DIECISIETE
A las nueve y doce de la mañana estoy sentada frente a Don Heriberto en la silla que el personal del bufete llama, con cierta sorna, la de las socias junior rebeldes.
En mis manos sostengo el acta firmada de renuncia a litigio patrimonial.
Leandro me la devolvió el jueves por la tarde; la firmó sin emitir un solo comentario, sin preguntas, sin reproches.
Solo me envió un mensaje de tres palabras que todavía revolotea en mi mente: «Prieto, firmada. Bermúdez».
Se lo explico a Don Heriberto en dos minutos exactos, cronometrados por la urgencia de mi propia voz.
Le informo sobre el expediente acelerado por vía de urgencia y le confirmo la fecha prevista para la firma definitiva de la anulación: el viernes trece de marzo.
Es un calendario ajustado, pero perfectamente compatible con el cónclave de socios del día veinticinco.
Don Heriberto asiente con una parsimonia que me pone los nervios de punta.
Se quita las gafas con lentitud y comienza a limpiarlas con el pañuelo blanco que, sospecho, lleva en el bolsillo interior de su chaqueta desde mil novecientos setenta y ocho.
Se las vuelve a colocar y me clava una mirada inquisitiva.
—Marisol —dice él, rompiendo el silencio.
—Dígame, Don Heriberto.
—Bien hecho.
—Gracias.
—Pero antes de que te vayas, déjame hacerte una sola pregunta personal.
—Adelante.
—¿Estás haciendo esto porque yo te lo pedí el lunes o porque tú ya lo habías decidido antes de nuestra charla?
Me quedo inmóvil en la silla durante dos segundos eternos. Don Heriberto no parpadea, manteniendo esa fijeza de halcón que le ha dado su reputación en los tribunales. Yo tampoco retiro la mirada.
—Don Heriberto, lo había decidido antes.
—¿Estás segura de eso? —pregunta, arqueando una ceja.
—Don Heriberto, no —admito al fin, sintiendo el peso de la sinceridad.
—Te agradezco el «no», Marisol. Valoro la honestidad por encima de la obediencia.
—De nada, Don Heriberto.
—Puedes retirarte. Tenemos mucho trabajo por delante.
Me levanto y salgo de su despacho. Cierro la puerta con un clic seco que resuena en el pasillo.
Al pasar frente al mostrador, Zeneida levanta medio milímetro los ojos de su teclado; yo los bajo en la misma medida.
Es nuestro código no verbal, una señal de que la paz ha sido restablecida en las altas esferas del bufete.
«Marisol Prieto Ferrer, acabas de mentirle a un hombre al que llevas once años sin ocultarle nada. Y justo después, le has soltado la verdad de golpe. En menos de un minuto. Eso no es una anécdota, es un síntoma de algo más profundo».
Entro en mi despacho y me dejo caer en la silla. Me sirvo una taza de café del termo, necesitando desesperadamente el calor de la cafeína. Por inercia, abro el móvil. Me encuentro con tres llamadas perdidas de Doña Niurka Castillo Valdés. Tres. Y todas desde Camagüey.
La llamo a las nueve y cuarenta desde el balcón del bufete.
Es un pequeño espacio que da al patio interior, por donde sube el aroma reconfortante del café recién colado de la cafetería de la planta baja.
Doña Niurka contesta al segundo tono, con la velocidad de una mujer camagüeyana que lleva cuatro días con el auricular en la mano esperando esta llamada.
—¡Hija! —exclama con una energía que atraviesa la línea.
—Niurka, buenos días.
—Hija, te he llamado tres veces. Empezaba a preocuparme.
—Le devuelvo la llamada ahora mismo, Niurka. Estaba en una reunión importante con Don Heriberto.
—Hija, escucha, es una cosa pequeña, un detalle —dice ella, aunque sé que en su mundo no existen las cosas pequeñas.
—Adelante, la escucho.
—Mira, mañana sábado voy con el primo Omar a recoger una alacena antigua que compré hace dos meses en Ciego de Ávila.
Es una pieza preciosa, de madera buena. La vamos a meter en el Lada del primo y volvemos a Camagüey por la tarde.
Había pensado que, si a ti te viene bien, podrías bajar conmigo y con Leandrito en la misma guagua.
La Viazul sale de Ciego el domingo a las ocho y media de la mañana. Estaríamos en Camagüey a las once.
—Niurka, yo...
—Espera, mija, déjame terminar —me interrumpe con entusiasmo—.
Te tengo preparado un almuerzo grande para ese domingo.
He invitado a dieciséis personas de la familia.
Vendrán dos primos, tres primas, Yudisleydi, Osdanny, Yuniesky, Ramsés, Orelvis, Dayanara, Leandris.
.. y habrá dos bebés que te prometo que no te voy a obligar a sostener, aunque tú ya sabes cómo somos de pesados en Camagüey con los niños pequeños.
—Niurka —logro articular, sintiendo un vértigo repentino—. Me acaba de invitar a un almuerzo masivo con dieciséis primos camagüeyanos en lo que, técnicamente, es mi primera semana real de relación con su hijo.
—Hija, no es la primera semana. Es la cuarta. Yo llevo la cuenta exacta —rectifica ella con autoridad—. Además, no es una invitación, es una oportunidad.
—Pero Niurka...
—Hija, si te niegas, yo lo voy a entender perfectamente. Pero te aviso de una cosa: mi hermana Odalys va a sacar la misma conclusión que saqué yo el veintidós de enero en la terminal de ómnibus. Y créeme, Marisol, vas a quedar mucho peor no yendo que haciendo el esfuerzo de venir.
—¿Y qué conclusión es esa, si se puede saber?
—Esa te la explico allí, en persona, frente a un plato de comida —dice ella con misterio—. ¿Entonces qué? ¿Contamos contigo?
—Niurka, usted sabe perfectamente que me está invitando a algo que roza lo imposible.
—Hija, lo imposible es lo único que se debe aceptar sin pensarlo mucho. Las cosas invitables y razonables son las que se piensan y se analizan. Lo imposible se acepta y se vive con ello. Es más emocionante.
Respiro hondo, buscando aire. Me apoyo en la barandilla de hierro del balcón. Abajo, en el patio, alguien ha encendido una radio; suena un danzón viejo, una melodía pausada que contrasta con el caos que siento en el pecho.
—¿Leandro está de acuerdo con esto? —pregunto por fin.
—Hija, Leandrito ha bajado muchas veces a Camagüey solo conmigo. Hoy, teniendo una esposa con la que se ha casado por un error notarial pero que es una mujer de armas tomar, baja encantado. Se lo consulté esta mañana y sus palabras fueron: «mamá, si Marisol viene, mejor que mejor».
—Entiendo.
—Entonces, ¿el domingo a las once en Camagüey?
—Está bien, Niurka. Iré.
—¡Hija! ¡Qué alegría me das!
—No grite, por favor, que estoy en el bufete.
—Hija, no grito de escándalo, grito de felicidad. Te mando un abrazo apretado por teléfono.
Cuelgo y me quedo mirando el patio interior durante veinte segundos interminables.
Mi muletilla interior, esa que siempre me da órdenes directas, ha quedado temporalmente muda.
Una suegra camagüeyana, una invitación delirante a conocer a dieciséis primos y un viaje en guagua Viazul acaban de ganarle un asalto a once años de férrea disciplina profesional.
«Marisol Prieto Ferrer, acabas de aceptar un almuerzo familiar en Camagüey. Prepárate».
Regreso a mi despacho con paso lento. Saco el sobre marrón del «cajón civil» y lo guardo en el archivo definitivo; ya no tiene sentido tenerlo a mano.
En su lugar, meto un papel nuevo, amarillento, del mismo paquete que usé el lunes.
Tomo mi bolígrafo más pesado y escribo una sola frase: «Domingo 15.
Camagüey. Dieciséis primos. Un almuerzo grande».
Doblo el papel concienzudamente, lo deposito en el fondo del cajón y cierro con llave.
El viernes por la noche, a las siete y media, nos reunimos las tres en El Dandy. Es la segunda vez oficial que nos vemos esta semana. Esta vez el mojito es rápido y acordamos una sola ronda; mañana temprano tengo que hacer la maleta y mis amigas tienen sus propios planes para el sábado.
Yadira llega vistiendo una camisa blanca suelta por fuera del pantalón y con su inseparable libretita beige asomando por el bolsillo.
Lisette, por su parte, luce un vestido rojo oscuro, una prenda que le regaló el ya «archivado» Yandriel.
Ha decidido seguir usándolo porque, según dice, el vestido no tiene la culpa de los pecados del hombre que lo pagó.
—Chicas —saludo sentándome a la mesa.
—Mari, qué bueno verte.
—Niñas, salud —dice Lisette mientras la camarera nos sirve los tres mojitos de rigor.
Bebemos el primer sorbo en silencio, disfrutando de la menta fresca. Yadira, fiel a su estilo directo y sin preámbulos, saca la libretita y la apoya cerrada sobre el mármol de la mesa.
—Mari, Lisette me ha contado que bajas a Camagüey mañana mismo.
—Así es. Bajo con mi suegra. El domingo es el gran almuerzo familiar.
—Dieciséis primos, he oído —comenta Yadira arqueando una ceja.
—Dieciséis —confirmo con un suspiro.
—Mari, ¿tienes la más mínima idea de lo que representa un almuerzo con dieciséis primos camagüeyanos en su propio terreno?
—Puedo imaginármelo, Yadira. No será muy distinto a una vista oral multitudinaria.
—No te lo imagines, porque te vas a quedar corta —sentencia ella con tono clínico—.
Es un gremio, una sociedad secreta. Van a evaluarte cada gesto, cada palabra, la forma en que sostienes el tenedor.
Van a votar entre ellos sin decirte nada.
El lunes se reunirán en casa de alguna tía y decidirán si pasas el corte o no.
Si pasas, serás parte de Camagüey para siempre.
Si no, te mandarán de vuelta a La Habana con mucha educación, pero con la etiqueta de «boda rota» antes de los ocho meses.
—Yadira, por favor, no la asustes más de lo que ya está —interviene Lisette, bebiendo de su vaso—. Mari lleva once años defendiendo causas perdidas en tribunales de media isla. Unos primos camagüeyanos no van a poder con ella.
—Los primos camagüeyanos no son tribunales, Lisette. Son mucho peores. Son las madres de los tribunales.