Nuestro mejor error EPÍLOGO
98%

EPÍLOGO

Un año y un día exactos después del error notarial del viernes dieciséis de enero de dos mil veintiséis, Juliancito Fombellida firma, a las cinco y treinta y ocho de la tarde de un sábado despejado en La Habana, el acta matrimonial correcta.

El aire de la oficina del registro es denso y huele a papel viejo, pero la luz que entra por los ventanales tiene una claridad que parece bendecir el momento.

Esta vez, la firma la leo yo dos veces —palabra por palabra, coma por coma— antes de atreverme a estampar encima mi rúbrica.

El encabezamiento resalta en una tinta negra profunda, impreso por la tecnología láser del registro civil y no manuscrito con caligrafía dudosa.

Juliancito, con la lección dolorosamente aprendida en marzo, exigió una impresión oficial impecable.

Los nombres aparecen nítidos: «Prieto Ferrer, Marisol» y «Bermúdez Castillo, Leandro».

Matrimonio civil voluntario. Régimen de separación de bienes. Sin cláusulas accesorias.

Firmo yo, con el pulso firme de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Firma Leandro, con un trazo decidido que no deja lugar a la duda.

Firma mi abuela Enriqueta como testigo, utilizando su bolígrafo azul de madera gastada, ese que la acompaña desde el día de su jubilación.

Su caligrafía de jueza civil retirada es un prodigio de disciplina; nunca afloja la muñeca, ni siquiera hoy, cuando la emoción le hace brillar los ojos detrás de las gafas.

Doña Niurka Castillo Valdés firma también en calidad de testigo.

Bajó desde Camagüey el miércoles con una maleta que Leandro, en un alarde de precaución, inspeccionó a mediodía al llegar al paladar.

No entró ni un solo vestido blanco. En su lugar, luce un elegante vestido de lino color trigo, un regalo que mi abuela le envió por mensajería hace dos semanas.

Cuatro firmas. Un acta limpia. Un sello oficial.

«Marisol Prieto Ferrer, la cláusula ha sido redactada y firmada. Esta vez, de verdad».

A las seis menos diez de la tarde salimos del registro.

Dos taxis antiguos, de esos que son parte del patrimonio móvil de la ciudad, nos esperan en la calle Obispo.

En el primero subimos Leandro y yo; en el segundo se acomodan mi abuela, Doña Niurka y Juliancito.

El trayecto por las calles del Vedado es un desfile de fachadas familiares que hoy parecen más luminosas.

A las seis y siete minutos de la tarde, cruzamos el umbral del paladar.

El Fogón de Leandro ha sido transformado para esta ocasión especial.

Las doce mesas habituales han sido replegadas contra las paredes para abrir espacio.

En el centro, una única mesa larga y majestuosa, montada por Reinaldo con una dedicación minuciosa entre las dos y las cinco de la tarde, preside el salón.

Está vestida con un mantel de lino blanco inmaculado y dispuesta para treinta comensales.

Cinco jarrones bajos contienen una mezcla sencilla y colorida de alhelíes y girasoles.

Las lámparas colgantes que Leandro instaló en el año diecinueve emiten una luz amarillenta y cálida que comienza a cobrar fuerza a medida que la tarde languidece.

En la esquina noroeste, junto a la ventana, descansa el piano vertical negro.

El piano de la clienta difunta de mi abuela.

Aquel instrumento por el que Leandro fue a preguntar a la notaría hace tres años y medio, iniciando sin saberlo esta larga cadena de casualidades.

Terminó comprándolo en mayo del año pasado, con los beneficios del paladar y la autorización del heredero.

Nunca lo toca, pero desde junio se ha convertido en lo que mi abuela y Niurka llaman «el mueble testigo».

Hoy, sobre la tapa cerrada del piano, alguien ha colocado una copa de champán a medio llenar. Nadie sabe quién ha sido. Nadie se atreve a quitarla.

Los treinta invitados ya están en el interior.

El ochenta por ciento es sangre camagüeyana.

Los quince primos de Leandro ya llenan el ambiente con su energía; el tío Enrique disfruta de su segunda copa de ron añejo a las seis y doce de la tarde.

La prima Dayanara luce un vestido verde oscuro que, según cuenta la leyenda familiar, llevaba diez años reservando para una boda de esta importancia.

Están Yudisleydi, Osdanny, Orelvis, Ramsés y el resto del clan.

Los dos bebés, ahora un año mayores, ya caminan con paso vacilante y se esconden tras las piernas de sus madres en la esquina este del salón.

Por el lado habanero, mis tres columnas de apoyo.

Yadira viste un pantalón ancho gris y una camisa blanca impecable.

Está sola y se la ve radiante. Esta mañana la crucé en Paseo con una amiga nueva que todavía no me ha presentado oficialmente: «Mari, los diagnósticos importantes se validan con tres meses de observación previa; te aviso en abril», me dijo con su habitual rigor clínico.

Sin embargo, la alegría que irradia esta tarde es una señal que yo, tras años de ser su amiga y paciente, sé leer perfectamente sin necesidad de explicaciones adicionales.

Lisette, con un vestido azul marino de escote redondo y el pelo suelto, entra del brazo de Juliancito Fombellida.

El mismo Juliancito del acta matrimonial.

Son pareja oficial desde el trece de junio del año pasado.

Tardaron cuatro meses en confirmárselo a las amigas, dos en decírselo a los padres y uno en informar a Doña Odalys.

A Verdoso, sin embargo, se lo confirmaron de inmediato; el loro lleva desde septiembre recitando el refrán que mi abuela le enseñó: «Lisette y Julián, de la mano van».

—Mari —dice Lisette envolviéndome en un abrazo.

—Lisette, qué bueno que estés aquí.

—Juliancito —saluda Leandro estrechándole la mano.

—Prima... bueno, hoy no te llamaré prima. Hoy eres Marisol —dice Juliancito con una sonrisa cómplice.

—Gracias, Julián. De verdad.

Nos abrazamos los tres. Lisette me aprieta un segundo más, con la confianza que dan trece años de confidencias. Juliancito se retira pronto para revisar con mi abuela el orden de los asientos, un protocolo notarial que él mismo ha diseñado para este evento.

A las seis y dieciséis, Don Heriberto Armenteros y su esposa Isabel cruzan la entrada.

Él viste un traje gris oscuro que le sienta como una armadura de autoridad y una corbata azul marino que su mujer le ha ajustado tres veces antes de salir de casa.

Me estrecha la mano con la firmeza profesional que antes reservaba para los magistrados del Tribunal Supremo.

—Doctora Bermúdez —me saluda con una chispa de humor en los ojos.

—Todavía no, Don Heriberto. Un poco de paciencia.

—Doctora Prieto-Bermúdez, entonces.

—Así suena mucho mejor.

—Marisol —dice él suavizando el tono—. Enhorabuena de corazón.

—Muchísimas gracias.

—Recuerda: lunes nueve, a las once y media, tenemos el cónclave de socias. Vamos a formalizar tu ascenso de una vez por todas.

—Allí estaré, Don Heriberto.

—No llegues tarde, que el reglamento es estricto.

Isabel me besa en ambas mejillas y hace lo propio con Leandro. Don Heriberto, manteniendo esa discreción ensayada, le estrecha la mano a mi marido durante cinco segundos exactos, cumpliendo con el protocolo de jefe de la esposa de un amigo.

—Chef Bermúdez —dice Don Heriberto.

—Dígame, señor.

—¿Qué hay de aquel famoso arroz amarillo? ¿Se ha decidido a ponerlo en la carta por fin?

—Todavía no es el momento —responde Leandro con una sonrisa enigmática.

—¿Entonces?

—Hoy, Don Heriberto, lo servirá Reinaldo como primer plato de esta cena. Es un honor reservado.

El veterano abogado asiente con satisfacción. A sus sesenta y cuatro años, todavía sabe apreciar cuando un jefe de cocina cubano decide honrar a sus comensales a través de un plato con historia.

Doña Niurka se acerca a mi abuela, que ya ocupa la silla grande en el lado oeste de la mesa larga. Verdoso descansa a su lado en su jaula de viaje, sobre un taburete dispuesto para él.

—Enriqueta —susurra Niurka.

—Dime, Niurka.

—¿Verdoso tiene preparado el artículo?

—Lo tiene grabado en la lengua —responde mi abuela con una sonrisa traviesa.

—¿Lo soltará durante los postres, como acordamos?

—Durante los postres será el momento estelar.

Las dos abuelas lucen vestidos coordinados pero distintos: azul cielo para Enriqueta y lino trigo para Niurka.

Fue su forma de protestar contra la coincidencia accidental del pasado primero de marzo.

Cruzan sus manos sobre el mantel y se intercambian una mirada cargada de complicidad, el fruto de quince meses de operaciones secretas ejecutadas en paralelo.

Doña Odalys Puentes ocupa su lugar en la mesa cuatro, silla tres.

Tiene el móvil en la mano derecha y una copa de cava en la izquierda.

Ha publicado ya tres historias en «Vedado Informa» en los últimos veinte minutos.

No ha pedido permiso a la novia, pero a estas alturas, la novia ha dejado de pedirle permiso al mundo para ser feliz. Es un ecosistema que funciona solo.

Reinaldo, con un delantal impecable y su camisa blanca de los sábados, aparece en el salón a las seis y veintinueve. Saluda con un gesto de la barbilla a los primos camagüeyanos, a quienes ya considera viejos conocidos tras sus visitas a la provincia con Leandro.

—Jefe —dice acercándose a nosotros.

—Dime, Reinaldo.

—Todo está en marcha en la cocina. El ritmo es perfecto.

—Me alegra oírlo.

—El arroz amarillo se servirá a las siete en punto, ni un minuto más tarde.

—Acordado. Gracias, Reinaldo.

Él se retira con paso ágil. Yosvani, que mueve su hombro con total normalidad desde hace meses, pasa con una bandeja de copas cristalinas y me guiña un ojo. Es el gesto de un sous-chef que lleva diez meses preparando mentalmente el servicio de esta noche.

A las seis y cuarenta, todos ocupamos nuestros asientos. Doña Niurka se pone en pie y golpea suavemente su copa con un tenedor para pedir atención. El murmullo del salón se apaga instantáneamente.