Capítulo 8
Era una estupidez que diera media vuelta cuando la persona que estaba delante de él me vio perfectamente.
En ningún momento esperó a que volviera, y más, cuando avisé de que esa noche no iría a trabajar.
Cogí aire, avancé con cuidado sobre los altos tacones y mostré mi mejor sonrisa.
Lo que no esperaba, incluso cuando me hice a la idea, es que con un guiño de Doug perdería el control en cuestión de segundos.
Las piernas me temblaron y agradecí que pasara su brazo alrededor de mi cintura para saludarme con un beso cerca de la comisura de los labios. La tentación me estaba derrumbando.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Tú me has mandado un mensaje hace un par de horas. Te esperaba —rozó su mejilla contra la mía y apretó los dedos en la tela del vestido—. Victoria me ha avisado de que habías cambiado el turno, así que estaba a punto de irme para buscarte. Pero ya está todo solucionado. ¿Nos vamos?
Asentí con la cabeza como si fuera lo más normal del mundo.
Le devolví el apretón de manos a Doug, y avancé detrás de él con una sonrisa socarrona.
Pero faltó poco para que Victoria se diera cuenta que estaba perdiendo a alguien que le importaba más de lo que aparentaba.
Aferró sus dedos alrededor de mi muñeca y tiró de mi cuerpo para detenerme.
La miré directamente a los ojos, y froté la piel que dejó marcada con su fuerte y violento agarre.
—Espero que esto no se vuelva a repetir.
Alcé una ceja.
—¿De qué hablas? —quise saber.
—Trabajas para mí, que no se te olvide —cruzó los brazos bajo el pecho.
Seguía teniendo esa actitud que era temida por muchos y cómica para otros—.
Soy la única que te ha dado un puesto de trabajo.
No seas desagradecida, Violet —el tono de su voz bajó hasta el susurro.
No quería que Doug la escuchara—. El próximo día, harás horas extras.
La enfrenté dando un paso hacia adelante, quedando muy cerca de ella.
—Tú nunca me pagas las horas extras. Me debías un día de descanso.
Soltó una risita.
—Te estoy dando una oportunidad, dulce niña .
Doug no estaría siempre para defenderme.
—No me llames… —ahogué mis propias palabras.
Se me hizo un nudo en la garganta, y lo único que hice fue asentir con la cabeza y dar media vuelta para subir al todoterreno que me estaba esperando.
Le di el placer de verme humillada, pero nada me importó.
Esta noche Doug y yo estaríamos juntos. Nada más me importaba.
Sostuvo los bombones y las flores mientras que pasé por encima de mi pecho el cinturón de seguridad. Sus ojos claros siguieron observando, y no evité perderme en su mirada.
—¿Qué?
—Estás preciosa.
Tiró bruscamente los regalos de Owen a los asientos traseros.
Doug no era un hombre estúpido. Cualquiera se habría dado cuenta de que él estaba siendo mi segunda opción esa noche.
No pareció importarle. Colocó las manos en el volante y condujo en silencio por una de las viejas carreteras del pueblo.
Me acomodé en el asiento y me dediqué a observarle.
Siempre me había gustado contemplar a Doug, sobre todo cuando estaba en silencio, concentrado en cualquier cosa…
pensé que en el fondo le conocía perfectamente, pero me equivoqué como de costumbre.
No sabía realmente muchas cosas de él, ni siquiera sé que pasó por su cabeza la noche en que me obligó a odiarle y casi me deshice de la pulsera que me regaló, en un intento de prometerme algo.
Cuando el vehículo paró, sacudí la cabeza. Los recuerdos siempre eran duros golpes para mi corazón.
—¿Estás bien?
Asentí con la cabeza.
—Violet…
—Sí, Doug, estoy bien —estiré los labios, pero me salió una mueca de dolor—. Este lugar me trae recuerdos… No es nada, tranquilo.
Ambos miramos el abandonado granero de la familia Cafferty; una estirpe que, por suerte, pudo huir de la noche a la mañana de este maldito pueblo.
—Algún día tendremos que hablar de ello —su mano intentó tocar mi cabello, pero me aparté antes de que sus dedos me alcanzaran—. No puedes seguir callando algo que pasó hace dos años.
Las piernas me temblaron.
—¿Eso quieres que haga? ¿Qué le cuente a Brent lo que hiciste esa noche? —resoplé—. Pensaba que su amistad te importaba.
—Y me importa, Violet, más de lo que piensas —se llevó las manos a la cabeza—.
Cometí un error. Un gran error —se corrigió—.
No eres la única que está sufriendo. Temo perder su amistad, y perderte a ti para siempre.
Nunca te he olvidado. Siempre has estado aquí —dijo, sosteniendo mi mano y acomodándola en su fuerte pecho.
La calidez que desprendía su piel contra la mía me retuvo unos segundos más.
—¿Tan estúpida parezco? —bajó la cabeza—. Te estás declarando como si en todo este tiempo no hubieras pisado la cama de otra —reí nerviosa.
Doug apretó los labios antes de confirmar lo que esperaba.
—Nunca he sido un santo, pequeña . Pero eso no quiere decir que no me moleste saber que te ves con otro. ¿Qué imbécil regala…?
—¡Cállate!
—¿Por qué?
—¡Porque tú fuiste el imbécil que me lanzó a los brazos de otro!
—cogí aire—. Me demostraste que me querías, Doug, pero te faltó valor para convencer a los demás de que no habría nada malo en esperar por estar a mi lado.
¿Acaso pensaste… —no nos miramos— que seguiría virgen por ti?
Te di mi primer beso, no iba a permitir que también me arrebataras eso.
—Él no te quiere.
—¿Y tú me hubieras —solté lo último con sarcasmo—querido? ¡Vamos, Doug! El morbo de follarte a la hermana pequeña de tu mejor amigo te la sigue poniendo dura. Desapareciste cuando cumplí dieciséis años.
En un minuto, brotó todo el dolor que nos había separado. Aunque fuera la primera en admitir que quería estar junto a Doug… también prefería estar sola y lejos de una persona que confundía mis sentimientos constantemente.
—Siento haberte hecho perder tu tiempo en esta —hice unas comillas con los dedos— cita. Volveré a casa caminando.
Bajó el seguro. La puerta no se abría.
—No te vas.
Seguí insistiendo en abrir la puerta.
—Doug.
—Si me acostaba con otras era para olvidarte, al menos, durante cuarenta minutos, Violet.
—Eres un cobarde —le recriminé.
—Pero no digas que no te quería —hizo una pausa—cuando es lo único que he tenido claro en toda mi vida.
Su error de entonces era mi error actual.
Lo peor de todo, desde el momento que le tuve delante de mí, es que seguía deseando tirarme a sus brazos y saborear sus labios.
Zarandeé la cabeza, dándome por vencida.
—Hoy no puedo odiarte. Mañana seguiré intentándolo. Fueron sus manos las que se movieron salvajemente sobre mi inquieta cintura. Me vi encima de él, empujada por el volante del coche.
Jadeé al tacto de su piel.
Un movimiento más, y mi boca encontraría sus labios.
Era demasiado tarde para no desear lo que estaba a punto de hacer.
Mis dedos apartaron esa camisa que cubría su bronceado y perfecto cuerpo.
Cerca del hombro derecho había una herida de bala, intenté no darle importancia, pero allí estaba, tocando su piel.
Su sonrisa fue suficiente para darme a entender que estaba bien, que detrás de eso había una historia que en cualquier momento me contaría.
Llevó sus enormes manos detrás de mi cuello y me mantuvo firme sobre él.
Cuando la tela del vestido ascendió por mis muslos vi que mi cuerpo pedía a gritos que él siguiera desnudándome.
Pero no. Moví mi cintura, excitándome con lentos movimientos; frotando mi sexo con ese duro muslo que empezó a moverse para darme golpecitos en el clítoris.
Gemí, una y otra vez.
Doug soltó mi cabello, y se entretuvo bajando la otra mano por mi espalda hasta tirar del elástico de la fina ropa interior que llevaba. Un tirón fuerte… y me quedaría sin las bragas de encaje que escogí para esa noche.
—Hace tiempo que no pactamos nada —tocó mi trasero y en ningún momento me aparté. Esa sonrisa traviesa, esa que se acercaba a mi boca y se apartaba para dejarme con ganas de más, siguió hablando—. Te doy un beso si me das tú un…
—¡Deja de vacilar! —alcé la voz.
Se carcajeó contra mi cuello.
Se me puso el vello de punta. Los dedos de Doug bajaron lentamente las tiras de mi vestido, al tiempo que seguía besando mi piel.
A él le gustaba que me moviera porque eso significaba que, por primera vez, después de tanto tiempo, estaba dispuesta a entregarme a alguien que amé y seguía amando sin admitirlo.
Las piernas me temblaban. Incliné mi cuerpo hacia delante y, al notar el lóbulo de su oreja contra mi boca, jugueteé al igual que él, hasta ponerle nervioso.
—Tócame —gemí.
Mi mano ya estaba apoyada en su duro bulto.
Doug cerró los ojos.
—Dímelo otra vez.
—Tócame, Doug —bajé la metalizada cremallera de sus viejos vaqueros—. Hazlo antes de que alguno se arrepienta.
Se humedeció los labios.
—No nos vamos a arrepentir —apretó los dedos en mis mejillas para que mirara esos azulados ojos que estaban casi cerrados—. Ninguno de los dos.
Golpeé la palma de su mano, alejando mi cuerpo lejos de su brazo.
Sonreí, dándole a entender que si quería follar conmigo tenía que comprender que no sería como esas mujeres que habían pisado su cama y le habían dejado tomar el control de todo.
Así que sacudí la cabeza, le pedí que me tendiera alguno de esos condones que llevaba en la cartera y, cuando saqué su erecta polla de los pantalones, la cubrí rápidamente por la necesidad de querer montarme encima de él.
Guio mi cintura y, al caer, me faltó poco por soltar un grito ante el grosor que ensanchó mi entrada en un solo empujón.
Capturé mi labio bajo su atenta mirada; sabía que estaba recibiendo más que cuando me acostaba con Owen.
Cogí aire. Él empezó a moverse. Yo acomodé mi espalda en el volante del coche a la vez que mis dedos se anclaron en sus anchos hombros.
Si sus movimientos eran rápidos, duros y desesperados… las caricias de sus labios y manos me llevaron a la locura, consiguiendo que mi cuerpo rebotara sobre su miembro, siguiendo el mismo ritmo que él dejó cuando se detuvo para que yo misma siguiera lo que ambos comenzamos.
Bajó la tira del sujetador, y arropó uno de mis pechos antes de que su lengua hiciera contacto con mi endurecido pezón. Se apartó al notar que mis dedos tiraban de su cabello para alejarle de mi pecho y obligarle a que me mirara a los ojos.
Tenerle en mi interior, enterrado, sacudiéndose… hizo que mi corazón palpitara. Si iba a morir de un infarto quería tener un orgasmo antes de cerrar los ojos.
—¿Pensabas… —no podía hablar— …que no te… haría mía?
Pasé por alto que, en aquel momento, me tratara como si yo le perteneciera.
—Pensé que nunca más volvería a besarte.
Y no sé qué pasó por su cabeza, pero fue el primero en necesitar unir su boca con la mía y sentir ese beso que una vez le di.
Podríamos estar follando… pero un beso de Doug llenaba mucho más mi corazón que el hecho de moverme sobre él sin saber que podría pasar entre nosotros dos en un futuro. Era agradable el contacto de su lengua rozando la mía, su carnosa boca acariciando con deseo mi labio superior.
Su voz ronca estalló en mi oído.
Sentí un calor que parecía que nunca terminaría, hasta que mis uñas se clavaron en su espalda y él hizo lo mismo, salvo que fue a parar a mi trasero.
Me quedé allí, a horcajadas, sin importarme que siguiera en mi interior. Mantuve los ojos cerrados, rozando mi nariz en la curva de su cuello que estaba húmeda por el sudor. No podíamos ver nada a través de los cristales. Doug los limpió con la palma de la mano.
—Todas las noches pensaba en ti —confesó.
—Doug… —no quería que siguiera.
Necesitaba ese silencio y esos brazos cubriéndome.
—Sabes que siempre te he querido.
—Déjalo.
—No —me apartó de su lado para que le mirara. Y me di cuenta de que temía mantener una conversación adulta con él.
—Te quiero.
Tragué saliva.
Sacudí con la cabeza.
—Hablas demasiado —dije.
—Creo que te estoy demostrando que te quiero, Violet.
¿Por qué no quería ser una mujer adulta en ese momento con él?
—Entonces, huyamos juntos de aquí.
Él siempre conseguía estropearlo todo.
—Trabajaré para mi padre. Ahora toca quedarse. —bajó el tono de voz avergonzado. —Violet, he vuelto a por ti… pero también quiero…
Una llamada cortó nuestra conversación. Fue hábil al cortarla, pero yo vi antes quién era. El nombre que apareció en la pantalla me alertó de que Doug Belcher seguía mintiendo a Brent, y se guía engañándome a mí
Me bajé de encima de él y terminé de vestirme.
—Pequeña…
—Llévame a casa —se me hizo un nudo en la garganta.
—Violet…
—¡Quiero volver a casa! —Nada sería fácil, y más cuando ya me había acostado con él.