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TREINTA

Llegó a la plaza ocho minutos antes de la hora acordada.

Visto la camisa blanca de lino, el pantalón oscuro y los zapatos de cuero marrón que usé en el hotel Nacional.

Llevo la chaqueta doblada con cuidado sobre el antebrazo izquierdo, mientras mantengo la mano derecha resguardada en el bolsillo del pantalón.

Allí, mis dedos rozan el papel de Reinaldo doblado en cuatro, una moneda cubana vieja que perteneció a mi padre, acuñada en el año noventa y dos, y nada más.

El peso del metal frío me ayuda a anclarme a la realidad.

La plaza de la Catedral está casi vacía, sumida en un letargo pétreo.

El adoquinado mojado devuelve, de forma oblicua, la luz grisácea de esta mañana de marzo en La Habana, marcada por una llovizna ligera que parece suspendida en el aire.

El portal de la Catedral permanece abierto, una boca oscura y acogedora.

Una mujer mayor, con un pañuelo blanco anudado a la cabeza, entra despacio para la misa de las ocho y cuarto.

Dos turistas europeos, ataviados con chubasqueros transparentes que brillan bajo la humedad, observan desde el ángulo opuesto los balcones señoriales de la Casa del Conde de Casa Bayona.

Detrás de mí, el café El Patio comienza su rutina; escucho el chirrido de las persianas al subir y veo a un camarero joven sacar una silla mojada para pasarle un paño con desgana.

Doña Odalys Puentes ha cumplido su parte del trato con una precisión de espía veterana.

La veo de reojo, apostada en la panadería de la esquina norte.

Sostiene una bolsa de pan en la mano derecha y el móvil en la izquierda, situada en el ángulo exacto que le permite controlar la calle Empedrado en dirección a Tacón.

Está operativa, vigilante. Ni me saluda ni me mira, respetando la invisibilidad del despliegue.

«Ya está. Sitúate en el centro. Respira», me ordeno a mí mismo.

Me coloco en el corazón de la plaza, a tres metros de la fuente seca y a seis del portal de la iglesia. La piedra, bajo la suela de mis zapatos, conserva esa temperatura gélida de marzo que los cubanos antiguos asociaban invariablemente con los juramentos públicos y las verdades definitivas.

A las ocho menos un minuto, Marisol aparece por la calle Empedrado.

Lleva el vestido rojo oscuro. Es el mismo de Camagüey, el mismo del hotel Nacional.

Su pelo cae suelto, ligeramente encrespado por la humedad.

Calza los tacones medios de cuero oscuro y sujeta un bolso pequeño color nude en la mano izquierda.

La llovizna, fina como un velo, le ha humedecido los hombros y el arco del cuello, dibujando pequeñas gotas que brillan sobre su piel.

Noto que trae los dedos de la mano derecha cerrados en un puño pequeño, una tensión contenida que no se liberará hasta que esté a pocos metros de mi posición.

Camina despacio, con una determinación que no necesita de la prisa. Camina como caminan, a las ocho menos un minuto de un miércoles de marzo, las abogadas cubanas de treinta y dos años que han decidido, por una cuestión de amor propio, no llegar antes por dignidad y no llegar tarde por respeto.

La observo recorrer los ochenta metros que separan la esquina de Empedrado del centro de la plaza.

En los primeros veinte metros, veo en ella a la mujer del Nacional que humilló a Philippe Moreau en un francés impecable.

En los segundos veinte, reconozco a la Marisol vulnerable del patio trasero de Camagüey.

En los terceros, a la abogada que escribió la palabra «quedarme» en un folio amarillento.

Y en los últimos veinte, veo finalmente a la mujer que ayer le confesó a su abuela, con un pañuelo blanco entre las manos, que se marchaba conmigo a caminar.

Entra en la plaza y se detiene a cuatro metros de mí. El silencio de la piedra nos envuelve.

—Bermúdez —saluda ella, rompiendo el hielo.

—Prieto.

—Llovizna —observa, mirando al cielo gris.

—Llovizna.

—Has llegado antes —dice con una sombra de sonrisa.

—Y tú has llegado después.

—Entonces, Leandro, hemos llegado juntos.

La fórmula de enero, la del pórtico del Nacional, la que hemos repetido mecánicamente en tres cafeterías distintas y que forma parte de nuestra liturgia particular, nos sitúa en el presente sin necesidad de más preámbulos.

—Marisol —digo, dando un paso adelante.

—Dime.

—Quiero decirte una cosa importante.

—Dímela.

Me ajusto la chaqueta en el antebrazo y saco finalmente la mano del bolsillo. Inspiro hondo. La piedra de la plaza devuelve, medio segundo después, el sonido de una gota de agua que cae desde el alero del café El Patio e impacta contra el suelo. Es el eco de la Catedral.

—Marisol, yo no quiero firmar una anulación el próximo jueves doce de marzo.

Ella se queda paralizada, como si el frío de la piedra le hubiera subido por las piernas.

—Leandro... —murmura.

—Escúchame.

—La vamos a firmar igual, Leandro. Es lo que toca.

—Lo sé. La firmaremos porque el expediente civil cubano no admite matrimonios nacidos de errores notariales.

La firmaremos porque Juliancito no sobreviviría a un tercer error y su notaría no se lo perdonaría.

La firmaremos porque tú, como abogada, has sentenciado que es el camino legal correcto.

La voy a firmar, Marisol, pero ese mismo lunes siguiente quiero pedirte otra cosa muy distinta.

—¿Cuál? —pregunta con un hilo de voz.

—Quiero que te cases conmigo de verdad.

Marisol cierra los ojos durante medio segundo largo. Al abrirlos, la llovizna le empapa la frente. Una gota resbala lentamente por su sien hasta alcanzar la ceja izquierda, pero ella no hace amago de limpiársela. Me sostiene la mirada, procesando la propuesta.

—Leandro —dice al fin.

—Dime.

—Eso no es algo que se pregunte a las ocho menos un minuto de la mañana, en mitad de la plaza de la Catedral.

—¿No? —pregunto con un matiz de decepción.

—No.

—¿Y dónde se pregunta entonces?

—En ningún sitio, Leandro. A mi edad, estas cosas no se preguntan. Se proponen —sentencia con ese tono judicial que tanto me gusta.

—Te lo propongo oficialmente. Ahora mismo.

Ella guarda silencio durante tres segundos que se me antojan eternos. Luego, con la misma calma y elegancia con la que cruzó la plaza, da media vuelta sobre sus tacones. Y empieza a alejarse. Se encamina hacia la misma esquina de Empedrado por la que entró.

«No te asustes, Bermúdez. No dejes que se vaya. Muévete».

La sigo de inmediato.

Me marcho, sí. Pero no me voy porque mi respuesta sea un no.

Me voy porque una mujer cubana de mi edad, en este escenario y ante tal propuesta, no puede quedarse simplemente plantada como una estatua.

Me muevo, camino y permito que él me siga.

Es una lección que aprendí de mi abuela Enriqueta cuando apenas tenía ocho años: viéndola discutir en los pasillos del Tribunal Supremo, desarmando a litigantes con una elegancia que no necesitaba gritos, solo movimiento.

«Marisol Prieto Ferrer, camina. Haz que lo repita bajo el cobijo de un portal».

Salgo de la plaza y giro a la derecha por la calle Empedrado.

No he caminado tres metros cuando siento a Leandro justo detrás de mí.

Antes de llegar al cuarto, me toma del codo izquierdo con dos dedos.

No aprieta; es esa señal cubana, sutil pero imperiosa, que significa «detente aquí».

Obedezco y me detengo en seco. Estamos bajo un portal colonial, resguardados por columnas de piedra y un techo de vigas de madera centenaria.

El suelo de baldosa oscura está seco; aquí la llovizna no nos alcanza.

—Bermúdez —digo, dándome la vuelta.

—Prieto.

—Repítelo.

—Quiero que te cases conmigo —dice con voz firme.

—¿De verdad?

—De verdad.

Respiro hondo y siento cómo la mariposa que vivía en mi diafragma desde el diecisiete de febrero se queda quieta, finalmente en paz.

Por primera vez en cuarenta y siete días, tengo una pregunta formulada en voz alta a la que no voy a responder con un trámite administrativo.

Esta respuesta no se va a archivar en ningún cajón civil.

Esta vez, definitivamente, no es un trámite.

Me lo digo a mí misma, en mi fuero interno, en el preciso instante en que él añade ese «de verdad». Leandro lo sabe, lo lee en mis ojos, y yo lo leo en los suyos.

—Leandro —comienzo.

—Dime, Marisol.

—Tengo una condición.

—Dímela, la acepto antes de oírla.

—Si nos casamos de verdad, quiero que alquilemos un apartamento nuevo. Para los dos.

—¿Uno nuevo?

—Ni tuyo ni mío, Leandro. Tú llevas seis años en el de la calle Línea arrastrando los restos de un divorcio.

Yo llevo trece en el de la 23 construyendo una carrera.

Ambos sitios tienen una historia que no nos pertenece como pareja.

Si vamos a empezar, quiero que sea en un lugar sin fantasmas, un sitio que estrenemos nosotros.

—Marisol... lo que tú quieras. Donde tú digas.

Se me escapa una risa cristalina. Es la primera risa auténtica, sin filtros ni defensas, que suelto en ocho días. Una risa que no se disculpa ante nadie.

—Bermúdez, esa es la respuesta de un hombre que acaba de comprometerse a pagar la mitad de una renta en una zona que todavía no hemos determinado.

—Prieto, pagaré la mitad de la renta en el mismísimo Castillo de la Real Fuerza si es allí donde decides que vivamos.

—Está bien —digo sonriendo—. Condición número dos.

—Dímela.

—En la boda, tu madre no puede traer ningún vestido blanco de esos que guarda en la maleta. Ninguno de los tres.

—Eso ya está garantizado, Marisol. Lo decidió ella solita en diciembre del año pasado.

—Lo sé. Pero quería que constara en acta.

—Condición aceptada. ¿Hay una tercera?

—Bermúdez, ¿cuántas condiciones crees que vamos a negociar bajo este portal?

—Todas las que necesites, Prieto. Eres abogada, está en tu naturaleza negociar.