Nuestro mejor error TREINTA #2
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TREINTA #2

Él también se ríe. Es la primera vez que escucho su risa en este refugio de piedra. Afuera, la llovizna ha cobrado fuerza y un carro colonial tirado por caballos pasa por Empedrado con un traqueteo rítmico.

—Condición tres —sentencio con seriedad—.

Las veintitrés cartas de mi padre las voy a leer yo sola.

Una por día. No quiero que me las comentes, ni que me preguntes por ellas mientras dure el proceso.

Cuando las haya leído todas, tú serás la primera persona a la que se las cuente.

El día veintitrés después de la primera carta. Si todavía quieres escucharlas.

—Querré escucharlas, Marisol. Te lo aseguro.

—Gracias.

Nos quedamos en silencio un par de segundos.

Leandro desplaza su mano desde mi codo hasta mi muñeca, rozándome apenas.

Me mira con una intensidad que me desarma.

El portal colonial, con su piedra húmeda y su historia de ciento setenta años, nos observa con la misma disciplina con la que ha visto pasar el tiempo.

—Marisol —susurra.

—Dime, Leandro.

—Hay una cosa más que tengo que decirte antes del beso.

—Dímela.

—Prieto, tú no eres un trámite para mí.

Es la segunda vez que pronuncia esas palabras. La primera fue bajo la luz de las velas, en mitad de un apagón. Pero hoy el tono es distinto. Hoy su voz tiene un peso nuevo, una vulnerabilidad que no conocía.

—Nunca lo fuiste, Marisol. Jamás.

La voz se le quiebra ligeramente al pronunciar ese «nunca». No llora, porque un cocinero de treinta y seis años bajo un portal de La Habana no se permite las lágrimas tan fácilmente, pero el quiebro está ahí, delatando la magnitud de lo que siente tras seis años de silencio emocional.

—Leandro...

Le pongo la mano derecha en la mejilla, sintiendo el calor de su piel. La izquierda descansa sobre su pecho, justo encima del esternón, donde puedo sentir el galope de su corazón. Él me rodea la nuca con una mano y me sujeta la cintura con la otra, atrayéndome hacia sí.

Y me besa.

No es un beso de película, ni un gesto apresurado.

Es un beso de ocho segundos exactos, bajo el resguardo del portal, mientras la lluvia de marzo humedece el mundo exterior.

Es el beso de una abogada de treinta y dos años y un cocinero de treinta y seis que llevan cuarenta y siete días unidos por un error y que han decidido, en este instante, transformarlo en un acierto.

Ocho segundos. Los cuento por pura inercia, porque sigo siendo la mujer que necesita medir el tiempo.

En ese breve lapso, repaso mentalmente toda nuestra historia: el sabor del ajiaco, el café frío en Paseo, el traqueteo del ómnibus a Camagüey, el arroz amarillo, el apagón, el aroma de las rosas blancas que no tiré y esa palabra escrita en un folio amarillento.

Cabe todo. Y, como decía la abuela de Leandro, todavía sobra medio segundo para que Dios dé su visto bueno.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, él apoya su frente contra la mía. Ambos respiramos con lentitud, saboreando el aire compartido.

—Tu abuela paterna tenía mucha razón sobre la Catedral.

—¿Sobre qué?

—Sobre el eco. Para que Dios lo oiga medio segundo después que la otra persona. Dios ya ha tomado nota, ahora me toca a mí asimilarlo con calma.

Él suelta una risa corta contra mi frente.

—Marisol, ¿quieres que vayamos al paladar?

—Vayamos.

—Reinaldo no abrirá hasta las cuatro, tenemos tiempo.

—Mejor todavía. Desayunaremos solos en la cocina. Tú cocinas y yo me limito a observar tu técnica.

—Bermúdez —me corrige él con una sonrisa.

—Dime.

—Hoy, además de cocinar, te toca hablar a ti.

—Hablaré, Leandro. Prometo no callarme nada.

Salimos del portal. Él se coloca la chaqueta sobre los hombros para protegernos, pues la llovizna se ha transformado en una lluvia franca.

Caminamos por Empedrado hacia Mercaderes, pasando junto a la panadería.

Doña Odalys ya no está; su misión ha concluido y se ha retirado satisfecha.

Leandro me cuenta que Reinaldo le ha enviado un mensaje con una foto que Yenis subió al grupo del paladar. El operativo ha sido un éxito rotundo.

«Marisol Prieto Ferrer, la red cubana te ha traído hasta aquí. Acéptalo y déjala trabajar».

En la acera de Mercaderes, Leandro me toma de la mano. Nuestros dedos se entrelazan con una naturalidad asombrosa, como si siempre hubieran estado destinados a encajar de esa forma.

—Tengo una última condición para el futuro.

—Te escucho.

—En la boda, y a partir de ella... no me llames Prieto.

Él se detiene en seco. Estamos a pocos pasos de un vendedor de maní que anuncia su mercancía a voz en grito. Me mira con sorpresa, arqueando las cejas.

—¿Y cómo quieres que te llame entonces?

—Marisol. Solo Marisol.

—Marisol —repite él, saboreando el nombre—. Está bien. Trato hecho.

La lluvia le resbala por la sien, pero a ninguno de los dos nos importa el agua.

—Vamos a desayunar, Leandro. Tengo hambre.

Recorremos los últimos metros hasta el paladar bajo el aguacero, empapados pero felices.

Mi vestido rojo se pega a mi cuerpo y mis zapatos están arruinados, pero en La Habana Vieja, a las ocho y diecisiete de la mañana, eso no tiene la menor importancia.

La red informativa nos concede, por fin, un momento de privacidad.

Al llegar a la esquina de Mercaderes, mi móvil vibra. Es un mensaje de Lisette: «Mari, Yadira está conmigo. Necesitamos confirmación oficial del estado del proceso. Por protocolo».

Contesto rápido: «Confirmado. Cena el viernes. Mari».

Leandro me aprieta la mano, adivinando el contenido del mensaje. Entramos en el paladar. El local huele a pan del día anterior y a esa calma de la mañana que precede al bullicio. Me quedo un segundo en el umbral, contemplando el espacio que se ha convertido en mi refugio. Luego, entro del todo.

Me siento en el taburete de siempre, junto al mármol de la cocina. Miro al hombre que esta mañana, con la camisa mojada y el pelo desordenado, va a preparar para mí el primero de los miles de desayunos que nos quedan por compartir.

Desayunamos a las ocho y treinta y seis.

Huevos revueltos con cebolla, pan cubano tostado, café recién colado y un vaso de jugo de guayaba.

Estoy descalza, con los pies sobre el travesaño del taburete, mientras mis tacones se secan en un rincón.

Leandro trabaja al otro lado del mármol, con esa camisa que ya ha dejado de ser una prenda de etiqueta para convertirse en ropa doméstica.

Comemos con una calma que nos fue esquiva durante cuarenta y siete días.

A las nueve y cinco, el móvil de Leandro anuncia un mensaje de su madre.

«Mijo, he visto la foto del operativo. Te abrazo fuerte.

Dile a la niña que yo, esta vez, prometo callarme de verdad».

Reímos juntos ante la promesa de Niurka, sabiendo que le será imposible cumplirla.

A las nueve y once, Leandro le envía un mensaje corto a mi abuela: «Misión cumplida.

L.». Me deja a mí la tarea de darle los detalles por teléfono más tarde.

El paladar sigue cerrado. Tenemos el mundo para nosotros dos. Reinaldo y Yosvani no aparecerán hasta la tarde y Doña Odalys está ocupada con sus compras. El Fogón de Leandro es nuestro universo privado.

No me marcho. No lo hago a las diez, ni a las doce, ni a las dos.

Me quedo allí, habitando su espacio. A las tres y doce de la tarde, mi vestido rojo oscuro descansa sobre el respaldo de una silla en el apartamento de arriba.

No está en mi armario de la calle 23, sino en una habitación que empieza a sentirse propia.

Sobre la mesilla hay una taza de café vacía, parte de la vajilla de su abuela.

No vuelvo a mi apartamento esa noche. Me quedo donde mi corazón decidió quedarse hace tiempo.

Reinaldo abre el restaurante a las cuatro.

Entra y se pone a trabajar sin preguntar nada, aunque sus ojos lo registren todo: las tazas lavadas, el rastro del desayuno para dos.

Yosvani llega poco después, ya recuperado de su hombro.

El servicio de la noche del miércoles cuatro de marzo abre con dieciocho reservas.

Leandro baja a la cocina a las cinco y media, con una camisa limpia y el pelo todavía húmedo por el agua fría.

Reinaldo lo observa un segundo y anota en su mente: «Jefe entero».

A las seis y media, Leandro se ata el delantal y empuña su cuchillo favorito. Yosvani abre la puerta principal. El primer cliente entra cinco minutos después.

Arriba, en el silencio del salón, el vestido rojo oscuro sigue allí, colgado en la silla. Esta vez, finalmente, ya está seco.