Capítulo 7
Alcé la voz sin importarme que los pocos transeúntes que pasaban me miraran. Estaba acostumbrada.
No dejaba de pensar en Doug. Todo giraba alrededor de él. La maldita tecnología no me ayudaba demasiado. Escribí un par de palabras con destino a Owen, pero fueron a parar al teléfono de otro. Tragué saliva, solo esperaba que no malinterpretara nada.
«Pensándolo bien…
estoy deseando estar contigo.
Mi día es tu día. Espérame. –Violet»
Espérame. Espérame. Espérame…
Algo que él me dijo hace un par de años antes de que cogiera un avión y marchara junto a mi hermano al ejército.
Recité sus mismas palabras… pero mucho más ansiosa y enamorada que la primera vez que Doug me las susurró en el oído.
Así que, con el móvil en la mano, camino al restaurante donde Owen me esperaba para rematar las últimas horas de mi cumpleaños, respiré hondo con un corazón inquieto.
Al detener mis pasos, en uno de los pocos semáforos que había en el pueblo, fruncí el ceño, furiosa por no obtener una respuesta.
No había quién me entendiera. Primero le soltaba sin miramientos que prefería tenerle lejos de mí y luego me enfadaba por no tener una respuesta, al menos, irónica.
No, el teléfono no sonó en ningún momento.
Doug Belcher no estaría toda una vida esperándome, pero yo tampoco estaba dispuesta a estar una vida sin él.
Después de saber que seguía enamorada de esa persona que me hizo daño en el pasado, me daba cuenta de que, inconscientemente, estaba haciendo daño a quienes no merecían sufrir por mi culpa.
Delante del restaurante, justo donde Owen esperaba con un ramo de rosas y una caja de bombones, sentí que estaba jugando con las mismas cartas que Doug: olvidar a alguien con otra persona.
Estaba claro que Owen rompió las barreras que ambos pusimos en su momento, que no eran otras que seguir siendo amigos por encima de todo.
Entré con un vestido rojo con una bonita espalda al descubierto que me había comprado la semana anterior y, con una sonrisa ancha y reluciente, pasé por delante de un par de camareros que se me quedaron mirando.
Mi cabello estaba recogido como de costumbre, con la diferencia de que lo llevaba más peinado y no con esos mechones rebeldes que me caían hasta cubrir parte de mi rostro.
Fue entonces, cuando un comentario me confirmó lo que sucedía:
—Es la hija de Davis —una señora se acercó a otra—. Su padre dejó demasiadas deudas antes de morir. Deberían bajar la cabeza cada vez que pasan por delante de nosotros.
Brent no estaba para frenarme. Me sentía cansada, harta de que todo el maldito pueblo hablara de mi familia, y de la desgracia que vivimos años atrás.
Sí, mi padre no consiguió pagar las deudas pendientes, pero sus hijos no teníamos la culpa de nada.
La huida de Brent al ejército fue para conseguir algo de dinero extra.
Y mi trabajo en el bar de Victoria era… humillante.
Pero lo acepté porque era la única que se arriesgó a darme un sueldo. Aunque fuera a base de desprecios.
Giré sobre mis tacones a punto de mandar al infierno a las dos viejas cotillas.
—¡Malditas…! —un brazo rodeó mi cintura y tiró de mi cuerpo— ¿Owen?
Una simple sonrisa me hizo callar.
—¿Quieres darles el placer de rebajarte? ¿Verdad que no? —Sacudí la cabeza— Entonces haremos una cosa: les daremos la espalda, y cenaremos tú y yo olvidando que nos están mirando. Es un plan perfecto.
Atrapó rápidamente mi mano y me guio hasta la mesa con mejores vistas.
La poca luminosidad de la calle resaltaba el manto de estrellas.
¿Sería una noche perfecta? Solo tenía que mirarle para sentirme un poco mejor.
El bolso que llevaba junto a mí, descansó al lado de la copa de vino y olvidé el teléfono móvil junto al mensaje corto que nunca llegó.
Owen pidió la carta. Dejé que ordenara por los dos, y me entretuve en darle varios sorbos a mi copa de vino blanco.
Cuando el camarero se marchó, el chico (o más bien una persona que estaba madurando antes que los demás) que tenía delante alzó su brazo para sostener un rato más mi mano.
No me moví; no pestañeé. Estaba siendo delicado y dulce…
Aparté la mano.
—Siempre llevas esa pulsera —soltó antes de aferrarse a su copa.
La miré.
25 de Junio de 2013
—¡Feliz cumpleaños, Violet! —gritaron mis amigas.
Crucé las piernas y, con ansia, estiré los brazos para recoger los regalos que me habían traído.
Agradecí a mamá que nos dejara estar hasta las dos de la madrugada en el porche.
Algunas estaban a punto de irse, pero otras se quedarían para comer nubes de azúcar mientras nos entreteníamos con un maratón de películas.
Brent había salido con su novia, pero antes dejó sobre mi cama un enorme peluche junto a una carta.
Más tarde la leería.
Mis dedos rompieron el papel de regalo, y antes de descubrir lo que había en el interior, una de ellas me detuvo porque alguien nos estaba observando. Delante de casa se encontraba el todoterreno de Doug; él estaba cruzado de brazos esperando a que me acercara.
—Es el amigo de mi hermano —me levanté, disculpándome con ellas. —Entrad en casa, volveré enseguida.
No dijeron nada y salieron corriendo con los regalos que llevaban horas ocultando.
En cada paso que di, intenté esconder la sonrisa; estaba allí, parado, esperándome. Dejé de juguetear con el bajo de la falda y sonreí al tenerle tan cerca.
—Me ha dicho un pajarito que hoy cumples años —temblé ante el tono de su voz.
Bajé la cabeza avergonzada.
—¿Brent?
Soltó una risa.
—Sí —tocó mi mejilla con la intención de quitarme una pestaña—; ¿dieciséis años?
—El tiempo pasa rápido—bromeé.
—No lo suficiente —susurró él.
Entrelacé mis dedos detrás de la espalda.
Estaba tan nerviosa que los brazos se mecían exageradamente.
Doug siempre me ponía nerviosa, y más, cuando cometí el error de besarle.
Se levantó algo de aire y temblé por no llevar una chaqueta.
Él acarició mi helada piel con delicadeza, o más bien con temor de hacerme daño.
—Te he traído algo.
Necesitaba esa pizca de su felicidad. Lo estaba esperando.
—Pobre de ti si te hubieras presentado sin nada —le saqué la lengua, burlándome de él. Doug estiró sus carnosos labios y me tendió una pequeña cajita sin envolver. Era de una joyería—. ¿No te habrás gastado…?
Alborotó mi cabello.
—Ábrelo, Violet.
Estuvo a punto de regañarme, pero se acercó para ver mi reacción. Una vez más, como cada año, los regalos de Doug eran más hermosos que el anterior. Pero ese año pasó los límites. Una preciosa pulsera brillaba en una pequeña tela roja. Él, ante mi silencio, la abrochó alrededor de mi muñeca.
—Tengo que irme, pequeña —bajó la cabeza—. ¿Te ha gustado?
—¿Bromeas? —era preciosa— ¡Me encanta! Cuando se la enseñe a mis amigas querrán una igual. Gracias, Doug, gracias por no olvidarte de este día.
No me atreví a abrazarle, era como si esperara mucho más de él.
—Siempre dándome las gracias cuando soy el primero en querer estar aquí —las piernas me temblaron. ¿Querer estar conmigo, esa noche? Parecía imposible—. Quiero que me prometas algo, Violet.
Doug me cogió del antebrazo y tiró de mi cuerpo impidiendo que me moviera. Mis sandalias veraniegas tocaban sus oscuras botas y mi pecho descansó sobre el suyo; percibí unos acelerados latidos en mi barbilla.
—Prométeme que te desharás de esa pulsera el día que me dejes de querer —habló muy rápido, pero le entendí—. Hazlo, por favor.
No entendía nada, pero aquellas palabras me sonaban a música celestial.
—Yo…
—Violet —susurró, y fue el momento en el que sus palabras se fundieron en mi boca.
Bajó el rostro, hasta encontrar mis labios para arroparlos con los suyos.
Podía vivir la sensación de que mi cuerpo flotaba, pero que seguía con los pies en la tierra porque él me sostenía.
Bajó mi brazo con cuidado, pero sus grandes manos dieron calor a mis heladas mejillas.
Me besó. Doug dio un paso que solo existió en mis sueños.
Su lengua se paseó por el interior de mi boca y se apartó de mí ante el jadeo que solté—, prométemelo.
Había olvidado hablar.
Pero no a quererle.
—Nunca, Doug —me temblaba el labio superior—. Te quiero demasiado.
El roce de su frente gritaba a despedida.
—Espérame. Espérame —me dio un último beso en la punta de la nariz—. Espérame…
Gimoteé, sin darme cuenta de que los dedos me temblaban y tiraban del mantel de la mesa.
—¿Estás bien?
Seguía mirando la pulsera.
—Tengo que irme, Owen.
Él se levantó. Sabía que algo iba mal. Limpió el sudor de mi frente, y con un movimiento de cabeza siguió hablándome para tranquilizarme.
—¿Quieres que te lleve a casa? —negué con la cabeza— ¿Segura?
—Sí. Lo siento —empecé a respirar con normalidad.
Owen no me dio a entender que estuviera molesto conmigo. Insistió que cogiera el ramo de flores y la caja de bombones, y después de un beso en los labios esperó a que saliera del restaurante. Corrí sobre los altos tacones, mordiéndome la lengua ante el terrible dolor que sentía en los talones.
¿A quién quería engañar? Quería pasar las últimas horas de mi cumpleaños con Doug. Lo necesitaba.
Cogí el camino más corto, pasando, sin poder evitarlo, por delante del bar de Victoria. Así comprobé que su vehículo estaba aparcado junto al dueño. Doug no estaba solo.