VEINTICINCO
Leandro Bermúdez Castillo está apoyado contra la pared del edificio vecino al bufete, exactamente en el mismo sitio donde estuvo aquel miércoles veintiuno de enero que ahora me parece una vida atrás.
Viste una camisa blanca de lino, abrochada meticulosamente hasta el segundo botón, y tiene el pelo todavía húmedo, recién lavado.
Cuando me detecta doblando la esquina de Mercaderes con Obispo, se separa del muro con un movimiento fluido, sin molestarse en sacudir el polvo de la chaqueta que lleva doblada sobre el antebrazo.
Son las ocho y cincuenta y ocho de la mañana. Faltan diecisiete minutos para que se cuele el primer café en el bufete y quince para que Zeneida Palenzuela tome posesión de su mostrador en la recepción.
«Marisol Prieto Ferrer, respira. El hombre ha venido. La red de informaciones cubana ha funcionado a la perfección. Ahora, mantén la compostura».
—Bermúdez —digo al llegar a su altura.
—Prieto —responde él con su voz pausada.
—¿Entramos a la cafetería del portal?
—Cafetería del portal, me parece bien.
Entramos en el recinto. La cafetería ocupa un rectángulo angosto a la izquierda de la escalera principal.
Es un espacio modesto: seis mesitas redondas de mármol, un mostrador bajo de madera, una vitrina que exhibe dos bandejas de empanadas recién horneadas y una radio que emite un bolero de los años sesenta a un volumen casi imperceptible.
La camarera, Yenis, me conoce desde hace once años, el tiempo exacto que llevo subiendo y bajando esas escaleras.
Me saluda con un gesto mínimo de cabeza.
Registra la presencia del hombre que me acompaña, pero no comenta nada.
Yenis aprendió hace mucho que las abogadas del tercero entran a veces con clientes, a veces con colegas y a veces con hombres que no encajan en ninguna de las dos categorías; el código profesional dicta que el mejor comentario es no tener ninguno.
Nos sentamos en la mesa del rincón, la más alejada del ruido de la calle. Es la misma mesa donde lloré aquellos dos milímetros de lágrima por la pregunta de Yadira. En mi calendario íntimo, ese mueble ya empieza a tener expediente propio.
—¿Un cortado? —pregunta Leandro.
—Cortado, por favor.
Yenis nos los sirve en cuarenta y cinco segundos exactos.
Dos tazas pequeñas con el asa orientada hacia la derecha, los sobres de azúcar dispuestos al lado y una cucharita por comensal.
Se retira con discreción y nos deja solos.
Leandro, antes incluso de tocar la taza, apoya las dos manos abiertas sobre el mármol frío.
Tiene los dedos separados. Es el gesto típico del hombre cubano que va a poner sobre la mesa lo que no es de cortesía antes de pasar a lo que sí lo es.
—Prieto —comienza él.
—Bermúdez.
—Antes de hablar de las rosas...
—Bermúdez, escúchame...
—Antes de las rosas, Marisol —insiste, y su tono no admite réplicas.
Me quedo en silencio. Tengo el cortado delante, pero no me atrevo a tocarlo. Mi muletilla interior, esa voz que suele darme órdenes, me susurra tres palabras: «Déjalo empezar él». Decido obedecer.
—Adelante —asiento.
—Lo del domingo pasado a las tres y siete —dice Leandro, mirándome fijamente.
—Bermúdez...
—Marisol, lo del domingo no estuvo bien. Ninguno de los dos estuvo a la altura.
—No, no estuvo bien —admito en voz baja.
—Lo que dije en la acera... esa frase que solté.
—Lo que dijiste en la acera dolió, Leandro.
—No era esa la frase que quería decirte. Se me escapó.
—Lo sé.
Él arquea una ceja, sorprendido por mi falta de resistencia.
—¿Lo sabes?
—Lo sé desde las tres y ocho minutos de ese mismo domingo —respondo, sintiendo cómo se me afloja el nudo del estómago—.
Lo supe mejor a las seis de la tarde, cuando llegué a mi casa y me di cuenta de que no era capaz de redactar mentalmente la respuesta que te merecías.
Y lo sé hoy, aquí sentada, a las nueve y cuatro de este jueves.
—Prieto —dice él suavizando la mirada.
—Dime.
—Lo que pasó no fue por el francés, ni por Philippe, ni como quieras llamarlo.
—No, no fue por él.
—Ni por aquel catering en el palacete de Miramar del que seguramente te informaron.
—No, tampoco fue por eso.
—Fue por mí —sentencia él.
—Fue por los dos, Leandro.
Me quedo con la taza a medio camino de los labios. Esa frase, «por los dos», no figuraba en mi esquema mental. Me ha salido sin filtros, sin pasar por el departamento de estrategia del jueves por la mañana. Ha salido limpia, sin adornos, y Leandro la acepta sin corregirme.
—Gracias por decir eso —murmura él.
—Ninguno de los dos tuvo su mejor minuto.
—Ninguno de los dos —repite él.
Lo decimos al unísono, como quien firma una tregua necesaria.
No hace falta una explicación más larga.
Es el cierre formal de un malentendido de sesenta segundos en medio de treinta y ocho días de entendimiento mutuo.
Bebo el cortado. Está caliente y tiene ese amargor exacto de los cafés de portal servidos por Yenis.
Mi estómago, que ha estado cerrado bajo llave durante los últimos cuatro días, acepta el líquido con una gratitud casi biológica.
—Leandro —digo, recobrando el tono profesional—. No he aceptado bajar aquí para celebrar que no tiré las rosas.
—Yo tampoco he venido por eso.
—Entonces, ¿a qué has venido exactamente?
—He venido porque en cuatro días nos vamos a sentar ante un notario para firmar una anulación definitiva. Y antes de que pongamos la pluma en el papel, hay tres cosas que tienes que escuchar. Te las voy a decir en tres frases.
—Te escucho.
—Primera frase: lo de las flores es solo información, no es un asunto que nos competa. Philippe Moreau cerró su propio caso el viernes a las once y trece en el pasillo de un hotel. El ramo que tienes arriba es un parto administrativo, no emocional. Lo sabes tú y lo sé yo.
—Aceptado —respondo.
—Segunda frase: lo que dije en el taxi, aquello de «no lo hice por ti», fue una mentira flagrante. Tú lo sabías en el momento en que lo dije. Yo lo sé ahora. No vamos a salir de este portal sin que esa mentira quede anulada.
Me quedo con el cortado a pocos centímetros de la boca. Mi muletilla paterna, la que siempre me dicta sentencias judiciales, permanece muda. La otra muletilla, la que se instaló en mi cabeza con un «sigue cortando», me permite pronunciar la verdad sin titubeos.
—Leandro, la mentira queda levantada.
Él suspira, como si se hubiera quitado un peso de encima.
—Gracias, Marisol.
—¿Cuál es la tercera frase?
—La tercera: lo que te dije en la cena del apagón, lo que te callaste aquella noche, lo que nos llevamos a la acera del Nacional el viernes sin decir una palabra, y lo que la palabra «quedarme» hizo aparecer en un folio de tu mesilla de noche el domingo por la tarde.
.. Todo eso es una sola respuesta que te debo desde el diecisiete de febrero.
No te la voy a dar aquí porque no es el lugar adecuado, pero quiero que quede registrada su existencia.
Bebo el último sorbo de café. Él hace lo mismo. Yenis, desde el mostrador, finge estar sumamente concentrada secando una copa que ya brilla. Es una experta en ignorar conversaciones de clientes habituales.
—Leandro, el lunes nos vemos a las diez y cuarto —le recuerdo.
—Allí estaré.
—No vengas al bufete antes. No me escribas mensajes. Estos tres días que quedan... los necesito para mí.
—Son tuyos —acepta él con un asentimiento.
—Bermúdez... gracias por venir esta mañana.
—Gracias a ti por bajar.
Dejamos los billetes sobre la mesa y salimos al aire de la calle Obispo.
En la acera, él me roza el dorso de la mano derecha con los nudillos.
Es el mismo gesto de despedida del taxi, pero hoy se siente distinto.
La acera de Línea ha quedado archivada. Él se gira hacia el oeste, caminando hacia la calle Monserrate sin mirar atrás.
Yo subo las escaleras hacia el tercero con la misma determinación.
Ambos sabemos que el otro no se va a girar; es parte del pacto de silencio de estos tres días.
A las once y cuarenta y siete de la mañana, Zeneida entra en mi despacho. Tiene ese gesto contenido que utiliza cuando el aire del bufete se espesa con problemas familiares.
—Doctora —dice en voz baja.
—Dime, Zeneida.
—Su primo Dagoberto está aquí.
—¿Me llama por teléfono?
—No, doctora. Está en recepción en persona. Y viene con su otro primo, Juliancito.
—¿Juliancito también? ¿Los dos juntos? —pregunto, sintiendo una punzada de alarma.
—Sí. Piden verla de forma urgente. Dicen que no pueden esperar.
—Hazles pasar de inmediato, Zeneida.
Cierro el expediente de mediación en el que intentaba concentrarme. Es la segunda vez que lo hago hoy. Me enderezo en la silla y trato de calmar a la mariposa de mi diafragma, que se ha despertado de golpe. Dos primos entrando en comandita nunca es señal de buenas noticias en esta familia.
Entran en el despacho. Dagoberto encabeza la marcha con su gastada carpeta marrón.
Juliancito le sigue, vistiendo el traje gris de las audiencias y sujetando una carpeta verde pequeña.
Juliancito tiene treinta y un años y la cara de un notario que carga con dos culpas y ninguna gana de justificarse.
—Prima —saluda Dagoberto.
—Marisol —añade Juliancito.
—Ustedes dos aquí... —digo escrutándolos—. Siéntense, por favor.
Se acomodan en las sillas frente a mi escritorio. Abren sus respectivas carpetas, pero evitan mirarme a los ojos. Se quedan estudiando sus papeles como si fueran jeroglíficos.
—Dagoberto, habla tú de una vez —ordeno.
—Mira, prima... Juliancito ha recibido esta mañana el acta preparada por la secretaría del Registro Civil para la firma del lunes. La de las diez y cuarto en la sala segunda.
—¿Y bien? —pregunto impaciente.
—La ha revisado a fondo y... bueno, hay un error en el encabezamiento del documento.
—¿Qué tipo de error, Juliancito? —me dirijo a él directamente.
Juliancito Fombellida cierra los ojos un instante antes de confesar el desastre.