CATORCE
El Dandy está ubicado en la calle Brasil, justo en la esquina con Villegas.
Es un bar pequeño, de esos que conservan un ambiente mezclado y auténtico, con el suelo de baldosa hidráulica original de los años cuarenta y dos ventiladores de pared que baten el aire con un zumbido perezoso.
Tiene una barra de madera oscura con seis taburetes altos, cinco mesitas de mármol desiguales y una clientela fija que parece sacada de una película de época: médicos jóvenes que aún visten sus batas blancas, un pintor con gabardina de lino que siempre parece abstraído, y dos actrices del Teatro Nacional que ensayan susurros.
Desde hace tres años, todos los viernes por la noche, a este inventario se suma la abogada Lisette Ocampo Duarte con sus invitadas rotatorias.
Llego a las ocho y cuarenta y dos. Lisette ya me está esperando en la mesa del fondo, la que queda estratégicamente situada bajo el ventilador de la izquierda.
Viste una blusa de seda color coral que le sienta de maravilla, lleva el pelo suelto con la raya a un lado y un pintalabios rojo muy discreto.
Sobre la mesa ya reposan dos mojitos. El tercero, el de Yadira, llegará en el momento exacto en que ella cruce el umbral.
—Mari —saluda Lisette con una sonrisa.
—Lisette.
—Te he pedido el mojito sin azúcar, tal como te gusta —me dice mientras me acomodo.
—Te lo agradezco, de verdad.
—Yadira llegará en diez minutos. Acaba de terminar con el paciente de las ocho.
—¿Citas a las ocho de la noche un viernes? —pregunto, sorprendida.
—El paciente de las ocho vive solo en Playa, trabaja en una empresa mixta y suele acumular crisis existenciales justo antes del fin de semana. Yadira lo visita a domicilio porque el hombre no sale de su barrio desde diciembre.
—Psicología a domicilio... eso es dedicación —comento.
—Ella sostiene que en las casas se curan aquellos que jamás se dejarían curar en una consulta fría.
Me siento y noto que Lisette me estudia. Es esa mirada de amiga íntima que, tras trece años de complicidad, ha aprendido a diagnosticar estados de ánimo solo observando la rigidez de una espalda o la inclinación de una cabeza. Le bastan dos segundos para concluir.
—Mari, has dormido fatal.
—He dormido regular, nada más.
—No, has dormido mal —insiste—. Tienes la ceja izquierda un milímetro más caída de lo normal.
—Lisette, por favor, no empieces a diagnosticarme las cejas.
—Para las cejas ya tenemos a Yadira —responde con sorna—. Yo me encargo del diagnóstico de la ropa.
—¿Y qué dice mi ropa hoy?
—Dice que te has puesto el vestido bueno. El azul marino corto, ese con la fila de botoncitos. El mismo que no sacabas a pasear desde mayo.
—Me lo he puesto por si acaso vienen a mirarme los médicos del Dandy —respondo con ironía.
—Mari, los médicos del Dandy no son tan selectivos como para merecer ese vestido.
«Marisol Prieto Ferrer, no pierdas el tiempo discutiendo con Lisette sobre tus cejas. Vas a perder energía y tiempo de mojito», me advierto internamente.
Doy el primer sorbo. Menta fresca, lima recién exprimida, soda helada y un ron decente.
El Dandy ha perfeccionado este cóctel hasta convertirlo en una ciencia.
Cierro los ojos un instante, disfrutando del frescor.
Cuando los abro, Yadira Orta Brito está entrando por la puerta.
Tiene esa puntualidad británica de los psicólogos clínicos que saben que el tiempo es un recurso no renovable.
—Chicas —saluda Yadira, acercándose.
—Yadira.
—Mari —me dice, dándome un beso.
Yadira ocupa su lugar. Viste unos pantalones oscuros anchos, una camiseta gris de algodón fino y un collar con una pequeña piedra verde que su madre le regaló.
Lleva el pelo rizado corto, al natural. A sus treinta años, tiene una consulta exitosa en el Vedado y una paciencia clínica que a veces nos pone de los nervios a Lisette y a mí.
La camarera trae el tercer mojito antes de que ella lo pida. Aquí ya nos conocen.
—Yadira, vamos a brindar.
—Por supuesto.
—Por las tres. Como siempre.
Chocamos los vasos y bebemos. Lisette se recuesta en su silla, relajada. Yadira, en cambio, me mira fijamente con esa lentitud profesional que me incomoda porque sé que está analizando cada uno de mis gestos.
—Mari —empieza Yadira.
—Dime.
—Lisette me ha puesto al día esta semana sobre tus... novedades. Pero quiero confirmar los datos por mí misma.
—Yadira, no estoy de humor para una consulta gratuita —le advierto.
—Mari, estás aquí para beber un mojito con tus amigas de siempre. Lo que pase después del primer vaso es cosa de la química.
—Adelante, pregunta —accedo, sabiendo que es inútil resistirse.
Yadira saca de su bolso una libretita de tapas beige. No es su libreta clínica; es su diario personal donde apunta frases de Lisette o descripciones de mis clientes. La abre por reflejo, sin mirar las notas previas.
—Mari, describe a Leandro Bermúdez Castillo usando solo cinco adjetivos. Sin pensar, lo primero que te venga a la mente.
—Yadira, esto es ridículo.
—Cinco adjetivos, Marisol. Rápido.
—Alto. Serio. Observador. Cuidadoso. Contenido —enumero de un tirón.
Yadira arquea la ceja derecha. Lisette sonríe maliciosamente tras su vaso. Yadira cierra la libreta sin anotar nada.
—Bien, Mari. Voy a darte una afirmación profesional sin siquiera conocerlo, solo basándome en tus adjetivos y en lo que Lisette me ha contado.
—Te encanta el drama, Yadira.
—Puede que sí, pero suelo tener razón.
—Dila ya.
—Ese hombre tiene una herida de ego profesional profunda. Y tú no te lo mereces todavía.
Me quedo con el vaso a mitad de camino. Lisette abre la boca sorprendida y la cierra de inmediato. Yadira no me mira a los ojos; observa las hojas de menta que flotan en su bebida.
—¿Qué significa exactamente que no me lo merezco «todavía»? —pregunto con cautela.
—Significa que un hombre con una herida de ego profesional bien cicatrizada es el compañero ideal para ti —explica con calma—.
Pero uno con la herida abierta o a medio curar es un peligro.
Lo atractivo es que la herida está ahí y tú la hueles, la sientes.
Pero tú no puedes curársela, Mari. Solo él puede hacerlo.
Si lo intentas tú, te convertirás en su enfermera de por vida, y yo no te quiero ver cuidando a un chef herido. No es tu papel.
—Eso ha sido bastante agresivo, incluso para ti.
—Ha sido clínico, Mari. Y te lo digo porque soy tu amiga. Si fueras una paciente, habría sido mucho más sutil.
Lisette se inclina sobre la mesa, abandonando su tono burlón por uno más serio.
—Yadira tiene parte de razón, Mari —dice Lisette—. Pero le falta un dato crucial. Según lo que me contaste el lunes, el hombre habló de su exmujer y del chef francés en voz alta, delante de su madre, por primera vez en seis años. Eso, Yadira, ¿cómo lo interpretas?
Yadira toma un sorbo largo, reflexionando.
—Lo interpreto como un hombre que acaba de arrancarse él solo la costra —responde—. No es lo mismo que si se la hubieras arrancado tú. Eso cambia las cosas.
—¿Entonces?
—Entonces, Mari, retiro lo dicho. Quizás ese «todavía» sea mucho más breve de lo que pensaba.
Las tres rompemos a reír. Es una risa de alivio, una confidencia que flota en el aire de Centro Habana. En este bar, un viernes por la noche, los diagnósticos profesionales se transforman en secretos compartidos.
«Marisol Prieto Ferrer, estás siendo diseccionada por dos psicólogas y una abogada en un bar público. Esto es un juicio en toda regla, pero con alcohol».
Lisette hace una pausa y su rostro se ilumina con esa expresión de «tengo un chisme» que conozco perfectamente.
—Chicas, tengo que contarles lo de Yandriel.
—Por favor, cuenta.
—Lunes por la noche. Cena en su casa. Todo iba sobre ruedas hasta que llegamos al postre.
El tipo saca un álbum familiar. Yo ya sé que ver fotos familiares en la primera fase es un error táctico, pero él insistió.
Abrimos el álbum: foto de la madre, foto del padre, él con seis años, él con catorce. ..
—¿Y?
—Foto siete. Él con dieciséis años abrazando a una chica.
—¿Su novia de la infancia? —pregunto.
—Su esposa actual, Mari. Su esposa actual.
Yadira suelta un gemido de incredulidad y yo me echo a reír. Lisette se encoge de hombros con una mezcla de indignación y orgullo profesional por haber escapado a tiempo.
—¿Y cómo te enteraste exactamente?
—Porque la chica de la foto siete apareció en la sala en ese mismo instante. Resulta que vive con él. Llevan tres años compartiendo techo. Mientras él me coqueteaba en el bufete, ella estaba trabajando en Varadero. Dicen que están separados emocionalmente, pero comparten la misma nevera.
—¿Qué hiciste?
—Le derramé el mojito encima del álbum, justo en la foto siete, cogí mi bolso y me largué sin mirar atrás.
Las carcajadas estallan de nuevo. El pintor de la mesa vecina nos mira con complicidad y Yadira le devuelve el saludo con cortesía.
—Yandriel tiene hasta el domingo para dar una explicación coherente. Si no, su expediente pasa directo al archivo de los olvidados —sentencia Lisette.
Yadira asiente y vuelve a fijar su vista en mí, retomando el tema principal.
—Mari, una última pregunta.
—Dime.
—¿Cuándo fue la última vez que un hombre te miró de verdad, sin tener un plan previo?
Me detengo. Intento hacer memoria, pero las fechas no encajan. Vuelvo a contar años, meses... y nada.
—No me acuerdo, Yadira.
—Mari, ese hombre te miró sin plan el lunes diecinueve de enero, a la una y veintidós, cuando entraste en su paladar sin avisar.
—Él tenía un plan, Yadira. Tenía una esposa impuesta delante de él.
—No, Marisol. Su plan era no mirarte de esa manera, y el plan se le desmoronó en mitad del comedor. Un hombre que te mira cuando se le rompe el guion es el que te está mirando de verdad.
Lisette levanta su vaso.
—Por los planes que se derrumban en mitad del comedor.
—Por los planes caídos —decimos las tres al unísono.