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DIECIOCHO

La casa de la familia en Camagüey la compró mi bisabuelo Serafín en mil novecientos treinta y dos, cuando las calles aún olían a caballo y progreso.

Queda en el reparto La Caridad, a escasos quince minutos del centro histórico, y conserva esa estampa de tiempos mejores con su fachada pintada de un amarillo claro y sus ventanas verdes de madera robusta.

La entrada tiene dos escalones gastados por el paso de las generaciones, y cruzar el umbral es entrar en un patio interior cuadrado donde la vida parece detenerse.

Hay ocho mangos adultos que dan una sombra densa, un flamboyán que mi padre plantó con sus propias manos en el ochenta y nueve, y un brocal de pozo que nadie usa desde el noventa y dos, pero que nadie se atreve a quitar por miedo a que se rompa el hechizo de la memoria.

En el patio, esta noche, hay quince primos.

No son dieciséis, como mi madre le advirtió a Marisol en un arranque de entusiasmo.

Yuniesky se anuló a última hora por una urgencia familiar en Holguín.

Para ser sincero, es mejor así; Yuniesky es de esos parientes que siempre eligen el momento menos oportuno para hacer la pregunta más incómoda.

«Ya basta. Sigue sirviendo», me ordeno mentalmente mientras ajusto el equilibrio.

Llevo una bandeja cargada de cervezas Cristal en la mano derecha y un paño limpio colgado en la izquierda.

Circulo por el patio con una cadencia mecánica, sorteando troncos de mango y conversaciones cruzadas.

La estrategia de la noche, la que acordé con mi madre nada más bajar de la guagua esta mañana a las once y dos minutos, es sencilla pero estricta: yo sirvo, no me siento y, bajo ningún concepto, me dejo atrapar en grupos de más de tres primos simultáneos.

En Camagüey, un grupo de cuatro primos aumenta el volumen y la peligrosidad de las preguntas de forma exponencial.

El patio está decorado con guirnaldas de bombillas que cuelgan entre las ramas de los mangos.

Son ocho bombillas de colores cálidos, amarillas con toques de ámbar, que mi primo Ramsés colocó a las cuatro de la tarde usando la vieja escalera de mi tío Enrique, esa que tiene un escalón más largo que los otros y requiere un sentido del equilibrio casi circense.

Las bombillas iluminan charcos de luz cada cuatro metros; el resto del espacio queda a merced de dos farolas antiguas y del resplandor indirecto que escapa de la cocina.

La cocina, corazón de la casa, exhala tres aromas inconfundibles que se mezclan en el aire húmedo.

Primero, el de la ropa vieja que lleva cocinándose a fuego lento desde las nueve de la mañana.

Luego, el de los plátanos maduros que se fríen en un aceite cuya temperatura mi madre vigila con celo de centinela.

Y finalmente, el del arroz congrí auténtico, de ese que se sirve sin cuchara sopera porque es tan desgranado que se pegaría en los dientes de la otra.

Ramsés ha colocado un altavoz portátil sobre el brocal del pozo y ha inundado el patio con un changüí guantanamero a un volumen que aquí nadie discute, pero que en La Habana nos habría costado una visita de la policía a los diez minutos.

Los primos bailan. Osdanny se mueve con su novia, Orelvis lo hace con Dayanara, y mi primo Leandris intenta seguirle el ritmo a una prima de la que no logro recordar el nombre completo.

El tío Enrique, por supuesto, baila con quien se le ponga delante.

Marisol está sentada en una mesa de madera, justo al lado del flamboyán. Comparte espacio con Yudisleydi, Ramsés y un primo segundo llamado Alcides, que baja desde Mabay una vez al año y trabaja en la empresa eléctrica.

Ella lleva el vestido.

No es el vestido rojo oscuro que mi madre me mencionó por mensaje cuando llegamos.

Ese se quedó en la maleta esta mañana; para el viaje en guagua prefirió la blusa beige que, según mi madre, es la definición misma del decoro.

Pero a las siete y cuarto, tras la ducha, Marisol bajó al patio convertida en otra persona.

Viste el rojo oscuro, calza los tacones medios de cuero que ya reconozco desde que la vi en la acera del bufete, y lleva el pelo suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros.

«Ya, Bermúdez. Sigue sirviendo. No le mires el vestido todavía», me amonesto, aunque es inútil. La miro desde las ocho menos veinte y no puedo evitar que mis ojos busquen ese rincón del patio cada vez que paso con la bandeja.

A las ocho y cuarenta y nueve, la música cambia. El changüí da paso a una pieza de son santiaguero de los años cincuenta, una versión instrumental que Ramsés ha elegido con mucha puntería porque es de las que se bailan suelto, con espacio para el lucimiento.

Dayanara, desde el otro extremo del patio, me hace una seña imperiosa con la barbilla. Finjo no entenderla, pero ella, que a los treinta años ya ostenta más autoridad social que cualquier adulto de la provincia, me dedica una mirada que no admite réplica. Me acerco a ella con la bandeja vacía.

—Dayanara —saludo inclinándome un poco.

—Leandrito.

—Dime.

—Deja la bandeja de una vez y saca a bailar a tu esposa —me ordena en un susurro cargado de intención.

—Dayanara, no es el momento, estoy trabajando.

—Leandrito, sí lo es. Llevas más de una hora circulando con esa bandeja como si fueras un camarero de hotel internacional.

La familia ya se ha dado cuenta. Mi tía Nidia, que no se pierde un detalle, ya ha comentado en la cocina que no entiende por qué el esposo no saca a la niña a la pista. Haz el favor.

—Dayanara, no hemos ensayado nada, vamos a hacer el ridículo.

—Por favor, Leandro, es un son. Eso se baila solo, sale de la sangre.

—Dayanara, te lo digo en serio...

—Escúchame bien: si no la sacas tú en los próximos treinta segundos, voy a mandar a Alcides para que lo haga, y luego te la pasaré a ti. Pero te aseguro que esa historia quedará mucho peor para tu reputación que si vas ahora mismo.

—Está bien, tú ganas.

—Treinta segundos, mijo. Corre.

Dejo la bandeja sobre una mesa lateral, doblo el paño con una parsimonia que no siento y lo coloco encima.

Me ajusto el cuello de la camisa con un gesto rápido, inspiro hondo y cruzo el patio.

Siento el resplandor de las bombillas amarillas sobre mi cabeza.

El murmullo de los primos se apaga en un setenta por ciento; el silencio se extiende como una mancha de aceite mientras avanzo.

El son santiaguero sigue llenando el aire, marcando el pulso de la noche.

Llego a la mesa donde ella está sentada.

—Prieto —digo con voz clara.

—Bermúdez —responde ella, levantando la vista.

Alcides, Yudisleydi y Ramsés se quedan mudos de repente. Noto cómo Alcides le propina un codazo discreto a Ramsés, que aguanta el impacto con una dignidad puramente camagüeyana.

—Marisol —insisto.

—Dime.

—¿Bailas conmigo?

—Bermúdez... —dice ella, dudando—. No bailo desde que tenía veintitrés años.

—No te preocupes, esto se baila solo. El cuerpo se acuerda.

—Eso es lo que decís todos los hombres que sabéis bailar para convencer a las mujeres que no tenemos ni idea.

—Si te piso, te lo compenso con un postre extra. Te lo prometo.

Ella se ríe. Es una risa corta, de esas que se cubren con la mano por pura timidez. Veo a Yudisleydi sacar el móvil con esa rapidez felina de las primas que necesitan subir la primicia a Facebook antes de que termine la canción. Marisol, finalmente, se pone en pie.

Le tiendo la mano y ella la toma. Caminamos los siete pasos que nos separan del centro del patio, situándonos justo debajo de la bombilla más brillante, la que cuelga entre los dos mangos centenarios.

Y allí, bajo la mirada escrutadora de quince primos que no disimulan su curiosidad, pongo la mano derecha en la cintura de Marisol.

Es la primera vez que la toco de esta manera en veintinueve días.

Siento el contacto a través de la tela fina de su vestido rojo.

Ella está tensa, casi rígida, y yo trato de mantener la calma.

Tomo su mano izquierda con mi derecha; nuestros dedos encajan sin necesidad de ajustes, como si hubieran estado esperando este momento.

Siento una punzada de tensión en mi brazo y noto que mi corazón se salta un latido.

Mi padre solía decir que el corazón de un cubano solo falla en su ritmo cuando el cuerpo confirma lo que la cabeza lleva meses tratando de negar. Tenía razón.

«Ya está. No pienses más. Un, dos, tres. Un, dos, tres», me marco el ritmo internamente.

La muletilla del baile me devuelve la seguridad. Es la técnica que mi madre me enseñó a los catorce años en la sala de esta misma casa, usando un disco de la Sonora Matancera.

Marisol baila con una torpeza encantadora. Está demasiado concentrada en no fallar. El son se marca en tres tiempos, pero ella intenta encajarlos en cuatro; se le cruzan los pies una vez, luego otra. Veo a Alcides desde la mesa tratando de ocultar una sonrisa tras su vaso de cerveza.

—Marisol, relájate —le susurro al oído.

—Es difícil, Leandro.

—No pienses en los pasos. Solo respira. Un, dos, tres.

—Un, dos, tres —repite ella, como un mantra.

—Deja que yo te lleve. No pelees con el ritmo.

—Es que me resisto por naturaleza, Bermúdez. Ya deberías saberlo.

—Ya me lo imagino, Prieto.

Al llegar a la tercera vuelta, noto que la rigidez de sus hombros cede.

Marisol deja de resistirse y empieza a fluir con la música.

No es que esté bailando como una profesional, pero se está dejando llevar, y eso es más que suficiente.

En la quinta vuelta, cuando la trompeta lanza su nota más aguda, la hago girar bajo mi brazo derecho. El giro es perfecto, natural.

Mi madre, que observa desde el umbral de la cocina secándose las manos, se cuelga el paño sobre el hombro izquierdo. Es el gesto oficial de aprobación camagüeyana; no necesita decir una palabra para que yo sepa que ha pasado la prueba.