Nuestro mejor error DOCE #2
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DOCE #2

El roce es, técnicamente hablando, funcional; el resultado inevitable de dos personas trabajando en un espacio reducido.

Podría describirse así en cualquier informe pericial.

Pero ese roce es también un pulso eléctrico que ambos notamos sin necesidad de mirarnos.

Un latido que, al concluir, deja la mano de Leandro con la fuente azul apuntando hacia la barra y la mía con la pequeña fuente ámbar en dirección al armario.

Ninguno hace el menor comentario al respecto.

«Marisol Prieto Ferrer, ni se te ocurra decir nada».

—Prieto —dice él, aclarándose la voz.

—Bermúdez.

—Colócala en el segundo estante, por favor.

—¿En el segundo? —pregunto por confirmar.

—En el segundo. En el primero le daría la luz directa de la ventana y se calentaría demasiado.

—Sabia norma de conservación.

—Es mi cocina, Prieto. Aquí mando yo.

Coloco la fuente ámbar en el lugar indicado y me giro.

Leandro permanece al otro lado del mármol, con la fuente azul ya vacía.

Me mira durante dos segundos más de los que dedicaría a cualquier trámite un lunes por la mañana.

Yo le sostengo la mirada exactamente dos segundos menos de los que le dedicaría un sábado por la tarde.

Nos quedamos en tablas. Nadie gana este asalto.

—Bermúdez, los papeles —le recuerdo, señalando hacia atrás.

—Ah, los papeles. Es cierto.

—Están sobre la barra.

—Los firmo ahora mismo.

Rodea la encimera y se acerca a la barra. Abre la carpeta y lee las tres hojas con la rapidez de un hombre acostumbrado a revisar contratos de suministros. Firma al pie de cada una con un trazo enérgico. Cierra la carpeta y me la devuelve.

—Insisto, Prieto, estas hojas cabían en un correo electrónico.

—Bermúdez, ya me lo ha dicho usted antes.

—Solo quería subrayar el hecho.

—Subrayado entendido y procesado.

Me pone la carpeta en la mano. Lo hace con una lentitud y un cuidado demasiado evidentes para ser casuales. Sus dedos no llegan a tocar los míos esta vez, pero pasan a apenas cinco milímetros. Es un contacto potencial, una promesa de fricción. Lo archivo.

—Marisol —dice, bajando un tono la voz.

—Leandro.

—¿Te gustaría quedarte un rato a probar la reducción? Está casi en su punto.

—Me encantaría, pero tengo que volver al bufete —miento ligeramente—. Me quedan dos expedientes densos por cerrar antes de mañana.

—Pero es domingo.

—Es domingo para los que no tienen dos expedientes contenciosos sobre la mesa.

—Otro día será, entonces.

—Otro día.

Me acompaña los seis pasos que nos separan de la salida. Abre la puerta y se queda apoyado en el umbral. Yo salgo al escalón exterior. La luz oblicua de las tres menos cuarto me golpea de frente y tengo que entrecerrar los ojos para verle.

—Gracias por la entrega en mano.

—Bermúdez, ya se lo dije: el valor legal superior es lo que cuenta.

—Ya —responde él con un tono que me obliga a detenerme a mitad de mi primer paso hacia la acera.

Levanto la vista. Él me sostiene la mirada con una intensidad que me recorre la espalda.

Entonces, da un paso hacia adelante. El escalón de entrada de El Fogón tiene unos sesenta centímetros de profundidad; Leandro los cubre con ese único movimiento.

Ahora está en el escalón conmigo, a menos de cuarenta centímetros de distancia.

La puerta, a su espalda, queda entornada.

La calle 17 está desierta; los vecinos duermen la siesta y el Vedado parece sumido en un silencio de tregua.

Él levanta la mano derecha y la apoya en el marco de madera de la puerta, justo a mi izquierda, a la altura de mi hombro.

No me toca, pero su brazo pasa a cinco centímetros de mi mejilla.

Me encierra parcialmente sin invadirme un solo milímetro.

Es la maniobra de un hombre que ha tomado una decisión antes incluso de pedir permiso para ejecutarla.

—Marisol —murmura.

—Leandro.

Su rostro está a apenas veinticinco centímetros del mío.

La brisa ha movido un mechón de mi pelo suelto hacia mi hombro derecho.

Él lo nota, pero no hace ademán de tocarlo.

Baja la mirada hacia mis labios un segundo y vuelve a subirla a mis ojos.

Yo no me muevo. No retrocedo, pero tampoco acorto la distancia.

Esa inmovilidad absoluta, en este escalón, con el pelo al viento y los botones abiertos, es una respuesta mucho más elocuente que cualquier alegato jurídico que yo pudiera improvisar.

«Marisol Prieto Ferrer, esto no tiene nada que ver con un pacto. Esto es otra cosa totalmente distinta».

Él inclina la cabeza unos cinco centímetros hacia abajo.

Yo subo la mía dos. El aire que compartimos, a esta distancia, deja de ser aire común.

Se convierte en el aire de un «antes» y un «después».

Los cubanos tenemos un instinto especial para detectar cuándo la atmósfera cambia en mitad de una conversación.

Y esta acaba de transformarse de forma irreversible.

Y justo entonces, desde el balcón del tercer piso del edificio de enfrente, Doña Odalys Puentes lanza el grito que lleva días preparando para una ocasión como esta.

—¡Leandrito, mijo! —truena su voz.

El grito impacta en el lado derecho de la cabeza de Leandro con la precisión acústica que solo se da en el Vedado. Ambos nos detenemos en seco. Él no se aparta de inmediato, y yo tampoco. Simplemente cerramos los ojos durante medio segundo, compartiendo una pequeña derrota.

—¡Leandrito, mi amor, el gato! —insiste Doña Odalys—. ¡Que se me ha escapado el Tomasito! ¡Que lo tienes ahora mismo en la terraza de tu patio! ¡Acabo de verlo entrar por la reja del fondo!

Leandro respira hondo por la nariz dos veces.

No se mueve. Mantiene los ojos cerrados y, de repente, apoya su frente contra la mía.

Es un contacto breve, apenas un segundo.

No es un beso, no es una caricia; es un apoyo mutuo.

Un gesto que parece decir: «aguanta, Prieto, porque esto no nos lo van a dejar terminar».

Finalmente abre los ojos. Baja el brazo del marco, retrocede medio paso y se gira hacia el balcón de enfrente.

—¡Doña Odalys, no se preocupe! ¡Ya voy a buscarlo ahora mismo! —grita él.

—¡Ay, Leandrito, por favor! ¡Me muero si se me pierde el gato!

—¡Que voy, Doña Odalys! ¡Ya salgo para allá!

—¡Y dile a la abogada, mijo, que esta vez no he llegado al balcón a tiempo por culpa del gato, pero que la próxima no se me escapa! —remata la vecina.

Doña Odalys no necesita especificar a qué «próxima» se refiere.

Desde su balcón, con su pelo blanco y sus gafas bifocales, nos ha visto perfectamente.

Lo que ha presenciado a las tres menos cuarto de este domingo de febrero va a estar en el grupo de Vedado Informa antes de que den las cuatro.

Seguramente con una foto borrosa de mi espalda.

Leandro se vuelve hacia mí. Retira la mano del marco con esa lentitud melancólica de quien renuncia a algo que ya no puede sostener ante testigos. Me mira.

—Tengo que ir a la terraza a por ese gato.

—Lo sé. Es lo que toca.

—Te acompaño hasta la esquina, al menos.

—No. Ve a por Tomasito. Doña Odalys no te perdonaría en la vida que el gato llegara a la azotea.

—Marisol...

—Ve.

—Es que lo que yo iba a...

—Leandro —le interrumpo con suavidad—. No termines esa frase. Ahora no.

Me sostiene la mirada cinco segundos más.

No termina la frase, pero tampoco necesito que lo haga.

Ambos sabemos, en este domingo que ha dejado de ser doméstico, que la frase se ha quedado suspendida en el aire, fuera del pacto y del calendario.

Pero también sabemos que ambos la hemos escuchado con total claridad.

—Marisol.

—Ve.

Baja los escalones y rodea el edificio por el lateral, dirigiéndose a la puerta del patio. Desaparece de mi vista. Doña Odalys, satisfecha, empieza a dar instrucciones de rescate felino a voz en grito. Yo me quedo en el escalón un segundo más de lo razonable.

Me abrocho los dos botones del vestido que había dejado abiertos esta mañana. Sujeto la carpeta con fuerza contra mi pecho y bajo los escalones hacia la acera. Respiro tres veces, tratando de recuperar el pulso de la abogada Prieto Ferrer.

Doña Odalys, desde su atalaya, me saluda con dos dedos levantados.

Le devuelvo el saludo con una seriedad profesional.

Sé perfectamente que acabo de ser fichada.

La entrada en el foro vecinal dirá algo como: «escalón del paladar, vestido crudo, pelo suelto, gato al rescate».

Los lectores sabrán interpretar el subtexto.

Cruzo la calle, llego a la esquina y detengo un taxi. Un Moskvitch rojo destartalado. Me desplomo en el asiento trasero.

—Señora, ¿a dónde la llevo?

—A la calle 23, entre L y M —respondo con voz cansada.

El taxi arranca y el paladar desaparece tras la esquina.

En el semáforo de Línea, mientras esperamos el verde, me miro los dedos de la mano izquierda.

No se han movido, están exactamente igual que antes.

Sin embargo, siento que algo ha cambiado en ellos.

Los dedos de una abogada que lleva once años firmando sentencias no deberían cambiar por medio segundo de roce con un chef, pero los míos se sienten distintos.

«El problema no es él. El problema soy yo», concluyo con una lucidez dolorosa.

Soy yo por haber venido un domingo con este vestido y el pelo suelto a entregar tres hojas que cabían en un email.

Soy yo porque sé que al llegar a casa me sentaré en el sofá y no entenderé ni una palabra de los expedientes que tengo que cerrar.

Soy yo porque he aceptado que entre los noventa días del pacto y los noventa días que estamos viviendo hay un abismo que ningún juzgado puede medir.

Y soy yo porque le he dado permiso para invadir mi espacio en ese marco de madera.

Al llegar a mi calle, pago y subo a mi piso. Cierro la puerta y dejo la carpeta sobre la mesa. Voy a la cocina, me sirvo un vaso de agua fría y me lo bebo de pie junto a la ventana. Miro la calle 23; la vida sigue igual para todo el mundo menos para mí.

Saco el móvil y llamo a Lisette.

—¿Mari? —responde ella al instante.

—Lisette. Soy yo.

—Son las tres y cuarto de un domingo. ¿Ha pasado algo grave?

—Para mí sí. Para el resto del mundo, probablemente no.

—Mari... cuéntame.

—Necesito ver a Yadira. El viernes en el Dandy.

—Mari, te voy a decir algo que no te va a gustar —dice Lisette con tono serio—. Llevas catorce días casada con un extraño. Trece días has actuado como si fuera un mero trámite. Pero el día catorce te has plantado en su cocina con el pelo suelto y un vestido de lino.

—Lisette...

—Es un dato objetivo, Mari. No es una condena, pero es un dato. Te espero el viernes a las ocho y media.

Cuelga. Dejo el teléfono sobre la mesa y me hundo en el sofá. Los expedientes siguen en el maletín, pero no tengo intención de sacarlos. Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos.

En el lado izquierdo de mi mano, mis dedos aún conservan el eco de aquel roce. Y en mi frente, persiste la sensación térmica de otra frente que estuvo a punto de quedarse a vivir allí.