Nuestro mejor error CATORCE #2
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CATORCE #2

Brindamos de nuevo. A las diez y cuarenta y ocho mi vaso está vacío. Es el tercero, nuestra cifra de seguridad. Sin embargo, algo hoy es distinto. Levanto la mano hacia la barra.

—Idalmis, otro más —pido.

La camarera, Idalmis, me mira sorprendida.

En tres años, nunca me ha servido un cuarto mojito.

Sabe que eso rompe el protocolo, pero se lleva el vaso sin decir nada.

Yadira se recuesta en su silla. Noto que su libretita beige se abre un poco bajo su mano, por puro instinto profesional.

Sabe que el cuarto mojito es el preámbulo de una confesión que ella y Lisette tendrán que gestionar durante semanas.

—Mari... el cuarto es el de la honestidad brutal —me advierte Lisette.

—Lo sé. Y lo necesito.

Idalmis vuelve con la bebida. La miro fijamente. La menta flota en la superficie y la lima descansa en el fondo. Esta vez, contra mi costumbre, lo he pedido con azúcar.

—Chicas —empiezo tras el primer sorbo—. Les voy a contar algo. Solo una cosa. No quiero interrupciones, ni diagnósticos, ni consejos de abogada. Solo escuchen hasta el final. ¿De acuerdo?

Ambas asienten en silencio.

—El lunes diecinueve de enero, Leandro Bermúdez me entregó una llave plateada con una pegatina azul. Era la llave de su apartamento de Línea, por si necesitaba entrar durante la visita de su madre. La llamó «acceso logístico no vinculante».

Hago una pausa y bebo un trago largo.

—Tenía que devolverla el viernes veintitrés. No lo hice. Tenía que devolverla el lunes veintiséis en la acera del bufete. No lo hice. Tenía que haberla entregado el viernes treinta, antes de que nuestras abuelas se despidieran. Tampoco lo hice.

Lisette y Yadira contienen el aliento.

—Hoy es viernes seis de febrero. Esa llave lleva dieciocho días en el compartimento secreto de mi bolso. Dieciocho días. La pegatina azul sigue ahí, intacta. Y lo más importante: Leandro no ha vuelto a pedírmela ni una sola vez.

Termino de hablar y el silencio se apodera de la mesa.

Idalmis limpia copas en la barra con una intensidad sospechosa.

Mis amigas se miran entre sí, comunicándose sin palabras.

Es esa mirada que solo las amigas de toda la vida comparten cuando una de ellas acaba de confesar algo que cambia las reglas del juego.

—Mari —dice Lisette finalmente—. ¿Esa llave está aquí ahora mismo?

Abro mi bolso, saco el neceser negro, abro la cremallera interior y extraigo la llave plateada. La deposito sobre el mármol frío de la mesa, justo al lado de mi cuarto mojito. Las tres nos quedamos observándola como si fuera un objeto sagrado.

Yadira, con un movimiento casi ritual, desplaza los vasos para dejar la llave en el centro exacto. Es el dato central de una consulta que no está ocurriendo, pero que lo llena todo.

—Mari, eso no es un olvido —sentencia Yadira—. Es una retención.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo eres consciente de esto?

—Desde hace diez minutos. O quizá siempre lo supe, pero no quería ponerle palabras.

Callamos. El bar sigue con su ritmo: el pintor pide café, las actrices canturrean un bolero. Idalmis ha dejado de limpiar copas; está atenta, aunque finja no estarlo. Guardo la llave en su sitio: cremallera, neceser, bolso. Todo vuelve a la normalidad aparente, pero el aire ya es distinto.

Bebo los últimos sorbos de mi cuarto mojito y saco la cartera. Dejo los pesos sobre la mesa, incluyendo una buena propina para Idalmis.

—Chicas, me voy.

—Son casi las once, Mari. Te pedimos un taxi —ofrece Yadira.

—No, voy a ir andando. Necesito caminar.

—Centro Habana de noche no es el mejor sitio para caminar sola, Mari —me advierte Lisette.

—Llevo años haciéndolo al salir de aquí. No voy a cambiar mi protocolo hoy.

Mis amigas se levantan y me abrazan. Lisette me aprieta el hombro con fuerza. Yadira, con un gesto maternal que rara vez muestra, me coloca un mechón de pelo tras la oreja.

—Nos vemos el lunes, Mari. Hablamos mañana.

—Mañana no contesto mensajes. El domingo tampoco. El lunes nos vemos.

Salgo del Dandy. Al girarme, veo a mis amigas todavía en la mesa, hablando animadamente sobre lo que acabo de soltar. He dejado una bomba sobre el mármol y ahora me toca a mí lidiar con la onda expansiva.

«Marisol Prieto Ferrer, acabas de admitir algo que te va a perseguir durante años. No puedes retirarlo. Ahora te toca decidir qué vas a hacer con esa llave».

A las once menos cuarto, la noche de Centro Habana me envuelve. Con el efecto de los cuatro mojitos y el peso de la llave en el bolso, la ciudad parece reconciliarse conmigo. La brisa trae el salitre del mar y el aroma del pan recién horneado.

Camino por Neptuno, bajo por Galiano y cruzo la calle 23.

Al llegar al Vedado, mis pies toman una decisión por su cuenta y doblo por la calle 17.

Mi apartamento está en la dirección opuesta, pero no me detengo.

Estoy dando un rodeo de seis manzanas de forma totalmente voluntaria.

En mi estado, eso es una confesión geográfica.

Llego a la esquina de 17 y 8 a las once y treinta y cinco. El Fogón está cerrado. No hay luces en el comedor, ni clientes, ni música. Sin embargo, la ventana alta de la cocina está iluminada.

Me quedo en la acera de enfrente, a unos diez metros. Recortada contra la luz, veo su silueta. Es él. Lleva la camisa blanca de lino y un paño al hombro. Leandro está solo en su cocina, lavando sartenes después de un largo servicio. Lo observo en silencio, protegida por la penumbra.

Él no me ve. Sigue con su tarea, pero de vez en cuando se detiene y mira por la ventana hacia la calle. Es la mirada de alguien que no espera a nadie, pero que busca algo en la oscuridad.

Cuando sus ojos parecen buscar mi rincón, retrocedo instintivamente hacia las sombras. Los mojitos no me han dado valor; me han dado la lucidez de saber que no soy capaz de cruzar la calle y tocar a su puerta. Soy capaz de venir hasta aquí, pero no de entrar.

«Marisol, esto es ridículo. Pareces el personaje de una novela barata. Mañana tendrás resaca de ron y vergüenza propia».

Espero un poco más hasta que él vuelve a sus sartenes.

Entonces, me doy la vuelta y camino rápido hacia mi casa.

Llego a las doce y siete, me quito los tacones y bebo dos vasos de agua para paliar la resaca que se avecina.

Saco la llave plateada y la dejo sobre la mesa de la cocina, bien visible, en lugar de esconderla en el bolso.

Me meto en la cama y miro el techo. No sé si alguna vez me enamoré de verdad o si mi profesión me volvió cínica ante el amor.

Mañana, con la cabeza fría, volveré a hacerme esa pregunta.

Pero hoy, mientras el sueño me vence, admito que la pregunta tiene sentido.

Y admito que acabo de confesar ante mis amigas que, quizá, este matrimonio por error ha dejado de ser un simple trámite administrativo.