VEINTITRÉS
Doña Niurka Castillo Valdés se marcha de La Habana en la guagua Viazul del domingo a las seis de la tarde.
Antes de su partida, a las doce del mediodía, Leandro ha organizado un almuerzo de despedida con tres platos y dos postres.
Me invitó mediante un mensaje anoche, a las once y cuarto, empleando un tono que no admitía réplica ni discusión.
«Prieto. Mañana almuerzo en casa. Mi madre se va a las tres y media a la terminal. A las doce aquí. Bermúdez».
«Marisol Prieto Ferrer, contrólate. Esto es un almuerzo familiar de despedida, no una gala en el hotel Nacional. Las mariposas profesionales deben desactivarse al cruzar el descansillo del tercero».
Logro desactivarlas solo a medias.
Toco el timbre. Abre Doña Niurka, que viste un delantal cruzado sobre un vestido de viaje color verde musgo. Lleva el pelo recogido con dos horquillas, con esa practicidad de quien tiene una maleta esperando. Antes de que pueda articular un saludo, me toma la cara con sus dos manos cálidas.
—Hija —dice con una sonrisa.
—Buenos días, Niurka.
—Pasa, mija, pasa adelante.
Entro en el apartamento. Le entrego los dulces y las flores.
Ella los recibe con un gesto que combina la admiración estética con el pragmatismo camagüeyano: los dulces terminan en la cocina y los alhelíes ocupan el jarrón de cristal verde de la abuela de Leandro, el mismo rincón que ya habitaron en enero. Yo soy escoltada al salón.
Leandro sale de la cocina en ese momento.
Lleva el paño al hombro derecho y su habitual camisa blanca de lino con el primer botón desabrochado.
Me sostiene la mirada durante dos segundos, sin saludarme verbalmente.
Me dedica un leve gesto con la barbilla y, sin mediar palabra, regresa a sus fogones.
Entiendo perfectamente su actitud. En presencia de su madre, el protocolo privado que construimos entre el salón Aguiar y la acera del Vedado anoche debe archivarse temporalmente.
Doña Niurka, por muy respetuosa que sea, está dedicando sus últimas horas en la capital a observar con lupa cada movimiento.
—Siéntate en el sofá, hija —me indica Niurka—. Termino de poner la mesa en tres minutos.
Ocupo el mismo extremo del sofá en el que me senté aquel diez de febrero, el día de la primera cena oficial en esta casa.
Sin embargo, ese recuerdo me parece ahora tan lejano como los expedientes que gané hace dos años.
Miro a Doña Niurka mientras dispone los tres servicios con una precisión militar.
Las copas de agua preceden a las de vino.
Los cubiertos están perfectamente alineados, reflejando su rigor de antigua contadora del Carnaval de Camagüey.
El jarrón con los alhelíes preside el centro, aunque desplazado exactamente dos centímetros hacia la izquierda.
He aprendido que Doña Niurka y la iluminación de las lámparas mantienen un contrato de exclusividad del que nadie más es partícipe.
A las doce y tres minutos, Leandro entra con la primera fuente humeante. Pollo en salsa de limón y ajo tostado, papas asadas y una ensalada fría de aguacate con cebolla morada. Sirve primero a su madre, luego a mí y finalmente se sirve él antes de sentarse.
—Comamos —dice Niurka—. Tengo dos horas y media para hablar contigo antes de irme.
—Niurka, me asusta —respondo con una media sonrisa.
—No te alarmes, hija. La mitad de ese tiempo lo pasaremos en silencio, disfrutando de la comida. El resto lo repartiremos entre los tres según dicte la conversación.
Empezamos a comer. Noto que, por primera vez en esta mesa, Leandro come con naturalidad. No busca la aprobación de su madre con la mirada ni me escanea a mí para comprobar la temperatura emocional del ambiente.
A mitad del segundo plato, Doña Niurka rompe la tregua del silencio.
—Leandrito.
—Dime, mamá.
—Hablemos del arroz amarillo del sábado pasado.
Leandro se queda petrificado, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca. Yo mantengo la vista baja, pero noto que la mariposa de mi estómago acaba de cambiar bruscamente de dirección.
«Marisol Prieto Ferrer, Doña Niurka lo sabe todo. Lo sabe desde el martes y ha estado esperando su momento».
—¿Qué arroz amarillo, mamá? —pregunta Leandro, intentando ganar tiempo.
—Mijo, el que serviste en la mesa nueve el sábado trece de febrero. Aquel que le diste a una pareja habanera del bufete de la calle Obispo.
—Mamá...
—Me lo contó Isabel, la esposa de Don Heriberto —continúa ella con una calma devastadora—.
Nos encontramos ayer por casualidad en la peluquería del Parque Lennon.
Fueron apenas cinco minutos de charla, pero me contó lo del arroz.
Me habló del vino, de lo excelente que fue el servicio de Reinaldo y de que tú no saliste a saludar a la mesa.
También me dijo que, cuando le preguntó a Reinaldo por qué ese arroz no figuraba en la carta, el muchacho le dio una respuesta muy elegante: «Señora, el plato es antiguo y se sirve solo para quien el chef desee».
Esa frase, Leandrito, la guardé en mi memoria ayer a la una y media.
—Mamá, por favor.
—He guardado el momento de aclarar esto por respeto a tu invitada —sentencia ella mirándome—. Pero ahora que Marisol está aquí, me gustaría que lo explicaras delante de ella.
Leandro deposita el tenedor en el plato con un sonido metálico. Mira a su madre y luego clava sus ojos en los míos. Yo le sostengo la mirada, esperando.
—Marisol —comienza Leandro—. El sábado trece aparecieron Isabel y Don Heriberto en el paladar.
No tenían reserva. Eran las ocho y cuarto y la mesa nueve estaba disponible.
Reinaldo los acomodó. Yo los vi desde la cocina; los reconocí por las fotos que tienes en el pasillo de tu despacho, esas donde aparecen con invitados extranjeros en el noventa y siete.
—Te escucho, Leandro.
—Don Heriberto es tu jefe. Isabel es su esposa. Tenía dos caminos: servirles la carta convencional con la calidad de siempre, o enviarles de cortesía el arroz amarillo, el plato que te prometí el once de febrero que no pondría en el menú comercial. Elegí la segunda opción.
—¿Se puede saber por qué?
—Por dos razones claras. Primero, sabía que ella se lo mencionaría a Don Heriberto.
Segundo, sabía que él acabaría comentándolo contigo en el bufete.
No quería acercarme a la mesa ni saludarlos personalmente.
Quería que tú supieras, a través de tu jefe y no por mi boca, que ese plato no era una receta privada.
Era un plato tuyo. Como lo son todos los platos que yo cocine a partir de ahora.
Quería que entendieras que ese arroz podía entrar en la carta el día que tú me dieras la autorización.
Dejo el cubierto sobre la porcelana. Doña Niurka bebe un sorbo de agua, observándonos sin intervenir.
—Leandro —digo en voz baja—. Eso es una carta de amor.
—Eso es una carta —admite él con seriedad.
—Y yo no había sabido leerla hasta ahora.
—Te la envié por tres vías distintas. Don Heriberto resultó ser el cartero más eficaz.
—Era una carta en clave.
—Era la única carta que un cocinero como yo sabe escribir.
Me quedo en silencio unos segundos, procesando la magnitud del gesto. Doña Niurka, con una naturalidad pasmosa, sirve vino en las tres copas, incluida la mía y la suya, a pesar de que antes habíamos declinado. Nadie protesta.
—Niurka —pregunto—. ¿Cuándo le contó Isabel todo esto?
—Ayer a la una y media, hija. En la peluquería. Yo le pregunté por el paladar y ella se interesó por mi estancia aquí. En quince minutos nos pusimos al día. Que Isabel sepa lo del arroz es, técnicamente, culpa de mi curiosidad.
—No, Niurka, no es culpa suya.
—Hija, sí lo es, y no me arrepiento. El dato tenía que llegarte de una forma u otra.
Mi hijo no es hombre de muchas palabras ni de cartas perfumadas; él se expresa cocinando.
Tú eres abogada, así que confío en que sepas interpretar lo que hay detrás de ese plato. Ahora termina de comer, que se enfría.
Termino el plato casi sin darme cuenta. Leandro hace lo mismo.
Doña Niurka disfruta de la comida con un apetito envidiable.
Los tiempos del almuerzo transcurren con esa cadencia camagüeyana que parece estirar los minutos.
A las dos menos cuarto, Leandro sirve los postres: flan de calabaza y una panatela borracha bañada en almíbar.
Los coloca en platos pequeños en el centro de la mesa, invitándonos a compartir.
«Marisol Prieto Ferrer, este hombre te ha enviado un mensaje cifrado en el mismo plato que te devolvió el recuerdo de tu madre.
Lo hizo a través de Don Heriberto porque sabía que era la única forma de que no archivaras la información sin abrirla.
Este hombre no es, ni de lejos, un trámite administrativo».
La muletilla mental me asalta sin previo aviso. La reconozco, la escucho y, por primera vez, no intento rebatirla.
A las tres menos veinte, Leandro baja a la calle cargando con la maleta de su madre para acomodarla en el taxi.
Reinaldo ha cumplido su promesa y su primo político ya espera con el Lada blanco en el portal.
Doña Niurka y yo nos quedamos solas en el salón.
Ella se seca las manos con el paño de cuadros y yo comienzo a recoger las copas de la mesa.
—Ven al balcón un momento, hija —me pide.
Cruzamos al pequeño balcón que asoma a la calle Línea.
La luz de la tarde es dorada y cae oblicua sobre el asfalto gastado.
A lo lejos, un carretillero anuncia plátanos con la melancolía propia de los domingos.
Doña Niurka se apoya en la barandilla de hierro y mira hacia el Malecón, que se intuye al final de la calle.
—Hija, escúchame bien —dice en un susurro, como si las paredes pudieran oírnos—. Te diré una sola cosa ahora que mi hijo está ocupado con la maleta.
—Dígame, Niurka.
Se gira a medias hacia mí. Me observa con esa mezcla de ternura maternal y autoridad indiscutible que he intentado descifrar durante todo el mes.
—Mija, mi hijo se casó bien esta vez.
No sé qué responder. El silencio se prolonga. Doña Niurka no espera una réplica; me pone la mano derecha sobre el antebrazo izquierdo en un apretón breve pero significativo. Luego vuelve a mirar hacia el mar.
—No te lo digo para meterte prisa ni para presionarte.
Te lo digo simplemente para que lo tengas claro.
Yo lo supe desde el veintidós de enero, a las nueve y veintidós de la mañana, en la terminal de ómnibus.
Le pregunté a Leandrito si estaba enamorado de ti y él me contestó: «hay algo».
En ese instante lo supe. Mi hijo se casó bien esta vez, Marisol.
Y eso es una verdad que no se va a borrar ni con la firma de la anulación del próximo lunes dos de marzo.
—Niurka... no sé qué decirle.
—Hija, no tienes que decirme nada a mí. Tienes que contestarte a ti misma.
Y hazme el favor de hacerlo antes del lunes por la mañana.
No permitas que ese hombre espere hasta estar frente al mostrador del Registro Civil para saber si te quieres quedar o no.
Para entonces, Marisol, será demasiado tarde.
Siento que se me humedecen los ojos.
—No me llores aquí, por lo que más quieras —advierte ella con una sonrisa pícara—. La vecina del segundo es el servicio de inteligencia del Vedado y mañana seríamos noticia.
Una risa corta escapa de mi garganta, disolviendo la tensión del diafragma. Doña Niurka sonríe y me aprieta el brazo una última vez. Nos quedamos un momento más en silencio, contemplando el horizonte.
Leandro regresa a las tres menos diez. Baja las maletas restantes y los tres descendemos hasta la acera.
El taxi espera con el motor en marcha. Doña Niurka me envuelve en un abrazo de tres segundos y a su hijo le dedica uno de cinco.
Sube al coche y, mientras arranca, nos lanza un beso volado desde la ventanilla trasera.
El Lada blanco dobla la esquina de Paseo y desaparece de nuestra vista.
Leandro y yo nos quedamos solos en la acera, rodeados por el murmullo del domingo.
—¿Subes un momento a tomar un café? —pregunta él.
—No, Leandro. Hoy no.
—Entendido.
—Leandro... —le detengo antes de que se dé la vuelta.
—Dime.
—Sobre lo del arroz amarillo...
—¿Sí?
—He recibido la carta. Y la he leído completa.
Él inclina la cabeza apenas un milímetro. No sonríe, pero noto un cambio en su expresión. Levanta la vista y asiente en silencio.
—¿Nos vemos el lunes entonces?
—Hasta el lunes —respondo.
Me doy la vuelta y camino hacia la calle 23. Siento su mirada en mi espalda mientras avanzo. Cuando llego a la esquina de la 8, el instinto profesional me obliga a mirar atrás. Leandro sigue allí, plantado en la acera, observándome. Sigo mi camino sin volver a mirar.
Llego a mi apartamento a las tres y cuarenta. Me descalzo en la entrada y voy directa al dormitorio. Sobre la mesilla de noche, el folio amarillento con la pregunta «¿Qué quiero?» sigue allí, tal como lo dejé el jueves: abierto, desafiante, sin doblar.
Tomo el bolígrafo pesado entre mis dedos. Lo destapo y permanezco inmóvil durante treinta segundos que parecen una eternidad. Finalmente, bajo la mano hacia el papel. Escribo en la esquina inferior derecha, con una letra pequeña y decidida:
Quedarme.
Observo la palabra durante tres segundos. No la tacho, no busco una alternativa legal. Simplemente la dejo existir sobre el papel.
«Marisol Prieto Ferrer, acabas de redactar la cláusula más vinculante de tu vida. Y ahora, ¿qué piensas hacer al respecto?».
No tengo una respuesta inmediata. Me siento en el borde de la cama, cruzo las manos sobre el regazo y me quedo mirando esa palabra durante cuarenta y siete minutos exactos.
A las cinco y veintisiete de la tarde, mientras la luz del atardecer tiñe de naranja las rendijas de la persiana, me pongo en pie. Voy a la cocina, me sirvo un vaso de agua y regreso a la habitación. Me quedo de pie junto a la mesilla de noche.
Vuelvo a leer lo que he escrito. La palabra sigue ahí, inamovible.
Quedarme.
—Prieto Ferrer —murmuro para mí misma, rompiendo el silencio del apartamento por primera vez en años—. ¿Y ahora qué hacemos con esto?