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La idea de juntar a mi abuela Enriqueta con Doña Niurka fue, naturalmente, una iniciativa de Doña Niurka.

Me lo propuso el jueves por la noche, justo al salir del paladar.

Leandro nos había invitado a merendar café con buñuelos por iniciativa propia y yo había accedido sin demasiada resistencia.

Al fin y al cabo, la merienda no figuraba en nuestra lista de cláusulas prohibidas y los buñuelos, comparados con la tensión acumulada de los últimos días, me parecieron un terreno inofensivo.

Doña Niurka se bebió el café, dio cuenta de dos buñuelos y medio con parsimonia y luego me miró con esa fijeza camagüeyana que desarrolla durante las ingestas, esa mirada que precede a las sentencias definitivas.

—Hija, antes de irme quiero conocer a tu abuela —soltó sin preámbulos—. Mañana al final de la tarde. En su casa. Yo no me voy de vuelta a Camagüey sin haberle besado la mano a la mujer que te crió.

«Marisol Prieto Ferrer, ahora intenta tú mantener la paz con estas dos en el mismo salón y con un loro de por medio. Buena suerte», me dije mientras sentía un ligero escalofrío.

Por eso, a las seis y cuarenta del viernes treinta de enero, me encuentro saliendo del ascensor del edificio de mi abuela.

Milagrosamente, el aparato funciona desde hace dos días, evitándonos la fatiga de los cuatro pisos de escaleras.

Doña Niurka camina a mi lado, aferrada con firmeza a mi brazo derecho, mientras Leandro nos sigue un paso por detrás.

Él carga con un ramo modesto de rosas blancas y una caja pequeña de dulces finos del paladar, envuelta cuidadosamente en el característico papel marrón del restaurante.

Al fondo del descansillo, mi abuela nos espera con la puerta abierta de par en par.

Ha elegido para la ocasión un vestido de tela fina en color crema que no veía la luz desde hacía tres años y, por una vez, lleva las gafas correctamente colocadas.

—Enriqueta Ferrer, un verdadero placer —dice mi abuela con voz clara.

—Niurka Castillo, el gusto es todo mío —responde la madre de Leandro.

Se besan las mejillas con la ceremonia que emplean en Cuba las mujeres mayores que intuyen, desde el primer contacto, que van a encajar.

Es un beso firme, sin efusiones innecesarias, acompañado de un cálculo rápido y preciso del perfume ajeno y de la solidez del saludo.

Mi abuela aprueba a Doña Niurka en apenas dos décimas de segundo.

Doña Niurka tarda una y media en hacer lo propio con mi abuela.

—Niurka, adelante, por favor. Niña, pasa tú también. Leandro —saluda mi abuela con un movimiento de cabeza.

—Doña Enriqueta —responde Leandro con voz contenida.

—Muchacho, ya hablaremos nosotros luego. Entren todos.

Entramos en el salón. Verdoso, desde su jaula, emite un silbido de bienvenida de tres notas melódicas que jamás le he oído usar con las visitas habituales.

Mi abuela, en un arrebato de hospitalidad, le ha puesto una cinta roja en los barrotes para decorar la estancia.

Incluso me atrevería a decir que ha peinado al loro con un cepillo de cerdas suaves, porque el animal luce un plumaje inusualmente ordenado para ser viernes tarde.

—Dios mío, pero qué hermoso es este loro —exclama Doña Niurka, acercándose a la jaula.

—Gracias, Niurka. Se llama Verdoso —explica mi abuela con orgullo—. Mi marido lo trajo de Pinar del Río en el año dos mil cinco.

—Verdoso... Es un nombre con mucha dignidad. ¿Y habla el bicho?

—Habla, por supuesto, pero solo cuando considera que le corresponde intervenir.

—Estos loros cubanos son mucho mejores que los paraguayos, dónde va a parar —sentencia Doña Niurka.

—Niurka, yo en ese debate prefiero no entrar —replica mi abuela con diplomacia—. Los paraguayos tendrán, imagino, sus propias virtudes.

Mi abuela conduce a nuestra invitada hacia el sillón orejero, el lugar de honor del salón.

Luego me mira y me señala el sofá con un gesto imperceptible.

Me siento en el extremo izquierdo, dejando espacio suficiente para que Leandro ocupe el lado derecho.

Él se sienta con una rigidez que no es habitual en su carácter; deja las rosas blancas sobre la mesita baja y coloca la caja de dulces a su lado.

Cruza las manos sobre el regazo con una corrección extrema.

Mi abuela lo ha intimidado, eso está claro.

Ella posee ese don natural para imponer respeto, y yo nunca he sabido si lo admiro o si me produce cierta lástima por sus víctimas.

—Doña Enriqueta, le he traído unos dulces del paladar —dice Leandro, tratando de romper el hielo.

—Muchacho, es usted muy amable. ¿Son los de yema?

—Sí, son los de yema, tal como le gustan.

—Los sábados mi médico me los tiene estrictamente prohibidos —comenta ella, abriendo la caja con curiosidad.

—Bueno, hoy todavía es viernes —apunta Leandro con una media sonrisa.

—Exactamente por eso me los voy a comer ahora mismo.

Doña Niurka suelta una carcajada corta y vibrante.

Mi abuela asiente con complicidad. Leandro se permite una sonrisa que apenas dura tres milímetros, un gesto que me provoca un leve temblor nervioso en el pie izquierdo.

Lo archivo de inmediato en mi memoria. Me obligo a apartar la vista de él y la fijo en los dulces para mantener la compostura.

«Marisol Prieto Ferrer, no te distraigas ahora. Estás en terreno hostil, aunque el terreno te esté sonriendo», me advierto internamente.

Mi abuela trae de la cocina una bandeja con café recién hecho y cuatro tacitas de porcelana con delicados dibujos azules.

Las coloca sobre la mesa y empieza a servir con una coreografía perfecta.

Primero llena la taza de Doña Niurka, luego la mía, después la de Leandro y, finalmente, la suya.

Sus cincuenta años en el juzgado la han entrenado para ejecutar estos pequeños milagros domésticos con una precisión asombrosa.

—Niurka, cuénteme, ¿cómo está Camagüey? —pregunta mi abuela mientras toma asiento.

—Doña Enriqueta, Camagüey sigue igual de testarudo que siempre. No cambia.

—Bueno, dicen que son los mejores —apunta mi abuela con un guiño.

—Eso decimos nosotros, al menos —responde Doña Niurka, y ambas ríen con ganas.

Se acomodan en sus respectivos asientos.

Doña Niurka se inclina hacia mi abuela por encima de la mesita, estableciendo un vínculo de confianza instantáneo.

Yo bebo un sorbo de café, pero Leandro aún no prueba el suyo.

Mira el reloj de pared con la discreción de un hombre que cuenta diplomáticamente los minutos de una visita de cortesía.

Su rodilla izquierda está a apenas un centímetro y medio de mi rodilla derecha.

Mi abuela, desde su posición, no tiene ángulo de visión para notar ese detalle, y Doña Niurka está demasiado absorta en la conversación. Archivo esa sensación también.

La charla entre las dos mujeres empieza a discurrir por cauces previsibles y agradables, hasta que se produce la primera interrupción.

Viene del balcón del edificio de enfrente.

En este cuarto piso, las conversaciones de los vecinos se filtran con una limpieza acústica que los habaneros ya tenemos integrada, pero que a los camagüeyanos les suele pillar por sorpresa.

—¡Enriqueta Ferrer! —grita una voz desde el exterior.

Mi abuela mira hacia el balcón abierto y Doña Niurka la imita. Leandro levanta la vista del café y yo bajo mi taza a medio camino de la boca.

—¡Enriqueta! ¿Pero tú tienes visita hoy? —insiste la voz.

—¡Basilia, sí, tengo visita! —responde mi abuela sin levantarse.

—¡Te he visto entrar con una señora en el ascensor!

—¡Basilia, es la madre del marido de mi nieta!

Se produce una pausa dramática en el balcón de enfrente. Es un silencio cubano, cargado de cálculo genealógico y curiosidad pura.

—¡¿La madre de qué?! —grita Basilia tras tres segundos de reflexión.

—¡Del marido, Basilia! ¡Del marido!

—¡Enriqueta, pero si yo no sabía que la niña se había casado!

—¡Basilia, que tú no sepas algo que pasa en el Vedado es una verdadera rareza estadística! —replica mi abuela con sorna.

—¡Es que a mí no me habías dicho nada!

—¡Bueno, pues ya está dicho!

Doña Niurka asiste al intercambio con una fascinación que ni siquiera intenta disimular.

Lleva treinta y seis años escuchando a su hijo quejarse del volumen y la intromisión de las vecinas habaneras, y hoy por fin tiene los datos en vivo.

Se gira levemente hacia Leandro, quien le sostiene la mirada con una expresión que parece decir: «¿Ves, mamá? Esto es lo que te contaba».

—¡Enriqueta, dale muchos recuerdos a la señora de mi parte!

—¡Basilia, descuida, te la presento formalmente la semana que viene!

—¡Está bien, quedamos así!

Mi abuela y Doña Niurka vuelven a sus tazas de café. Sin embargo, Verdoso decide que es el momento de hacer su aportación estelar del viernes.

—¡Artículo ochenta y siete del Código Civil! —exclama el loro con una nitidez asombrosa.

Doña Niurka se queda petrificada, con la taza a diez centímetros de los labios. La baja despacio, sin dejar de mirar al animal. Alterna la vista entre Verdoso y mi abuela varias veces.

—¿Qué... qué ha dicho ese loro? —pregunta estupefacta.

—Niurka, ha recitado el artículo ochenta y siete. El del matrimonio —responde mi abuela con total naturalidad.

—¿En serio? ¿Lo dice de verdad?

—Se lo sabe de memoria desde el año dos mil cuatro. Se lo enseñó mi difunto esposo en la biblioteca del juzgado.

—Doña Enriqueta, este animal es una maravilla. Es un tesoro nacional.

—Se hace lo que se puede —dice mi abuela, restándole importancia.

Doña Niurka se vuelve hacia Verdoso con la devoción de quien acaba de descubrir un prodigio. Se inclina sobre la jaula y le habla con esa voz mimosa que las abuelas reservan para los nietos que todavía no han llegado.

—Verdoso, precioso... ¿Qué más cosas sabes decir?

—¡Artículo ochenta y siete del Código Civil! —repite el loro, orgulloso.