Nuestro mejor error ONCE #2
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ONCE #2

Ella suelta una risa corta y genuina. Es la primera vez que me regala una risa así en este lugar, después de dos visitas anteriores cargadas de tensión. Archivo ese sonido en mi memoria, en una carpeta que está creciendo a un ritmo que mi voz interior aún no quiere reconocer.

Toma la primera comanda a la una y cuarto. Una pareja joven entra y se sienta en la mesa dos. Marisol se acerca a ellos con la libreta y el bolígrafo listos. Los saluda con cortesía, los escucha con atención y vuelve a la ventanilla de pase con un papel escrito en letra clara y legible.

—Ensaladilla cubana para el caballero. Ajiaco para la señora. Dos aguas con gas. No quieren vino —informa con eficacia.

—La ensaladilla va emplatada, la tengo lista en la cámara. El ajiaco lo sirvo en dos minutos. Las aguas las sacas tú de la pequeña nevera de la barra.

—Entendido, chef.

A la una y veinte entran dos mesas más. A la una y media, otras cuatro.

Para cuando dan las una y cuarenta, las quince mesas confirmadas están ocupadas y el bullicio llena el local.

A las dos en punto, los clientes rezagados entran en grupo.

Marisol, en apenas dos horas, realiza cuarenta y siete viajes entre la ventanilla y el comedor.

La observo por el rabillo del ojo mientras sigo con mis fuegos.

Veo cómo se mueve con una elegancia natural, cómo se agacha con cuidado para depositar un plato, cómo se retira el mechón suelto de la cara con el dorso de la mano y cómo recoge las bandejas vacías con una rapidez sorprendente.

A las dos y ocho minutos ocurre el incidente de la mesa once.

Esa mesa está ocupada desde la una y cincuenta por un hombre que cena solo.

Tiene unos cincuenta años, aunque se nota que la vida lo ha tratado con dureza.

Viste una camisa de lino beige impecable, luce un reloj de pulsera ostentoso y un anillo en el anular derecho que no es una alianza.

Es un cliente habitual de los sábados desde hace dos años; siempre pide lo mismo: ceviche, un plato fuerte contundente y dos copas de tinto.

Paga en efectivo, deja la propina exacta y apenas cruza palabra con el servicio.

Se llama Ernesto Villafranca y tiene un negocio de importación de repuestos.

También tiene la fama de perseguir a cualquier camarera nueva hasta que consigue su número o ella se cansa y cambia de empleo.

A Yosvani lo incordió durante un mes cuando empezó. A Marisol lleva treinta minutos observándola con la mirada fija de un depredador que espera su momento.

Marisol le lleva el segundo plato a las dos y ocho.

Un arroz con camarones con el punto justo de cilantro que yo mismo aprobé en el pase hace un instante.

Lo deja delante de él con profesionalidad.

Cuando hace amago de darse la vuelta, Ernesto Villafranca le pone la mano en el antebrazo derecho, justo por encima de la muñeca.

No aprieta, pero lo hace con la suficiente firmeza como para retenerla.

—Señorita... —dice él con una sonrisa untuosa.

Desde la ventanilla, lo veo todo. Me quedo paralizado con el cuchillo en la mano.

Marisol, que no se inmuta lo más mínimo, baja la vista hacia la mano que la sujeta.

Luego levanta la mirada y lo observa durante dos segundos completos con la frialdad de una abogada que está a punto de destrozar a un testigo en un interrogatorio.

Ernesto, que nunca ha recibido una mirada de tal neutralidad por parte de una camarera, retira la mano medio centímetro antes de que ella haga ningún movimiento.

—Dígame, caballero —responde Marisol con voz gélida.

—Llevo veinticinco minutos admirando cómo lleva usted los platos por este salón.

—Me alegra profundamente que el servicio le resulte entretenido, señor.

—Usted no es la camarera de siempre, ¿verdad?

—Hoy estoy de sustituta, efectivamente.

—¿Y de dónde viene una mujer como usted?

—Vengo del bufete Delgado-Armenteros, en La Habana Vieja, tercera planta. Allí estoy para servirle en lo que necesite. Pero hoy, excepcionalmente, mi despacho es este paladar.

Ernesto Villafranca cambia la expresión en un milisegundo. La sonrisa de conquistador barato desaparece y es reemplazada por una mueca de desconcierto. Tarda un momento en procesar la información.

—¿Abogada? —pregunta incrédulo.

—Letrada Prieto Ferrer, para más señas.

—¿Y una letrada se dedica a servir ajiacos?

—Hoy toca servir ajiacos, sí. El lunes volveré a los divorcios contenciosos y a los pleitos civiles. Es una cuestión de turnos y prioridades.

—Entendido... —balbucea él, hundiendo la cara en el plato.

—Buen provecho, caballero.

Marisol se da media vuelta y cruza la sala con un paso firme que resuena en las alpargatas.

No me mira a mí, ni vuelve la vista hacia Ernesto.

Pasa por delante de la ventanilla sin decir nada, deja la libreta abierta sobre el mármol con una nueva comanda escrita impecablemente y se dirige a la mesa catorce, que la reclama.

En la ventanilla, yo sigo inmóvil.

Tengo las dos manos apoyadas en el mármol frío. Me doy cuenta de que todavía sujeto el cuchillo con la mano derecha. Lo suelto ahora, con una lentitud deliberada, sobre la tabla de madera. Sé que si no lo suelto ahora mismo, con cuidado, acabaré clavándolo con violencia en la superficie de picar.

Ernesto Villafranca, en la mesa once, mira su arroz con camarones con desgana.

Come tres cucharadas rápidas, mira hacia la puerta y luego consulta su reloj.

Pide la cuenta a la barra con un gesto seco de la mano.

Yo mismo le cobro, de pie tras la barra, sin dedicarle ni una palabra ni una mirada.

Me paga en efectivo, deja la propina justa al céntimo, se levanta y sale del local sin mirar atrás.

A las dos y dieciocho minutos, la mesa once está vacía.

«Ya está. Sigue cortando. Se acabó», me digo.

La muletilla mental me responde por primera vez en toda la tarde con suavidad.

Sigo con mi trabajo. Marisol, desde la sala, recoge tres platos sucios de una sola vez.

Los trae a la cocina, pero no cruzamos las miradas.

Sé que Ernesto Villafranca no volverá a este paladar en mucho tiempo, y esa es una decisión que mi esposa legal ha tomado en cuarenta segundos sin que yo tuviera que mover un solo dedo.

Marisol sigue sirviendo sin un momento de descanso durante ciento trece minutos exactos.

A las tres y tres sale la última comanda de dulces de yema.

A las tres y doce minutos, los últimos clientes abandonan el local.

A las tres y veinte echo el cierre con llave, cuelgo el cartel de "servicio terminado" y regreso a la cocina.

Me encuentro a Marisol sentada en un taburete alto de la barra.

Sus alpargatas están tiradas en el suelo, junto al respaldo; tiene los pies descalzos cruzados sobre el travesaño inferior y apoya la mano derecha en la rodilla con un gesto de agotamiento absoluto.

—Marisol —digo acercándome.

—Leandro.

—Ha sido un sábado perfecto. No sé cómo agradecerte esto.

—Ha sido un sábado injusto —responde ella con una sonrisa cansada—. Ni un solo minuto para aprender el oficio, ha sido a traición.

—Lo has aprendido sobre la marcha, que es como se aprenden las cosas importantes.

—Leandro, tengo tres quemaduras en el antebrazo derecho. Me arden.

—Déjame que las vea.

Le tomo el antebrazo con suavidad. Veo tres marcas rojas, pequeñas y superficiales, del tamaño de una lenteja.

Son las clásicas marcas de apoyar el borde de los platos calientes cuando no se tiene la costumbre de usar la bandeja para todo.

Saco de un cajón bajo la barra un bote de aloe vera que Reinaldo siempre tiene a mano para los accidentes.

Aplico una capa fina de gel sobre cada marca.

Ella, sentada en el taburete, no retira el brazo. Mantiene los ojos cerrados un instante.

Yo no la miro a la cara. Me concentro en el aloe, en su piel, en esas pecas diminutas que solo se aprecian cuando estás a veinte centímetros de distancia.

Noto la textura de su piel, el brazo de una abogada que hoy ha servido ciento doce platos a treinta personas distintas.

Recuerdo al turista francés que se quejó del picadillo y al que Marisol, según me escribió Doña Odalys por mensaje, respondió en un francés perfecto que lo dejó mudo el resto de la comida.

Y recuerdo a Ernesto Villafranca, que ya es historia.

Al llegar a la tercera quemadura, la más cercana al codo, dejo mi pulgar sobre su piel un segundo más de lo estrictamente necesario para extender el gel.

Un segundo. No dos, ni cinco. Solo uno. Ella no abre los ojos, pero noto cómo contiene el aliento.

Yo no levanto la vista. Ninguno de los dos dice nada.

Retiro el dedo, cierro el bote y doy por terminada la cura.

Ha sido un segundo de más.

Suficiente para que ambos lo registremos en nuestra memoria. Insuficiente para que cualquiera de los dos pueda usarlo como argumento en un tribunal.

Saco una botella de vino tinto de Pinar del armario alto. Es la misma que abrimos el lunes; ya quedaban pocas en la caja. Sirvo dos copas generosas y le tiendo una. Me siento en el taburete de al lado, a apenas treinta centímetros de ella.

—Por los sábados de emergencia, Marisol.

—Por los sábados de emergencia —repite ella.

Chocamos las copas con un sonido cristalino. Bebemos. Ella cierra los ojos de nuevo tras el primer sorbo, disfrutando del sabor. Luego me mira fijamente.

—He cometido un error con la mesa seis al cobrarles. Les pasé el precio del vino blanco de la casa, pero tomaron el tinto especial. La diferencia son setenta pesos. Los voy a pagar yo de mi bolsillo ahora mismo.

—De ninguna manera. No acepto eso.

—Los pago yo, Leandro. Ha sido mi error.

—Escúchame bien, Marisol. En mi paladar las camareras no pagan por sus errores, y menos si están ayudando en una crisis.

—Leandro, tienes que entender que yo no soy tu camarera. Soy tu abogada casada por error, nada más.

Lo dice riendo, con la copa en la mano y los pies descalzos aún cruzados. Tiene el mechón de pelo ahora mucho más suelto, dándole un aire que no había visto antes. Yo, con la copa en la mano derecha y sin mi habitual escudo mental, la observo durante dos segundos antes de hablar.

—Prieto —digo con voz suave.

—Dime.

—Tú no eres un trámite para mí.

Lo digo medio en broma, medio en serio, mirando sus alpargatas abandonadas en el suelo. Uso ese tono que reservo para las verdades que no quiero que pesen demasiado en el ambiente. Ella vuelve a reír, una risa limpia de quien acaba de recibir un cumplido tras una batalla ganada.

—Señor Bermúdez... ¿eso es una cláusula nueva que debo anotar?

—Digamos que es una anotación al margen, Prieto.

—Anotación registrada —responde ella, bebiendo otro sorbo.

Apoya la copa en la barra y se pasa la mano por el pelo, tratando de ordenarlo. Su mirada cae sobre las alpargatas.

—Leandro.

—Dime.

—El señor de la mesa once. Ernesto.

—¿Qué pasa con él?

—¿Es un cliente muy habitual?

—Venía todos los sábados desde hace dos años.

—¿Y crees que va a seguir viniendo después de hoy?

—Marisol... —sonrío—. No lo creo. No volverá a pisar este suelo en mucho tiempo.

Ella asiente una sola vez. No hace más comentarios, no se explaya ni muestra alegría por haberlo espantado. Simplemente registra el hecho como una abogada registra una sentencia firme.

—¿Me dejas quedarme un rato más aquí sentada? No me apetece moverme todavía.

—Quédate todo el tiempo que quieras. Estás en tu casa.

—Solo un rato.

—Un rato, entonces.

«Ya está. Ya puedes dejar de cortar, Leandro. Se acabó el turno», me digo a mí mismo con alivio.

Reinaldo me escribe a las cuatro y cinco desde el hospital.

Me informa de que Yosvani no tiene fractura, solo una luxación leve en el hombro.

Tendrá que llevar cabestrillo diez días y estar de baja al menos una semana.

Le contesto de inmediato: "Gracias, Reinaldo.

Nos vemos el lunes, descansa hoy". Él me responde con un emoji de las manos juntas, algo inaudito en los seis años que llevamos trabajando juntos.

Reinaldo solo usa emojis en ocasiones sagradas.

Marisol, mientras tanto, se ha levantado del taburete y ha pasado de la barra a la cocina.

Me ayuda a recoger la ventanilla, a limpiar el mostrador y a doblar los paños con una diligencia asombrosa.

No he podido convencerla de que se quede descansando mientras yo termino.

La abogada Prieto Ferrer, al igual que su abuela, desprecia las concesiones y la inactividad.

A las cinco menos veinte se calza las alpargatas. A las cinco menos cuarto se quita el delantal y lo cuelga en su sitio. A las cinco en punto sale a la calle 17. La acompaño un par de metros hasta la acera.

—Marisol, de verdad, gracias por todo.

—Leandro, no empieces. Te he hecho un favor profesional y, para ser sincera, me he divertido como no lo hacía en dos años. No me des las gracias otra vez.

—Solo te las he dado una vez —replico sonriendo.

—Pues no las vayas acumulando, que luego pesan.

Hace un gesto rápido con la cabeza y cruza la calle. Camina unos metros hacia la esquina y, justo antes de girar, se vuelve y me mira por encima del hombro durante medio segundo. No dice nada, solo mira. Luego sigue su camino y desaparece de mi vista.

No entro de inmediato al paladar. Me quedo unos minutos en el escalón de la entrada.

La calle 17, a las cinco de la tarde, tiene esa luz dorada y oblicua que lo embellece todo.

Doña Odalys me saluda desde su balcón con dos dedos levantados.

Le devuelvo el saludo sin dudarlo. Sé perfectamente que acaba de publicar algo en el grupo de "Vedado Informa", pero hoy, por primera vez en seis años, me da igual lo que escriba.

Entro en el local, cierro la puerta y apago la lamparilla ámbar de la entrada. Subo al piso de arriba, me siento en el sofá y bebo lo que queda de mi copa de vino. Saco el móvil y veo que tengo un mensaje de Marisol.

"Anotación al margen registrada, Bermúdez. Gracias por el aloe".

No le contesto esa noche. Prefiero esperar al día siguiente para no romper el hechizo. Pero antes de apagar la luz, releo el mensaje cuatro veces.