DIEZ #3
Me levanto del sofá y camino hacia el aparador.
Allí, en el mismo lugar donde la dejó el viernes pasado, sigue la postal amarillenta con el matasellos de Miami.
No la he tocado en toda la semana, pero he sentido su presencia cada vez que entraba en la habitación.
Paso la yema del dedo por la madera del mueble, a escasos centímetros de la postal, sin llegar a rozarla.
Leandro me observa desde el sofá, respetando mi silencio.
—Leandro —murmuro sin girarme.
—Dime.
—Tengo un padre que se marchó hace veintisiete años.
—Lo sé —responde él con sencillez.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó tu abuela en septiembre. Sin pedirte permiso, por supuesto.
—Claro —suspiro—. Típico de ella.
Me siento de nuevo en el sofá, pero esta vez lo hago más cerca del centro, acortando la distancia. Leandro no se mueve. Nuestras rodillas vuelven a quedar a un centímetro y medio de distancia. Ninguno de los dos comenta el hecho ni intenta alejarse. Señalo con la cabeza hacia el balcón.
—¿Cuánto tiempo crees que debemos darles?
—Todo el que necesiten —responde él con calma.
—Leandro...
—Dime.
—Gracias por las rosas blancas. Son preciosas.
—Son para tu abuela, Marisol.
—Sí, lo sé. Pero las has elegido tú, ¿verdad?
—Las he elegido yo.
Verdoso silba las dos notas finales de su bolero inacabado y se sume en un silencio profundo. Leandro mira fijamente la jaula.
—¿Este loro siempre se calla cuando más conviene? —pregunta divertido.
—Casi siempre. Hace tres meses guardó un silencio absoluto durante una charla sobre seguros con un vendedor pesado. Digamos que es un animal con principios.
—Un loro con principios... Eso solo puede pasar en Cuba.
Él se ríe con los hombros, sin emitir sonido. Es una risa breve pero genuina, de esas que los hombres reservados como él solo muestran muy de vez en cuando.
Mi abuela y Doña Niurka regresan del balcón a las siete y diez.
Noto que Doña Niurka tiene los ojos ligeramente humedecidos, aunque intenta disimularlo pasándose el dorso de la mano por la mejilla, como si espantara un insecto imaginario.
Mi abuela, en cambio, luce la calma de un juez que acaba de dictar un veredicto favorable para todas las partes involucradas.
—Hija, creo que ya es hora de irnos —anuncia Doña Niurka.
—Niurka, ¿seguro que no quiere otra tacita de café antes de marchar? —ofrece mi abuela.
—Doña Enriqueta, se lo aceptaré con gusto la próxima vez que venga de Camagüey. Y le aseguro que vendré pronto.
—Niurka, ya sabe que esta es su casa.
—La suya es un auténtico palacio, se lo digo de corazón.
—Muchas gracias.
Nos levantamos los cuatro. Doña Niurka besa a mi abuela en ambas mejillas con una firmeza mucho mayor que la del saludo inicial.
Mi abuela le pone una mano en el antebrazo durante un segundo, un gesto de afecto real.
Se despiden siguiendo un protocolo camagüeyano que ya apenas se ve en La Habana.
Luego, Doña Niurka se acerca a la jaula, hace una pequeña reverencia y le da las buenas noches al loro.
Verdoso, con una precisión profesional asombrosa, le responde recitando el artículo ochenta y siete en un tono de despedida formal.
Esta vez no hay groserías; el animal ha entendido perfectamente cuándo puede permitirse una licencia y cuándo no.
—Niurka, le aseguro que nunca me había respondido así a nadie —comenta mi abuela, sorprendida.
—Doña Enriqueta, me siento enormemente honrada por el detalle.
Leandro y yo intercambiamos una mirada. Ambos sabemos que esta escena será el tema de conversación estrella de Doña Niurka en Camagüey durante los próximos seis meses. Contará la anécdota del loro una y otra vez, con todo lujo de detalles y los adornos necesarios.
Nos dirigimos hacia la puerta. Leandro sale primero y la sostiene abierta. Doña Niurka pasa con un gesto de agradecimiento y yo la sigo. En el umbral, me giro para mirar a mi abuela, que se ha quedado unos pasos atrás, con las manos entrelazadas sobre su vestido crema.
—Hasta el domingo, abuela —me despido.
—Hasta el domingo, mija.
Mi abuela me mira fijamente durante dos segundos.
Y entonces, me guiña un ojo. No es un guiño rápido o casual; es un guiño judicial.
Un parpadeo lento, deliberado y cargado de intención.
Es el mismo gesto que me hacía cuando yo era una niña y ella acababa de ganar un caso difícil en el juzgado.
Es el guiño que significa: «El plan ha funcionado a la perfección».
Salgo al descansillo con Doña Niurka del brazo.
Leandro cierra la puerta del 4B tras de nosotros.
Mi abuela no grita ni nos llama desde dentro; no hace falta.
El guiño lo ha dicho todo. Verdoso, ya con la puerta cerrada, suelta una última vez el artículo ochenta y siete con ese tono especial que mi abuela le enseñó para las despedidas de boda.
«Marisol Prieto Ferrer, tu abuela acaba de cerrar una audiencia con un veredicto definitivo, y tú ni siquiera has sido consultada», pienso mientras bajamos.
Al llegar a la calle, Basilia Pardo nos saluda desde su balcón agitando ambos brazos con entusiasmo.
Doña Niurka le devuelve el saludo con una diplomacia exquisita, porque ella no deja a ninguna vecina sin respuesta.
Yo le hago una inclinación profesional y Leandro apenas levanta la cabeza.
Basilia grita algo sobre una bienvenida que se pierde entre el ruido del viento y la música que llega de un quiosco cercano.
Ya en la acera del Malecón, Doña Niurka se aferra a mi brazo y respira el aire salitre de la tarde.
—Hija —me dice en voz baja.
—Dígame, Niurka.
—Tu abuela y yo hemos decidido una cosa importante.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué cosa?
—Hija, eso mejor te lo cuento ahora mismo en el taxi.
Miro a Leandro por encima del hombro de su madre.
Él me devuelve la mirada. Por primera vez en diez días, compartimos la misma expresión: la de dos civiles cubanos que acaban de ser juzgados por dos tribunales simultáneos sin posibilidad alguna de apelación.
Y para colmo, con un loro como testigo principal.