DIEZ #2
—Muy bien, qué inteligente eres. ¿Y no te sabes otro artículo?
—¡Artículo ochenta y siete del Código Civil!
—Se lo sabe bien, no hay duda de eso —comenta Doña Niurka, riendo.
—Niurka, lamentablemente solo se sabe ese —aclara mi abuela—. Pero tiene el mérito de entonarlo de siete formas distintas, según le dé el estado de ánimo ese día.
—Doña Enriqueta, este es un hogar de altísima cultura jurídica.
—Es usted muy amable al decirlo.
Doña Niurka se acerca un centímetro más a los barrotes.
Verdoso, que lleva siete años sin innovar en su repertorio, decide que la tarde merece un estreno.
Alza el cuello, ladea la cabeza con picardía y suelta, con una claridad fonética que yo misma le he oído perfeccionar en el baño, una frase que hasta hoy solo conocíamos en el ámbito privado mi abuela, mi tío Dagoberto y yo.
—¡Coño, qué rica está la niña! —grita el loro.
El silencio que sigue a la frase es total y absoluto.
Doña Niurka se queda paralizada, con los dedos índices apuntando a la jaula.
Mi abuela, con la flema de sus cincuenta años en el estrado, se lleva la taza a los labios con una lentitud exasperante.
Leandro, a mi lado, hace un ruido extraño con la garganta, una mezcla de tos y risa contenida que le obliga a cambiar bruscamente de postura en el sofá.
Yo bajo la vista hacia la caja de dulces y me quedo clavada allí, haciendo un ejercicio de disciplina mental para no estallar.
Es Doña Niurka quien recupera primero la compostura. Al fin y al cabo, es camagüeyana y tiene recursos.
—Doña Enriqueta... —comienza con voz vacilante.
—Dígame, Niurka.
—¿Y esa frase de dónde ha salido?
—Niurka, me temo que esa frase no se la enseñó mi difunto esposo —responde mi abuela con un suspiro.
—Ya me lo imagino, ya.
—Se la enseñó mi primo Ramiro Ferrer, un subalterno del juzgado que venía a merendar todos los sábados. El pobre llevaba veinte años viudo y tenía una memoria fonética un tanto... infantil.
—Vaya con el primo Ramiro, tenía imaginación —comenta Doña Niurka, tratando de no reír.
—Ramiro tenía todas las virtudes posibles, Niurka, salvo la discreción. El pobre lleva once años muerto, pero el loro le sobrevive y, por lo visto, ha decidido mejorar su repertorio hoy en presencia de una dama camagüeyana.
—Verdoso, tesoro, no te lo tomes a mal, pero me has dejado fría —dice Doña Niurka al animal.
—¡Coño, qué rica está la niña! —insiste el loro, encantado con la atención recibida.
—Verdoso, basta. Niurka, yo que usted no le daría cuerda.
—Doña Enriqueta, me retiro oficialmente del adiestramiento.
Doña Niurka regresa a su sillón y bebe un sorbo largo de café para ocultar su expresión. Mi abuela, con esa diplomacia magistral que le permitió sobrevivir décadas en el sistema judicial, cambia el eje de la conversación con la rapidez de un rayo.
—Niurka, ¿ha visto cómo están los precios del huevo últimamente?
—Doña Enriqueta, qué bueno que lo menciona. Hablemos de los huevos, que es un tema serio.
A partir de ahí, la charla retoma su cauce seguro: el clima inusualmente fresco de enero, la calle Catorce, los sobrinos lejanos, la decepcionante temporada del equipo Industriales y esa vecina común que resulta ser la madre de Juliancito, el notario.
Comparan los precios de los productos básicos en el Vedado con los de Camagüey.
Mi abuela dirige la orquesta y Doña Niurka responde a cada movimiento.
Se escuchan con esa educación judicial tan cubana, respetando los turnos de palabra.
En medio de una anécdota sobre los sobrinos, mi abuela me lanza una mirada mínima, fugaz pero cargada de significado.
Me está transmitiendo, sin mover un solo músculo de la cara, que la operación de este viernes es un éxito rotundo.
Me dice que mi suegra camagüeyana ha caído rendida a sus pies y que las futuras cenas familiares cuentan ya con su respaldo oficial.
Le devuelvo la mirada con una neutralidad profesional que me cuesta mantener. Ella sabe que lo he entendido todo.
Leandro, a mi derecha, cruza una pierna sobre la otra.
Ese movimiento hace que su rodilla choque contra la mía por un segundo.
Es un contacto firme, completo. Ninguno de los dos dice nada, pero tampoco deshacemos el contacto durante los siguientes veinte segundos.
Solo cuando él vuelve a cambiar de postura se rompe la conexión.
«Marisol Prieto Ferrer, concéntrate. Las rodillas son pura anatomía. La anatomía es una cosa, pero las cláusulas de tu pacto son otra muy distinta», me recrimino.
Desde el balcón de enfrente, Basilia Pardo vuelve a la carga. No ha podido resistir mucho tiempo fuera de la conversación.
—¡Enriqueta! —grita de nuevo—. ¡Y la niña qué, ¿está ahí o no está?!
Mi abuela levanta la vista al techo durante medio segundo, buscando paciencia. Luego se inclina hacia la balconera, manteniendo la autoridad que solo tienen las matriarcas cuando un vecino intenta colarse en una reunión privada.
—¡Basilia, que la niña está aquí conmigo!
—¡Pues tráemela al balcón para que la vea!
—¡Basilia, la niña está casada y tú te has enterado hace apenas siete minutos! ¡Déjame procesar el dato con mi suegra antes de seguir dándote el parte informativo!
—¡Enriqueta, que yo tengo mis derechos como vecina!
—¡Tu derecho de información empieza el lunes, Basilia! ¡Hoy no!
Doña Niurka suelta una carcajada que dura varios segundos.
Tiene que taparse la boca con una servilleta de papel para no ser indiscreta.
Mi abuela le hace un gesto rápido con la mano, explicándole que ese es el pan de cada día en el Vedado y que la situación solo empeora cuando llega el calor del verano.
Doña Niurka asiente con los ojos llorosos de tanto reír.
Y entonces, justo antes de que el ambiente se relaje, Verdoso decide aplicar la lección del día al pleno del salón.
—¡Coño, qué rica está la niña! —grita de nuevo.
Esta vez lo hace con un volumen ensordecedor, como si estuviera ante una audiencia multitudinaria.
Es la potencia de un loro cubano que lleva veintidós años ensayando la resonancia en una jaula metálica.
Su entonación, por una carambola del destino o por pura matemática ornitológica, imita con una exactitud escalofriante la voz de mi difunto abuelo.
Doña Niurka se lleva una mano al pecho y se santigua por instinto. Cuando recupera el aliento, mira a la jaula y asiente con los ojos cerrados, como quien acepta una herencia inesperada del más allá. Basilia, desde el edificio de enfrente, vuelve a gritar al oír el escándalo.
—¡Enriqueta! ¿Pero quién es el que está diciendo esas groserías en tu casa?
—¡Basilia, que es el loro, mujer!
—¡¿Cómo que el loro?!
—¡Que sí, que es Verdoso!
—¡Ay, Dios mío, pero si ese bicho habla!
—¡Basilia, lleva hablando veintidós años! Lo que pasa es que tú vives enfrente y antes no lo oías porque siempre tenías el toldo bajado.
—¡Enriqueta, voy a bajar ahora mismo para conocerlo en persona!
—¡Basilia, no! —sentencia mi abuela—. Hoy no es el día.
—¡Pero Enriqueta...!
—¡He dicho que no! Te cierro el balcón ahora mismo, Basilia, te lo advierto.
Se hace un silencio de varios segundos.
—¡Enriqueta!
—¡Basilia, no me hables en tres minutos!
—¡Bueno, está bien! ¡Me callo ya!
—¡Gracias!
Doña Niurka se limpia las lágrimas de risa con la servilleta, tratando de recuperar una dignidad que ya ha perdido por completo.
Leandro se ha girado hacia la ventana con la excusa de mirar la calle, pero sus hombros tiemblan rítmicamente; se está riendo en silencio contra el cristal.
Yo me quedo mirando las rosas blancas del jarrón, intentando archivar cada detalle de esta tarde surrealista para mi próxima sesión con Yadira en el Dandy.
«Marisol Prieto Ferrer, esto no se puede contar. Hay cosas que solo se viven y se guardan intactas para el lunes», pienso para mis adentros.
Verdoso, satisfecho con su actuación, silba un par de notas sueltas de ese bolero que nunca termina y se queda en silencio, disfrutando de su gloria.
—Niurka, venga, que le voy a enseñar el balcón —dice mi abuela, levantándose.
—Enriqueta, iré con muchísimo gusto.
Ambas salen. A esta hora, las seis y cincuenta y cinco de la tarde, La Habana se tiñe de una luz rosada y tenue que cae sobre el Malecón como una caricia sobre una fotografía antigua.
Se apoyan en la barandilla y empiezan a hablar en voz baja.
Desde el salón solo vemos sus espaldas y captamos palabras sueltas que el viento nos devuelve: «hija», «niñas», «tiempo», «error».
No logramos hilvanar una frase completa, pero el tono es de absoluta confidencia.
Desde el balcón de enfrente, Basilia Pardo cumple su promesa de silencio, pero no se ha movido un ápice.
Sigue apoyada en la barandilla con los brazos cruzados, observando con una vigilancia que no admite distracciones.
El servicio de información del Vedado tiene una corresponsal de lujo hoy, y mañana toda la red conocerá hasta el último detalle de esta visita.
Leandro y yo nos quedamos a solas en el salón. Verdoso vuelve a silbar el bolero a media voz, creando una atmósfera extraña.
—Marisol —dice él, rompiendo el silencio.
—Dime, Leandro.
—Las rodillas no figuran en ninguna cláusula, que yo sepa.
—Yo no he dicho que lo sean —respondo, tratando de sonar indiferente.
—No lo has dicho, pero lo has pensado.
—Leandro...
—Dime.
—A veces creo que se te oyen los pensamientos con demasiada claridad.
—A veces eres tú la que me pide que los diga en voz alta.