DIECISIETE #2
Las tres nos reímos. Es una carcajada corta, un mecanismo de defensa ante lo que se avecina. Yadira abre su libreta, mira una página en blanco y la vuelve a cerrar. Me mira fijamente a los ojos, adoptando ese tono serio que usa en consulta.
—Mari, tengo algo que decirte antes de que te subas a esa guagua. Lo he estado pensando durante toda la semana y quería soltártelo hoy.
—Adelante, Yadira. Suéltalo ya, que mañana tengo un viaje largo y quiero ir ligera de equipaje.
—Marisol, tú no tienes miedo al compromiso. Ese no es tu problema.
—¿Ah, no? —pregunto con incredulidad—. ¿Y qué es lo que tengo entonces?
—Tú lo que tienes es miedo a quedarte.
El silencio cae sobre la mesa como una losa. Lisette deja de beber y me mira con atención.
—Explícate, Yadira —le pido, sintiendo un nudo en el estómago.
—Mari, el «miedo al compromiso» es un diagnóstico superficial, algo que sale en las revistas baratas.
Eso es para la gente de veinte años que no sabe qué hacer con su vida.
A los treinta y dos, lo que te pasa a ti es miedo a quedarte en un lugar, con una persona.
Cuando alguien decide quedarse contigo, empieza a sonarte como una amenaza, como algo que «no fue».
—No entiendo a qué te refieres con eso de «lo que no fue».
—Tu padre no se quedó, Mari. Se fue cuando tenías cinco años y te dejó un vacío del tamaño del Malecón.
Desde entonces, has construido una carrera brillante y una armadura legal para no tener que quedarte tú nunca antes de que sean los demás los que te dejen a ti.
No es una estrategia de vida, Marisol. Es una herida abierta.
Siento que se me nubla la vista por un segundo. Solo un segundo. Mis amigas lo notan, pero guardan un respeto absoluto. Yadira, con una puntería clínica devastadora, continúa hablando para evitar que el llanto se instale definitivamente.
—Mari, que tu padre se marchara no fue culpa tuya. Nunca lo fue.
Dos milímetros de lágrima, ni uno más, se escapan de mi ojo izquierdo. Es un llanto que lleva veinte años esperando su turno. Me los limpio rápidamente con la yema del pulgar antes de que dejen rastro en la mejilla. Bebo un sorbo generoso de mojito, respiro hondo y trato de recuperar el control.
—Gracias, Yadira. De verdad.
—No tienes que darlas, Mari. Para eso estamos.
Lisette me toma la mano izquierda por encima de la mesa y la aprieta con fuerza durante un segundo. Es un gesto mudo de solidaridad. Yadira apoya su mano sobre la libreta cerrada y no añade nada más. Al otro lado de la barra, la camarera finge estar muy ocupada lavando una copa que ya brilla.
Bebemos el resto de los mojitos en un silencio que ya no es incómodo, sino necesario.
«Marisol Prieto Ferrer, en este rincón de El Dandy, Yadira te acaba de resumir veinte años de traumas en dos frases certeras. Paga la cuenta y vete a descansar».
—Chicas —digo rompiendo el silencio—. Hoy invito yo.
—Mari, no es necesario... —empieza Lisette.
—He dicho que invito yo. Mañana bajo a Camagüey y necesito sentir que esta ronda corre de mi cuenta.
Ninguna de las dos discute. Yadira entiende perfectamente el proceso de sus pacientes y Lisette entiende el corazón de sus amigas. Esta noche, ambas comprenden que necesito este pequeño acto de control.
A las diez menos cuarto estoy de vuelta en mi apartamento de la calle 23.
Tengo la maleta pequeña abierta sobre la colcha de la cama y un vaso de agua fría sobre la mesilla.
Es la maleta azul marino que uso para los congresos jurídicos, una maleta seria, profesional.
Definitivamente, no es una maleta para irse de fiesta a Camagüey.
Empiezo a guardar lo básico, moviéndome con movimientos mecánicos.
Un pantalón oscuro para el domingo, dos blusas de algodón fresco, ropa interior para tres días —siempre llevo de más por si el destino decide alargar el viaje— y mi neceser.
Añado los zapatos planos de cuero que usé en el paladar aquel sábado de locura.
Meto también un libro; cinco horas de guagua Viazul sin una buena lectura son una forma de tortura institucional que no estoy dispuesta a tolerar.
Voy al armario y me quedo mirando mis perchas.
Saco un vestido rojo oscuro, de manga tres cuartos, que compré hace dos años en una boutique del Vedado.
Solo lo he usado dos veces: en la boda de una colega y en un cóctel del colegio profesional.
Es un rojo elegante, profundo, más cercano al color de un buen vino de tarde que al rojo vibrante de Lisette.
Lo sostengo frente a mí durante un par de segundos. Es una prenda que dice cosas que mi boca todavía no se atreve a pronunciar.
Lo meto en la maleta con cuidado.
Cinco segundos después, lo saco con un movimiento brusco.
«Marisol, sé sensata. Es un almuerzo familiar en el corazón de Camagüey, no una fiesta en el Malecón», me recrimino.
Cuelgo el vestido rojo de nuevo en el armario y, en su lugar, elijo una blusa beige de seda pálida, con un cuello sencillo y discreto.
Es una prenda impecable, modesta, la viva imagen de una «nuera ideal».
Es ropa de mujer que no quiere llamar la atención, no de abogada que pisa fuerte en un tribunal.
Cierro la maleta con un clic metálico.
Me quedo mirándola, insatisfecha.
Vuelvo a abrirla.
Saco la blusa beige con desdén, regreso al armario y recupero el vestido rojo oscuro. Lo meto en la maleta sin doblarlo demasiado, con la urgencia de quien acaba de perder una batalla interna, pero prefiere ganar la guerra el domingo por la mañana, cuando ya no haya marcha atrás.
Cierro la maleta definitivamente y la dejo al pie de la cama.
Apago las luces del apartamento y me meto entre las sábanas. Estiro el brazo sobre la mesilla de noche y mis dedos rozan la llave del apartamento de Línea. Sigue ahí, fuera del cajón, desde el lunes pasado. La dejo donde está, sin moverla.
Miro fijamente el techo, viendo cómo la luz de la farola de la calle 23 se filtra por las rendijas de la persiana, dibujando líneas paralelas en la oscuridad.
Pienso en Leandro y en su cocina, en el sabor del socarrat, en mi padre y en ese plato de arroz amarillo que nos unió por un instante.
Pienso en mi madre, en los domingos de mi infancia y en los dieciséis primos que me esperan para juzgarme.
Y pienso en ese vestido rojo que ahora descansa en mi maleta.
«No tienes miedo al compromiso. Tienes miedo a quedarte».
Repito la frase de Yadira en mi cabeza, una y otra vez, sin interrupciones profesionales ni defensas legales. La acepto sin reservas. Luego, cierro los ojos.
Me quedo dormida a las once y dieciocho de la noche.
Mi maleta, al pie de la cama, guarda el vestido rojo, la blusa beige que al final también terminé metiendo por si acaso, tres libros que probablemente no leeré y una pregunta abierta que Yadira me ha devuelto, después de veinte años de silencio, totalmente desarmada.