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DOCE

La excusa la preparo el sábado por la noche, exactamente a las once y diez, después de releer el último mensaje de Leandro cuatro veces consecutivas.

«Anotación al margen recibida, Prieto. Yo tengo un bote de aloe nuevo, sin estrenar.

Gracias por lo de hoy». La leo una quinta vez.

Luego una sexta. A las once y media ya he memorizado la puntuación y a medianoche escribo en una libreta pequeña, con una caligrafía mucho más apretada de lo habitual, una frase que pretende sonar administrativa: «papeles pendientes del pacto».

A las ocho del domingo me despierto con la convicción absoluta de que esos papeles pendientes no solo existen, sino que son urgentes.

A las nueve y cuarto ya los he localizado entre mis archivos.

A las once y cuarenta he impreso tres hojas en la impresora de mi apartamento, sintiendo el calor del papel recién salido como una confirmación.

A la una del mediodía me doy una ducha larga, dejando que el agua caliente me aclare las ideas o, al menos, las disfrace.

A la una y media estoy frente al armario, sopesando con una seriedad ridícula qué ropa es la adecuada para entregarle a mi marido legal, un domingo cualquiera, unos documentos que ambos sabemos perfectamente que podrían haber viajado por WhatsApp sin el menor inconveniente.

«Marisol Prieto Ferrer, la hipocresía contigo misma tiene fecha de caducidad. Y esa fecha se te está echando encima».

Elijo un vestido de lino en color crudo, sin mangas, con el bajo justo por encima de las rodillas y una hilera de botones pequeños que recorre el torso.

Dejo abiertos los dos primeros, justificándolo con el calor de un febrero cubano atípico y bochornoso.

Me calzo unas sandalias planas de cuero y decido dejarme el pelo suelto, algo que no hago en presencia profesional de nadie desde el pasado noviembre.

Sin embargo, hoy decido que el pelo suelto entra en la categoría de detalle secundario, una minucia técnica que no voy a sentar en el banquillo de mi autocrítica.

Salgo del apartamento de la calle 23 a las dos y cinco. El sol golpea el asfalto con una intensidad cegadora. Detengo el primer taxi que pasa por la puerta y doy la dirección del paladar con la naturalidad de quien se dirige a una gestión rutinaria entre socios igualitarios.

—Calle 17, entre 8 y 10, por favor —le digo al conductor.

—Ah, ya sé, señora. El paladar El Fogón —responde él, mirándome por el retrovisor.

—Sí, ahí mismo.

—Hoy domingo lo tienen cerrado al público, ¿lo sabe usted? —me advierte con esa amabilidad entrometida tan nuestra.

—Lo sé —respondo secamente.

—Usted debe de ser de la casa, entonces.

Lo dice sin preguntar, como quien constata un hecho probado.

Me sostiene la mirada a través del espejo durante dos segundos.

No contesto, pero tampoco lo niego. El hombre, de unos sesenta años y con una camisa azul de domingo impecable, tiene una cruz pequeña colgada del retrovisor y esa capacidad cubana infalible para deducir parentescos con el mínimo dato disponible.

Que haya concluido que soy «de la casa» solo por mi destino me confirma que Doña Odalys Puentes ha estado sumamente ocupada en el grupo de Vedado Informa durante las últimas setenta y dos horas.

Llego a las dos y veintidós. El paladar presenta ese aspecto dormido de los negocios en descanso, con las persianas de madera a medio bajar.

Subo los dos escalones de la entrada y me planto frente a la puerta principal.

No toco el timbre de inmediato; antes, respiro hondo dos veces y me recoloco el pelo por detrás del hombro derecho. Finalmente, llamo.

Abre Leandro.

Viste una camisa blanca de lino, similar a la del sábado, pero limpia y planchada.

La lleva arremangada a mitad del antebrazo, revelando la potencia de sus manos, y tiene el primer botón abierto.

Lleva pantalones oscuros y va descalzo. Descalzo, como iba yo el sábado tras el servicio, aunque lo suyo parece una decisión estética y lo mío fue puro agotamiento.

Me recorre con la mirada, deteniéndose un instante en el vestido de lino antes de bajar la vista hacia la carpeta de cartón que sujeto con la mano izquierda. Luego, vuelve a mis ojos.

—Prieto —saluda con voz pausada.

—Bermúdez.

—¿Papeles? —pregunta arqueando una ceja.

—Papeles del pacto —respondo, tratando de mantener el tono administrativo.

—¿Acaso existen papeles físicos del pacto?

—Hay tres hojas nuevas. Firmadas. Las he traído para que queden archivadas debidamente.

—Prieto, esas hojas cabían perfectamente en un correo electrónico —comenta él con un matiz divertido.

—Bermúdez, sabe usted que la entrega en mano tiene un valor legal y probatorio superior.

Él sonríe apenas un milímetro, una expresión que casi no llega a ser mueca, y se hace a un lado para franquearme el paso.

—Adelante, entonces. Pasa. Estoy probando una reducción en la cocina.

—No quisiera interrumpir su trabajo.

—No interrumpes nada. Cierra la puerta detrás de ti.

Entro y obedezco. El paladar sin clientes, en la quietud de un domingo a las dos y veintidós, ofrece una geometría extraña, casi fantasmal.

Las sillas descansan invertidas sobre las mesas y el ventilador de techo gira con una lentitud perezosa.

La puerta del patio interior está abierta de par en par, permitiendo que entre una brisa floja que arrastra el aroma de un jazmín tardío.

Leandro cruza el comedor con paso silencioso y yo lo sigo de cerca.

Pasamos tras la barra y entramos por la abertura lateral que da acceso a la cocina abierta.

Es entonces cuando el universo sensorial de su cocina me envuelve.

El laurel es lo primero que me golpea: un aroma seco y rotundo, hervido en algo que lleva al menos cuarenta minutos al fuego.

Justo después distingo el ajo negro, ligeramente tostado en un aceite de oliva que ha pasado por la sartén a fuego mínimo.

Detecto también el rastro de un vino blanco reducido, ese que Leandro usa para que las salsas respiren sin perder el protagonismo.

Y al fondo, de manera casi imperceptible, un matiz dulce de pimiento asado.

La luz entra por una ventana alta situada en la pared oeste.

A esta hora, la claridad del sol de febrero se filtra de forma oblicua, creando una franja iluminada sobre el mármol de la encimera donde bailan, sin prisa alguna, tres motas de polvo.

El resto de la estancia permanece en una penumbra suave y acogedora.

Leandro se sitúa en la zona iluminada; su camisa blanca atrapa el reflejo y lo devuelve hacia el borde de su cuello.

«Marisol Prieto Ferrer, la temperatura de esta cocina no tiene nada que ver con los fogones».

—Prieto —dice él, rompiendo el hechizo.

—Bermúdez.

—Deja esa carpeta encima de la barra y ven aquí un momento.

—No he venido a cocinar, Leandro.

—No te he pedido que cocines. Te he pedido que vengas.

Dejo los papeles sobre la madera de la barra y rodeo el mostrador para situarme a un metro de la encimera.

Él, al otro lado del mármol, baja la llama de una cacerola pequeña y retira una sartén donde burbujea, al ralentí, un líquido ámbar con la textura espesa de un almíbar inacabado. Me mira con intensidad.

—Prieto, necesito una segunda nariz para esto.

—Bermúdez, soy abogada, no sumiller.

—Incluso las abogadas tienen olfato. Huele.

Me acerca la sartén con un movimiento lento.

Me inclino hacia el recipiente sin llegar a tocarlo y el vapor me acaricia el rostro.

Huele a guayaba madura, a mucha guayaba.

Detecto un toque de comino, un punto sutil de canela, aceite y sal.

Y, bajo todas esas capas, un matiz amargo que identifico de inmediato a pesar de mi falta de experiencia culinaria.

—Bermúdez, esto tiene una nota amarga al final.

—La tiene, sí.

—¿Qué es?

—Ralladura de naranja. Media cucharada exacta. ¿Te parece demasiado?

—No. Es perfecto. Es el contrapunto justo.

—Prieto, acaba usted de utilizar el adjetivo «perfecto» en mi cocina —dice él, con un brillo nuevo en los ojos.

—Bermúdez, le ruego que no lo repita por el Vedado. Mi reputación de objetividad está en juego.

—No diré ni una palabra.

Aparta la sartén y la deja enfriar sobre una rejilla. Extrae una fuente de cerámica esmaltada en azul cobalto de un armario alto y la coloca sobre el mármol, cerca de mí. Me ofrece un cucharón mientras él toma otra fuente más pequeña. Empieza a servir y yo me quedo absorta observando sus manos.

Son manos grandes, marcadas por el oficio.

Identifico las dos cicatrices que ya registré el lunes pasado.

Tiene los dedos largos y las uñas impecablemente cortas, como exige la higiene de un chef.

Noto que no lleva anillo en ningún dedo.

Su pulso es de una firmeza envidiable mientras maneja los utensilios.

—Prieto, hazme el favor de sujetar esta fuente mientras te paso la de al lado —me pide.

Tomo la fuente azul; pesa más de lo que imaginaba.

Leandro toma la otra, la que contiene la reducción de guayaba ya templada, y extiende el brazo por encima del mármol.

Yo hago lo mismo, adelantando mi mano. Las dos fuentes se cruzan en el aire, moviéndose en direcciones opuestas hacia las manos del otro.

Y en ese instante preciso del intercambio, las yemas de sus dedos rozan, por apenas medio centímetro, los dedos de mi mano izquierda.

Es solo medio segundo.

Ninguno de los dos retira la mano de inmediato. Pero ninguno de los dos se atreve a sostener el contacto.