DIECISÉIS
El café del martes por la mañana en la esquina de Paseo lo pago yo y apenas dura veinticuatro minutos.
Marisol llega con tres de retraso que se disculpa de inmediato por escrito en la pantalla de mi móvil mientras la veo bajar de un taxi.
Viste un traje claro, impecable para el trabajo, pero lleva el pelo recogido con una severidad que delata un lunes prolongado y dos ojeras pequeñas que el domingo no estaban allí.
Pide un cortado. Yo pido lo mismo. Hablamos de la logística del paladar, del ritmo frenético del bufete, del tiempo que amenaza lluvia, de las ocurrencias de Doña Odalys Puentes y de la nueva bisnieta de una vecina suya a la que ni ella ni yo conocemos de nada.
A los veintidós minutos, con la taza vacía sobre la mesa, Marisol mira el reloj y sentencia que tiene juzgado a las once.
Pago la cuenta, nos levantamos y salimos a la acera.
—Bermúdez —dice ella a modo de despedida.
—Prieto.
Me tiende la mano. Se la tomo un segundo, sintiendo la piel fresca antes de que se suelte para subir a un taxi amarillo. Me quedo un instante en la esquina y luego emprendo el regreso a pie hacia el paladar.
En los cuatrocientos metros que separan la cafetería de mi cocina, decido el plato.
No es una decisión consciente ni meditada; es una certeza que me asalta sin pedir permiso.
He aprendido que las decisiones importantes de un cocinero cubano se toman caminando, dejando que el ritmo de los pasos ordene las ideas. Lo aprendí de mi padre.
«Ya está. Sigue caminando», me ordeno.
El martes por la tarde la idea ya está instalada en mi cabeza como una obsesión.
El miércoles por la mañana compro los ingredientes en el mercadito de la 23, eligiendo cada pieza con una minuciosidad casi religiosa.
A las cuatro de la tarde, con el paladar cerrado al público en ese remanso de paz que queda entre el servicio de almuerzo y la cena, me planto frente al fogón grande.
Saco del armario bajo una olla de hierro que perteneció a mi padre y que no veía la luz desde hace cuatro años.
Arroz amarillo con pollo. El plato de una abuela paterna a la que nunca conocí, pero que vive en mi memoria a través de esta receta.
Mi padre me la enseñó cuando yo tenía diecisiete años y él cuarenta y ocho.
Fue en la cocina de nuestra casa en Santa Clara, un sábado por la tarde.
Recuerdo que no se quitó el delantal verde descolorido ni se sentó en ninguna de las dos sillas de madera.
Me lo explicó en voz baja, con el cucharón en la mano como si fuera un cetro, y me pidió un favor muy específico.
—Mijo, este plato no lo cocines para cualquiera —me dijo muy serio—. Cocínalo solo para alguien a quien le quieras entregar un pedazo de tu propia historia.
Me he acordado de esa frase hoy mismo. Mi padre lleva muerto seis años y yo no he vuelto a preparar este arroz para nadie desde el dos mil veinte. Hasta hoy.
Reinaldo disfruta de su día libre y Yosvani, que todavía tiene el hombro en cabestrillo, no llegará hasta las seis y media para preparar la cena.
El paladar es mío y de nadie más durante dos horas exactas.
La luz de la tarde se filtra por la ventana alta en ese ángulo oblicuo que Marisol observó el domingo pasado; una luz que ahora, a finales de febrero, se siente un grado más cálida y dura cinco minutos más.
La cocina huele a sofrito, un aroma denso y reconfortante que impregna las paredes.
Lleva cuarenta minutos al fuego. Pimiento rojo, pimiento verde, cebolla blanca picada tan fina que parece desaparecer, ajo cortado a cuchillo para que no pierda su esencia, tomate maduro rallado, laurel y un toque sutil de comino.
Uso azafrán auténtico, nada de colorante barato; lo reservo para el final, siempre al final.
El arroz es de grano corto y redondo, lavado tres veces en agua fría hasta que sale clara.
El pollo de corral está partido en piezas medianas, sellado previamente en aceite caliente hasta alcanzar un dorado perfecto.
El caldo es casero, del que se hace con paciencia, huyendo de los cubitos industriales.
Añado el arroz, bajo el fuego al mínimo y cubro con el caldo. Tapo la olla y activo el reloj de arena mental de dieciocho minutos.
«Sigue. No te adelantes. Deja que el vapor haga su trabajo».
Me apoyo en la encimera de mármol y cruzo los brazos sobre el pecho.
Observo la olla con la misma intensidad con la que se mira el primer regalo importante para una mujer que, a esta hora, ni siquiera sabe que va a recibirlo.
No he avisado a Marisol. No le he escrito un mensaje ni le he dicho que la espero a las cuatro y media para probar una receta nueva.
No tengo excusa preparada. No es una cena, no es una cita formal; es simplemente un plato que estoy cocinando.
Si ella no aparece, me lo comeré solo. Si aparece, lo compartiremos. No hay plan.
«Mentira, Bermúdez. Sabes perfectamente que hay un plan», me recrimina mi conciencia.
Me río entre dientes. La muletilla de mi padre se está mezclando con una voz nueva en mi cabeza que no sé de dónde ha salido.
O quizá sí lo sé. Es la voz de la abogada.
Se ha colado en mi pensamiento sin pedir permiso, con la misma naturalidad con la que entra en mi cocina los domingos por la tarde.
A las cuatro y diecisiete suena el timbre del paladar.
No espero a nadie. Las cuatro y diecisiete no es hora de visitas.
No es momento de proveedores ni de clientes rezagados; Reinaldo y Yosvani tienen sus horarios y Doña Odalys suele venir más temprano cuando necesita un poco de aceite.
Cruzo el comedor, sintiendo el silencio del local, y abro la puerta.
Allí está Marisol Prieto Ferrer. Viste un traje gris claro, distinto al que llevaba ayer.
Esta vez lleva el pelo suelto, cayendo sobre sus hombros.
En la mano izquierda sostiene un sobre marrón pequeño.
Tiene la cara de una mujer que acaba de caminar cuatro manzanas desde el juzgado de la calle Empedrado y que ha decidido pasarse por un asunto administrativo sin previo aviso.
—Bermúdez —saluda ella.
—Prieto.
—¿Interrumpo algo importante?
—No, para nada. Pasa.
—Huele muy bien aquí dentro —comenta, entornando los ojos.
—Estoy probando una receta nueva para la carta.
Se queda en el umbral un par de segundos. Esos dos segundos me sirven para reorganizar mi estrategia mental. El arroz de prueba deja de serlo; ahora tiene una comensal. Me hago a un lado y ella entra con paso decidido.
—Bermúdez, vengo solo a traerte un papel que tengo pendiente.
—Entrégalo.
—Te lo dejo en la barra. No quiero interrumpirte con trámites ahora mismo si estás ocupado.
Deja el sobre sobre la madera de la barra.
No necesito abrirlo para saber qué contiene.
Reconozco el membrete del primo notario en la esquina del sobre.
Es el documento de renuncia al litigio patrimonial derivado de nuestro matrimonio administrativo.
Lo archivo en mi cabeza con la frialdad profesional que uso para las cosas que pesan demasiado.
—Bermúdez —dice ella, señalando hacia la cocina.
—Dime.
—¿Qué es exactamente lo que estás cocinando?
—Arroz amarillo con pollo.
Se queda inmóvil un segundo. Un segundo que se alarga y que lo dice todo sin palabras. Mira la olla de hierro, el ramito de culantro fresco sobre la tabla y la hoja de laurel que asoma entre el caldo. Respira hondo, absorbiendo el aroma.
—Bermúdez... ese arroz amarillo...
—¿Qué tiene?
—Huele exactamente igual al que hacía mi madre.
Sujeto el cucharón con la mano derecha. No se me cae, pero me quedo con el brazo suspendido en el aire. La miro fijamente. Ella no aparta la vista de la olla.
—Prieto, tú dijiste en la cena con mi madre que ella era santiaguera, ¿verdad?
—Sí, lo dije.
—Mi abuela paterna era de Santa Clara. La receta de este arroz viene de ella. Mi padre la aprendió allí y luego me la enseñó a mí.
—Bermúdez, es curioso. Nuestras dos recetas, la tuya y la mía, probablemente fueron una sola antes de que el tiempo y la distancia las separaran.
—Es muy probable —convengo.
Bajo el cucharón y lo deposito con cuidado en el pocillo de madera.
Marisol se acerca dos pasos más a los fogones.
Apoya la mano derecha en el canto del mármol y noto cómo se le ponen los ojos brillantes.
No llega a llorar, pero sus ojos parecen dos vasos de agua expuestos al sol de la tarde.
Es la mirada de una mujer que intenta mantener el control en un terreno que la desborda.
—Prieto...
—Bermúdez, no digas nada, por favor.
—No diré nada.
—Dame el cucharón —pide con voz suave.
Se lo entrego. Se inclina sobre la olla y remueve el contenido una sola vez, con una lentitud casi ceremonial. Cierra los ojos y aspira el vapor.
—Le falta el culantro —sentencia al abrirlos.
—Se añade al final. Ya lo tengo cortado en la tabla.
—Al final, sí. Es lo correcto.
—Prieto... ¿tu madre te lo cocinaba muy seguido?
—Todos los domingos —responde sin mirarme—. Lo hizo hasta que cumplí los nueve años. Después, en julio, ella se murió.
—Lo siento mucho.
—Llevo veintitrés años sintiéndolo. Es algo a lo que uno se acostumbra, supongo.
—Siéntate en el taburete, Marisol.
—¿En cuál?
—En el de siempre.
Ese término, «el de siempre», queda instaurado entre nosotros sin necesidad de rituales.
Es el taburete alto de la barra del fondo, el mismo donde se desplomó el sábado tras servir a treinta clientes.
Ella obedece y cruza las piernas. Yo regreso a la olla.
Remuevo el arroz una última vez, añado el culantro picado grueso y retiro la olla del fuego.
La tapo de nuevo para el reposo de tres minutos.
Saco un plato hondo de porcelana blanca y sirvo una ración generosa con sumo cuidado. Se lo pongo delante. Le alcanzo un tenedor; este es un arroz que se disfruta con tenedor, no con cuchara. Le ofrezco un vaso de agua fresca que ella acepta con un gesto de agradecimiento.
—Bermúdez, ¿tú no vas a comer?
—Comeré después. Pruébalo tú primero.
Toma el tenedor y se lleva la primera cucharada a la boca. Esta vez cierra los ojos durante cuatro segundos completos. Al abrirlos, traga con lentitud.
—Bermúdez... este plato me ha devuelto a mi madre por unos instantes.
—Me alegra oír eso.
—Pero te voy a decir una cosa —añade recuperando el tono serio—: esto no es para una cena de carta. No lo pongas en el menú.
—¿Por qué no?
—Porque este arroz no es para clientes desconocidos. Es para gente tuya.
—Prieto... entonces no irá a la carta. Queda entre nosotros.
—Gracias.
Come tres cucharadas más con la deliberación de quien está analizando un caso difícil. Al llegar a la cuarta, deja el tenedor sobre la mesa y se pasa el dorso de la mano por la sien. No sé si se aparta un mechón o si se limpia una lágrima incipiente, y decido no preguntar.
—Bermúdez, mi padre también lo hacía así.
—¿El arroz amarillo?
—Sí. Antes de marcharse para siempre.
Las palabras caen en la cocina con el peso y la limpieza de un cuchillo afilado.
No hay adornos en su voz. Ella no me mira; mantiene la vista fija en el plato vacío.
Yo sigo con el cucharón en la mano, listo para rascar el socarrat del fondo de la olla, esa costra tostada que mi padre consideraba el alma del plato.
No rasco. Me quedo inmóvil. No pregunto cuándo se fue, ni por qué, ni le digo que lo siento. Aprendí hace años que las confesiones que no se buscan deben tratarse con el máximo respeto. Mi madre me lo decía siempre: cuando alguien te entrega una verdad desnuda, no la comentes. Solo escúchala.
Meto el cucharón en la olla y rasco el fondo con suavidad.
Separo el socarrat en una cucharita pequeña y se la ofrezco a Marisol en silencio.
Ella toma la cucharita y se come la costra tostada en dos tiempos.
Luego, me mira fijamente y asiente una sola vez.
Es el agradecimiento más honesto que he recibido en mucho tiempo.
«Ya está. Sigue cocinando», me digo, aunque esta vez la muletilla no tiene la fuerza de antes. Todo se siente distinto.
Marisol termina su ración en silencio. Se levanta del taburete y deja el tenedor cruzado sobre el plato.
—Bermúdez, gracias por el arroz. Hacía mucho que no probaba algo así.
—Gracias a ti por venir sin avisar.
—El sobre... fírmalo cuando puedas.
—Lo firmaré esta misma noche.
—No hace falta que corras. No hay prisa.
—Correrá la prisa que tú decidas darle, Prieto.
Nos sostenemos la mirada durante unos segundos. Ninguno de los dos hace amago de moverse. No sé qué expresión tendrá mi cara, pero la de ella es indescifrable y profunda.
—Bermúdez, me marcho.
—Vete.
Camina hacia el comedor, recoge su bolso y se detiene en el umbral de la puerta. Se vuelve una última vez.
—Dime una cosa, Bermúdez. Si tu padre te enseñó a cocinar este plato de esta manera, es que era un hombre bueno.
—Lo era.
—Ya me lo imaginaba.
Sale y cierra la puerta del paladar con una delicadeza extrema. Me quedo quieto frente al fogón, contando cuarenta segundos en silencio. La olla aún desprende un hilo de vapor. Queda un pequeño trozo de socarrat en el fondo; lo rasco, lo pongo en la cuchara y me lo como allí mismo, de pie.
En la barra, el sobre marrón sigue esperando.
Lo abro antes de que llegue Yosvani. Leo las dos páginas con la agilidad de quien está acostumbrado a los tecnicismos.
Renuncia a litigio patrimonial. Estándar.
Firma urgente para una anulación acelerada por vía de urgencia.
Fecha prevista para la firma: viernes trece de marzo.
Treinta y un días.
«Ya. Sigue respirando. Mañana firmarás. Esta noche no», me ordeno.
Saco la pluma del delantal y la dejo sobre el sobre, pero sin destaparla. Esta noche el arroz amarillo que he cocinado se merece un respeto. No voy a ponerle papeles legales encima todavía.
A las seis y media llega Yosvani y abrimos el servicio. El local se llena de ruidos, comandas y aromas. Pero en la cocina, la olla de hierro de mi padre permanece sobre el fuego apagado. No la lavaré hasta que termine la jornada, bien entrada la madrugada.