Nuestro mejor error OCHO #2
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OCHO #2

Mi abuela separa las manos y apoya una sobre la mesa, buscando cercanía.

—Marisol —dice con voz suave.

—Dime.

—Me has hablado como una abogada.

—Es la única voz con la que puedo decirte esto sin romperme en pedazos, abuela. Si me hablas como nieta, me marcho ahora mismo. Si me hablas como jueza, me quedo. Tú eliges.

Ella tarda ocho segundos en responder. Mira la harina de sus dedos, el arroz con leche, al loro y finalmente a mí.

—Elijo hablarte como nieta.

—Te escucho.

—Me he equivocado en tres puntos —admite—. Primero, en no consultarte. Segundo, en no advertirte el viernes por la noche tras la firma. Y tercero, en pensar que llegarías al lunes con la misma frialdad con la que entras al despacho. Esos errores son míos y los asumo.

—Gracias por reconocerlo.

—Pero hay una cosa que no voy a retirar, Marisol. Y te la digo a la cara porque no quiero ocultarte nada más: sigo convencida de que ese hombre es el adecuado para ti.

No respondo. Tomo una cucharada de arroz con leche.

La canela aún conserva el calor y el punto de limón es exactamente el que recordaba de mi infancia.

Es un sabor que está grabado en mi ADN. Trago en silencio y tomo una segunda cucharada casi por instinto.

No le doy la razón, pero tampoco tengo fuerzas para seguir rebatiendo.

Verdoso aprovecha el hueco sonoro para recuperar su frase estrella.

—¡Artículo ochenta y siete!

—Bicho asqueroso... —murmura mi abuela.

—¡Artículo ochenta y siete!

—¡Cállate ya, bicho, te lo ruego! —exclama ella, y de pronto suelta una risa corta y limpia.

Me quedo con la cuchara en el aire. Contra todo pronóstico, una risa involuntaria escapa de mi garganta también. Es la tercera vez que me pasa en poco tiempo y empiezo a perder mi rigor profesional, pero esta risa sirve para disolver la acidez del enfrentamiento.

—Abuela —digo, recuperando la compostura.

—Dime, niña.

—Tres condiciones. Una: estoy furiosa contigo.

—Registrado en acta.

—Dos: no voy a hablarte durante los próximos siete días.

—Niña, eso son siete domingos de castigo.

—He dicho siete días.

—Mijita, hoy es domingo. Siete días te traen directamente al próximo domingo. Es lo mismo.

—Tres: te voy a seguir trayendo el congrí los domingos, aunque no te dirija la palabra.

Mi abuela sonríe con ternura.

—Esa tercera cláusula es la que demuestra que ya me has perdonado, aunque te empeñes en estar enfadada.

No digo nada más. Como tres cucharadas seguidas mientras ella bebe un poco de agua.

Verdoso empieza a silbar un bolero de los sesenta que nunca llega a terminar.

El salón recupera una calma extraña, un silencio de domingo en familia que, a pesar de todo, se siente más real que en los últimos seis años.

Sin embargo, la marca de mis cuarenta segundos de resistencia absoluta queda flotando entre las dos.

No la mencionaremos, pero estará ahí los próximos seis domingos.

—Abuela, una última pregunta.

—Dime.

—¿Alguna vez le puse yo a Leandro cara de querer firmar un acta de matrimonio?

Mi abuela se recuesta en su silla. Me observa con la lentitud de quien ha visto pasar la vida desde un estrado. Coge la cuchara del arroz con leche que ella no ha probado y la coloca horizontalmente sobre el mantel, con el mango apuntando hacia mí.

—Mija, a veces el error es la única herramienta que tiene el destino para corregir tus planes.

Me quedo mirando la cuchara sobre el mantel, la canela espolvoreada, sus manos curtidas y la mancha de aceite en su delantal. Verdoso guarda un silencio absoluto. Él sabe cuándo sobran las palabras. Y yo, por fin, empiezo a aprenderlo también.

Salgo del apartamento a las tres y doce.

Llevo el recipiente vacío, el plato de postre limpio y los ojos ligeramente hinchados por un llanto breve que he mantenido en privado.

Me llevo también una discusión pendiente y una frase de mi abuela grabada en la zona del cerebro que antes reservaba para archivos inactivos.

Bajo los escalones. En el tercer descanso, me cruzo con la vecina del jueves, la que me miró como si yo fuera la portada del periódico local. La saludo con una inclinación de cabeza tan profesional y distante que me ha llevado once años de carrera perfeccionar.

Al salir a la calle, el norte sigue soplando con fuerza. El viento me pega el pelo a la sien izquierda mientras camino los doscientos metros previos a tomar un taxi. Uso ese trayecto para tomar dos decisiones ejecutivas.

La primera: esta noche llamo a Lisette.

La segunda: mañana lunes, a las dos y diez, le devolveré a Leandro la llave de su apartamento de Línea en persona.

Lo haré en la acera del bufete. Ya no la necesito; Doña Niurka ya sabe quién soy.

El siguiente capítulo de esta historia no lo redactará mi abuela ni su madre; lo redactaremos nosotros dos en una mesa distinta, sin testigos, y con una botella de vino elegida por ambos.

«Marisol Prieto Ferrer, esto no es una rendición. Esto es pasar al segundo escrito».

Subo al taxi. Antes de cerrar los ojos esta noche, repasaré el pacto de los noventa días. Y voy a tachar, con tinta roja, dos de sus cláusulas.