Capítulo 2
Evité mirarlos. Más bien, me concentré en observar las pulseras que rodeaban mi muñeca.
Pero me tranquilicé cuando ambos empezaron a hablar con normalidad, como si no hubiera pasado nada.
Estaba claro que Brent no nos había escuchado.
Doug no era estúpido, sabía bien cómo esconderse y cuándo aparecer.
Y sin cortarse ni un pelo, me guiñó un ojo aprovechando que mi hermano se había alejado.
Le miré con rabia y salí detrás de Brent.
Quería refugiarme junto a él en su acogedora habitación.
Las piernas me temblaban y no quería que nadie se diera cuenta.
Aquel a quien tanto quise, el que involuntariamente me había hecho tanto daño, había vuelto.
Allí estaba, en mi casa, mandándome señales, como si nada hubiera pasado.
Aparentando ser el mejor de los amigos, jugando sucio conmigo.
Los años de práctica para intentar olvidarle, se habían esfumado al encontrarme con aquellos ojos.
Me senté en la cama absorta en esos pensamientos. Mi hermano me miraba con curiosidad. Aunque conseguí engañarle, me conocía mejor que nadie y notó mi nerviosismo.
—¿Sucede algo? —preguntó.
Debía decírselo…
Pero exactamente… ¿el qué?
—Te esperaba a ti.
—Aquí estoy —dijo con ternura.
No captó nada.
—A ti, Brent, solo a ti. Espero que Doug solo se quede a comer y luego se vaya a su casa, junto a su padre… —el rostro de él cambió—¿No es así?
El silencio de mi hermano me puso de los nervios.
Cada vez que quería cambiar de tema, Brent miraba a un punto fijo de la habitación y se quedaba en silencio, meditando las palabras adecuadas. Avanzó lentamente, se quitó la sudada camiseta verde que llevaba y cogió una toalla para darse una ducha. Se dio la vuelta y me soltó:
—Pasará un tiempo con nosotros.
—¡¿Qué?! —No me lo podía creer. Dos años atrás me prometí a mí misma estar lo más lejos posible de Doug Belcher, me prometí odiarle…
pero tenerle a unos pasos de mí no me facilitaba nada—.
¿Por qué? Él tiene una familia. Que su padre y él estén enfadados no es problema nuestro. Brent, él… él… —no podía seguir— Doug…
Alguien se precipitó a la hora de abrir la puerta.
Acababa de llegar y Doug ya se sentía como si estuviera en su casa.
Podía entrar y salir de habitaciones ajenas sin pedir permiso.
Avasallando, sin ningún tipo de pudor… Allí estaba, delante de nosotros con una amplia sonrisa y el cabello castaño cayéndole sobre las cejas; como si yo no existiera, dio unos pasos hacia delante y golpeó el hombro de mi hermano con el suyo.
Estaba claro que lo había escuchado todo, pero aparentaba tranquilidad.
—¿Dónde dormiré? —en vez de mirarle a él, sus azulados ojos buscaron los míos.
Brent le respondió:
—En el suelo —soltó una carcajada—. Voy a darme una ducha. ¿Lo has escuchado?: Una buena ducha sin tener que cronometrar el tiempo. —El otro parecía comprenderlo muy bien—. Luego hablamos.
Ese último comentario no sonó muy bien. Brent quiso decir: «Al parecer no eres bienvenido en casa».
Lo peor de todo, es que mi hermano tenía delante una mentira —perpetrada por su hermana pequeña y su mejor amigo— que yo misma no había sido capaz de mostrarle.
Si él quería seguir pensando que su amigo era buena persona y que no tenía dos caras, ese era su problema, no el mío.
Por la noche no podía dormir. Me levanté al baño descalza, intentando hacer el menor ruido posible. Pero Doug estaba al acecho. Cuando volvía hacia mi cuarto, cerró la puerta de la habitación y, con un brinco que me sobresaltó, se estiró en la cama.
Con esa sonrisa divertida y la seguridad que siempre le acompañaba, se permitió el placer de guiñarme un ojo. Comprobó por mis temblores que estaba asustada, o al menos que quería salir de allí y no mantener una conversación.
—¿Recuerdas cómo te gustaba tocarme el pelo?
¡Claro que lo recordaba! Le odiaba por ejercer ese poder sobre mí, pero había cosas que no se podían olvidar.
Doug echó hacia atrás sus brazos; uno lo mantuvo alrededor de mi cintura para que no saliera corriendo y con el que tenía libre cogió mi mano para hundir mis dedos en su suave y rebelde melena.
—Te pedí perdón en su momento, Violet.
Entreabrí los labios para decir algo.
—¿Se lo has dicho? —pregunté. Doug me miró confuso—¿Le has confesado todo lo que ha pasado a sus espaldas? —su silencio le delató. —Eres un cobarde.
Intenté apartarle la cabeza, pero no me dejó.
—El cobarde ha vuelto —dejó de sonreír—. ¿Eso no te alegra?
Y sin ser consciente, paseé mis dedos sobre su cabello como aquellos días en los que caminaba a su lado, cerca de los girasoles de los Miller.
16 de Agosto de 2012
—Ahora comprendo los gritos de tu madre —su voz me sobresaltó—. ¿Puedo sentarme?
No hizo falta responderle. Doug se quedó al otro lado, rozando su brazo con el mío. Miré por encima del hombro y conseguí una dulce sonrisa por su parte. Cuando escuché su voz, guardé rápidamente la fotografía que tenía entre mis manos en el bolsillo de los pantalones.
Estiré las piernas y cerré los ojos para tomar el sol junto al amigo de mi hermano.
Esa misma mañana, salí de casa sin avisar a mamá.
Únicamente sostuve la foto entre mis dedos y salí corriendo sin mirar atrás.
Las viejas Converse acabaron destrozadas; «esa tela no durará mucho», dijo mi madre en su día.
Me quité con cuidado el calzado, y dejé mis pies desnudos, tocando la tierra seca hasta jugar con las pequeñas flores muertas que había a nuestro alrededor.
Doug se acercó; se tumbó colocando la cabeza sobre mis piernas. Cuando yo abrí los ojos, él los cerró. Se tomó la molestia de rodear mi cintura con sus delgados brazos. No podía creer que con quince años es tuviera enamorada de alguien que tenía la edad de mi hermano mayor.
Sus labios cerrados provocaban a una adolescente con las hormonas por las nubes.
Y eso hice. Lentamente incliné mi cuerpo hacia delante, y con una mano bajo su barbilla, encajé mi boca con la suya. Era mi primer beso; él era el primero. Labios carnosos; suaves y adictivos. Presioné un poco más, convirtiéndome en una niña que deseaba ser correspondida.
¿Pero qué hizo él?
Doug entreabrió los ojos. Sorprendido, se quedó quieto mientras yo intenté invadir su boca con mi lengua. Entonces la magia se rompió. Me apartó de su lado, y se puso de pie en un rápido movimiento.
—Es mejor que volvamos a casa —se rascó la nuca nervioso—. Tu hermano y yo saldremos en unos minutos. Hace un día perfecto para ir al gimnasio…
—Doug…
Temblé.
—Le dije a tu madre que te encontraría —me dio la espalda. No llegué a pensar que un rechazo por su parte iba a dolerme tanto—. Violet—susurró—, tenemos que volver.
Avanzó tan rápido que cuando intenté alcanzarle era demasiado tarde. Caminaba a más de diez metros de mí. Seguí acelerando mis pasos, pero por mucho que intentara estirar el brazo para tocarle, nunca estaba lo suficientemente cerca.
«¿Qué he hecho?»
Perderle.
—¡Doug! —y, de repente, caí al suelo— ¡Ahhhh!
Fue una mala idea salir de casa con vaqueros cortos y unas viejas zapatillas de marca.
La rodilla ensangrentada era la única excusa que tuvo Doug para acercarse a mí. Se arrodilló, y con los labios apretados mantuvo unos minutos más el silencio que tanto me incomodaba. Busqué su mirada… no la encontré.
—¿Te duele?
—Lo siento —me disculpé.
—Volvamos, Violet.
Me alzó del suelo y con mi cuerpo en sus brazos volvimos a casa sin dirigirnos la palabra.
Odiaría ese día el resto de mi vida; le odiaba a él por dejar a un lado sus sentimientos, y me odiaba a mí misma por precipitarme. Doug Belcher nunca se enamoraría de una cría de quince años.
—Cariño, ¿qué te ha pasado? —mamá apuntó con la cabeza el botiquín de emergencias.
—Se ha caído —respondió por mí.
—Iré a traerte unos pantalones limpios —besó mi mejilla—. Doug, quédate con ella.
Él intentó protestar, pero ya estábamos solos.
—Me equivoqué —le dije—. No debí besarte.
Bajó la cabeza.
Su respiración se disparó; estaba inquieto.
—No hay nada que perdonar —tocó mi cabello, y bajó por el perfil de mi rostro para tocar mis labios. Seguía sintiendo su cálida boca contra la mía. Sería un bello recuerdo. No pestañeé al tenerle cerca de nuevo—. Será nuestro secreto, ¿de acuerdo?
Los secretos no eran buenos.
Asentí con la cabeza.
—Te he echado de menos, Violet —me pareció escucharle.
Mis dedos soltaron sus mechones. Alcé su cabeza con cuidado y me levanté de la cama. Al recordar uno de tantos momentos que tuve con él, sentí la necesidad de refugiarme en otro lugar; bien lejos de Doug.
—¿Adónde vas?
Su mano descansó en mi hombro.
El contacto de su piel me quemaba.
—En dos años mis sentimientos han cambiado —por fin lo dije —No soy esa cría que se enamoró de ti, Doug.
Tocó mi cuello.
—Sé cuándo mientes, Violet —cerré los ojos. Un simple beso en mi cuello me había dejado débil—. Si he vuelto —suspiró— es por ti.
Unas sencillas palabras habían hecho que entrara en calor.
«¡No!»
Lo peor de todo es que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por seguir junto a él.