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VEINTIUNO

La llamada de Dagoberto llega a las once y catorce de la mañana.

Me encuentra en mi despacho, con un expediente de mediación empresarial abierto sobre la mesa, el segundo café del día enfriándose a la derecha del portátil y una presión persistente en el diafragma.

Es una sensación que arrastro desde el martes a las diez y media de la noche y que, a pesar de mis once años de entrenamiento para diseccionar emociones ajenas, no he logrado clasificar todavía en ninguna categoría profesional existente.

Han pasado cuarenta y dos horas desde la cena del apagón. El registro de comunicaciones es desolador: cero mensajes de Leandro, cero mensajes míos hacia él. Es el silencio bilateral más denso de los últimos veintinueve días.

Suena el móvil. Lo cojo al primer tono.

—Dagoberto —digo, tratando de sonar administrativa.

—Prima —responde él con una energía que me irrita.

—Dime.

—Noticias profesionales. Esta vez no son mixtas ni ambiguas. Son datos concretos.

—Adelante.

—El Registro Civil ha admitido el expediente por vía de urgencia. El decano firmó el auto ayer por la tarde. La cita para la firma de la anulación se ha adelantado. Olvida el trece de marzo. La nueva fecha es el dos de marzo. Lunes, a las diez y cuarto. Faltan diez días exactos.

Me quedo inmóvil en la silla. Dagoberto detecta el silencio al otro lado de la línea; por muy torpe que sea, ha aprendido a oír el aire que una persona deja de soltar cuando recibe un impacto.

—¿Prima? ¿Estás ahí?

—Dagoberto —respondo al fin—. Te felicito. Es una gestión excelente.

—Gracias —dice él, dudando—. Pero, Marisol, el tono de ese «gracias» no suena al de alguien a quien le acabo de resolver un problema de vida o muerte.

—No es el tono habitual, no. Tienes razón.

—¿Quieres que lo aplace? ¿Que busque una excusa para cancelarlo o dejarlo como estaba?

—No. Bueno, no... sí. Adelante.

—Prima, me estás diciendo que sí con la misma voz con la que acabas de decir no dos veces seguidas.

—Dagoberto, haz el favor de registrar lo que te digo, no lo que tú creas interpretar.

—Registrado queda.

—Gracias.

—Escucha —continúa él—: el dos de marzo a las diez y cuarto. Registro Civil Municipal del Vedado, sala segunda. Se requiere la presencia física de ambas partes. Avísale a Leandro hoy mismo. Te enviaré el acta de citación por correo en una hora.

—Acordado.

—Prima... —añade antes de colgar.

—Dime.

—Dale besos al marido.

—Dagoberto, por favor.

—Perdón, perdón. Ya sé que no hace gracia. Lo borro del acta.

Cuelga. Dejo el móvil boca abajo sobre el escritorio. Intento retomar el expediente de mediación, pero las letras bailan ante mis ojos, desplazándose medio milímetro de su sitio. Cierro los párpados con fuerza durante dos segundos.

«Marisol Prieto Ferrer, acabas de ganar el caso más importante de tu vida privada. Tus once años de carrera han servido para resolver esto en tiempo récord. Ahora, simplemente, respira».

Pero no respiro bien. Ese es el primer dato técnico de mi mañana del jueves.

El segundo dato es que, en lugar de cumplir con mi deber e informar a Leandro de inmediato, paso diecisiete minutos perdidos en el navegador, analizando las reseñas de una cafetería nueva en el Vedado que abrió hace apenas dos semanas y a la que, sé perfectamente, jamás voy a ir.

El tercero es que, cuando finalmente me decido a escribirle, a las doce menos seis minutos, el mensaje que redacto es, probablemente, el más torpe y rígido de toda mi vida profesional.

Bermúdez.

Dagoberto avanzó con el trámite. Cita para firma de anulación adelantada. 2 de marzo, 10:15, Registro Civil Municipal Vedado, sala segunda. Presencia física requerida.

Prieto.

Lo mando. Lo releo. Lo odio instantáneamente. Pero ya no hay marcha atrás; el mensaje ha sido entregado. Leandro tarda tres minutos exactos en contestar.

Prieto.

Registrado. Allí estaré.

Bermúdez.

Lo leo cuatro veces seguidas. No es un mensaje frío, pero tampoco cálido. Es puramente profesional. Es la misma temperatura que yo misma he impreso en mis palabras, devuelta con una precisión milimétrica.

«Marisol Prieto Ferrer, acabáis de construir, entre los dos, la pared más fina y alta de la historia de las relaciones adultas».

Guardo el teléfono, cierro el expediente y me pongo en pie.

Necesito aire. Me acerco a la ventana. La calle Obispo, a mediodía, exhala un calor pegajoso.

Un vendedor de granizados de guanábana ha estacionado su carrito justo debajo de la farola.

Zeneida llama a la puerta y asoma la cabeza con timidez.

—Doctora.

—Dime, Zeneida.

—El doctor Armenteros pregunta si dispone de un momento.

—Dile que sí. Que pase a las doce y cinco, por favor.

Se retira y me quedo otros dos minutos apoyada en el marco de la ventana. La fila del granizado ha crecido. En La Habana, el granizado de guanábana en febrero es un barómetro climático: cuando el carrito sale a las doce, es porque el sol ya ha decidido que es marzo, diga lo que diga el calendario.

Don Heriberto me recibe a las doce y siete. Está de pie tras su escritorio, sosteniendo una carpeta con una expresión inusual en él, la de un hombre que disfruta poseyendo una información antes que los demás.

—Marisol —comienza con solemnidad.

—Don Heriberto.

—Acabo de cerrar la terna hace una hora.

—¿La definitiva? —pregunto, sintiendo un leve cosquilleo.

—La definitiva. La someteré al cónclave del día veinticinco. Estás en la lista. Somos tres candidatos para dos puestos de socio senior. La matemática juega a tu favor, Marisol.

—Don Heriberto... gracias. De verdad.

—No me des las gracias todavía. El cónclave lo forman cuatro socios, y tres de ellos votan siempre al candidato que no deja flecos sueltos.

La fecha del dos de marzo que Dagoberto le ha filtrado a Zeneida hace un rato es la pieza que faltaba.

Entras en la reunión con el acta firmada y doce años de carrera impecable.

—Entro.

—Una cosa, Marisol —añade, suavizando el tono—. No espero que lo celebres ahora, sé que no lo harás. Pero te pido que el cinco de marzo, cuando la anulación sea ya papel de archivo, tengas la cabeza despejada para gestionar ambos expedientes.

—¿Ambos?

—El del bufete y el tuyo personal.

—Lo tendré, Don Heriberto.

—Bien. Puedes irte. Me voy a bajar a la cafetería del portal; hoy el cuerpo me pide un granizado.

—Que le aproveche.

—Ah, Marisol —dice antes de que salga—. El paladar de tu marido legal sigue escalando posiciones en las guías. Me lo contó Isabel; fueron a cenar el sábado. Destacó especialmente un arroz amarillo que no estaba en carta, pero que les sirvieron por cortesía. Dice que estaba exquisito.

—Dato tomado, Don Heriberto.

Cruzo el pasillo hacia mi despacho y cierro la puerta. Me siento y proceso la información.

«El sábado por la noche, Leandro cocinó el arroz amarillo para clientes desconocidos. Isabel, la mujer de mi jefe, estaba allí. Leandro lo cocinó y ni siquiera salió a saludar».

La conclusión me golpea tras dos minutos de análisis: Leandro ha roto la promesa tácita del capítulo dieciséis.

Aquel día me dijo que ese plato no era para la carta, que era solo para «su gente».

Y lo ha cocinado para extraños. No sé si es una maniobra operativa o un mensaje cifrado, pero lo ha hecho.

«Marisol, el dato es información pura. No lo guardes en el cajón sin antes interpretarlo».

Pero lo archivo sin más. Por oficio, por agotamiento y porque mi diafragma sigue sin dejarme respirar con normalidad desde el martes por la noche.

A las ocho y media de la noche ocupo mi lugar habitual en El Dandy, bajo el ventilador de la izquierda.

Ya tengo el mojito delante y a mis dos amigas frente a mí.

Es nuestra tercera reunión oficial de la semana, convocada por un mensaje mío de apenas dos palabras: «Chicas, hoy». Respondieron en segundos.

Lisette viste una camisa crema elegante y Yadira sus habituales pantalones anchos y la libretita beige reposando sobre el mármol.

—Chicas —empiezo sin rodeos—. Dagoberto ha adelantado el trámite.

—¿Para cuándo? —pregunta Lisette, tensando los labios.

—Dos de marzo. Lunes. En el Registro Civil del Vedado.

Yadira abre su libreta por una página que parece haber preparado con antelación, llena de anotaciones rápidas.

—Mari —dice con voz de consulta—. Te felicito como amiga. Pero como psicóloga, tengo algo que decirte que me guardé el martes por la noche.

—¿Cómo sabes lo del martes? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Lisette me puso al día esta mañana. Le di el diagnóstico por teléfono, pero prefiero dártelo a ti a la cara. Los diagnósticos serios requieren presencia física.

—Adelante, Yadira. No te cortes.

Ella toma un sorbo de su bebida, deja el vaso con cuidado y me clava la mirada.

—Marisol... esto no es un trámite.

Me quedo paralizada con el vaso a pocos centímetros de la boca.

—Yadira, no uses esa frase. Esa frase ya tiene dueño.

—Lo sé perfectamente. Por eso la uso. Mari, esto no es un trámite. Esto es un inicio. Y tienes que decidir.

Lisette observa la escena en silencio, apoyando las manos sobre el mantel como una testigo muda de nuestra amistad.

—¿Decidir qué, exactamente?

—Decidir lo que sabes desde el diecinueve de enero a las una y veintidós de la tarde.

Tienes que aceptar que lo decidiste aquel día y que llevas treinta y un días administrando los plazos para no enfrentarlo.

Pero el plazo se ha acabado. Dagoberto te ha quitado el margen de maniobra.

Tienes que decidir antes del lunes dos de marzo.

—Yo no he administrado nada, Yadira. He seguido el procedimiento legal.

—Lo has hecho. Tu «cajón civil» lo sabe. El folio del nueve de febrero lo sabe. Tu vestido rojo y el contacto del domingo diecisiete lo saben. Todo en ti lo sabe, Mari. Lo único que te falta es poner la firma.

Bajo el mojito a la mesa. No bebo. Yadira cierra la libreta y la deja boca abajo.

—He terminado —dice ella.

—Gracias.

Lisette rompe la tensión con un suspiro.

—Mari... ¿quieres que hablemos de otra cosa? ¿Del Yandriel archivado, por ejemplo?

—Por favor.

—Intentó escribirme hoy con una excusa barata. Mi respuesta fue breve: «Archivo firme y definitivo».

Reímos las tres, permitiendo que la carcajada disuelva el nudo de los últimos minutos.

El pintor de la mesa de al lado nos saluda con la copa y Yadira le corresponde.

Pasamos la siguiente media hora hablando de trivialidades: de la prima de Leandro, de la nueva consulta de Yadira, de planes de teatro.

A las nueve y media, mientras pido la segunda ronda, Lisette suelta la bomba con esa naturalidad cubana para camuflar datos cruciales en mitad de una frase.

—Mari... Bermúdez no cenó anoche en el paladar.

—¿Ah, no? —pregunto, fingiendo indiferencia.

—No. Tenía un catering privado en un palacete de Miramar. Terminó a la una y media de la mañana.

Siento que el mojito se detiene a mitad de camino. La muletilla interior, que estaba dormida, despierta con una punzada de alarma. «¿Catering privado en Miramar hasta la madrugada?».

—¿Con quién? —suelto sin filtro.

La pregunta sale seca, cortante, con el tono que reservo para los testigos que intentan ocultarme la verdad. Es una frase que una abogada no debería formular a su amiga sobre un hombre con el que, técnicamente, no tiene nada.

Lisette me mira fijamente. Yadira anota mentalmente el dato clínico.

—Olvida la pregunta —rectifico de inmediato—. No me interesa.

—Mari, la pregunta ya está hecha. No se puede olvidar.

—Pues la retiro del acta.

—Imposible. En una mesa del Dandy no existen las retiradas —sentencia Lisette.

—Está bien. ¿Con quién estaba?

Lisette se toma su tiempo antes de responder.

—Una familia cubana que vive en Venezuela. Doce comensales para unas bodas de plata. Al parecer, la anfitriona bajó a la cocina a felicitarle personalmente a las doce y cuarenta y dos. Me lo contó Reinaldo por WhatsApp. Él sabe que si yo tengo el dato, tú lo tendrás antes de irte a la cama.

—Gracias por la información, Lisette.

—Mari —dice ella con suavidad—, los celos también tienen dueño. Acabas de delatarte ante toda la cafetería. No lo archives como si fuera nada.

Yadira cierra su libreta por segunda vez.

—Registrado —dice la psicóloga.

—Yadira, te he dicho que no registres.

—Ya está hecho, Mari. Lo clínico no pide permiso.

Respiro hondo, tratando de recuperar mi eje profesional.

«Marisol, llevas dos días sin saber si mandarle un emoji a este hombre y acabas de interrogar a tu amiga sobre su cena en Miramar. Ese salto tiene un nombre administrativo muy claro».

No lo digo, pero lo reconozco en mi interior.

—Chicas —sentencio—, pido la segunda y cambiamos de tema. Me voy a las diez y cuarto en taxi. Sola.

Cumplimos el pacto. Hablamos de todo menos de Leandro y su noche en Miramar. A la hora acordada, nos despedimos en la esquina. Ellas comparten un taxi y yo subo a otro rumbo a la calle 23.

Llego a casa a las diez y cuarenta. Cumplo mi ritual: zapatos fuera, bolso en el recibidor, vaso de agua fría en la cocina. Me siento en el sofá y permanezco cinco minutos en un silencio absoluto.

Luego, voy al dormitorio. Abro el cajón y saco un folio amarillento. Tomo el bolígrafo de Don Heriberto y, con la misma caligrafía de siempre, escribo la pregunta:

¿Qué quiero?

Esta vez no doblo el papel. No lo escondo en el «cajón civil». Lo dejo abierto, sobre la mesilla de noche, a la vista de cualquier mirada. Apago la lámpara.

En la oscuridad, sé que el folio sigue ahí, desafiante. Sé que mañana al despertar seguirá sin respuesta. Y sé que el lunes dos de marzo tengo una cita ineludible en el Registro Civil. Entre hoy y ese lunes, tengo que encontrar una verdad que no tengo ensayada.

«Duerme, Marisol».

No lo consigo hasta pasada una hora. Miro el techo y la palabra «anfitriona» se repite en mi mente como un eco persistente. Me duermo, finalmente, a las once y cincuenta y siete.