DIECINUEVE #2
No levanto la mano. No me incorporo. Me quedo exactamente como estoy, con la cabeza presionada contra su hombro y sintiendo el calor de su piel a través de la camisa de lino.
Leandro respira con una lentitud acompasada.
No me atrevo a levantar la vista para comprobar si está despierto; por la inclinación de su cuerpo hacia el respaldo, juraría que ha caído en el mismo letargo que yo.
La guagua atraviesa los campos de Matanzas. Pasamos por delante de un central azucarero cuyas chimeneas ya no humean y una estación de ferrocarril que parece detenida en el tiempo. Un perro amarillo nos ladra desde un portal cercano a la carretera.
Pasan quince minutos más. Mantengo mi mano sobre la suya, desafiando a la lógica.
Al cabo de un rato, empiezo a sentir un hormigueo leve en el dorso de mi mano derecha.
Es ese calambre sutil que avisa de que una articulación lleva demasiado tiempo en la misma postura.
Decido ignorarlo. El calambre es solo información biológica, y en este preciso instante, yo no quiero procesar información.
Solo quiero quedarme aquí, en este espacio suspendido entre dos provincias.
Es la primera vez en once años que me permito un gesto físico de esta naturaleza con plena conciencia de lo que significa.
Leandro realiza un movimiento casi imperceptible a los treinta y cuatro minutos de entrar en Matanzas.
No levanta su mano ni hace ademán de despertarme.
Solo gira la cabeza apenas un par de milímetros hacia mí.
Noto cómo cambia la presión de su hombro contra mi mejilla; se siente menos rígido, más acogedor.
—Marisol —susurra con una voz tan baja que apenas supera el ruido del motor.
No me pregunta si he despertado. Lo da por sentado, con esa intuición suya que tanto me descoloca.
—Dime, Leandro —respondo con el mismo tono.
—¿Quieres que te suelte la mano?
—No —respondo sin dudar.
—¿Quieres que cambie de postura? ¿Te incomodo?
—No.
—¿Quieres que diga algo más?
—No, por favor.
—Está bien. Entonces no diré nada.
—Gracias.
Esas tres respuestas mías son, probablemente, las palabras más arriesgadas que he pronunciado en un transporte público en toda mi vida.
Acaban de echar por tierra semanas de argumentos legales y barreras defensivas.
Pero en este lunes de febrero, entre una industria muerta y el ladrido de un perro, el «no» y el «gracias» son las únicas verdades que puedo permitirme.
Vuelvo a dormirme. No era mi intención, pero el cansancio acumulado y la seguridad del contacto me vencen de nuevo.
Cuando abro los ojos por segunda vez, el paisaje ha cambiado radicalmente.
Estamos atravesando el túnel de la bahía de La Habana.
El reloj digital marca las cuatro y diecinueve de la tarde.
Mi cabeza sigue en el mismo lugar; mi mano no se ha movido de la suya.
Leandro me observa de perfil, inmóvil. En cuanto se da cuenta de que he despertado, aparta la mirada con un retraso deliberado de medio segundo.
—Prieto —dice con su voz habitual.
—Bermúdez.
—Ya estamos en casa.
—Lo veo.
—Llegaremos a la terminal en unos siete minutos.
—Gracias por el aviso.
Levanto la cabeza de su hombro con lentitud, sintiendo el vacío repentino.
Es un movimiento pausado, respetuoso con el hombro que ha soportado mis cinco kilos de peso durante casi todo el viaje.
Al incorporarme, retiro mi mano de la suya con una naturalidad ensayada que pretende no llamar la atención del resto del pasaje, aunque mi corazón late con una fuerza que me retumba en los oídos.
Leandro recoge su chaqueta y se la cuelga del brazo. Guarda la libretita azul en su mochila, esa que no sé en qué momento volvió a sacar mientras yo dormía.
Llegamos a la terminal de Viazul en la avenida Boyeros a las cuatro y veintisiete.
El desembarco es rápido y ordenado. El conductor abre las bodegas y Leandro recupera nuestras pertenencias.
Saca su maleta grande y luego la mía; me entrega el asa y, en el intercambio, nuestras manos vuelven a rozarse.
Siento el contacto del índice y su dedo meñique contra mi piel. No digo nada. Él tampoco.
—Prieto.
—Dime.
—¿Quieres que te acompañe a tu casa?
—No es necesario, Leandro.
—¿Vas a coger un taxi?
—Sí, es lo más rápido.
—Espera aquí, te buscaré uno.
Sale a la avenida y levanta la mano. En menos de un minuto, detiene un Moskvitch blanco algo destartalado. Negocia con el conductor y le confirma que va hacia el Vedado. Leandro me abre la puerta trasera y me ayuda a acomodar la maleta.
—Señora, ¿a dónde la llevo exactamente? —pregunta el taxista.
—A la calle 23, entre L y M, por favor.
Antes de que el coche arranque, Leandro mete la mano por la ventanilla medio segundo. Toca el dorso de mi mano con los nudillos de sus dedos índice y medio. No es una caricia, es un saludo breve, casi administrativo, pero cargado de un significado que solo nosotros entendemos.
—Nos vemos mañana.
—Hasta mañana.
Retira la mano y cierra la puerta del taxi. El Moskvitch arranca con un ronquido metálico. Por el retrovisor, veo la figura de Leandro quedándose sola en la acera de la terminal, junto a su maleta, observando cómo me alejo por la avenida Boyeros.
El taxi enfila hacia el centro de la ciudad. Yo permanezco en el asiento trasero, con la maleta pequeña sobre las rodillas y el libro de Flaubert, todavía cerrado, encima de todo. Me miro la mano derecha.
La cruzo sobre la izquierda, protegiéndola.
La observo con la misma minuciosidad con la que analizo un expediente al que le falta una prueba fundamental.
La giro, estudio el dorso, la palma... la dejo quieta sobre el lino del vestido.
El taxista cruza el Parque de la Fraternidad y empieza a subir por la calle Galiano.
Yo sigo absorta en mi mano. No intento racionalizar lo ocurrido ni busco diagnósticos psicológicos.
Ni siquiera acude a mi mente la muletilla profesional que me ha guiado durante años. Solo miro mi mano.
Llegamos a la esquina de 23 y L a las cuatro y cincuenta y dos. Le pago al hombre con el cambio exacto, bajo del coche y subo a mi apartamento. En cuanto cruzo el umbral, cierro la puerta y echo el cerrojo.
Dejo la maleta en la entrada, el libro sobre la mesa del salón y el bolso en una silla.
Camino hacia la cocina y abro la nevera por inercia, aunque no tengo hambre.
La cierro sin sacar nada. Me apoyo de espaldas contra la puerta fría del refrigerador, con las manos entrelazadas tras de mí.
Me quedo así cuarenta segundos, escuchando el silencio de mi casa.
Lentamente, levanto la mano derecha y la sitúo frente a mis ojos.
«Marisol Prieto Ferrer, durante cuatro horas has dormido sobre el hombro de un hombre sin pedir permiso. Y durante diez minutos de plena conciencia, has decidido no retirar la mano. Ese es un dato objetivo, abogada, y no tienes ningún archivo donde esconderlo».
Bajo la mano y la dejo caer a mi costado. No voy a archivar esta información. Por primera vez en once años de carrera, dejo un hecho pendiente de interpretación sobre la encimera de mi cocina y me dirijo a la ducha sin intentar resolverlo.