OCHO
Me lo llevo conmigo de todos modos. En el Vedado, presentarse un domingo en casa de una abuela sin algo cocinado de puño propio no es un descuido, es una declaración formal de guerra.
«Marisol Prieto Ferrer, hoy no es día de negociación. Hoy es día de aclaración».
Subo los cuatro pisos a pie. El ascensor, fiel a su historia de abandono, sigue averiado desde noviembre.
Al menos, el ascenso se hace más tolerable que el viernes pasado; hoy sopla un frente frío del norte que no se siente a ras de suelo, pero que alivia los descansillos del edificio.
Aun así, llego a la puerta del cuarto piso sin aliento.
No es el esfuerzo físico de los escalones lo que me agota; es el pesaje mental de lo que estoy a punto de hacer.
Toco el timbre.
—¡Artículo ochenta y siete! —grita una voz chillona desde el interior.
—Verdoso, cállate de una vez, por tu madre loro —responde una voz humana, cansada pero firme.
Abre Doña Enriqueta Ferrer. Lleva las gafas mal ajustadas sobre el puente de la nariz y el delantal de cocina puesto, con las manos ligeramente empolvadas de harina blanca.
Me mira de arriba abajo. Primero a mí, luego al recipiente de comida y finalmente se detiene en mis ojos.
Me conoce. Lleva treinta y dos años estudiando mis gestos.
Sabe, solo por el ángulo rígido de mis hombros, que hoy no es un domingo de cortesías y anécdotas.
—Niña, pasa —dice, haciéndose a un lado.
—Gracias, abuela.
Entro en el salón. Dejo el recipiente sobre la mesa con una firmeza que bordea la falta de respeto, algo que mi madre jamás me habría permitido.
La mesa redonda ya está dispuesta para dos personas, vestida con el mantel de hilo bordado a mano que solo sale los domingos.
Verdoso, desde su jaula, me observa con una dignidad plumífera que hoy, sencillamente, no me conmueve.
—Abuela, siéntate —ordeno.
—Niña, acabo de sacar la ropa vieja del horno. Déjame servirla.
—Abuela, la ropa vieja puede aguantar el calor cuarenta minutos. Yo solo necesito diez. Siéntate, por favor.
Mi abuela me sostiene la mirada durante dos segundos eternos. Asiente con parsimonia y ocupa su silla, cruzando las manos sobre el delantal. Tiene la expresión impasible de una jueza jubilada que se dispone a escuchar la defensa de un caso perdido.
—Abuela —comienzo.
—Niña.
—¿Tú me has casado a propósito?
Ella no pestañea. No hay un solo movimiento en su rostro que delate sorpresa o culpa.
En los cinco segundos de silencio que siguen a mi pregunta, el sonido ambiente del apartamento se vuelve ensordecedor: el tictac rítmico del reloj de pared, el ronroneo asmático del aire acondicionado en la habitación del fondo y el chirrido de un autobús frenando tres pisos abajo en la calle.
Verdoso, por una vez en su vida, guarda silencio.
—Niña —dice ella finalmente.
—Te escucho, abuela.
—Vamos a establecer un orden. Primero te voy a decir exactamente lo que tú quieres oír. Y después, solo después, te voy a decir la verdad.
—Abuela, no empieces con juegos.
—Niña, hazme el favor de permitir que esta vieja maneje a su nieta con la pericia de cincuenta años en un juzgado. Después, si quieres, te enfadas. Pero respeta el protocolo.
—Abuela...
—Marisol.
Me llama por mi nombre de pila. Sin el «niña», sin el «mija». Solo el nombre. Es su forma de ponerle un sello de plomo a la frase que viene a continuación. Me obligo a sentarme.
—Habla, abuela.
—Niña, lo que tú quieres oír es una disculpa conveniente.
Que me equivoqué de expediente, que se me traspapelaron las carpetas por la edad, que las gafas ya no me sirven para leer la letra pequeña.
Quieres creer que, si una nieta firma dos folios seguidos, es posible que su abuela le haya colado un acta matrimonial entre sábanas por puro despiste.
Eso es lo que buscas para sentirte mejor.
—Abuela...
—Pero la verdad, mija, es otra muy distinta.
Me agarro al borde de la mesa con la mano derecha, apretando los nudillos hasta que blanquean. Ella lo nota. Verdoso suelta un silbido de tono medio, una nota que nunca le había oído usar en medio de una crisis familiar. Lo anoto mentalmente como otra anomalía de este día.
—Dime la verdad entonces.
—Marisol, yo firmé esas dos carpetas a propósito. Te puse las dos hojas para firmar, una tras otra, a propósito. Y llamé a Leandro el viernes por la noche a propósito para advertirle que no dijera nada, que me tocaba a mí contártelo. Todo, de principio a fin, fue un acto deliberado.
Empujo la silla hacia atrás, sintiendo el impulso físico de salir de allí.
—Abuela, tú no...
—Siéntate, Marisol —su voz corta el aire como una sentencia—. Siéntate, te he dicho.
Obedezco a regañadientes. Mi abuela suspira profundamente, se quita las gafas y las deposita sobre el mantel. Se frota el puente de la nariz con los dedos manchados de harina, dejando una marca blanca en su piel que no se molesta en limpiar.
—Marisol, ¿tienes idea de cuántas parejas he casado yo en mis cincuenta años de servicio?
—No lo sé, abuela.
—Alrededor de seis mil. Nadie lleva la cuenta exacta, pero a una media de ciento veinte bodas anuales, entre épocas altas y bajas, la cifra no baja de ahí.
—Te escucho.
—Niña, de esas seis mil parejas, las que han durado más de diez años las puedo contar con los dedos de las manos. Quizás sumando los de los pies llegue a veinte, pero no más. Y de esas veinte, las que se miraban como dos personas deben mirarse... solo siete. Siete casos en medio siglo.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Niña, en mi salón han entrado seis mil hombres, y ninguno, absolutamente ninguno, entró con los ojos que traía Leandro Bermúdez cuando vino a pedirme consejo sobre un piano en septiembre.
Yo en septiembre no sabía nada de pianos, pero vi entrar a ese hombre y supe, mija, supe antes que él mismo, que llevaba meses inventando una excusa para cruzar el Malecón y terminar en la casa de una vieja que resulta ser la abuela de la abogada que él vio caminar por la calle Obispo dos veces sin saber ni cómo se llamaba.
El aire se me escapa de los pulmones.
—¿Él me había visto antes?
—Dos veces. En el dos mil veinticinco. Una vez con aquel traje marrón que ya no usas, y otra con el conjunto negro de cuello vuelto.
Siento que se me cierra la garganta. Verdoso emite un silbido corto, casi un comentario al pie.
Mi abuela se levanta sin decir más, va a la cocina y regresa con un plato hondo de arroz con leche.
Está cubierto por una capa generosa de canela, el mismo postre que me preparaba cuando yo tenía siete años y lloraba por las muñecas rotas de la tía Petronila. Lo coloca frente a mí.
—Mija, come.
—Abuela, no intentes comprar mi perdón con arroz con leche. No hoy.
—No es amnistía, Marisol. Es tiempo. Come mientras yo sigo hablando.
Tomo la cuchara, pero la dejo inmóvil en el plato. Mi abuela se sienta de nuevo y me observa con esa mezcla letal de autoridad judicial y ternura familiar que no figura en ningún código de leyes.
—Niña, llevas once años dedicada a casar y divorciar a los demás. Eso te ha convertido en una abogada excelente, pero te ha atrofiado el juicio para lo demás. Te lo he advertido seis veces en seis años y nunca has querido escuchar. Por eso tuve que tomar un atajo.
—Eso se llama chantaje, abuela.
—No, Marisol. Eso se llama una jueza jubilada tomando medidas cautelares.
—Tú no puedes decidir por mí con quién comparto mi vida —mi tono es bajo, pero cargado de una tensión eléctrica—. Tú no puedes —repito, subiendo el volumen lo justo para que ella registre la advertencia—. Tú. No. Puedes.
—Marisol...
—No me interrumpas ahora —sentencio con la voz que reservo para los contrainterrogatorios, esa que no tiembla para no dar satisfacción al testigo que miente.
Es la voz que ella misma me enseñó a usar en esta misma mesa cuando yo tenía diecinueve años—.
Durante veintisiete años has decidido por mí en áreas que no te correspondían y yo lo he aceptado todo por mantener la paz diplomática que tanto te gusta.
Acepté la carrera de Derecho, acepté entrar en el bufete Delgado-Armenteros cuando yo quería el internacional, acepté tu opinión sobre mis relaciones y acepté hasta el apartamento de la calle 23 y el color de sus malditas cortinas.
—Niña...
—Todavía no he terminado, abuela.
Ella baja los hombros un milímetro y guarda silencio. Verdoso está mudo. Hemos discutido pocas veces en la vida adulta, pero siempre bajo este esquema: sin gritos, pero con una carga de profundidad devastadora.
—Lo del acta matrimonial no lo acepto. No lo acepto hoy, ni el próximo domingo, ni nunca.
Porque esto no ha sido una sugerencia; ha sido una falsificación de mi voluntad.
Has puesto mi firma en un expediente público del Registro Civil de La Habana, el número dos mil veintiséis barra cero cuatro uno dos.
Me has vinculado a un marido legítimo que un juez tardará noventa días hábiles en borrar de mi historial. ¡Noventa días hábiles!
—Marisol...
—¡He dicho que no he terminado! —aprieto el mango de la cuchara con tal fuerza que me duelen los dedos.
Ella mira mi mano y luego vuelve a mis ojos, aceptando el turno de palabra—.
Me has expuesto en un registro público con un hombre al que no conocía.
Has puesto mi reputación en manos de los socios del bufete, que ya deben estar comentando en la cafetería si la candidata a socia senior tiene su propio divorcio pendiente.
Has puesto en juego mi carrera por un cocinero que entró aquí a hablarte de un piano.
Decidiste, tú sola, que yo no sabía lo que me convenía.
El silencio que sigue es denso, cargado del aire caliente de enero que se cuela por las persianas. Es un silencio incómodo, de esos que duelen. Verdoso se mueve inquieto en su jaula, bajando la cabeza como si entendiera que la temperatura emocional del salón ha caído bajo cero.