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Los martes por la mañana, mi madre se ocupa del armario de mi dormitorio.

No es algo que yo le haya pedido, ni mucho menos una tarea consensuada; se ha autoinvitado con esa determinación silenciosa de las madres que no aceptan un no por respuesta.

Lleva apenas cinco días instalada en mi apartamento de Línea y ya ha agotado el repertorio de limpiezas estándar: el salón brilla bajo una pátina de cera, la cocina está impoluta y el cuarto de baño, con sus azulejos originales de los años cincuenta, parece recién estrenado.

Esta mañana, a las diez y media, ha decidido que el último bastión del desorden es mi armario.

Su sentencia ha sido breve y contundente, cargada de esa sabiduría popular que no admite réplica: «Mijo, no se te pueden quedar las camisas en esas pilas. Las camisas en pila son las camisas de un hombre que no espera a nadie».

No he discutido. Mi madre tiene sesenta y dos años, seis años camagüeyanos más a su favor por parte paterna y una autoridad doméstica acumulada que no he sido capaz de enfrentar con éxito desde que tenía ocho años.

Contra ese currículo, cualquier argumento de un hijo de treinta y seis se desvanece antes de salir de la boca.

Me encuentro en la cocina del apartamento, un espacio que se siente pequeño comparado con la amplitud del paladar, pero que conserva el calor de lo propio.

Estoy preparando café. Es un café cubano, corto y potente, elaborado en la cafetera italiana de color verde que heredé de mi abuela paterna.

Llevo seis años usándola cada mañana, un ritual que marca el inicio de mi jornada antes de sumergirme en el caos del restaurante.

La cafetera empieza a gorgotear, avisando de que el líquido oscuro está casi listo.

La nevera ronronea con un ritmo familiar y, por la ventana abierta del balcón, entra el sol limpio de un martes de enero, una luz clara y sin el estorbo del viento.

«Ya está. Sigue haciendo el café», me digo, tratando de anclarme al presente.

La muletilla mental funciona especialmente bien los martes. Para mí, los martes están hechos de cosas pequeñas, previsibles y manejables. Son el refugio antes de que la semana se complique.

En el dormitorio, mi madre canturrea un bolero de Celia Cruz.

Es una melodía que aprendió en su juventud y que todavía domina de principio a fin, a pesar de que ella sostiene con terquedad que ya no se acuerda de ningún bolero.

Escucho, por detrás de su voz, los ruidos suaves de la tela al doblarse sobre la cama.

Oigo el deslizamiento de los cajones que se abren, el roce de una percha de madera contra la barra metálica del armario.

Me sirvo el café en mi taza blanca de siempre y me siento en el taburete alto de la cocina abierta.

Doy el primer sorbo, dejando que el amargor me despabile.

De pronto, el canturreo se detiene en seco.

Sigue medio segundo de un silencio denso, de esos que pesan más que el ruido. Luego escucho un «ay» muy bajo, casi un suspiro de asombro o de pena. Después, nada más. Solo el silencio.

—¿Mamá? —pregunto, dejando la taza sobre la encimera.

No hay respuesta.

—¿Mamá, qué pasa? —insisto, sintiendo un leve pinchazo de inquietud.

—Mijo... —responde ella al fin, con un tono que no reconozco.

—¿Qué sucede?

—Ven un momento, por favor.

Dejo el café a medio terminar y cruzo el pasillo.

La puerta del dormitorio está entornada; la empujo con suavidad.

Mi madre está agachada delante del cajón inferior del armario, el que reservo para las cosas que nunca muevo.

En su mano derecha sostiene un marco de madera pequeño, de un barniz mal ejecutado que ha perdido el brillo.

Es un objeto que ha estado enterrado durante seis años bajo dos pilas de camisetas viejas, esas que guardo por nostalgia pero que jamás me vuelvo a poner. En el marco hay una foto. La foto.

Yo mismo la metí en ese rincón el uno de diciembre de dos mil diecinueve. Durante estos seis años, me he prohibido buscarla, pero también me he prohibido tirarla a la basura. Se quedó ahí, en un limbo de madera y olvido.

—Mijo —dice ella, mirándola fijamente.

—Mamá, dámela —le pido, extendiendo la mano.

—Mijo, espera.

—Mamá, dámela. Por favor.

No me hace caso. Se levanta con la fotografía en la mano y se acerca a la ventana del dormitorio que da al patio de luces.

Sostiene el marco a contraluz, como si buscara algún detalle oculto entre los píxeles envejecidos.

Observa la imagen durante un par de segundos que se me antojan eternos.

Respira hondo, baja el brazo y clava sus ojos en los míos.

—Mijo, esta es Anisleydi.

—Lo es, mamá. Ya lo sabes.

—¿Por qué tienes una foto de Anisleydi en el armario del dormitorio donde vas a traer a tu esposa? —me pregunta con una seriedad que me desarma.

—Mamá, Marisol ni siquiera ha entrado en este dormitorio todavía. No es un problema.

—Mijo, antes o después, el dormitorio existe —replica ella, acercándose un paso—. Y una esposa cubana no puede abrir el cajón inferior del armario de su marido y encontrarse de frente con la cara de la mujer que él firmó y canceló hace años. Eso no se hace.

—Mamá, la foto estaba enterrada. Estaba escondida bajo las camisetas, nadie la iba a ver.

—Mijo, enterrada no es lo mismo que eliminada. En Cuba sabemos distinguir muy bien esas dos cosas.

Me apoyo en el marco de la puerta y cruzo los brazos sobre el pecho. Luego los descruzo, inquieto. Me paso la mano por la barba, buscando una calma que se me escapa por momentos. La muletilla mental no responde. Los martes de cosas pequeñas y previsibles acaban de saltar por los aires.

—Mamá, dame la foto ahora mismo.

—Mijo, siéntate un momento conmigo.

—Mamá, no quiero sentarme. Dame el marco.

—Leandro.

Mi madre me llama por mi nombre de pila en contadas ocasiones.

Cuando lo hace, sé que algo se ha roto en su índice de paciencia camagüeyana y que la jerarquía ha quedado restablecida.

Entro en el cuarto y me siento en el borde de la cama, derrotado.

Ella se sienta a mi lado y coloca la foto sobre el colchón, justo entre los dos.

En el marco aparece una mujer de treinta y dos años, de pelo negro azabache y un vestido amarillo que resalta bajo el sol.

Está abrazada a un hombre de treinta años que solía ser yo.

La luz es la de una terraza de un hotel colonial, cálida y dorada.

La imagen es del verano de dos mil diecinueve, apenas cuatro meses antes de que el divorcio se hiciera efectivo.

Estábamos en el Parque Central, en la terraza de arriba, la que mira a toda La Habana.

Anisleydi sonreía a la cámara con una felicidad que parecía eterna.

Yo no miraba al objetivo; yo sonreía mirándola a ella.

—Mijo —dice ella en voz baja.

—Dime, mamá.

—¿Tú todavía piensas en ella? ¿Todavía la extrañas?

—No, mamá. No es eso.

—¿Estás seguro? —pregunta, buscándome la mirada.

—Seguro. Hace mucho que eso pasó.

—Mijo, entonces... ¿por qué guardas la foto después de tanto tiempo?

Respiro profundamente. El sol de la mañana sigue bañando el cuarto y escucho a un gato del edificio vecino maullar brevemente.

Mi madre espera en silencio. Sé que lleva seis años aguardando el momento propicio para tener esta conversación, una charla que yo he conseguido evitar con éxito desde que cumplí los treinta.

—Mamá, yo no guardo la foto. Simplemente la dejé ahí.

—¿Y qué diferencia hay, si se puede saber?

—Guardar es un acto de voluntad —le explico, tratando de poner orden a mis propios fantasmas—. Dejar es, simplemente, no haber tenido el valor de hacer lo otro.

—Mijo, eso no es más que un juego de palabras para no enfrentar la realidad.

—Es la única forma que he encontrado en seis años de nombrar lo que siento.

Mi madre baja la cabeza un instante, asimilando mis palabras. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos muestran esa mezcla exacta de autoridad y ternura que solo las madres cubanas poseen. Es una mirada que exige una cicatriz previa para poder ofrecer consuelo.

—Leandrito —me dice con dulzura.

—Dime, mamá.

—¿Tú te divorciaste porque ella se fue con aquel chef francés del Hotel Nacional?

Siento cómo la mandíbula se me tensa de inmediato.

No es una respuesta verbal, es un acto reflejo, un dolor antiguo que se manifiesta en los músculos.

Mi madre registra el gesto sin hacer comentarios.

Lleva diez años lanzándome esta pregunta de mil formas distintas, y lleva diez años recibiendo la misma respuesta física por mi parte.

—Mamá, ya te lo he dicho. No quiero hablar de Philippe.

—Leandrito, ese hombre se llama Philippe con "ph" porque así le gusta decirlo a él. Su nombre real, el que viene en su pasaporte, es Felipe. Mi hermana Odalys me lo confirmó el año pasado a través de una amiga suya que trabaja en Inmigración.

—Mamá, por Dios...

—Es un detalle menor, lo sé, pero yo lo apunto para que lo sepas.

—Te agradezco el dato, de verdad —respondo con ironía.

—Mijo, ¿tú sabes si ese hombre todavía trabaja en el Hotel Nacional?

—No lo sé, mamá. Y me da igual.

—¿Quieres que te lo diga?

—No, mamá. No quiero saber nada de él.

—Pues yo sí lo sé. Sigue allí. Es jefe de cocina desde el dos mil veintiuno. Y me han dicho que tiene dos restaurantes satélites en el centro de la ciudad.

—Mamá, por favor, basta ya.

—Mijo, te lo digo por tu bien, para que no te pille por sorpresa. La Habana es un pañuelo para la cocina de gama alta. Tarde o temprano te vas a cruzar con él. Es mejor que el encuentro ocurra sabiendo que él ya está al tanto de que tú te has vuelto a casar.

«Ya está. Sigue respirando», me ordeno.