NUEVE #2
Me pongo en pie con brusquedad y camino los dos pasos que me separan de la ventana.
Observo al gato del vecino, que ahora descansa plácidamente en el alféizar de enfrente.
Mi madre se queda sentada en el borde de la cama, sosteniendo la foto entre sus manos.
Le doy la espalda, algo que no hacía durante una conversación seria desde que tenía veintiún años.
—Mamá —comienzo, mirando al patio—. Anisleydi y yo nos casamos en el dos mil dieciséis.
Nos divorciamos en marzo del veinte. Fueron cuatro años en total.
Dos en los que todo funcionó. Uno en el que ella empezó a mirar hacia otro lado.
Y un último año en el que ambos sabíamos que aquello estaba muerto, pero no teníamos el valor suficiente para firmar los papeles.
—Mijo...
—El francés, como tú lo llamas, apareció en ese último año.
Se conocieron en una cena del gremio hotelero, en la terraza del Nacional.
Ella era la jefa de relaciones externas del grupo y él coordinaba el evento.
Al principio fue algo estrictamente profesional, pero luego.
.. bueno, se convirtió en otra cosa. Yo lo supe seis meses antes de que ella tuviera la decencia de contármelo.
—¿Y cómo lo supiste, mijo? ¿Quién te lo dijo?
—Nadie tuvo que decírmelo, mamá. Los cocineros tenemos un instinto especial. Cuando la persona con la que estás casado prueba una de tus salsas y, por primera vez en años, te la compara con la salsa de otro cocinero, sabes perfectamente que ha estado probando la cocina de otro.
Mi madre guarda silencio durante unos segundos. De repente, suelta una risa corta, una carcajada breve e involuntaria. Es la misma reacción que, según me contó mi primo Juliancito, tuvo Marisol en el balcón el pasado domingo.
—Mijo, esa frase va a quedar para los anales de la historia de Camagüey —dice ella, tratando de contener la risa.
—No te rías, mamá. No tiene gracia.
—Mijo, me río porque es una tragedia terrible, lo siento de veras. Sigue, por favor.
—Mamá, el resto de la historia ya la conoces. Me divorcié, cerré el apartamento de Miramar donde vivíamos y me mudé a este piso. Abrí el paladar, contraté a Reinaldo el primer mes y decidí no volver a mencionar el asunto con nadie.
—¿Con nadie en absoluto?
—Con nadie, mamá. Ni una sola palabra.
—¿Ni siquiera con un amigo cercano?
—Mis amigos eran los de Miramar. Se quedaron allí, con ella. Yo me quedé aquí, en Línea.
—¿Y Reinaldo? —pregunta ella con curiosidad.
—Reinaldo no toca el tema. Es un hombre sabio; me deja hablar de lo que yo quiera y, cuando prefiero callar, él calla conmigo.
—Entonces... ¿hoy es la primera vez que hablas de tu divorcio en seis años?
Me giro desde la ventana y la miro a los ojos.
Ella levanta la fotografía y la sostiene frente a sí un par de segundos más.
Luego, con una decisión que me sorprende, se levanta, camina hacia la puerta y sale al pasillo.
Yo la sigo en silencio. La veo cruzar el salón con paso firme hasta llegar a la cocina.
Abre la tapa del cubo de la basura y deja caer el marco de madera.
El impacto contra el fondo del cubo produce un ruido mate que, en el silencio sepulcral de la mañana, suena como un disparo.
—¿Mamá?
—Mijo, ahora tienes a Marisol en tu vida.
—Mamá, lo nuestro es... extraño.
—Y Marisol, aunque haya sido por un error notarial de su abuela, es mucho mejor para ti.
—No la conoces tanto.
—Mijo, te digo que es mejor. Créeme.
Me quedo inmóvil en el centro del salón. Mi madre, de espaldas al cubo de la basura, se cruza de brazos. Me mira con los mismos ojos que ponía cuando yo tenía quince años y me obligaba a pedir perdón a un vecino después de una pelea. Es la misma mirada de autoridad, intacta veinte años después.
De repente, suena el timbre de la puerta.
—¿Esperas a alguien, mamá?
—No, a nadie.
Me acerco a la puerta y miro por la mirilla. Es Reinaldo. Lleva un saco de arroz al hombro izquierdo y una expresión que mezcla la fatiga con el deber cumplido. Es la cara de quien viene a enmendar un error ajeno. Abro la puerta.
—Jefe —dice, ajustándose el saco.
—Reinaldo, ¿qué haces aquí?
—Traigo los diez kilos de arroz que faltaban en el pedido del lunes. Don Efraín se equivocó al contabilizarlos esta mañana y he preferido subirlos yo mismo ahora que tenía un hueco.
—Podías haberme llamado, no hacía falta que cargaras con eso hasta aquí.
—Jefe, sabía que su madre estaba en casa. Quería aprovechar para saludarla —añade con una sonrisa educada.
—Entiendo.
—Jefe... —dice Reinaldo, deteniéndose en el umbral.
—Dime.
—¿Interrumpo algo importante?
Miro a Reinaldo. Él desvía la vista por encima de mi hombro hacia la cocina, donde la tapa del cubo de la basura ha quedado entreabierta, dejando asomar el canto del marco de madera.
Reinaldo es un hombre que lleva trabajando en una cocina abierta desde el año dos mil cuatro.
Tiene el ojo entrenado para detectar anomalías; distingue un marco dentro de un cubo de basura a cinco metros de distancia y a contraluz.
—No interrumpes nada, Reinaldo. Pasa.
—Jefe, con todo el respeto que le tengo —comienza él mientras entra—. Usted estaba ahí con su madre en medio del salón. Ella tenía cara de madre y usted tenía cara de hijo. Y ese cubo de basura está gritando algo. Yo, jefe, he interrumpido algo claramente. Y lo he hecho a propósito.
—¿A propósito?
—Sí. Vi a su madre ayer subiendo camisas al tendedero de la azotea con una energía sospechosa.
He aprendido que lo que se dobla con tanta manía los martes por la mañana acaba convirtiéndose el lunes siguiente en una conversación del diablo.
Disculpe la franqueza. Dejo el arroz en la cocina y me marcho enseguida.
Cruza el salón con paso ágil y entra en la cocina.
Deja el saco de arroz sobre la encimera con un golpe seco.
Pasa por delante del cubo de la basura sin dedicarle ni una mirada, aunque sé que lo ha registrado todo.
Al salir, se detiene frente a mi madre y le hace una pequeña inclinación de cabeza, un gesto lleno de respeto cubano.
—Doña Niurka.
—Reinaldo, qué gusto verlo —responde ella con amabilidad.
—Un placer, como siempre.
—El placer es mío. Gracias por el arroz.
Reinaldo se despide con un gesto y sale del apartamento, cerrando la puerta tras de sí. Mi madre y yo volvemos a quedarnos solos. Ella descruza los brazos, camina hacia la cocina y, con una delicadeza profesional, cierra la tapa del cubo de la basura. Luego regresa al salón y se sienta en el sofá.
—Mijo —dice, mirándome con seriedad.
—Dime, mamá.
—Ese hombre vale su peso en oro. No lo pierdas.
—Lo sé muy bien.
—¿Le estás pagando lo que se merece?
—Le pago todo lo que el paladar permite, mamá.
—Pues súbele un diez por ciento a partir del primero de febrero.
—Mamá, las cuentas están ajustadas...
—Mijo, es un consejo profesional de una mujer que fue contadora del Carnaval de Camagüey durante veintidós años. No lo discutas. Es una inversión, no un gasto.
—Está bien, no lo discuto. Lo haré.
Mi madre se acomoda en el sofá y toma el mando a distancia. Enciende la televisión y busca una telenovela mexicana del dos mil dieciocho que ya ha visto un par de veces. Deja el volumen bajo y me mira por encima del hombro.
—Mañana llamas a Marisol. Quiero que venga a cenar el viernes aquí, con nosotros. Los tres.
—¿Otro viernes, mamá? ¿No crees que es demasiado?
—Este viernes, Leandro. Yo me vuelvo a Camagüey el domingo. Antes de irme, quiero tener una cena con ustedes dos sin actas, sin notarios, sin loros impertinentes, sin telefonistas y sin cubos de basura.
—Mamá, el loro es de su abuela, no de ella.
—Por eso mismo lo digo. Quiero una cena aquí, en esta mesa, donde no haya ningún loro que nos interrumpa.
«Ya está. Sigue cortando», me repito, sintiendo que el ritmo vuelve a mi cuerpo.
La muletilla regresa y me da la calma necesaria. Cojo el teléfono móvil y salgo al balcón. Busco el número de Marisol y marco. Ella contesta al tercer tono, con esa voz clara y decidida que ya empiezo a reconocer.
—Señor Bermúdez —saluda ella.
—Señorita Prieto.
—Son las once y cuarenta y dos de la mañana —dice, consultando el reloj—. ¿A qué debo esta llamada? ¿Alguna décima cláusula?
—En realidad, es la undécima. La décima se la diré en persona a las dos y diez, en la acera de su bufete.
Se hace un silencio de un par de segundos al otro lado de la línea.
De repente, escucho una risa corta, idéntica en brevedad a la que soltó mi madre hace media hora.
La diferencia es que la risa de mi madre era por la salsa; la de Marisol.
.. todavía no estoy seguro de qué la provoca, pero decido archivarla.
—Muy bien, señor Bermúdez. Dígame entonces esa undécima cláusula.
—Señorita Prieto, está invitada a cenar el viernes en mi apartamento de Línea. Seremos los tres. Es la última cena oficial con mi madre antes de que ella regrese a Camagüey.
—Señor Bermúdez, ¿esto es una cláusula nueva o simplemente una continuación de las anteriores?
—Llámela como prefiera —respondo con una sonrisa.
—Acepto. El viernes entonces.
—A las ocho —propongo.
—Que sea a las siete y media, por favor. No quiero que su madre tenga que bajar a buscarme al portal si me retraso un minuto.
—Aceptado. Siete y media.
—Entonces, nos vemos a las dos y diez para la décima cláusula. En la acera del bufete.
—Allí estaré.
En ese momento, desde el salón, la voz de mi madre llega hasta el balcón. Tiene ese volumen camagüeyano que ella no considera gritar, pero que atraviesa paredes.
—¡Leandrito, dile a la niña que traiga algo para el aperitivo! ¡Y dile también que el viernes es la última oportunidad antes de que yo me vaya! ¡Dile que del Hotel Nacional le podemos contar algunas cosas, por si un día coincide con el francés aquel que por poco se te lleva la cocina del paladar!
Me giro apenas medio centímetro hacia el salón, horrorizado.
Mi madre sigue sentada en el sofá, sin mirarme.
Observa la telenovela con una expresión de inocencia operativa que no le veía desde hace años.
Al otro lado de la línea, se hace un silencio sepulcral de tres segundos.
No es un silencio casual; es el silencio profesional de una abogada que acaba de registrar cada una de las palabras pronunciadas.
Hotel Nacional. El francés. Por poco se te lleva la cocina.
Todo unido. Todo sin contexto. Todo a voz en grito.
—Señor Bermúdez —dice Marisol con una voz gélida.
—Dígame, señorita.
—¿Su madre acaba de mencionar algo sobre el Hotel Nacional?
—Señorita, entienda que lo que mi madre diga desde el salón no forma parte de nuestro pacto.
—Señor Bermúdez, me temo que lo que su madre dice a gritos durante una llamada que mantenemos usted y yo entra en el pacto por puro imperativo cubano. Es información relevante.
—Señorita Prieto...
—Señor Bermúdez.
—El viernes a las siete y media —digo, tratando de cerrar el tema.
—El viernes a las siete y media —repite ella—. Y a las dos y diez la décima cláusula, en la acera.
Cuelga ella primero. Guardo el teléfono en el bolsillo y me quedo mirando al patio.
El gato del edificio vecino sigue en su alféizar, aparentemente dormido, como si no hubiera sido testigo de nada.
Entro de nuevo al salón. Mi madre no se gira; mantiene la vista en la pantalla con esa sonrisa mínima en la comisura de los labios.
—Mijo, el viernes a las siete y media en la cocina de tu abuelo paterno —dice, refiriéndose al apartamento.
—¿Cómo sabes que ha aceptado a las siete y media? —pregunto, estupefacto.
—Mijo, las madres cubanas simplemente sabemos cosas. No preguntes cómo.
—Mamá, tienes que tener cuidado con ese don tuyo.
—Mijo, ese don salvó a tu padre de seis desastres y a ti ya te ha librado de nueve. No intentes quitármelo ahora.
—Mamá, acabas de lanzarle a Marisol, a través del teléfono, tres conceptos explosivos: el Hotel Nacional, un francés y la idea de que alguien casi me quita el restaurante. Todo en una sola frase y a volumen de mercado.
—Mijo —dice ella, encogiéndose de hombros—, yo no puedo controlar cómo me sale la voz cuando estoy en confianza.
—Esta es mi casa, mamá. No el mercado de Camagüey.
—Mijo, hoy no. Hoy esta casa es mía. Mañana, si te portas bien, volverá a ser tuya.
Respiro hondo un par de veces. Mi madre sigue sin mirarme, con esa sonrisa de satisfacción grabada en el rostro.
Sé que lo ocurrido en el balcón no ha sido un descuido; ha sido una intervención quirúrgica fríamente calculada.
Mi madre, con sus veintidós años como contadora del Carnaval, sabe exactamente cuándo y cómo ejecutar un movimiento de precisión.
—Mamá... ¿por qué lo has hecho?
—Mijo, escucha bien. Una mujer cubana que entra en un dormitorio ajeno un viernes por la noche debe saber qué secretos se guardan en ese cuarto.
Esa niña es abogada, tiene la mente despierta.
No la ayudas dejándola entrar a ciegas. La ayudas dándole los datos antes de que los encuentre ella por la vía habanera, que siempre es la más cruel y la que más deforma la verdad.
—Mamá, me has metido en un lío.
—Mijo, ya está hecho. El viernes se lo cuentas tú todo, de frente, como debe ser. Yo prometo no aparecer hasta la hora del postre.
—Está bien.
—Y ahora, por favor, deja que termine de ver mi telenovela.
Salgo del salón y entro en la cocina, cerrando la puerta tras de mí.
Apoyo las dos manos sobre el mármol frío de la encimera y cierro los ojos durante cinco segundos.
En algún lugar de la calle 23, Marisol Prieto Ferrer acaba de colgar el teléfono con tres palabras nuevas quemándole en la memoria, tres palabras que no tenía hace quince minutos.
No tengo forma de saber cuánto le van a pesar en el bolso durante los próximos cuatro días, ni cómo va a utilizarlas en mi contra.
«Ya está. Sigue respirando», me repito por última vez.