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DIECINUEVE

Subo al autobús a las ocho y trece minutos.

Llevo conmigo una maleta pequeña y el bolso colgado al hombro izquierdo, sintiendo todavía el peso de las últimas horas.

En la piel conservo el rastro de ayer: el aroma a leña de la ropa vieja, el sabor del congrí casero, el eco de un baile en el centro de un patio iluminado por bombillas de colores.

Me acompaña el recuerdo de un patio trasero silencioso, de los quince primos que al final fueron catorce porque uno de Mabay apareció con una guitarra para cambiar los planes, y la sensación térmica de un vaso de agua sin gas compartido bajo la mirada de trescientas estrellas de provincia.

Leandro sube justo detrás de mí. Entrega su maleta grande al conductor, quien la acomoda en el compartimento de equipajes con una eficiencia que Viazul no suele publicitar, pero que es la verdadera columna vertebral de la empresa.

Leandro sostiene los boletos en la mano derecha.

Sube los escalones y me sigue por el pasillo estrecho.

Los números de nuestros asientos, según he comprobado antes de abordar, son el nueve y el diez; ventanilla y pasillo, en el lado izquierdo del vehículo.

Me detengo en la fila nueve y me dejo caer en el asiento de la ventanilla, buscando el apoyo del cristal. Leandro, un segundo después, ocupa su lugar a mi lado, en el pasillo.

«Marisol Prieto Ferrer, prepárate. Ocho horas por delante. Ocho horas. Ocho horas».

A través del cristal empañado se ve el andén de la terminal.

Mi suegra, Doña Niurka, y el tío Enrique han venido a despedirnos.

Ella me manda un beso volado uniendo dos dedos de su mano.

El tío Enrique, que sostiene un vaso de jugo de guayaba con el que parece haber empezado el día a las siete de la mañana, me dedica un saludo militar algo impreciso pero cargado de afecto.

Les devuelvo ambos gestos con una mano apoyada en el vidrio mientras el conductor cierra la puerta neumática.

El motor ruge y la guagua arranca, dejando atrás el polvo de Camagüey.

Utilizo los primeros minutos del trayecto para instalarme y marcar mi territorio.

Abro el bolso y extraigo un libro, una botella pequeña de agua y los auriculares.

Sé que no voy a usar estos últimos; el ruido ambiente de la Viazul —ese traqueteo rítmico y constante— convierte cualquier lista de reproducción en un caos de ruidos metálicos.

Además, en los ocho días que llevo compartiendo espacios con Leandro Bermúdez Castillo, he descubierto que mi cerebro es incapaz de procesar música de fondo si él está sentado a escasos treinta centímetros de distancia.

Coloco el libro sobre mis piernas, pero no lo abro todavía. Me quedo mirando el paisaje que empieza a desfilar.

Leandro, en su asiento, se ha quitado la chaqueta ligera y la ha dejado doblada con cuidado sobre las rodillas.

Viste la camisa blanca de lino de siempre, abrochada hasta el tercer botón.

Es la misma camisa impecable que le veo cada mañana desde aquel veintidós de enero; una prenda que, por algún misterio que me niego a investigar, nunca parece arrugarse.

No voy a preguntar si el secreto es cosa de su madre o de Reinaldo, porque en realidad no me interesa el origen, sino el hecho de que está ahí, perfecta, frente a mí.

—Prieto —dice él, rompiendo el silencio inicial.

—Bermúdez.

—¿Vas a leer? —pregunta señalando el volumen sobre mis piernas.

—Esa es la intención.

—¿Y qué libro es ese?

—Me lo regalaron Lisette y Yadira hace tres meses. Lo llevo en el bolso desde entonces sin haber pasado de la dedicatoria.

—¿Y tiene título el misterio?

—No te vayas a reír, por favor.

—Prieto, me conoces. Prometo seriedad absoluta.

— La educación sentimental , de Flaubert.

—Vaya —comenta él, arqueando una ceja—. Llevar a Flaubert sin empezar durante tres meses no dice nada bueno de las amigas que te lo regalaron.

—En realidad, dice mucho de mi falta de tiempo, no de ellas.

—Es un matiz importante.

—Lo es.

Cierro los ojos durante dos segundos, buscando un poco de paz mental.

Al abrirlos, veo que Leandro ha sacado de su mochila una libretita azul pequeña que no le había visto nunca.

Extrae un bolígrafo del bolsillo de su camisa y comienza a escribir con trazo rápido.

No le pregunto qué anota y él no ofrece explicaciones.

El pacto de silencio se instala entre nosotros mientras la guagua gana velocidad.

«Marisol, concéntrate. Olvida la libreta azul. Flaubert te espera».

Abro el libro por la página uno. Leo la primera frase.

La releo inmediatamente. La leo una tercera vez, palabra por palabra.

He recorrido las líneas con la vista, pero mi cerebro se niega a procesar el significado de lo que pone.

Es como si el idioma se hubiera vuelto de repente indescifrable.

Cierro el libro con un suspiro frustrado.

La guagua se incorpora finalmente a la autopista central.

El tramo que separa Camagüey de Ciego de Ávila se cubre en poco más de una hora.

El paisaje que desfila tras la ventanilla es de una uniformidad hipnótica: cañaverales interminables, palmas reales que puntean el horizonte y, de vez en cuando, algún buey suelto pastando cerca de la carretera.

Atravesamos pueblecitos somnolientos cada veinte kilómetros.

El cielo de este lunes de febrero está salpicado de nubes altas y blancas que no llegan a proyectar sombra sobre la tierra roja.

A los cuarenta y siete minutos de viaje, Leandro cierra su libreta azul con un chasquido suave. La guarda en el bolso y se recuesta contra el respaldo del asiento. Cruza las manos sobre la chaqueta doblada y cierra los ojos un instante. Al abrirlos, me mira de soslayo.

—Deberías dormir un poco. Aprovecha el viaje.

—No tengo sueño —miento, sintiendo el peso de los párpados.

—Sí que lo tienes. Se te nota.

—¿Y según tú, por qué debería tener sueño?

—Porque anoche, cuando regresamos a casa a las doce menos cuarto, tardaste exactamente cuarenta minutos en apagar la luz de tu cuarto.

Lo sé por la rendija de luz que se filtra bajo la puerta del pasillo; marca perfectamente quién sigue desvelado al otro lado.

Mi madre también se dio cuenta, por eso esta mañana en el desayuno te ha insistido tanto con el segundo café.

—Bermúdez... definitivamente en Camagüey no se puede ocultar nada.

—En Camagüey no existen los secretos —responde él con una media sonrisa—. Aquí todo se reparte con inventario incluido.

Se me escapa una risa corta, genuina. La Viazul avanza devorando kilómetros de asfalto.

El conductor ha sintonizado una emisora provincial que emite música romántica de los años setenta a un volumen casi inaudible.

Por la ventanilla entra un sol suave que calienta el cristal.

Noto que la temperatura interior ha subido un par de grados, situándose en unos veintiuno mucho más razonables; supongo que alguna de las abuelas del pasaje habrá convencido al conductor con esa dulzura clínica que solo ellas poseen.

—Duerme un rato.

—No quiero.

—Te prometo que voy a vigilar la ventanilla para que no te pase nada. Duerme.

Decido ceder. Apoyo la cabeza contra el cristal fresco de la ventanilla, sintiendo la vibración del motor contra mi sien.

Cierro los ojos, convencida de que no voy a dormir.

Mi plan es simplemente descansar la vista durante diez minutos, relajar los músculos del cuello y volver a Flaubert con las ideas renovadas.

«Diez minutos, Marisol. Ni un segundo más», me prometo.

Me duermo.

No hay un recuerdo nítido del momento en que perdí la conciencia.

No registro el tránsito entre el duermevela y el sueño profundo.

No tengo la menor idea de cuándo dejamos atrás Ciego de Ávila ni de cómo atravesamos Santa Clara, lo cual supone más de dos horas de viaje borradas de mi mapa mental.

No oí al conductor solicitando los documentos en el punto de control de Aguada de Pasajeros ni registré los cambios de emisora en la radio.

El mundo exterior simplemente dejó de existir para mí.

Cuando finalmente abro los ojos, el reloj digital del autobús marca las doce y cuarenta y cuatro del mediodía.

La guagua está pasando junto a un cartel oxidado y maltrecho que anuncia la entrada a la provincia de Matanzas; a la letra «M» inicial le falta un tornillo y cuelga peligrosamente inclinada.

He dormido cuatro horas y seis minutos de un tirón. Ese es el primer dato que procesa mi mente de abogada.

El segundo dato es mucho más perturbador: mi cabeza no está apoyada contra el cristal frío de la ventanilla, como la coloqué al principio.

Está descansando sobre el hombro izquierdo de Leandro.

La cabeza de una mujer adulta pesa aproximadamente cinco kilos; mantener ese peso muerto sobre el hombro de alguien durante cuatro horas no es un accidente ni un gesto de cortesía pasajera.

Es, a todos los efectos, una toma de posesión física.

El tercer dato, sin embargo, es el que me paraliza por completo.

Mi mano derecha, que debería estar reposando sobre el libro de Flaubert, se encuentra ahora sobre la mano izquierda de Leandro Bermúdez. Están en el pequeño espacio que separa ambos asientos. Mi mano está encima; la suya, debajo.

Él no ha retirado la mano. Pero tampoco ha cerrado sus dedos sobre los míos. Simplemente la ha dejado allí, permitiendo el contacto.

«Marisol Prieto Ferrer, no te muevas. No levantes la mano de golpe. No despiertes al pasajero del asiento diez si es que está dormido. Tienes diez segundos para decidir tu próximo movimiento».

Utilizo esos diez segundos para tomar una decisión irracional.