VEINTIDÓS
La cena anual del gremio hotelero cubano es una institución que el Hotel Nacional custodia con celo desde mil novecientos noventa y ocho.
Se celebra invariablemente el tercer viernes de febrero en el salón Aguiar: ciento ochenta invitados, seis chefs ejecutivos presidiendo la mesa principal, ocho sumilleres, críticos gastronómicos, altos cargos del ministerio y una lista fluctuante de acompañantes que el protocolo ajusta con precisión quirúrgica según el estado civil de los cocineros.
Yo no pisaba el Nacional desde marzo de dos mil veinte.
Seis años de ausencia que terminaron el pasado dos de febrero, cuando recibí la invitación con el membrete oficial y la firma de Alberto Figueredo, el secretario que lleva dos décadas moviendo los hilos del sector sin hacer ruido.
Al abrir el sobre, me pregunté si Figueredo era consciente de a quiénes estaba sentando en el mismo salón.
Reinaldo me lo confirmó ayer con su habitual pragmatismo: en este gremio no existen los errores involuntarios. Sabían exactamente lo que hacían.
El miércoles le escribí a Marisol. Fue un mensaje breve, casi administrativo: «Prieto, cena del gremio viernes Nacional.
Acompáñame. Bermúdez». Ella tardó once minutos en responder con la misma economía de palabras: «Bermúdez.
Voy. Prieto». Tres mensajes cruzados desde la cena del apagón. Solo tres.
Ahora, a las ocho y treinta y ocho de la noche, estoy de pie bajo el pórtico del hotel.
Llevo un traje negro de corte clásico, una camisa blanca impecable y, por primera vez en veintiún años, una corbata.
No es mía; pertenece al difunto marido de Doña Odalys.
Me la prestó ayer asegurando que tiene el lustre necesario para el Nacional.
Es de seda gris con motas diminutas. Pesa lo justo para recordarme que no estoy en mi cocina.
«Ya está. Espera. Respira profundo».
Marisol aparece a las ocho y cuarenta y uno.
Baja de un Moskvitch negro, un taxi que reluce bajo las farolas.
El conductor, un muchacho joven, le abre la puerta con esa cortesía antigua que se reserva para las mujeres que visten de gala.
Marisol pisa la alfombra roja con los tacones de cuero oscuro que ya forman parte de mi memoria visual y sostiene una pequeña bolsa de mano color nude.
Lleva el vestido rojo oscuro. El de Camagüey.
Me quedo inmóvil en el escalón de acceso durante tres segundos.
Los uso para procesar la imagen completa: el pelo cayendo sobre su hombro izquierdo, unos pendientes mínimos que no le había visto antes y la línea del vestido, que hoy parece ajustarse con más intención a su cintura.
Su postura es una declaración de principios.
Marisol Prieto Ferrer ha venido hoy dispuesta a no negociar absolutamente nada.
Camino hacia ella y le tiendo el brazo. Ella lo toma sin dudar.
—Bermúdez —saluda ella.
—Prieto.
—Has llegado antes —observa, escrutándome.
—Y tú después.
—Lo importante es que entramos juntos.
Subimos los peldaños y cruzamos el vestíbulo bajo la inmensa araña de cristal.
Atravesamos el pasillo de los vitrales y entramos en el salón Aguiar.
Figueredo nos recibe en la puerta; me estrecha la mano con firmeza profesional y mira a Marisol.
No pregunta quién es. En este mundo, si una mujer entra del brazo de un chef, el protocolo deduce su rango y actúa en consecuencia.
—Chef Bermúdez —dice Figueredo—. Un gusto volver a verlo.
—Secretario.
—Y la señora...
—Un placer —interviene ella con voz clara—. Marisol Prieto Ferrer.
—Señora Prieto Ferrer, un honor. Acompáñenme a la mesa tres, por favor.
Nos guía hasta una mesa redonda de diez servicios. Ocupamos los asientos siete y ocho. A nuestro alrededor ya están sentados dos colegas de Matanzas, un crítico de Granma, un sumiller joven de gafas gruesas y una pareja del ministerio. Quedan dos sillas vacías.
«Mantente de pie. No te sientes todavía. Estudia el terreno».
Recorro la sala con la mirada. El Aguiar, con sus cortinajes dorados y su vajilla de porcelana blanca, desprende una electricidad que yo había olvidado.
A unos siete metros, junto a una columna moldurada, veo a un hombre de pelo castaño perfectamente cortado.
Viste un esmoquin azul oscuro, pajarita negra y pañuelo blanco.
Está dando instrucciones a un camarero. En un momento dado, gira el cuerpo y su mirada se cruza con la nuestra.
Se posa en Marisol, luego en mí, y vuelve a ella antes de retirarse con calculada indiferencia.
Philippe Moreau. Seis años después.
No ha envejecido mal; ha envejecido como los hombres que disponen de los recursos de un cinco estrellas. Su cara es más afilada, su pelo más corto. Sus manos, lo único que delata su oficio a esta distancia, siguen pareciendo las de un cocinero que ahora dirige más de lo que ejecuta.
«No cambies el gesto. No le sostengas la mirada. Siéntate».
Aparto la silla para Marisol. Ella se acomoda y yo tomo asiento a su lado.
—Leandro —susurra ella, sin girar la cabeza.
—Dime.
—Está aquí. Lo he visto.
—Lo sé. Está aquí.
—¿Me lo dices por si decide acercarse?
—Exactamente por eso.
—Bermúdez —dice ella, abriendo la servilleta con una parsimonia judicial que me devuelve el aliento—. Si se acerca, no te preocupes. Me encargo yo.
Me quedo con mi propia servilleta a medio camino del regazo, sorprendido por su seguridad. Esa calma me permite respirar mucho mejor de lo que había previsto.
La cena comienza a las nueve. El menú es un desfile de técnica: tres entrantes delicados, un cordero como plato principal y un postre de autor.
Fluye la conversación protocolaria. Hablamos con el crítico de Granma y con la pareja del ministerio, que resulta ser inesperadamente amena.
Yo respondo a mis colegas evitando las trampas de la nostalgia.
Marisol maneja al crítico con frases cortas y una cortesía que el hombre califica de «fascinante» un par de veces durante la noche.
Durante toda la cena, Philippe no se acerca. Durante toda la cena, Philippe me observa tres veces. Durante toda la cena, Marisol no le dedica ni una sola mirada.
Tras el postre, Figueredo sube al estrado.
Pronuncia un discurso sobre el balance anual y los premios a los paladares de la provincia.
Mi nombre no suena en la lista de galardonados.
No me sorprende; el gremio suele aplicar un margen de prudencia de ocho años a los que regresan de un divorcio que fue la comidilla del sector.
A las once menos veinte, un cuarteto de piano, bajo, voz y trompeta ocupa el escenario. Empiezan con un bolero de Rolando Laserie. Los invitados comienzan a levantarse. La pista se llena y los que prefieren no bailar se refugian en el bar.
Marisol me hace un gesto mínimo y se levanta para ir al baño. Yo me quedo en la mesa liquidando la cuenta del vino. Calculo que tardará unos seis minutos. Al cumplirse el tiempo, levanto la vista.
Philippe está de pie junto a la puerta del baño de señoras. Esperando.
«Quédate donde estás. Termina de firmar. No corras».
Marisol sale. Philippe se adelanta dos pasos, invadiendo su espacio personal.
Le sonríe y le dice algo al oído. Reconozco la curva de su acento francés incluso desde aquí.
Marisol le sostiene la mirada sin pestañear.
No sonríe, no retrocede. Escucha una frase, luego otra.
Él recoge una copa de champán de una bandeja cercana y se la ofrece.
Ella no la toma. Philippe, algo desconcertado, deja la copa donde estaba.
Ella responde. Veo el movimiento de sus labios, aunque el sonido no llega a mi mesa. Lo que veo después es lo que importa.
Philippe, el hombre que ha vivido décadas de su encanto y su posición en el mirador del hotel, encoge los hombros.
Su barbilla cae un milímetro. Retira la mano que amagaba con tocarle el brazo y da un paso atrás, luego otro.
Asiente con una sequedad profesional que oculta mal su derrota.
Ha sido puesto en su sitio en su propio idioma.
Marisol camina hacia mí con la serenidad de quien acaba de ganar un pleito sin despeinarse. Se sienta a mi lado.
—¿Lo has visto todo?
—Desde aquí no me he perdido un detalle.
—Luego te doy el informe completo —dice ella con una media sonrisa.
—No necesito el resumen técnico. He visto su postura. Solo dime qué le has dicho, en una frase.
—Le dije, en francés, que los cocineros que confunden la mise en place con la depredación no terminan cocinando bien ni lo uno ni lo otro.
Respiro hondo. Me tomo unos segundos para saborear la frase.
Me la repito mentalmente: Les cuisiniers qui confondent mise en place et prédation ne cuisinent bien ni l'une ni l'autre .
La construcción es perfecta, el subjuntivo impecable.
Sé que Marisol estudió en la Alianza Francesa durante años y que devora a Maupassant en su lengua original, un secreto que solo comparte con Lisette.
—Prieto —le digo, extendiendo la mano.
—Dime.
—¿Me concedes este baile?
—Llevas cinco semanas sacándome a bailar de una forma u otra —responde ella.
—Deja que esta vez sea para compensarte por lo de antes.
—Bermúdez, te advierto que hoy bailo peor que en Camagüey.
—No importa. Esta pieza es lenta.
Se levanta. Cruzamos el salón hacia la pista. Philippe, en la barra con una copa que ahora sí se bebe solo, nos ve pasar. No lo miramos. Él no insiste. Ha entendido que esta noche la cocina está cerrada para él.
En la pista suena Contigo en la distancia . Pongo mi mano en su cintura; ella apoya la suya en mi hombro. La distancia entre nosotros es apenas un suspiro. Bailamos. No decimos nada durante toda la primera estrofa, dejando que la música llene los huecos.
En la segunda estrofa, Marisol inclina levemente la cabeza y la apoya contra mi hombro izquierdo. Es un gesto mínimo, un cuarto de apoyo, pero en este salón y bajo estas luces, significa algo que no me atrevo a nombrar.
«Sigue el ritmo. Un, dos, tres. No te pierdas».
La llevo por la pista con la seguridad de quien sabe que los platos importantes requieren su tiempo de cocción. La pieza termina y nos quedamos un segundo mirándonos antes de aplaudir con el resto.
—Bermúdez —dice ella al salir de la pista.
—Dime.
—Es hora de irnos.
—Vámonos.
Recogemos sus cosas y me despido de Figueredo con una inclinación. Salimos por la puerta lateral, evitando las despedidas largas. En la puerta del hotel, un taxi blanco espera su turno. Entramos y el coche arranca, dejando atrás el Nacional y sus fantasmas.
El mar brilla negro bajo la luna mientras avanzamos por el Malecón. Marisol se descalza y deja los tacones en el suelo del coche. Yo me aflojo la corbata y la doblo sobre mis rodillas.
—Marisol —comienzo.
—Dime.
—Lo que has hecho hoy... no lo voy a olvidar.
Ella guarda silencio un momento, mirando por la ventana.
—No lo hice por ti, Leandro —responde sin mirarme.
—Ya. Entiendo.
—No insistas en eso, por favor.
—No insisto.
Pasan cuarenta segundos de un silencio denso. El taxista no ha encendido la radio, respetando el ambiente.
«Cállate. No digas nada más».
Ambos sabemos que Marisol ha mentido al decir que no lo hizo por mí.
Ella lo sabe porque la mentira le pesa en la voz; yo lo sé porque a estas alturas ya conocemos el sabor de nuestras verdades.
Pero hoy no vamos a señalar la falta. Queda registrada para el lunes dos de marzo, cuando el acta de anulación sea un hecho.
Llegamos a la calle 17.
—Bájate aquí conmigo —le pido—. Quiero caminar un poco antes de ir a casa.
—Está bien. Yo también lo necesito.
Pago al taxista y bajamos en la esquina de la 8. Marisol lleva los zapatos colgando de sus dedos y camina descalza sobre la acera fresca, con una naturalidad que me sorprende. Caminamos diez minutos en un silencio que ya no es incómodo.
A las once y cincuenta y dos, frente a su portal, nos despedimos con un apretón de manos prolongado. Ella sube los peldaños y desaparece tras la puerta. Yo camino de regreso al paladar con la corbata de seda en el bolsillo.
Llego a las doce y seis de la noche. Me quedo un rato en la acera, mirando la ventana de la cocina, que por primera vez en muchos viernes está a oscuras. Reinaldo ha cumplido mis instrucciones.
Me quedo tres minutos allí, solo con mis pensamientos. Luego, finalmente, subo.