Sucede algo, chicos?

Negué con la cabeza.

—He recogido a Violet y la he traído a casa —habló por los dos.

Aunque la realidad era otra.

«Me he tirado a tu hermana, y más tarde he hecho lo de siempre, joder sus ilusiones» —pensé.

—Es algo tarde, ¿no?

Brent me dio un golpecito al asentir con la cabeza.

—Diana está aquí —soltó una risa—. Te lo dije, Doug, te lo dije.

—¿Decirte qué, exactamente?

Mi curiosidad rompió mi silencio.

—Que volvería con la chica de mis sueños.

Presionó los dedos sobre mi mejilla, como cuando éramos pequeños, y se apartó de mi lado para levantar a Diana y traerla delante de nosotros.

Me quedé a un lado de Doug, y cuando la chica de ojos marrones detuvo sus cortos pasos delante de nosotros, la sonrisa que lució era muy diferente a la de mi hermano. Ella se alegraba más de ver al amigo de su novio que al propio Brent.

—Me alegro de verte. Me alegro de veros a los dos.

Di unos pasos, plantándome delante de ella. Cerca de mi hermano no podía actuar diferente, no, no de momento. La abracé, no sé cómo lo hice, pero pasó.

—Ten cuidado —bajé el tono de voz para que los chicos no me escucharan—. Si vuelves a hacer daño a mi hermano, te mato, zorra.

Me uní a la risa de mi hermano, ya que él estaba convencido de que estaba encantada de tenerla como cuñada.

Besé su mejilla, y le mostré una sonrisa forzada, de esas en las que tus labios tiemblan y piensas que las arrugas se te quedarán de por vida en el rostro, incluso cuando solo tienes diecinueve años.

Le di las buenas noches a todos, y me encerré en mi habitación.

Hundí mi rostro en la almohada. No dormí nada, así que corrí para refugiarme al lado de Owen, o al menos para estar cerca de alguien que no me traicionara como los demás (hablaba en plural cuando era una sola persona).

—Me mentiste —afirmó. Asentí con la cabeza—. Te reuniste con Doug. Volvió a enamorarte con esa sonrisa y caíste de nuevo en sus brazos.

—¿Qué tiene de malo? Nosotros somos amigos con derecho a roce —alcé la cabeza. Owen no lo entendía. Me levanté y crucé las piernas quedándome sentada sobre su cama—. Pero, se acabó.

—Siempre se acaba —soltó eso con un tono burlón—y ese jamás parece infinito.

Se suponía que me tenía que ayudar, no hundirme más.

¿Qué estaba haciendo con mi vida? Primero le ocultaba a mi hermano lo de Diana y Doug, y después seguía detrás de un hombre que había vuelto para rehacer su vida en un pueblo que ambos odiábamos.

—Será mejor que me vaya —intenté levantarme, pero Owen me detuvo—. Tengo que volver a casa. En unas horas me toca ir a trabajar.

—No creo que Doug sea tan mal tío.

—Le defiendes porque tiene pene como tú.

Le golpeé casi sin fuerza en el brazo.

Soltó una de esas carcajadas que me ponía el vello de punta.

—¡Vámonos! —dije con entusiasmo— Si Victoria no está esta noche, tal vez las copas te salgan gratis.

Rodeó mi cuello con su brazo, y esquivé rápidamente un beso directo mi boca.

Esa noche había más clientela que de costumbre. Servía una mesa y, rápidamente, tenía que atender a otra. Las cervezas salían sin parar de la barra, y la cocina apestaba a aceite reutilizado por culpa de toda la fritanga que servíamos como aperitivo.

Dejé de lado a Owen durante un par de horas.

Al menos, sabía que estaba en una esquina de la barra entretenido con una bolsa de patatas chips .

Cuando mis compañeros empezaron a coger mi ritmo, el trabajo disminuyó, y logró dejarme un poco de tranquilidad.

Opté por quedarme detrás de la barra, cerca de él.

¿Pero qué me encontré?

—¡Otra copa para mi nuevo amigo!

Detuve la mano de Emily, la chica que se encontraba delante del barril de cerveza.

—¿Qué haces? —pregunté entre dientes.

Toqué el cabello revuelto de Owen. Se encontraba con la cabeza pegada en la barra, rodeado de birras.

—Hola, Violet —me saludó Doug. Más tarde respondió a mi pregunta—. Tu… —tragó saliva— amigo estaba aquí solo, así que me tomé la molestia de quedarme a su lado para invitarle a unos cuantos tragos.

Owen alzó la cabeza y me mostró una sonrisa, dándome a en tender que estaba bien.

Miré el enorme reloj. Unos minutos más, y mi turno acabaría.

—¿Nos traes otra cerveza?

—No.

Se colocó el pelo hacia atrás, y cogió el oscuro abrigo que había dejado en el taburete contiguo al suyo. Pagó todas las copas que se bebió Owen, y se marchó sin despedirse.

—¿Seguro que puedes conducir? —le pregunté.

Owen dejó de hacer flexiones en el suelo. Besó mi mejilla, ya que sus intentos por besar mi boca terminaban en fracaso.

—Tres copas, Violet. Además, estamos cerca.

Podía llevar su mini coche sin ningún problema, aunque seguía sin entender por qué los tíos en pleno siglo XXI seguían haciéndose los machotes cuando las mujeres nos valíamos por nosotras mismas.

Subí al vehículo sin refunfuñar, y me puse el cinturón de seguridad en silencio.

Él encendió la radio, y Oasis nos acompañó en esa larga y vieja autopista.

Deseé, durante unos segundos, que ese viaje se alargara más de lo normal, ya que así, de alguna forma, no me encontraría a Doug en casa. Pero mi suerte era nefasta.

Las sirenas de un coche de policía nos obligaron a detenernos.

Owen bajó la ventanilla y respiró tranquilo al ver a su nuevo amigo. Era Doug, con el abrigo que había cogido del taburete. No me había dado cuenta de que era su nuevo uniforme de trabajo.

—Buenas noches —me guiñó un ojo.

—Hola, colega —le estrechó la mano. ¿Owen pensaba que se habían hecho amigos? — ¡Qué susto me has dado! Pensaba que sería tu padre…

Nos alumbró con una linterna.

—Tienes los ojos muy rojos, Owen.

Soltó otra risa.

—Las copas que me has pagado. Pero estoy bien, de verdad.

—¿Has bebido? —Se estaba haciendo el loco—. Voy a tener que hacerte una prueba de alcoholemia…

Ahora lo entendía todo. Doug le había pagado todas esas cervezas para tener la excusa perfecta y detenerlo.

—¡Arranca, Owen! —ordené.

Doug sacudió la cabeza.

—Salid del coche —otra orden, pero de su parte.

—No lo hagas —le cogí de la muñeca.

El pobre se estaba volviendo loco.

Acabó por hacerle caso.

Salimos los dos del vehículo, quedando delante del nuevo agente de policía. Doug, el mismo que no quería ser como su padre. El mismo imbécil que seguía jodiéndome la vida.

—¿Sí? Dígame, agente —sonó de su radio.

—Tenemos a un detenido en el kilómetro 450.

—¿Puedes acercarte y ocuparte tú?

—Por supuesto —confirmó Doug.

—¿Qué haces? —Pregunté, cuando le puso las esposas a Owen y le dejó sentado en el suelo.

—Está borracho. No puede conducir y menos que…

—¿Y menos qué…? —quise saber.

—Que te lleve a ti —apretó los labios.

¿Creía que eso calmaría mi mal humor? Al contrario, lo aumentó.

—¡Estás loco! ¿Qué pasa con tu vida, Doug? ¿Tienes que joder la mía, constantemente?

Y comencé a agredir a este agente de policía que me volvía loca. Aunque mis puños contra su pecho no eran nada para él. Me cogió del brazo y me arrastró hasta el vehículo oficial.

—Basta, Violet, no sigas.

—¡Imbécil! Suéltame —me removí de su agarre. Fue imposible.

—No —dijo sereno.

—¿Vas a detenerme a mí también?

Nos inmovilizamos a unos metros de distancia de donde se encontraba Owen.

—¿Ibas a pasar la noche con él? —me respondió con otra pregunta.

Respondí con lo que tal vez más le dolería.

Pero antes sonreí.

—Paso la noche con él cuando vamos a follar. ¿Algún problema? El rostro de Doug cambió por completo. Sus cejas descendieron formando un arco sobre los ojos. Sus dedos se quedaron marcados en mi brazo por la presión. Estaba cabreado, pero no conocía sus límites.

—Pues se te acabó la diversión por esta noche —agrandé el campo de visión—. Te vienes conmigo a comisaria.

¿Era otra de sus bromas?

Porque de lo contrario… sería mi primera detención.