Nuestro mejor error VEINTICINCO #2
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VEINTICINCO #2

—Prima... el acta que han preparado es de divorcio, no de anulación.

El silencio que sigue a sus palabras es absoluto.

Me levanto de la silla, rodeo el escritorio y camino hasta la ventana.

La abro de par en par, dejando que el ruido de la calle Obispo inunde el despacho mientras trato de asimilar el golpe.

Vuelvo a mi sitio, pero no me siento. Me apoyo con fuerza en el borde de la mesa.

—Repite eso, Juliancito. Por favor.

—El acta es de divorcio —reite él con un hilo de voz—. No de anulación administrativa.

—¿Cómo es posible un error de ese calibre? —pregunto, sintiendo que la indignación empieza a hervir.

—Prima, déjame que te explique —interviene Dagoberto abriendo su carpeta—.

En el Registro del Vedado, desde noviembre, han decidido tramitar todos los expedientes de anulación por error notarial en la misma bandeja que los divorcios ordinarios.

No es conforme a la ley, pero es como operan para ahorrar tiempo.

La secretaria simplemente elige la plantilla según lee el encabezado.

Juliancito pidió ver el borrador y ahí saltó la liebre: es una plantilla de divorcio puro y duro.

—Eso cambia la sustancia del asunto, Dagoberto. Lo sabes perfectamente.

—Lo sé, prima.

—Un divorcio presupone que hubo un matrimonio válido y consentido —argumento con voz gélida—. Una anulación establece que el matrimonio fue nulo desde su origen por un vicio en el consentimiento. No son términos intercambiables.

—No lo son —reconoce Juliancito cabizbajo.

—Si firmamos ese papel el lunes, yo, ante el Estado cubano, quedo registrada como una mujer que estuvo casada cuarenta y cinco días y que decidió divorciarse voluntariamente. Eso mancha mi expediente.

—Así es, prima.

—Ese no fue el pacto que hicimos con Leandro. No es lo que se acordó.

—Lo sabemos.

—¿Cómo se soluciona esto y cuánto tiempo nos va a costar? —exijo saber.

—Hay que pedir una nueva acta a la secretaría con el encabezamiento corregido —explica Juliancito—. Es un trámite que lleva ocho días hábiles por la vía ordinaria. El lunes dos no se puede firmar nada. La cita se retrasa, como mínimo, al jueves doce de marzo.

—Diez días de retraso —susurro para mí misma.

«Marisol, has perdido diez días. El cónclave es el veinticinco. Te quedan trece días de margen. Solo trece».

Hago el cálculo mental con la rapidez de quien se juega la carrera. Trece días. Es un margen estrecho, asfixiante, pero técnicamente suficiente. Me siento de nuevo tras el escritorio y respiro hondo. Entonces, exploto.

—¡Juliancito Fombellida! —grito—. ¿Es que no aprendiste nada en enero?

—Prima, que esto no es culpa de mi firma, es la plantilla del sistema...

—¡La plantilla la supervisa el notario que presenta el caso! —le corto—. ¡No es culpa de una secretaria que no distingue un divorcio de una anulación, es culpa tuya por no estar encima!

—Lo siento, de verdad.

—¡Lisette! —llamo a voces.

Lisette entra en menos de doce segundos. Conoce mis gritos. Se apoya en el marco de la puerta con su bolígrafo en la oreja y su traje azul marino impecable.

—¿Qué desastre ha ocurrido ahora? —pregunta mirando a mis primos.

Se lo resumo en un minuto: el error de la plantilla, los diez días de demora, el riesgo para el cónclave de socios. Lisette se acerca a Juliancito y le pone una mano en el hombro. Es un gesto de ternura profesional que solo se da entre nosotros.

—Juliancito, escúchame bien —dice Lisette con autoridad—.

Te vas ahora mismo al Registro. Llevas el encabezamiento rectificado a mano, firmado por ti, con la palabra "ANULACIÓN" en letras grandes y tinta negra.

Les dices que no aceptamos una reimpresión tardía.

Que hoy a las cuatro de la tarde Dagoberto tiene que tener el acta corregida en su poder.

Y diles que, si no está lista, presentarás una queja formal por irregularidad notarial. ¿Está claro?

—Clarísimo, Lisette.

—Tienes veinte minutos para salir de aquí. Vete ya.

Juliancito recoge sus cosas y sale disparado. Escucho el portazo de la entrada poco después. Dagoberto permanece en su silla, inmóvil.

—Lisette, gracias —digo agotada.

—No hay de qué. Dagoberto, tú también te vas. Te vas al Registro a esperar a que Juliancito termine. A las cuatro en punto firmas la recepción del acta corregida. Queremos pruebas de que el documento es el correcto.

—Voy para allá —dice Dagoberto levantándose y saliendo del despacho.

Lisette cierra la puerta tras él y se apoya en ella, mirándome con seriedad.

—Mari, el lunes no se firma.

—No se firma —confirmo con amargura.

—Bermúdez lo sabe.

—¿Cómo que lo sabe?

—Está abajo, en la acera. Lleva casi veinte minutos allí. Yosvani le avisó en cuanto supo que tus primos subían con cara de entierro. Leandro ha entendido que algo iba mal y está esperando.

Siento un vuelco en el corazón.

—Lisette... le pedí tres días para mí.

—Ya lo sé. Pero estos diez días de retraso han cambiado el tablero de juego. Él no va a subir, Marisol. Está esperando a que tú decidas si quieres bajar a hablar con él.

Me quedo en silencio un instante. Miro el bolso, miro a mi amiga.

—Voy a bajar.

—Lo sabía —sonríe ella.

Me entrega el bolso y mi chaqueta. Salgo del despacho con Lisette pisándome los talones. Zeneida nos ve pasar y, por el ritmo de mis tacones, sabe perfectamente que la crisis ha subido de nivel. Bajo las escaleras casi corriendo, salgo al portal y cruzo hacia la acera.

Leandro está allí. Sigue apoyado contra la misma pared, con la chaqueta en el antebrazo y la camisa blanca reluciente bajo el sol. No me quita los ojos de encima mientras me acerco.

—Leandro —digo, recuperando el aliento.

—Marisol.

—El lunes no vamos a poder firmar. Ha habido un problema con los documentos.

—Lo sé. Me lo han contado.

—Se retrasa hasta el jueves doce. Son diez días más.

—Marisol —dice él con una voz que me eriza la piel.

—Dime.

—Prieto, me dan exactamente igual diez días más que diez días menos.

Lo dice con una naturalidad que me desarma. Es la misma voz del apagón, la misma que me aseguró que yo no era un trámite. Me quedo sin palabras, simplemente existiendo bajo el sol de La Habana Vieja. Un taxi pasa despacio y el bullicio de la calle parece desvanecerse.

—Leandro... —murmuro.

—Dime.

—Ven a almorzar a casa de mi abuela este domingo.

Él se queda callado un segundo, procesando la invitación. No es una cortesía, es un salto al vacío. Invitarlo a la mesa de Enriqueta es meterlo definitivamente en mi mundo, con Verdoso y el arroz con leche como testigos.

—¿A casa de tu abuela? —pregunta para asegurarse.

—Sí. Con ella, con el loro y con lo que sea que cocine. Pero ven. Por favor.

—Allí estaré —responde con un firme asentimiento de cabeza.

Nos miramos una última vez. Yo me giro y regreso al portal del bufete. Sé que él no se moverá de la acera hasta que yo desaparezca escaleras arriba. Me lo confirmará Yenis mañana, aunque no haga falta que me lo diga nadie.