Nuestro mejor error EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Familia —comienza Niurka con voz clara—. No voy a aburrirlos con un discurso interminable. Lo he negociado con Enriqueta y me ha concedido exactamente treinta segundos. Voy a aprovecharlos.

Se aclara la garganta y recorre las caras de los presentes.

—Treinta segundos para decir una sola verdad.

El veintidós de enero del año pasado, en la terminal de ómnibus de Camagüey, le pregunté a mi hijo si estaba enamorado de la abogada habanera con la que se había casado por un error de papeles.

Él me contestó que «había algo». Esta noche, frente a estos treinta testigos, Marisol Prieto Ferrer, yo misma confirmo el diagnóstico.

Mi hijo se casó bien esta vez. Y esta vez, hija mía, se ha casado bien de verdad.

Los treinta invitados estallamos en un aplauso unánime. Mi abuela levanta su copa con orgullo. Yadira sonríe desde su sitio. Lisette se limpia una lágrima furtiva mientras Juliancito le ofrece su pañuelo. Leandro, a mi derecha, busca mi mano por debajo del mantel y la aprieta con fuerza.

Cenamos con esa calma que solo se encuentra en las celebraciones cubanas.

Ajiaco de entrada, caliente y reconfortante.

El arroz amarillo llega como segundo plato a las siete en punto; Reinaldo lo sirve con un gesto de respeto hacia Don Heriberto e Isabel, quienes lo reciben como el homenaje que es.

Hay pollo en salsa para los pocos que no quieran arroz, aunque nadie parece dispuesto a renunciar a la especialidad del chef.

De postre, flan de calabaza y arroz con leche para compartir al centro de la mesa.

Al llegar el café, Doña Enriqueta abre con delicadeza la puertecilla de la jaula de Verdoso.

El loro sale con parsimonia, camina tres pasos sobre el mantel blanco y se detiene en seco.

Observa a la concurrencia con la autoridad de quien ha visto pasar sesenta años de historia habanera desde su percha.

—¡Artículo ochenta y siete, inciso dos! —grita el ave con una nitidez asombrosa—. ¡Matrimonio válido, consentimiento pleno!

Las carcajadas llenan el local. El tío Enrique aplaude con un entusiasmo que no mostraba desde hace años.

Doña Odalys captura el momento para su cuarta historia de la tarde y Yudisleydi graba un vídeo que será leyenda.

Niurka premia a Verdoso con un trozo de galleta.

El loro acepta el pago, se lo come con profesionalidad y, con un par de aleteos, salta de la mesa a una silla y de ahí a la mesa auxiliar.

Finalmente, vuela hasta posarse sobre la tapa del piano negro.

Se queda allí, inmóvil, como una estatua de plumas verdes. La copa de champán que alguien dejó sobre el piano brilla bajo la luz cenital, reflejando la felicidad del salón.

A las nueve y veintitrés de la noche, salgo a la pequeña terraza trasera del paladar con una copa de cava en la mano.

El espacio da a un patio interior donde crecen dos mangos jóvenes y el limonero que Leandro plantó el año pasado.

La noche de enero es fresca y agradable.

Desde aquí, el ruido de los invitados en el salón llega como un murmullo lejano de risas y tintineo de copas.

Mi abuela está enfrascada en una conversación de sofá con Isabel Armenteros; parecen haber resumido sesenta años de vida en apenas cuarenta minutos.

Apoyo los codos en el muro bajo de piedra, sintiendo la rugosidad del material. Miro el cielo oscuro del Vedado.

Pienso en mi padre. La veintitresava carta la leí el jueves veintiséis de marzo del año pasado, a solas en mi antiguo apartamento de la 23.

Eran cinco párrafos cortos donde me hablaba de una tarde de pescadores en Cojímar en el noventa y siete, la última vez que estuvimos juntos antes de su partida a Miami.

No era una petición de perdón, era una explicación descarnada.

Al llegar a la última carta, el llanto se había transformado en un inicio de perdón.

Un ochenta por ciento, quizás. El resto sigue ahí, formando parte de mi equipaje, y mi abuela dice que es una cifra saludable para alguien de mi edad.

La puerta de la terraza se abre con un crujido suave. Leandro sale. Lleva la chaqueta de la boda, la camisa de lino con el primer botón abierto y sostiene su propia copa. Se apoya en el muro, justo a mi lado, manteniendo los codos paralelos a los míos.

—Marisol —dice en voz baja.

—Leandro.

—Prieto —añade con una sonrisa.

—Bermúdez —respondo yo.

Reímos los dos, disfrutando del juego de los apellidos. Hoy no es una barrera profesional, es un código de complicidad.

—Dime una cosa, Leandro... la copa que está sobre el piano.

—¿La que está a medio llenar?

—Esa misma. ¿La pusiste tú?

—La puse yo a las cinco y dos de la tarde —confiesa él mirando al limonero—. Antes de que llegara el personal, antes de que el paladar se llenara de gente.

—¿Por qué lo hiciste?

—Por tu padre, Marisol. Por él.

Me quedo en silencio un par de segundos, conmovida por el detalle. Leandro bebe un sorbo de su copa y no añade nada más, respetando el peso de sus palabras.

—Gracias —murmuro al fin.

—No tienes por qué darlas.

Nos quedamos un minuto entero contemplando el patio en silencio. El viento mueve las hojas de los mangos y un gato vecino cruza con sigilo el muro divisorio. La luna, soberana sobre el Vedado, baña los árboles jóvenes con una luz plateada y pura.

—Tengo la sensación de que, esta vez, hemos firmado bien el contrato.

Suelto una risa corta y honesta. Es la risa de una mujer que ha encontrado su lugar en el mundo, al lado del hombre que supo leer entre líneas. Cabe un año entero de incertidumbres en esta copa de cava y en este muro de piedra.

—Bermúdez —sentencio, mirándolo a los ojos.

—Dime.

—Esta vez sí. Definitivamente, esta vez sí.