Capítulo 6
Narrador
Douglas Belcher
Después de tres tazas de café, una con una cucharada de sal, el dolor seguía retumbando en mi cabeza.
Al parecer bebí más de la cuenta. Oculté mis ojos con las gafas de sol que siempre llevaba en la guantera del coche y me dirigí con seguridad a la comisaría.
La situación me hizo reír. De todos los habitantes del pueblo, quien pisó más de una vez esos pequeños calabozos, fue nada más ni nada menos que el hijo del jefe de policía.
Unos cuantos dejaron de hacer su trabajo al verme entrar.
Por suerte, después, siguieron con sus cosas.
Busqué el despacho de mi padre, golpeé con los nudillos debajo de la placa donde aparecía nuestro apellido y, al no tener una respuesta por su parte, entré sin invitación.
Allí estaba, atendiendo el teléfono y con el ceño fruncido al verme después de dos años.
Le noté mayor.
Me sorprendió.
¿Tanto había envejecido mi padre?
—Te llamaré en unos minutos —colgó enfurecido el teléfono –. ¿No podías esperar, Doug?
Acomodé las manos en su escritorio y le miré.
—Eres tú el interesado. No tengo todo el día, papá.
Se levantó arreglándose la camisa blanca, perfectamente planchada. Pasó a mi lado y detuvo sus cortos pasos detrás de mí para observarme de arriba a abajo… como de costumbre.
—Así que, has vuelto —asentí con la cabeza—, solo espero que no lo hayas hecho por la niña.
« La niña » —pensé.
Gruñí y golpeé la mesa con los puños cerrados.
—No te cansas. Siempre igual y bien sabes que ya no es una niña.
—Lo era —me recordó—. Además, es la hermana del único amigo que te queda, Doug. El pueblo ha estado tranquilo desde que te fuiste. Tomaste una gran decisión. La primera en tu vida. Por fin, puedo decir que mi hijo es…
—¿Qué? —le planté cara—. ¿Un cobarde?
—Un hombre —sonrió. Era la primera vez que le veía son reír—. Quiero hacer las cosas bien contigo, hijo, pero necesito que tú también pongas de tu parte.
Él siguió hablando. Las únicas palabras que se quedaron en mi cabeza fueron « trabajo, y ayudante de agente de policía ».
30 de Septiembre de 2012
—He oído que trabajarás para tu padre —esa dulce voz sonó a mis espaldas. Miré por encima del hombro, encontrándome con una Violet muy diferente a la última vez que nos vimos. El día que me besó.
Le sonreí.
—¿Quién te ha dicho eso? —al avanzar, ella retrocedió— ¿Sucede algo?
Negó con la cabeza rápidamente. Estaba nerviosa. Se toqueteaba el cabello sin parar a la vez que evitaba mirarme a los ojos.
—Te he echado de menos, Doug —sus mejillas se sonrojaron. Se pasó un mechón de cabello por detrás de la oreja y, por fin, alzó el rostro—. Llevas semanas desaparecido.
Podía decir lo mismo.
Mi mano se quedó bajo su barbilla, reteniéndola a mi lado.
—Y yo a ti —confesé—. Estás preciosa.
Se había maquillado; sus carnosos labios destacaban más de lo normal, y sus largas pestañas sacaban a relucir sus inmensos ojos.
Violet alzó el brazo con temor. Cuando su mano encontró la mía, la misma que ascendió hasta sus pómulos, agradecí el contacto de su piel rozando mis dedos. Esa bonita sonrisa me obligó a que hiciera lo mismo. La dulce niña había llamado mi atención.
—Gracias.
—¿Por qué? —pregunté confuso.
—Por seguir aquí —cerró los ojos—, a mi lado.
Y hubiera seguido a su lado, pero un grupo de mujeres pasaron por delante de nosotros hablando en voz baja y sin apartarnos la mirada. Me aparté violentamente de su lado, subiéndome al todoterreno para olvidar lo que había pasado.
«La harás sufrir».
«La pequeña llorará por mí».
Tenía que irme, era lo mejor para ella.
Mi padre seguía esperando una respuesta.
El teléfono móvil sonó, y opté por darle la espalda y leer el mensaje que recibí.
Era de Violet.
El corazón se me aceleró.