DIECIOCHO #2
El tío Enrique aplaude con entusiasmo desde su rincón. Yudisleydi sigue disparando fotos que, estoy seguro, ya están circulando por varios grupos de WhatsApp. Doña Nidia se asoma un momento por la ventana lateral de la cocina, asiente dos veces y regresa a sus calderos.
Marisol me mira a los ojos por primera vez en toda la noche. Estamos solos en nuestro propio círculo de luz.
—Esto está siendo una experiencia muy humillante para mi prestigio profesional.
—Te equivocas. Lo estás haciendo de maravilla.
—No mientas, Leandro. Sé perfectamente lo que están haciendo mis pies.
—A nadie le importan tus pies en este momento, Marisol. Lo único que les importa es que te estás riendo.
—Leandro...
—¿Qué?
—Cállate de una vez y llévame.
Y la llevo. El son termina cincuenta y tres segundos más tarde. Ramsés, que tiene un sentido del drama muy agudo, pincha inmediatamente un bolero lento: Dos gardenias , en la versión de Antonio Machín. Es la señal para que incluso los primos más tímidos se levanten de sus asientos.
Yo no suelto su mano. Ella no retira su brazo de mi cintura. Las parejas se agrupan a nuestro alrededor mientras la bombilla amarilla sigue bañando el centro de la pista. Los dos bebés duermen plácidamente en sus sillas de anea en la esquina, ajenos al mundo.
Bailamos el bolero a tres centímetros de distancia. Ni uno más, ni uno menos. Siento el calor de su cuerpo y el perfume que emana de su cuello.
—Marisol —le susurro casi rozando su oreja.
—¿Sí?
—Mi madre no deja de sonreír.
—Lo sé, puedo sentir su mirada desde aquí.
—Y mi tía Nidia también nos tiene en el punto de mira.
—También lo sé.
—Prepárate, porque Yudisleydi va a subir esas fotos antes de que den las doce —le advierto con una sonrisa.
—Ya contaba con ello.
—¿Estás bien? —pregunto bajando el tono, buscando la verdad.
Ella tarda un momento en responder. La voz de Machín llena el patio pidiendo una gardenia con esa melancolía que solo existía en mil novecientos cincuenta y dos.
—Estoy bien, Leandro. Realmente bien.
—¿Estás segura?
—No —responde ella con una sinceridad que me desarma.
Le aprieto la mano un milímetro, un gesto mudo de apoyo.
Ella me devuelve la presión con la misma intensidad.
El bolero termina cuarenta segundos después.
Ramsés corta el ambiente romántico con un changüí rápido y vibrante.
Las parejas se separan y el bullicio regresa al patio.
Yudisleydi finalmente baja el móvil, satisfecha con el material obtenido.
Suelto la cintura de Marisol tres segundos después de lo que dicta la etiqueta.
—Marisol —digo recuperando el aliento.
—Dime.
—Voy a servir otra ronda de Cristal. Los primos empiezan a tener sed de nuevo.
—Ve, no quiero ser la causa de una sequía familiar.
—¿Te traigo algo para ti?
—Un vaso de agua fresca, por favor. Sin gas. Y necesito tres minutos de soledad para procesar todo esto.
—Te concedo los tres minutos en el patio trasero. Allí estarás tranquila.
—Gracias, Leandro.
Cruzo hacia la cocina. Dayanara, que siempre va un paso por delante, ya tiene la bandeja preparada con las cervezas frías. Reparto la ronda entre los primos que me reclaman con la mirada. Le paso al tío Enrique un vaso de ron añejo; a estas alturas de la noche, la cerveza ya no le hace efecto.
A los seis minutos, paso por la cocina, lleno un vaso con agua fresca, tomo una silla plegable de madera y salgo por la puerta lateral hacia el patio trasero.
Es un pequeño pedazo de tierra donde vive una gallina vieja que duerme en una jaula baja y donde crece un guayabo cuyos frutos nadie recoge porque Dayanara es alérgica a la fruta desde niña.
Marisol está sentada en el escalón de piedra, con los tacones a un lado.
El vestido rojo le cubre las rodillas y la luz amarilla del patio delantero llega hasta aquí como un eco lejano y suave.
Tiene la cabeza apoyada en los brazos, que descansan sobre sus rodillas.
No llora; simplemente está allí, sumida en una quietud absoluta.
Me siento en la silla plegable, a un metro de distancia. Le tiendo el vaso de agua. Ella levanta la cabeza, me mira y lo toma. Bebe dos sorbos largos, con sed, y me lo devuelve.
No decimos ni una palabra. Yo no pregunto y ella no ofrece explicaciones. La gallina se remueve un momento en su jaula, emite un sonido sordo y vuelve a dormirse.
El cielo de Camagüey es un espectáculo que La Habana ha olvidado. Aquí, en el reparto La Caridad, las estrellas se cuentan por cientos. Intento contarlas, llego a la número treinta y cinco y decido que es mejor simplemente contemplarlas.
Marisol apoya la barbilla sobre su brazo derecho.
Respira con una lentitud acompasada. No mira al cielo; su vista está fija en las ramas del guayabo.
Yo mantengo la mirada en las estrellas. Pasan cuatro minutos de un silencio compartido que no resulta incómodo.
No necesitamos pedir nada, ni aclarar nada.
A lo lejos, el son cambia por la voz de Celia Cruz. Escuchamos las risas de los primos ante alguna ocurrencia de Ramsés. Yudisleydi debe estar sacando más fotos. El tío Enrique propone un brindis por alguien que ni siquiera está pensando en casarse, fiel a su estilo.
Y aquí, a espaldas de la fiesta, bajo el cielo estrellado de la provincia y con el sabor del agua compartida, nos quedamos en silencio otros cinco minutos. No hay contacto físico, no hay palabras. Pero la conexión es más fuerte que cualquier discurso.
A las diez y diez, la voz de mi madre rompe el hechizo desde la puerta de la cocina.
Nos llama a cenar; la ropa vieja ya está lista para servirse en la mesa grande.
Marisol se pone en pie con elegancia, se calza los tacones y se alisa el vestido con las manos.
Al pasar por mi lado, su dedo meñique roza, casi imperceptiblemente, el dorso de mi mano derecha, que descansa sobre mi rodilla.
Es apenas medio segundo de contacto, pero electrizante. Entramos en la casa por separado.
Me quedo tres segundos más en la silla plegable. Necesito ese tiempo para que el pulso se me calme. Soy un cocinero de treinta y seis años que tiene que volver a enfrentarse a quince primos y cenar como si nada hubiera pasado, como si ese pequeño roce no me hubiera removido los cimientos.
«Ya está. Sigue sirviendo. Concéntrate en la cena», me repito. Pero esta vez, mi voz interior no suena muy convencida.
Entro en la cocina y me encuentro con la mirada de mi madre. No pregunta, pero lo sabe todo. Me pone un delantal limpio en las manos y señala la gran fuente de ropa vieja.
—Sirve, mijo —me dice con una sonrisa—. Que se enfría.