Nuestro secreto
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Capítulo 1
Noté los nervios de mamá desde mi habitación.
Paseaba de un lado a otro mientras susurraba el nombre de mi hermano.
Su cabello caoba siempre impecable estaba hoy alborotado, parecía que esa mañana se había peleado con el cepillo.
Iba y venía recogiendo la casa, limpiando cristales, arreglando la habitación de Brent.
Cuando ya no supo qué hacer se quedó plantada al final del pasillo, en nuestro pequeño hall de entrada.
Mientras tanto, cruzada de brazos y recostada en el marco de la puerta, yo aparentaba tranquilidad.
A diferencia de mamá, mi cabello estaba recogido en un moño improvisado; un par de mechones me caían por las mejillas y otros aguantaban detrás de mis orejas.
No había pegado ojo en toda la noche e intentaba esconder mi nerviosismo, pero ¿a quién quería engañar?
Estaba tan impaciente como ella por verle y abrazarle.
Cuando el timbre sonó, salí corriendo en busca de la persona que tanta falta nos había hecho. El llanto de mi madre no tardó en resonar en la entrada de nuestro hogar mientras el oscuro cabello de Brent acariciaba el cuello de ella.
Posé los dedos sobre mi boca, ocultando así una sonrisa de felicidad. No quería estropear ese momento. De repente, sus ojos se dieron cuenta de mi presencia.
—Puedes unirte tú también —dijo.
No esperé más y me uní al abrazo familiar.
Nunca había visto a Brent tan moreno; él odiaba tomar el sol. Seguro que había tenido que soportar altas temperaturas. Su cabello estaba más largo y una barba de varias semanas rascó mis mejillas. Mi hermano parecía otro. Había madurado físicamente.
—Te he echado de menos —confesé en un susurro—. Incluso esa peste que echan tus calcetines sucios —nos reímos—. Me alegro de verte, Brent.
Y me volvió a abrazar, revolviéndome el poco cabello que llevaba recogido.
—Y yo a ti, hermanita —me dio un beso en la mejilla—. Ya estoy en casa. Ya estoy en casa —susurró esto último con tranquilidad.
Y ahí seguimos, unos minutos más, los tres mirándonos a los ojos, sin darnos cuenta de que en la entrada había otra persona. Alguien especial para la familia. Un doloroso recuerdo para mí.
Su voz sonó más fuerte de lo que recordaba.
—¿Para mí no hay un abrazo? —soltó la bolsa que le colgaba del hombro. Era la misma que la de Brent; la de un militar—. Hola, señora Hess.
Mamá le devolvió la sonrisa.
—¡Doug! ¡Oh, dios mío! —se dirigió hasta él. —Déjame que te mire. ¡Qué cambiado estás! Sigues tan guapo como siempre. ¿Te quedarás a comer? No admito un no por respuesta.
Mamá no dejó de hablar, de preguntar cómo les había ido estos años; se lo agradecí. Quería huir de allí, hacerme invisible, esconderme para que él no me viera. Pero no lo conseguí. Sus ojos se clavaron en mí y yo noté que me flaqueaban las piernas.
Detuve mis pasos al oír mi nombre. Aprovechó el momento para acercarse mientras mi hermano seguía hablando con nuestra madre. Allí estaba, delante de mí, más alto y más fuerte que la última vez que le vi.
Sus dedos tocaron mi cuello y se inclinó hacia delante para estar más cerca.
—¿Para mí no hay un abrazo, Violet? Porque es lo que más necesito en este momento —un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Doug rodeó mi cintura con su brazo. Me alejé todo lo que pude de él.
Mi estrategia no funcionó.
Las personas que conocían a Doug, sabían perfectamente que siempre se salía con la suya. Y ahí estaba, pegado a mí, con su duro pecho tocando mi espalda, exigiendo un abrazo de mi parte.
Me giré con cuidado, evitando tener sus labios cerca. Lentamente alcé la cabeza y me quedé parada al ver sus ojos azulados. Había olvidado hablar; había olvidado respirar…
Sin importarle dónde estaba y delante de quién, pasó su mano por detrás de mi cuello y me pegó a él. Su barbilla descansó en la coronilla de mi cabeza, mientras que mis manos intentaron empujar su cuerpo para mantener las distancias.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó mientras sus labios marcaban una sonrisa traviesa. Seguí callada. Le odiaba—¿Dieciocho? —sentí sus labios en mi cabello— Ahora nada me detendrá, ¿entendido?
«¿Qué?»
En ese momento mi hermano le apartó bruscamente de mi lado.
—Deja ya a mi hermana pequeña. — Nos separamos al segundo.
¿Habría escuchado Brent las palabras de Doug?