QUINCE
Don Heriberto Armenteros Delgado convoca a los socios junior los lunes a las diez y media cuando quiere que sepan, sin necesidad de verbalizarlo, que la reunión no es un trámite rutinario.
Las convocatorias ordinarias son los miércoles a las once.
Los lunes a las diez y media son la señal de humo para las cuestiones de fondo, las que se cocinan en los despachos cerrados y deciden el destino de los pasillos.
Me entero por Zeneida nada más llegar al bufete, a las nueve y cuarenta. Me intercepta en el rellano con una carpeta fina bajo el brazo y esa expresión solemne que reserva exclusivamente para dar noticias que preferiría no haber escuchado primero.
—Doctora —saluda con un movimiento de cabeza.
—Zeneida.
—El doctor Armenteros la espera a las diez y media.
—¿Reunión general o individual?
—Solo usted, doctora.
—¿Duración prevista?
—No ha especificado el tiempo.
—¿Y el tono de voz al pedir la convocatoria? —pregunto, buscando el matiz que me falta.
—Doctora, usted y yo nos conocemos hace demasiado tiempo —responde ella, evitándome la respuesta directa.
—Gracias, Zeneida.
—De nada, doctora.
«Marisol Prieto Ferrer, tienes cincuenta minutos. Café, correos, revisar el expediente Acuña y entrar en ese despacho con la espalda más recta de lo habitual», me ordeno mentalmente.
Entro en mi despacho, me siento y me sirvo el café del termo con precisión quirúrgica.
Reviso la bandeja de entrada por pura inercia profesional.
Hay un correo de Lisette titulado «Dandy del viernes: reflexiones»; lo abriré a la una, cuando necesite un respiro.
Hay otro del bufete colombiano con el que gestionamos una mediación internacional que parece estancada. Y luego está el de Dagoberto.
«Prima, llámame hoy. Tengo novedades sobre el expediente».
Dos novedades en una sola mañana son demasiadas para un lunes. Pero las novedades, al igual que las tormentas tropicales en el Caribe, no coordinan sus horarios entre ellas; simplemente llegan y te obligan a buscar refugio.
Archivo el correo de mi primo y decido que llamaré a la una. A las diez y veinticuatro me levanto, me ajusto la chaqueta del traje y salgo al pasillo. Camino con paso firme y golpeo dos veces el marco de madera de la puerta abierta de Don Heriberto.
—Adelante, Marisol —dice él sin levantar la vista.
Entro y cierro la puerta a mi espalda. Don Heriberto, hundido en su sillón de cuero envejecido, me indica la silla reservada para las socias junior con un leve gesto de la barbilla.
Me siento, cruzo las piernas y espero. El despacho está sumido en una penumbra elegante porque las persianas están a medio bajar, filtrando la luz agresiva de la mañana.
El aire acondicionado emite ese chirrido metálico que Zeneida lleva prometiendo arreglar desde hace un mes.
Sobre la mesa caótica destaca un expediente abierto, una taza de café vacía y una estilográfica descansando sobre un pisapapeles de bronce.
—Marisol —comienza él, fijando sus ojos en los míos.
—Don Heriberto.
—Dos cosas. Y rápido, que tengo una audiencia a las once y cuarto que no puede esperar.
—Le escucho.
—Uno. El cónclave de socios se reunirá el veinticinco de marzo para aprobar la terna de socias senior de este año. Tu nombre figura entre las propuestas. Los ascendidos tomarán posesión oficial el uno de julio.
—Don Heriberto, es la cronología habitual del bufete.
—Marisol, hazme el favor de dejarme terminar antes de saltar a las conclusiones.
—Disculpe.
—Dos —continúa con tono grave—. La terna se discute en febrero.
Es decir, ahora mismo. Tenemos tres semanas.
Cada candidato va a ser analizado con lupa.
Yo voy a defender tu posición, eso lo sabes, pero voy a encontrarme con objeciones previsibles de al menos dos socios.
Llevan cuatro semanas repitiendo en la cafetería de la planta baja una frase que me ha llegado ya por tres conductos distintos.
Siento un frío repentino que no tiene nada que ver con el aire acondicionado.
—¿Qué frase, Don Heriberto?
—«La Prieto tiene el divorcio de su propia boda pendiente».
Me quedo en silencio durante dos segundos exactos. El zumbido del aparato eléctrico parece llenar todo el espacio. Don Heriberto no rompe el silencio; sabe usarlo como un bisturí. Lleva cuarenta y cuatro años dominando los tiempos en las salas de vistas.
—Don Heriberto... —digo al fin.
—Marisol.
—¿Nombres? ¿Quiénes son?
—No te los voy a dar. Si te los doy, entrarás al cónclave con una actitud defensiva que te perjudicará. Lo que necesitas no es cargar contra nadie, sino entrar con el asunto resuelto. Sin fisuras.
—Entendido.
—Marisol, escúchame bien. No te pido que hagas milagros. Te pido que, para cuando llegue el cónclave, esa frase ya no tenga ninguna base real. Necesito que puedas responder a cualquier socio con un acta de anulación en la mano y una fecha de firma anterior al día veinticinco.
—Don Heriberto —replico, tratando de mantener la calma—, la anulación, según el notario, tarda noventa días por imperativo legal. El plazo cumple a finales de abril.
—Lo sé perfectamente.
—¿Y entonces?
—Marisol, los noventa días son el mínimo teórico.
Pero tú y yo somos cubanos, y sabemos que los mínimos se pueden acortar con un poco de arte.
Con un sobrino notario bien predispuesto, esos plazos se reducen a la mitad.
No te estoy diciendo que sea el procedimiento estándar, te digo que es lo que ocurre en la práctica.
Lo has visto en cientos de clientes; es hora de que lo apliques a tu propio caso.
«Marisol Prieto Ferrer, Don Heriberto te está confirmando, con la diplomacia de media vida, que Dagoberto tiene razón: hay que acelerar el proceso».
—Lo pensaré, Don Heriberto.
—Piénsalo rápido. El viernes a las nueve y cuarto quiero tu respuesta en este despacho.
—Me parece un plazo justo.
—Marisol, no te lo pido por el bufete, te lo pido por ti.
Yo me jubilo en septiembre. Me voy a Varadero a pintar acuarelas mediocres y a ver pasar las olas.
Tú te quedas aquí, con veinte años de carrera brillante por delante.
No puedes permitir que esos veinte años se trunquen por un comentario malintencionado en una cafetería. Me niego a que eso pase.
—Entendido, Don Heriberto. Se lo agradezco.
—Bien. Vete a trabajar.
Me levanto y camino hacia la salida. Justo cuando pongo la mano en el pomo de la puerta, su voz me detiene.
—Marisol.
—Diga.
—El paladar de tu marido legal ha subido dos estrellas en la guía del gremio este mes. Lo leí el viernes en el boletín profesional. Solo es un dato curioso.
—Don Heriberto... hasta luego.
Salgo y cierro la puerta con una suavidad excesiva.
Cruzo el pasillo sintiendo el peso de la alfombra bajo mis pies.
Zeneida me observa desde su puesto; asiento con la cabeza y pongo una mano sobre el mostrador un segundo al pasar.
Ella me devuelve el gesto con un leve movimiento de ojos.
Trece años trabajando juntas nos han dado un lenguaje de signos que no requiere palabras.
Entro en mi despacho y cierro la puerta. No toco el expediente Acuña ni abro los correos. Saco el móvil y marco el número de Dagoberto.
—Prima —contesta él al primer tono.
—Dagoberto, me adelanto a tu llamada. Dime qué novedades tienes.
—Bueno, hay dos puntos importantes. Primero: Juliancito Fombellida me ha enviado un borrador para la resolución acelerada de la anulación.
En resumen, podemos presentar una vía de urgencia argumentando un «error manifiesto» en la firma del acta.
Si la Secretaría lo admite, y Juliancito dice que lo hará, la anulación se firma en treinta y cinco días.
El calendario nuevo nos sitúa en el viernes trece de marzo.
—Trece de marzo —repito, procesando la fecha.
—El trece.
—Dagoberto, es un viernes trece.
—Prima, por Dios, no me digas que ahora eres supersticiosa. Eres abogada, cíñete a los hechos.
—¿Y la segunda novedad? —pregunto, ignorando su comentario.
—Para presentar esa vía de urgencia, necesito una firma de Leandro.
Una renuncia técnica y estándar a cualquier litigio patrimonial derivado de los cincuenta y tres días que habrá durado el matrimonio legal en esa fecha.
Leandro firmará sin mirar, ya lo conocemos, pero hay que pedírselo formalmente.
—Dagoberto... ¿es estrictamente necesario?
—Si quieres llegar a tiempo para la terna de socios, sí. Si no, nos vamos a los noventa días por la vía ordinaria. Tú decides, Marisol. La pelota está en tu tejado.
Me apoyo la frente en la mano derecha y cierro los ojos. El aire acondicionado de mi despacho emite un soplido seco, diferente al de Don Heriberto.
«Don Heriberto te ha dado hasta el viernes. Dagoberto te ha dado la solución técnica. La puerta está abierta. Cruza de una vez», me digo.
—Hazlo, Dagoberto. Procede con la vía de urgencia.
—¿Estás segura?
—Completamente segura.
—Bien. ¿Quién le pide la firma a Leandro? ¿Quieres que me encargue yo?
—No —respondo con firmeza—. Se la pido yo personalmente. Esto queda entre mi marido legal y yo. Sin intermediarios de la familia.
—Registrada la decisión, prima. No se hable más.
Cuelga. Dejo el móvil sobre la mesa y me quedo mirando la pantalla en silencio. No siento arrepentimiento, ni ganas de rectificar. No voy a levantar el teléfono para dar marcha atrás. Pero, inexplicablemente, siento una presión de dos milímetros en el centro del pecho.
«Marisol, ese apretón es una señal. No lo ignores», advierte mi conciencia.
Lo archivo de todas formas. Es el oficio. Es la disciplina de once años entrenando para que el cuerpo no sabotee las decisiones de la mente en una mañana de lunes. Abro el expediente Acuña y empiezo a trabajar como si no hubiera pasado nada.
El resto del lunes transcurre con la velocidad de los días grandes.
Una audiencia a la una, una reunión con un cliente de Marianao a las tres, correos a las cinco y una videollamada agotadora con Colombia a las siete menos cuarto.
A las ocho menos cinco, solo quedamos Zeneida y yo en el edificio. Ella ya tiene el bolso al hombro.
—Doctora, si quiere yo cierro —se ofrece.
—No te preocupes, Zeneida. Me queda media hora de trabajo. Vete a descansar.
—Buenas noches, doctora.
—Buenas noches.
Oigo el eco de la puerta principal al cerrarse y el silencio se apodera de la tercera planta de la calle Obispo.
Es un silencio denso, interrumpido solo por el murmullo lejano de un carretillero que grita aguacates en la calle.
Me siento en mi silla, cierro el portátil y saco una hoja de papel amarillento de mi cajón.
Tomo el bolígrafo que me regaló Don Heriberto y escribo una única frase en el centro del folio, con mi caligrafía de abogada:
¿Qué quiero?
Miro la pregunta durante unos segundos. No tengo respuesta, ni escrita ni mental. Doblo el papel y lo guardo en lo que he decidido llamar mi «cajón civil», junto a la servilleta con la apuesta de Lisette. Apago la luz, recojo mis cosas y bajo las escaleras a pie. El ascensor ha vuelto a rendirse.
A las ocho y diecinueve tomo un taxi en la acera.
—A casa, por favor. Calle 23 entre L y M.
—Enseguida, señora.
En la radio del taxi suena Frank Domínguez cantando Tú me acostumbraste . La letra se cuela por la ventanilla entreabierta, llenando el espacio con esa melancolía tan cubana. «Tú me acostumbraste a todas esas cosas...».
En el asiento trasero, con el móvil apagado, hago el balance del día.
El veinticinco de marzo se vota la terna.
El trece de marzo se firma la anulación.
Doce días de margen. En el tiempo profesional de La Habana, esos doce días son un mundo; son suficientes para presentar un acta limpia y asegurar mi ascenso a socia senior. Técnicamente, es una noticia excelente.
«Marisol, ¿entonces por qué sientes que el bolso pesa tres kilos más de lo normal?».
El taxi entra en la 23. Bajo la vista y toco el compartimento interior de mi bolso. Sigo llevando la llave del apartamento de Línea. Dieciocho días conmigo sin que Leandro la haya reclamado.
Llego a casa, me quito los tacones y me desplomo en el sofá. Enciendo el móvil y veo un mensaje de Leandro enviado a las seis y dieciocho.
«Prieto, mañana tengo servicio normal. ¿Café a las diez y media en el Malecón? Hay un sitio nuevo en Paseo que me recomendaron. Si no puedes, no pasa nada. Bermúdez».
Releo el mensaje cuatro veces, analizando cada palabra. No contesto esta noche; prefiero esperar a tener la cabeza más fría por la mañana. Pero antes de irme a la cama, saco la llave de Leandro y la dejo sobre la mesilla de noche, bajo la luz de la lámpara.
Hoy prefiero verla ahí, fuera del bolso.
Soy consciente de que hoy, a las once de la mañana, le he dado permiso a Dagoberto para destruir el único vínculo administrativo que justifica que esta llave siga en mi casa.
Y lo he hecho sola, sin consultarlo con él.
Apago la luz, pero el sueño no llega con la certeza del deber cumplido.
Llega con la sensación de que he cruzado un punto de no retorno.
En la oscuridad, la llave plateada no brilla, pero su silencio es ensordecedor.