VEINTINUEVE
El martes amanece gris sobre el Vedado. La humedad alcanza un asfixiante noventa y uno por ciento, una cifra que mi vieja radio de la cocina confirma a las siete y dos de la mañana con esa voz metálica de las emisoras provinciales.
Una llovizna finísima, casi imperceptible, ha empezado a caer desde las seis y cuarenta; no llega a mojar la ropa, pero otorga a las aceras un brillo oscuro y aceitoso.
A mis treinta y seis años, asocio este clima a dos certezas: es un día en el que no se trabaja con fluidez y es una jornada en la que, si uno se empeña en trabajar mal, termina sacando algo que no tenía previsto.
«Ya está bien. Sigue cortando».
Llevo en la cocina desde las seis y media.
Abrí el paladar a las seis y doce, adelantándome una hora al horario habitual.
Reinaldo no llega hasta las diez los martes, según el reglamento interno que le dejé firmado en enero del año pasado, y Yosvani, que sigue recuperándose de su lesión en el hombro, no aparecerá hasta mediodía.
A esta hora, las siete y cuarto, la cocina me pertenece por completo. Es mi santuario y mi celda.
He venido aquí porque llevo despierto desde las cinco menos cuarto de la madrugada.
La cocina del paladar al alba es el único refugio donde un cocinero puede adelantar el trabajo de dos días sin estorbar a nadie.
Necesito dejarlo todo listo para que mañana, miércoles, el restaurante funcione solo.
Mañana tengo una cita a las ocho en la plaza de la Catedral y no puedo permitirme distracciones.
Eso dice la teoría que me repito para convencerme.
En la práctica, llevo casi una hora picando, removiendo y lavando cacharros con una eficiencia frenética.
Mi padre, desde su cocina en Santa Clara, habría calificado este despliegue con su adjetivo favorito para los desórdenes productivos: «ejemplar».
Pero yo sé que la palabra ejemplar es solo una máscara.
Lo que estoy haciendo tiene otro nombre. Se llama huida.
«Mentira, Bermúdez. Eso también lo dice tu muletilla nueva».
Es cierto. La voz de la abogada, esa segunda conciencia que se me instaló en el cerebro hace semanas, me habló a las cinco y cuarto mientras daba vueltas en la cama.
Fue clara y cortante: «Bermúdez, tú no estás trabajando por deber.
Estás poniendo distancia física entre tú y ese miércoles a las ocho de la mañana».
Me levanté de la cama de un salto, me hice un café amargo y vine directo al paladar.
A las siete y veinte meto una bandeja al horno. Necesita quince minutos exactos. Me siento en el taburete de la barra y bebo un vaso de agua fría. Miro el móvil, que descansa boca abajo junto al fogón desde hace casi una hora. No lo he tocado ni una sola vez. Me obligo a no levantarlo.
Llevo cuarenta y dos horas sin escribirle a Marisol.
La última vez que nos vimos fue el domingo, al salir de casa de su abuela.
Caminamos cuarenta y seis minutos por el Malecón, envueltos en un silencio que pesaba más que el salitre.
La dejé en la esquina de L y 23 a las cinco y cincuenta y tres de la tarde.
Ella subió a su portal sin mirar atrás, con los hombros rígidos, y yo regresé a pie con el mar vacío a mi izquierda.
Durante estas cuarenta y dos horas, ella tampoco me ha escrito.
Es un pacto no verbal, una tregua invisible. En Cuba, estos pactos se respetan con más disciplina que las leyes escritas. El silencio compartido no es ausencia de ruido; es una comunicación codificada que ambos estamos procesando.
«Saca la bandeja del horno. Son las ocho menos veintidós».
La saco tres minutos antes de tiempo. La paciencia con el horno, en este martes lluvioso, es un lujo que no me puedo permitir. El aroma de la masa dulce inunda el aire, pero no me reconforta.
A las nueve y cuarto, Reinaldo entra por la puerta trasera. Se cuelga el delantal con movimientos lentos y observa el panorama. Ve la bandeja de metal enfriándose sobre el mármol: cincuenta raciones de masa dulce para el postre de la semana. Un trabajo que he hecho yo solo en menos de dos horas.
—Jefe —dice Reinaldo, arqueando una ceja.
—Dime, Reinaldo.
—¿Cincuenta raciones? ¿Hoy?
—Cincuenta —confirmo sin mirarlo.
—¿Son para el servicio de mañana?
—Para el miércoles, el jueves y el viernes. Quiero dejarlo listo.
Reinaldo se acerca a la encimera y toca el borde de la bandeja. Suspira profundamente.
—Jefe, con todo respeto, cincuenta raciones no se trabajan de esta manera. Usted se ha pasado de revoluciones.
—Lo sé perfectamente.
—¿Quiere que abra yo el mediodía con Yosvani? —pregunta él, suavizando el tono.
—¿Puedes tú solo con él?
—Puedo. No es la primera vez.
—¿Y el servicio de esta noche? —pregunto, sintiendo el peso del cansancio en los párpados.
—Esta noche el paladar se queda cerrado, jefe.
No se abre un martes con un cocinero que lleva picando cebolla desde las seis de la mañana como si estuviera poseído por un demonio.
Lo cierro todo a las cuatro de la tarde.
Usted se sube a su casa y duerme tres horas seguidas. Es una orden del servicio.
Me quedo en silencio. Miro mis manos, que aún conservan el rastro de la harina y los vegetales.
—Está bien, Reinaldo. Cerramos a las cuatro.
Permanezco sentado en el taburete cinco minutos más, viendo cómo él empieza a organizar su estación.
Luego subo al apartamento de la calle Línea.
El trayecto de dos cuadras se me hace eterno.
Entro en el tercer piso, cierro la puerta y me desplomo en el sofá del salón.
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesita de centro y me quedo dormido al instante.
Es un sueño pesado, gris y sin imágenes, que dura dos horas y cuarenta minutos.
A las dos y cinco de la tarde me despierto sobresaltado.
Tengo la boca seca y una claridad mental que me resulta extraña después de tantos días de bruma.
Me siento en el sofá, bebo un vaso de agua de un tirón y voy al baño para mojarme la cara con agua fría.
Al regresar al salón, fijo la vista en el teléfono.
Marisol sigue sin dar señales de vida.
«Ya está. Le toca mover ficha a uno de los dos. Hoy te toca a ti, Bermúdez».
Por primera vez en diecinueve años, esa voz que me habla es la de mi padre.
La muletilla de la abogada ha guardado silencio, permitiendo que la voz de la experiencia paterna tome el mando.
Ambas voces coinciden en lo esencial, como hicieron aquel veinticinco de febrero en esta misma cocina, pero esta vez la iniciativa es mía.
Abro el chat. Escribo una frase. La borro.
Escribo otra. La borro de nuevo. El cursor parpadea burlón en la pantalla blanca.
Redacto siete versiones distintas de un mismo mensaje.
Ajusto las palabras con la minuciosidad de un chef que pesa la sal al miligramo cuando sabe que el comensal es especial.
No quiero adornos, no quiero debilidades.
En la séptima versión, el mensaje queda sellado:
Prieto. Mañana a las ocho en la plaza de la Catedral. Bermúdez.
Once palabras exactas. Punto final. Sin adjetivos innecesarios ni explicaciones logísticas. Sin preguntar si le parece bien o si puede asistir. He aprendido que los mensajes importantes a una abogada cubana deben enviarse limpios, sin elementos narrativos que diluyan la fuerza de la convocatoria.
Pulso enviar.
Dejo el móvil boca arriba sobre la mesita y me quedo mirando por la ventana.
La llovizna ha cesado por completo. El cielo sigue gris, pero las nubes parecen haber subido de altura, dejando espacio para que el aire circule.
Un vendedor de maní pasa por debajo de mi balcón haciendo sonar su silbato.
Una vecina joven cruza la calle cargada con bolsas del mercado agropecuario.
La pantalla se ilumina exactamente a los seis minutos y treinta y dos segundos. Mi corazón da un vuelco.
Bermúdez. Allí estaré. Prieto.
Cuatro palabras. Punto final. Una simetría perfecta con mi propio mensaje. Es el formato de confirmación profesional que ambos dominamos, una estructura que oculta todo lo que bulle debajo.
«Ya. Respira, mijo».
Suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Me recuesto de nuevo en el sofá y cierro los ojos durante ocho minutos largos.
En ese tiempo, me prohíbo ensayar lo que voy a decirle mañana.
No quiero preparar argumentos ni pulir frases.
Sé que las declaraciones ensayadas en La Habana se detectan a la legua, como una salsa con demasiado azúcar.
Mañana, la verdad saldrá de una mirada, del ritmo de la respiración o de la posición de mis manos.
Mi madre me envió un mensaje esta mañana temprano, a las seis y treinta y nueve.
Me recordó que los hombres de nuestra familia, cuando van a la plaza de la Catedral con una intención seria, siempre mantienen la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta.
«Mijo, ahí guarda lo que lleves. Si no llevas nada, pon la mano igual.
Es la señal», me escribió. A sus sesenta y dos años, mi madre sigue manejando la autoridad con la misma firmeza que cuando yo era un niño.
A las cuatro y media de la tarde le escribo a Reinaldo para confirmar los cambios.
—R. Mañana no abro el paladar hasta las cuatro. Usted abra con Yosvani. Yo apareceré después de lo de la plaza. L.
Reinaldo contesta casi de inmediato. Sus palabras son breves y contundentes.
—Jefe. Acordado. Mucha suerte. No llegue tarde por nada del mundo. R.
La puntualidad en las citas de la plaza de la Catedral ha sido, durante todo el siglo veinte, la primera prueba de fuego del amor en esta ciudad.
Es una tradición que la sociedad habanera acepta como evidencia sustantiva de interés real.
Reinaldo lo sabe, lo sabía su abuelo y lo saben todos los que han crecido entre estas calles de piedra.
Regreso al paladar a las cinco y cuarto. El local ya tiene el ajetreo propio del servicio de tarde. Decido no ponerme el delantal; me siento en el taburete de la barra y me limito a observar. Miro el fogón grande, donde un guiso borbotea suavemente bajo la supervisión de Reinaldo.
A las seis en punto, Reinaldo se acerca y me entrega un trozo de papel arrancado de una comanda. Tiene algo escrito a lápiz con su caligrafía torpe.
—Tenga, jefe. Detalles operativos para mañana.
Leo la nota en silencio:
Jefe. La plaza mañana a las ocho. Dos cosas: Uno.
Doña Odalys estará en la panadería del portal a las siete y cuarenta y cinco cubriendo el flanco oeste.
No lo va a saludar, pero se encargará de que ningún caballero francés aparezca por esa esquina.
Dos. Yenis ya le filtró a Lisette lo de su mensaje de las dos y trece.
Lisette lo sabe hace ocho horas. Marisol sabe que Lisette lo sabe. El operativo está cerrado. R.
Levanto la vista del papel. Reinaldo me mira desde el otro lado del mármol con una expresión imperturbable.
—Reinaldo —digo moviendo la cabeza—. El sistema de información de este barrio es aterrador.
—Jefe, no es un sistema —responde él con orgullo—. Es La Habana. Así funcionan las cosas aquí.
Doblo el papel y me lo guardo en el bolsillo derecho del pantalón. Mi madre mencionó el de la chaqueta, pero el bolsillo del pantalón es donde siempre guardo las notas de cocina importantes. Mañana decidiré dónde colocarlo.
A las nueve y media de la noche estoy de vuelta en el apartamento.
La radio emite un bolero de Antonio Machín a un volumen muy bajo.
Intento no pensar en mañana, pero es inevitable.
Repaso mentalmente la plaza de la Catedral.
A las ocho de la mañana de un miércoles de marzo es un lugar casi místico.
Habrá pocos turistas, las cafeterías estarán cerrando los últimos preparativos para abrir y el portal de la Catedral recibirá a los fieles que acuden a la misa de ocho y cuarto.
La plaza tiene una acústica de piedra especial.
Devuelve el sonido de las voces con un retraso de medio segundo.
Mi abuela paterna lo llamaba «el eco de la iglesia» y decía que por eso las promesas importantes se hacían allí: para que Dios las escuchara justo después que la otra persona.
No he olvidado ese consejo en veintiséis años.
A las once menos diez me levanto y preparo la ropa.
Cojo la chaqueta de lana ligera del perchero y la dejo sobre la silla del dormitorio.
Compruebo que la camisa blanca de lino esté bien planchada; es la misma que usé el viernes pasado.
Saco el pantalón oscuro y los zapatos de cuero marrón que llevé al Hotel Nacional.
Quiero que todo esté dispuesto para no perder ni un segundo mañana.
«Duerme de una vez. Mañana a las ocho empieza todo».
Apago la luz a las once y doce. En la mesilla de noche dejo el móvil boca abajo, el papel de Reinaldo junto al reloj y el bolígrafo de firma. Afuera, el Vedado se sumerge en el silencio nocturno. La lluvia no ha vuelto, pero el aire está cargado de una promesa de cambio.
A las once y veinticinco me quedo dormido. No tengo sueños. Duermo con la profundidad de quien sabe que mañana, en una plaza de piedra, se juega mucho más que un trámite legal. Duermo como se duerme en Cuba la noche antes de una verdad definitiva.