Capítulo 4
Doug tenía que entender dos cosas: la primera, y la más importante de todas, es que conmigo no funcionaba el juego de comportarse como un verdadero imbécil.
Y la última, la que él mismo no tenía que olvidar por mucho que pasara el tiempo, es que fue él quien se marchó olvidando todo lo que pasó entre nosotros.
Era una cría, sí, pero terminó enamorándose de mí y se obligó a hacerme daño para terminar con todo.
Con el paso del tiempo me di cuenta de que lo mejor era olvidarle.
Encontré a otra persona. No funcionó; esa era mi desgracia.
Era la primera en reconocer que, por una parte, me sentí feliz al verle de nuevo, pero, por otra, intenté protegerme de sus encantos.
Mi corazón se aceleraba cada vez que lo tenía cerca…
pero no era una excusa para dejarle las cosas fáciles.
La adolescente que dejó atrás se cansó de intentar conquistarle.
Era hora de que él sufriera lo mismo —o al menos que llegara a entenderme—.
No conocía sus verdaderas intenciones. Me dejó asombrada desde el momento en que apareció detrás de mi hermano con la esperanza de que todos le acogiéramos como a uno más de la familia. Fue un traidor con Brent, así que las cosas empeorarían con el paso del tiempo.
Una voz reconocible para ambos nos sacó de ese momento incómodo en el que nos habíamos sumido durante unos segundos. Sentí un hormigueo en la palma de la mano; al parecer no controlé mi fuerza… Solo había que mirar su mejilla y como ardía mi piel.
—¿Todo bien, dulce niña ? —El viejo Sawyer parecía preocupado por mí. Intenté mostrarle una sonrisa. Al parecer no funcionó, ya que frunció el ceño y miró directamente a Doug—. El hijo de Belcher, qué sorpresa. ¿Estás tan borracho que no sabes salir de aquí, muchacho ?
Aunque las palabras de Sawyer sonaron con indiferencia, ese hombre siempre estaba preocupado por los demás. De alguna forma quería ayudarle. Pasó su mano por encima del hombro de Doug y la apartó rápidamente ante la mirada que le lanzó. Esos ojos azules eléctricos nunca habían dado tanto miedo.
—No vuelvas a llamarla dulce niña, nunca más —era de esas pocas cosas que él conocía de mí.
Hacía años que nadie utilizaba un apelativo cariñoso conmigo porque lo detestaba—.
Ahora, déjame —gruñó—. Estoy bien. Acompañado —entonces giró el cuello hasta mirarme—.
Si necesitara ayuda se la pediría a otra persona, y no a un amigo de mi padre.
Sawyer bajó la cabeza. Llevaba años sin servir en el cuerpo de policía, así que evitaría problemas con Belcher.
Su brazo amagó con darle unas palmadas en la espalda…
pero se lo pensó mejor y volvió a la mesa que ocupaba junto a sus amigos.
Y allí nos quedamos, mirándonos, esperando a que alguno de los dos hablara.
Le mantuve un rato más la mirada, con los brazos cruzados y los labios sellados. Tenía que volver a trabajar, pero si le dejaba allí solo, alguna de las camareras volvería a servirle más alcohol.
—¿Me haces un favor, Doug? —Calmé el tono de mi voz cuando, en el fondo, deseaba gritarle—¿Crees que serás un adulto durante cuatro horas hasta que termine mi turno?
Él soltó una carcajada.
—¿Estás proponiéndome una cita? Porque no me importaría —ni siquiera se podía mantener firme en el taburete. Sus manos grandes descansaron en la barra para controlar todo el peso de su cuerpo.
—Te estoy diciendo que me esperes y punto.
—Siempre te esperaré.
—Genial —le di la espalda.
—Ya te echo de menos.
Aún seguía enfrente de él.
No respondí, pero verme con las mejillas encendidas fue lo mejor que le había pasado esa noche después de nuestra discusión. Le dejé en la barra y me dispuse a trabajar.
Tuve suerte. Victoria, en ningún momento salió de su despacho y nos dejó a los trabajadores de su bar hacer nuestras tareas con tranquilidad.
Cada vez que pasaba por detrás de Doug, sentía su mirada siguiéndome.
Me acercaba a alguna mesa y revisaba que los clientes no fueran demasiado jóvenes como para llamar su atención.
Si lo hacía, chasqueaba los dedos y los hombres bajaban de inmediato la cabeza. Medio pueblo temía al hijo de Belcher.
A las dos de la madrugada finalizó mi turno. En el aparcamiento me esperaba, apoyado en su todoterreno con el brazo estirado y mostrándome las llaves del vehículo. Estaba tan borracho que, si no hubiera sido por mí, tendría que haber llamado a Brent.
—¿Vas a dejarme conducir a tu bebé ?
Ladeó la cabeza y se encontró con una sonrisa en mis labios.
—Así te demuestro lo especial que eres para mí —me guiñó un ojo. Esa situación fue graciosa; el maldito todoterreno era lo que más quería Doug, así que nadie podía acercarse y mucho menos conducirlo—. Intenta ir despacio, Violet.
Imaginaba que no se fiaba del todo.
Vacilé un poco.
—Si quieres puedo llamar a Owen y pedirle que nos venga a buscar.
Entré en guerra con Doug al nombrar a Owen.
—¿Ahora los follamigos sirven para eso? ¿Es tu chófer?
Por una parte, tenía razón; no podía utilizarle cada vez que Doug me sacaba de quicio. Pero por otra parte… ¡era una maldita broma!
—No es mi follamigo .
—¿No? —su risa nerviosa lo delató—. Entonces, ¿qué tienes con él?
Ese era mi problema y no el suyo. No respondí a su estúpida pregunta. Él siguió hablando.
—No creo que sea tu novio.
—Cállate, Doug.
—Porque entonces le estás engañando —miró la pulsera una vez más.
—No sigas —le advertí.
—Vamos, Violet —cerré los ojos en el momento que empezó a golpear la parte trasera de su vehículo. Estaba nervioso, y a mí me volvería loca. ¿Tenía que abofetearle de nuevo para relajar le? —¿Conoce la promesa?
—¡Harás que me la quite! —Mis dedos capturaron el fino cordón dorado que decoraba mi muñeca— Estoy cansada. Deja de recordarme el pasado. Ahora vivo mi presente con otra persona —dejé caer los hombros, como si me hubiera quitado un peso de encima al decirle aquello—, que no eres tú.
—¿Soy una molestia para ti?
Asentí con la cabeza.
—Tranquila, no te molestaré más —dijo rápidamente. Abrió mi mano y cogió el par de llaves que me había dejado. Estaba dispuesto a conducir. En cuatro horas debió de beber a mis espaldas, ya que seguía sin encontrar estabilidad.
Fui detrás de él.
—Bájate de ahí —no me escuchaba—. ¡Doug!
Cerró la puerta del vehículo y bajó la ventanilla para despedirse de mí. Era como un niño pequeño. Sacó de la guantera unas gafas de sol —y eso que era de noche— y ocultó sus hinchados ojos. Con un movimiento de cabeza me dijo adiós; la despedida que más odiaba.
¿Pero qué podía hacer?
Pasé demasiado tiempo detrás de él. Si quería ir borracho y tener un accidente, ahora era cosa suya.
Tragué saliva.
Me arrepentí.
Si a Doug le pasaba algo…
—¡Doug! —salí detrás del coche. Pero lo perdí al salir del aparcamiento.
«Ve con cuidado» —pensé, aunque sabía perfectamente que cometería una locura.