VEINTE
A mi madre se le ocurrió regresar a La Habana el lunes por la tarde, apenas veinticuatro horas después de habernos bajado del Viazul en Camagüey.
«Mijo, le he dicho al mueblista que nos suba la alacena por transporte urbano el miércoles.
Yo no puedo estar ausente de mi propio apartamento cuando llegue un mueble que ha costado dos meses de negociación», fue su frase textual.
Tomó el tren del domingo por la noche —una odisea que no le recomiendo a nadie, pues arrastra siempre dos horas más de retraso que la guagua— y aterrizó ayer en mi apartamento de Línea.
Traía consigo una maleta mediana de repuesto y un recipiente con ropa vieja congelada, suficiente para los almuerzos de lunes y martes.
La cena oficial con Marisol, por lo tanto, tuvo que replantearse sobre la marcha.
Mi madre me lo propuso durante el desayuno del lunes: «Mijo, el martes yo me encargo de la mesa y tú cocinas. Así, antes de volverme el jueves, les dejo una última cena juntos en casa». Yo acepté. Marisol, cuando la llamé al mediodía para consultarle, también dijo que sí.
Son las ocho y cuarenta y siete de la noche.
Llevo en los fogones desde las seis. En la cocina del apartamento flota un aroma denso a guiso de carne con malanga, a arroz blanco de grano largo recién desgranado y al comino de un sofrito de cebolla roja que lleva cuarenta minutos sudando a fuego bajo.
Mi madre, en el salón, se ha tomado la molestia de poner la mesa con el juego de porcelana azul y crema que heredó de su madre; una vajilla que viaja desde Camagüey una vez al año para estas ocasiones, a pesar de los once kilos que añade a la maleta.
Marisol llegó a las ocho y veinte. Trajo un ramo de alhelíes que le compró a una vendedora en la esquina de Paseo. Viste un vestido verde oscuro de manga corta y muestra una expresión tranquila, una paz que no le veía desde aquel lunes diecinueve de enero cuando todo este enredo comenzó.
«Ya. Sigue cocinando. No la mires demasiado hasta que la comida esté servida», me ordeno.
A las ocho y cincuenta y cuatro, justo cuando levanto la tapa de la olla para remover el guiso, el apartamento entero se sumerge en la oscuridad absoluta.
La campana extractora muere en un silencio súbito.
La nevera deja de ronronear. El ventilador del techo del salón se detiene.
La cocina queda iluminada únicamente por el débil piloto azul del fogón —que, por suerte, es de gas— y por la luz de una farola de la calle Línea que entra oblicua por la ventana alta.
—¡Mijo! —grita mi madre desde el salón.
—Mamá, es el apagón.
—¿Es solo el edificio, mijo?
Me asomo a la ventana. La calle Línea es una boca de lobo que se extiende hasta Paseo.
El Vedado a las nueve menos cinco de un martes de febrero, sin electricidad, tiene una textura extraña y olvidada; los apagones aquí son poco frecuentes.
Solo se distinguen los faros de los carros y el contorno de los edificios recortados contra un cielo gris intenso, manchado por nubes más oscuras.
—Mamá, es toda la zona —informo mientras vuelvo al centro de la cocina.
—Leandrito, pues a cenar a la luz de las velas —responde ella con una calma sospechosa—. Las cosas, a veces, se ayudan solas.
Voy al cajón de la cocina y busco la caja de velas blancas que guardo para las emergencias.
Encuentro seis. Improviso los soportes: tres portavelas de porcelana, uno de vidrio y dos tazas de café invertidas sobre sus platitos.
Las enciendo una a una con el fósforo largo que Reinaldo me regaló en Navidad.
Llevo la luz al salón y coloco las velas en una línea irregular sobre la mesa, de modo que la iluminación sea baja pero suficiente para vernos las caras.
Marisol no se ha movido de su silla. Me observa en silencio mientras distribuyo la luz. Mi madre me pide una de las velas cerca de su copa de agua y yo se la acomodo.
—Leandrito, sirve ya —ordena mi madre.
—Espera, mamá, deja que termine de espesar el guiso.
—Mijo, el guiso ya está. Lo sé por el olor. No lo hagas esperar más.
Cedo ante su insistencia; mi madre rara vez se equivoca en una cocina, aunque sea la mía. Sirvo los tres platos bajo la luz combinada del fogón y las dos velas que dejé en la encimera. Llevo la comida al salón y ocupo mi lugar en la cabecera. La cena comienza formalmente a las nueve y cinco.
El apagón, según un vecino que pasó gritando por el pasillo, va para largo: tres horas mínimo.
Mi madre come con un apetito envidiable.
Marisol, en cambio, bebe agua y mastica despacio, como si estuviera procesando algo más que la carne.
Sirvo un poco de vino tinto, el mismo Pinar que solemos compartir, aunque ella apenas moja los labios.
El salón, bajo la luz de las seis velas, adquiere una temperatura visual cálida, dorada; las sombras se proyectan gigantescas en las paredes y bailan cada vez que una llama oscila por una corriente de aire mínima.
A las nueve y veinte, mi madre bosteza. El día de gestiones con el mueblista parece haberle pasado factura.
A las nueve y veintidós, bosteza por segunda vez, esta vez sin disimulo.
A las nueve y veinticuatro, deja los cubiertos sobre el plato, cruza las manos sobre el mantel y me mira con la determinación de quien ha decidido que su papel en esta escena ha terminado.
—Mijo, yo me voy a la cama —anuncia—. Con este apagón no puedo ver la tele y el cuerpo no me aguanta despierta. Mañana nos vemos en el desayuno.
—Pero mamá, acabamos de empezar...
—Niña —dice ella ignorándome y dirigiéndose a Marisol.
—Dígame, Niurka.
—Hija, sigan cenando ustedes dos tranquilos. Mijo, apágale la vela de su cuarto a las once si todavía están despiertos.
—Mamá, no seas descarada —susurro, sabiendo perfectamente lo que intenta.
—Leandrito, yo soy la mayor aquí, así que el descaro me corresponde a mí. Buenas noches.
Se pone en pie, toma una de las velas improvisadas —la de la taza de café— y camina hacia su habitación con la llama protegida por su mano derecha.
Cierra la puerta tras de sí. Al poco tiempo, escucho el sonido característico de la colcha al ser retirada.
Mi madre tiene la envidiable capacidad de quedarse dormida apenas toca la almohada.
Marisol y yo nos quedamos solos.
Cinco velas sobre la mesa. Dos platos a medio terminar. Una botella de vino con apenas dos dedos menos. El salón sumido en una penumbra dorada que lo vuelve todo más íntimo de lo pactado.
«Come. Concéntrate en la comida. No digas nada fuera de lugar», me repito.
Pero la voz interior es débil. Sirvo el resto del vino en nuestras copas. Marisol acepta el gesto y choca ligeramente su cristal contra el mío. Bebe un sorbo y deja la copa. Una de las velas, la central, empieza a derramar una lágrima de cera sobre el mantel.
Marisol observa el rastro blanco. Extiende la mano y, con la yema del pulgar, recoge la gota antes de que se solidifique. La cera brilla un instante bajo la luz, se endurece en su piel y ella la despega con la uña del índice para dejarla en el borde del plato.
—Bermúdez —dice ella, rompiendo el silencio.
—Dime, Prieto.
—Tu mamá no está dormida. Está fingiendo.
—Lo sospecho —admito con una media sonrisa.
—Lo sospechas y lo sabes perfectamente.
—Prieto, las madres cubanas mayores de sesenta años tienen el don de fingir el sueño para propiciar conversaciones en las que ellas no deberían estar presentes. Es una institución nacional.
—Bermúdez, ¿aprovechamos la institución o nos quedamos respetándola en silencio?
—Aprovechémosla, Marisol.
Ella sonríe sin llegar a mostrar los dientes.
Bebe otro sorbo de vino y se pasa el dorso de la mano por el cuello.
El salón, sin el aire acondicionado, ha subido un par de grados.
Noto que el cuello de Marisol, bajo el pelo que se ha ido soltando durante la cena, tiene un brillo ligero, una humedad sutil justo donde la clavícula se encuentra con el trapecio.
La luz de la vela le da de lleno en ese punto.
«Mírale a la cara, Bermúdez. Mantén la vista arriba».
—Prieto —comienzo, forzándome a hablar—. Tengo algo que contarte. Algo que debí decirte hace tiempo.
—¿Sobre Philippe? —pregunta ella con una calma que me descoloca.
Me quedo con la copa suspendida en el aire. Marisol ha pronunciado el nombre sin énfasis, con la fonética francesa perfecta, como si estuviera mencionando a una parte contraria en un juicio.
—¿Cómo lo sabes? —pregunto finalmente.
—Bermúdez, tu madre lo mencionó aquel veintidós de enero. El tono que usó no era el de un amigo de la familia y yo archivé ese detalle. He esperado veintiséis días para ver si tú eras capaz de traerlo a la mesa por tu cuenta. Hoy, finalmente, lo has hecho.
—Te lo voy a contar todo —suspiro.
Le narro lo esencial, omitiendo el drama innecesario.
Le cuento que me casé con Anisleydi Valle en el dos mil dieciséis.
Estuvimos bien hasta el undécimo año de relación, cuando ella empezó a distanciarse.
En el duodécimo apareció Philippe Moreau —Felipe, según su pasaporte—, el chef francés del Hotel Nacional.
Ella era coordinadora y él el jefe de cocina.
En una cena del gremio comenzó lo que mi madre llamó «el asunto de la salsa».
Me divorcié en marzo de dos mil veinte. Sin ruidos, sin escándalos.
Soy cubano, y los escándalos me sientan mal.
Marisol me escucha con una atención absoluta durante veinte minutos. Cuando termino, se reclina en la silla y apoya las manos sobre el mantel, cerca de su copa. No me mira a los ojos; observa el nudo de mi corbata inexistente, el tercer botón de mi camisa y mi mano apoyada en la mesa.
—Bermúdez —dice al fin.
—Dime.
—¿Qué fue lo que te hizo más daño de todo eso?
—El chef francés —respondo sin dudar.
—¿Y qué fue lo que menos te dolió?
—Que ella se fuera. A Anisleydi la había perdido un año antes de firmar los papeles. A él, en cambio, no lo vi venir. Lo perdí todo en una sola cena.
—Gracias por ser tan sincero conmigo, Leandro.
—Es la única distinción que me queda después de seis años.
Marisol asiente. Bebe dos sorbos largos de vino y deja la copa. La vela de la izquierda se ha consumido a la mitad y la cera líquida empieza a desbordar el portavelas.
Me levanto, voy a la cocina y traigo dos velas nuevas.
Retiro los cabos consumidos y coloco las frescas.
Al encender la que queda de su lado, Marisol extiende la mano para sujetar el soporte de porcelana.
Nuestros dedos se tocan en el borde del platillo.
Es apenas un centímetro de piel contra piel, pero ninguno retira la mano hasta que la llama se estabiliza.
Cuando la luz es firme, ella aparta los dedos.
Vuelvo a sentarme. Siento que el aire pesa más.
—Prieto —digo, mirándola fijamente.
Esta vez la miro de verdad. Sin escudos profesionales, sin muletillas de protección, sin un cucharón o una bandeja de por medio. Estamos solo nosotros dos, cinco velas y el resto de vino en las copas. Veo la sombra de su perfil proyectada en la pared y la luz bailando en su cuello.
—Dime, Bermúdez.
—Tú no eres un trámite para mí.
Lo digo con una seriedad absoluta. Sin la ironía del sábado de la emergencia, sin juegos de palabras. Se lo digo con la voz de un hombre de treinta y seis años que acaba de admitirse a sí mismo una verdad que llevaba veintinueve días esquivando.
Marisol parece quedarse sin aire. Veo cómo su pecho se detiene un instante bajo el vestido verde, rompiendo el ritmo de su respiración. No aparta la mirada, no pestañea, pero tampoco responde de inmediato.
En ese preciso segundo, la luz regresa al apartamento de golpe.
La campana extractora empieza a zumbar. La nevera ruge.
El ventilador del techo comienza a girar con fuerza.
La luz del techo, cuyo interruptor se había quedado encendido, inunda el salón con una claridad blanca y violenta que aniquila la penumbra dorada en un parpadeo.
El aire acondicionado arranca con un quejido seco.
Marisol parpadea, deslumbrada. Se cubre los ojos un momento con el dorso de la mano. Cuando la retira, me mira de nuevo, pero ahora bajo la luz cruda de la realidad, con esa mirada analítica de abogada que revisa un expediente bajo el flexo de su oficina.
—Bermúdez —dice ella, recuperando el tono.
—Dime.
—Me parece que las velas ya no hacen falta.
—Las voy a dejar encendidas de todos modos —respondo.
—Déjalas, si quieres.
Nos quedamos en silencio mientras el ventilador corta el aire sobre nuestras cabezas. Las cinco velas siguen ardiendo, pero sus llamas ahora parecen pálidas y diminutas, lavadas por la luz del techo.
—Bermúdez, tengo que irme —anuncia ella levantándose.
—Quédate un rato más, ahora que hay luz.
—No, mejor no.
—¿Marisol?
—Leandro, no puedo quedarme aquí después de lo que acabas de decir. Ya no soy la misma persona de hace cinco minutos. Necesito caminar un poco, llegar a mi casa y volver a ser yo misma antes de dormir.
—Registrado —respondo, aceptando su decisión.
—Gracias.
Toma su bolso y su chaqueta. Se la pone por encima de los hombros, sin llegar a meter el brazo izquierdo en la manga. Camina hacia la puerta y, antes de salir, se detiene y se gira.
—Dile a tu madre que la cena estaba perfecta.
—Se lo diré.
—Y gracias por contarme lo de Philippe.
—Gracias a ti por escuchar.
Abre la puerta y sale. Escucho el sonido rítmico de sus tacones bajando los cuatro pisos del edificio, con la misma cadencia que tenían cuando subieron hace exactamente cuatro semanas.
Me quedo sentado en la cabecera. Las cinco velas siguen consumiéndose bajo el resplandor de las bombillas del techo. Las apago una a una con una servilleta mojada. La cera se endurece al instante, manchando la porcelana.
—¿Mijo? —llama mi madre desde el cuarto, con esa voz de quien no ha pegado el ojo.
—Dime, mamá.
—¿Ya se fue la niña?
—Se fue ahora mismo.
—Mijo... ¿le dijiste la frase buena?
—¿Cuál de todas, mamá?
—La de verdad, mijo. La que llevabas tres semanas aguantando en la garganta.
—Se la dije.
—Bien. Que no se te olvide repetírsela la próxima vez.
—No se me olvidará.
Escucho cómo se gira en la cama y, al cabo de un minuto, su respiración se vuelve profunda y real. Por fin duerme.
Yo me quedo allí, sentado a oscuras de nuevo tras apagar la luz del salón, con las velas muertas sobre la mesa.
Me sirvo un vaso de agua fresca. Abajo, en la calle Línea, escucho un taxi arrancar.
Por la ventana veo un Moskvitch doblar la esquina.
En su interior, a contraluz, distingo la silueta de una mujer que se lleva los dedos de la mano derecha a la base del cuello, justo donde la luz de la vela la había estado tocando toda la noche.