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SIETE #2

—Este es otro diferente.

—Así es.

—¿Y se puede saber por qué has hecho uno distinto? —pregunta, inquisitiva.

—Porque esta es la casa, mamá —respondo con calma—. Y en la casa se sirve el ajiaco de la casa.

Ella asiente. Es ese movimiento de cabeza típico de las madres cubanas que indica que saben perfectamente que hay una explicación más profunda, pero que deciden, por el momento, no presionar.

Toma la cuchara, prueba el caldo y cierra los ojos apenas un instante.

Al abrirlos, vuelve a asentir. No dice nada más y continúa comiendo.

Entonces, desvío la mirada hacia Marisol.

Ella no me devuelve la atención. Está concentrada en el plato, estudiando el color del caldo con la misma rigurosidad técnica con la que imagino que analiza un expediente judicial.

Coge la cuchara, la sostiene suspendida en el aire un segundo eterno y luego la hunde.

Se lleva una porción limpia a la boca y cierra los ojos.

Pasan tres segundos sin que los abra.

En una cena de sábado en Cuba, tres segundos de silencio son una eternidad diplomática. Mi madre aprovecha ese hiato para beber un sorbo de agua. Yo me limito a observar a Marisol intentando que no se note. Yosvani, desde la barra, finge que seca una copa que ya está impecable.

Finalmente, Marisol abre los ojos.

—Leandro.

—Dime.

—Has cambiado el ajiaco.

—Lo he cambiado, sí —admito.

—¿Por qué?

—Porque el del jueves no habría funcionado esta noche.

—Señor Bermúdez... —dice ella, suavizando el tono.

—Marisol.

—Está realmente bueno.

—Te lo agradezco.

—Pero... —añade, haciendo una pausa deliberada. Toma aire. Mi madre se queda con la cuchara a medio camino, expectante. Marisol mira a doña Niurka y luego me clava la vista a mí—. Pero le falta cilantro al final.

Mi madre estalla en una carcajada. Es una risa alta, cristalina, la de alguien que acaba de ser testigo de un atrevimiento profesional inaudito. Tiene que apoyar la mano derecha en la mesa para no derramar el contenido de su cuchara inclinada.

El efecto en el salón es inmediato. En la mesa tres, la señora del vestido lila baja su copa un milímetro sin haber llegado a beber.

Su marido interrumpe su propio trago a mitad de camino.

Incluso el murmullo de la mesa siete desciende varios decibelios.

Nadie se gira del todo, porque los cubanos con educación de paladar mantienen el decoro, pero se quedan a medio eje, con el oído puesto en nuestra conversación.

—Hija —exclama mi madre entre risas.

—Dígame, Niurka.

—Repítale eso mismo otra vez, se lo ruego.

—Niurka, he dicho que le falta cilantro al final —reitera Marisol con total seguridad.

—Leandrito, oye eso —dice mi madre volviéndose hacia mí—. Llevas cuatro días casado y ya te están haciendo la crítica de cocina. Te ha salido una mujer de Camagüey por la vía contraria. Mi más sincera enhorabuena.

—Mamá, por favor.

—Dime, mijo.

—Yo sigo manteniendo que al ajiaco de esta casa no le va el cilantro. No encaja con el perfil —sentencio.

Marisol arquea la ceja izquierda con elegancia. Deja la cuchara en el plato y se reclina levemente en su silla.

—Señor Bermúdez, me gustaría recordarle que esto es una cena de sábado, no un tribunal de justicia.

—Señorita Prieto —respondo con firmeza—, en mi cocina, todo es un tribunal.

—Leandro...

—Marisol.

—Yo sostengo, en mi legítima calidad de comensal, que este ajiaco pide a gritos cilantro picado grueso, nunca fino, añadido justo al salir del fuego. Y, además, un chorrito de limón.

—¿Limón? —pregunto, incrédulo—. ¿Limón al ajiaco?

—Solo unas gotas. Es fundamental para cortar la grasa.

—Eso no es cubano, Marisol.

—Eso es el ajiaco de mi madre —responde ella.

La frase cae con una gravedad que no supe prever.

Lo dice como quien aporta un dato objetivo en un proceso judicial, sin énfasis innecesario, pero el peso emocional es inmenso.

Mi madre deja la cuchara. Yo hago lo mismo.

A lo lejos, tras la barra, veo a Reinaldo hacer ese gesto suyo de los momentos críticos: abrir los ojos de par en par y no parpadear durante dos segundos.

En la mesa tres, la mujer del vestido lila le pone una mano en el antebrazo a su marido, pidiéndole silencio. El paladar ha quedado en suspenso.

—Niña —interviene mi madre.

—¿Sí, Niurka?

—¿Me está diciendo que su madre preparaba el ajiaco con cilantro y limón?

—Exactamente. Con cilantro, limón y sin rastro de comino, Niurka.

—Hija, eso que me cuenta es una receta santiaguera de pura cepa.

—Mi madre era de Santiago, Niurka. De ahí viene todo.

—Pues ahora lo entiendo todo —dice mi madre con un suspiro—. Ahora comprendo por qué puso usted esa cara tan rara el jueves.

«Cállate ya, mamá», ruego internamente. Pero ella es infalible captando mis pensamientos.

—Hija —continúa mi madre.

—Dígame.

—Yo mantengo que el ajiaco debe comerse como la habanera Enriqueta Ferrer dice que se lo sirven a su nieta.

O como yo misma lo cocinaría si la tuviese a usted en mi cocina de Camagüey.

Yo soy camagüeyana. Usted es santiaguera por herencia materna.

Y Leandrito es de Santa Clara con mi mezcla de Camagüey.

Lo que tenemos en esta mesa son cuatro cocinas cubanas distintas. Y hay que respetarlas todas.

—Niurka...

—Dime, hija.

—Esta noche voy a comerme el ajiaco de Leandro. Sin limón y sin cilantro —concluye Marisol con una sonrisa diplomática.

—Me parece bien, hija.

—Pero el próximo —añade Marisol, mirándome fijamente—, me lo va a cocinar con cilantro y con limón. Porque ese, y no otro, es el mío.

Mi madre vuelve a reír. Yosvani se da la vuelta para ocultar su propia risa y Reinaldo desaparece discretamente hacia el interior de la cocina.

Yo me quedo allí, en la cabecera, sosteniendo la mirada de Marisol con la cuchara suspendida en el aire como si fuera un cetro inútil.

En la mesa contigua, la señora del vestido lila asiente con aprobación silenciosa, como si acabara de entender una gran verdad universal.

Luego, retoma la conversación con su marido en un tono algo forzado, tratando de restaurar la normalidad.

No encuentro palabras para replicar. Simplemente deposito la cuchara en el plato y me quedo observándola durante un par de segundos.

—Marisol.

—Dime, Leandro.

—El próximo ajiaco será con cilantro y con limón. Lo prometo.

—Gracias —responde ella.

Mi madre, satisfecha con el desenlace, levanta su copa de agua con gas.

—Por las cuatro cocinas.

—Por las cuatro cocinas —repetimos al unísono.

Brindamos los tres. Marisol apenas se moja los labios. Yo apuro medio vaso de un tirón y mi madre da un sorbo largo y pausado. Después, se recuesta en la silla, apoya la mano sobre el mantel blanco y dicta sentencia con esa autoridad que solo poseen las madres cubanas al cerrar un debate.

—Muchachos, ya está bien de sopa. Pasemos a la carne asada, que a mí me ha entrado hambre de verdad.

—Mamá, todavía queda ajiaco en la sopera.

—Mijo, la sopa que sobra se va al congelador. La carne, cuando se enfría, es una cosa muy triste.

—Como usted mande, mamá.

Me levanto y recojo los servicios con rapidez. Cruzo hacia la cocina cargando los platos. Al otro lado del mármol, encuentro a Reinaldo cortando la carne asada en tajadas perfectas, empleando una concentración que no le veía desde hace años.

—Jefe —susurra sin levantar la vista.

—Dime, Reinaldo.

—La niña...

—La niña, ¿qué?

—Le ha corregido a usted el ajiaco delante de su propia madre, jefe.

—Lo ha hecho, sí.

—Jefe, yo llevo años en este negocio y le aseguro que esto no lo había visto nunca en esta casa.

—Yo tampoco, Reinaldo. Créeme.

—Le voy a decir una cosa, aunque no me la haya preguntado —añade él, dejando el cuchillo un momento.

—Dila de una vez.

—Esa mujer le queda a usted grande en la cocina, pero me parece que le queda justa en todo lo demás.

—Reinaldo, haz el favor de callarte —le corto, aunque sin acritud.

—Me callo, jefe. Me callo.

El resto de la velada transcurre con esa calma sedante que sigue a las grandes revelaciones.

Es como si los tres hubiéramos decidido, de forma tácita, que el ajiaco había sido el plato fuerte emocional y que lo que venía después era simplemente el postre.

Mi madre se dedicó a relatar anécdotas de Camagüey.

Marisol rió en varias ocasiones; una de ellas con una sinceridad que me sorprendió, y las otras dos con esa elegancia profesional que maneja tan bien.

Yo me encargué de los tiempos: serví la carne, retiré los platos, traje el flan y, finalmente, el café cubano, fuerte y aromático.

A las once menos diez, mi madre se puso en pie.

Me dio un beso en la frente, envolvió a Marisol en un abrazo afectuoso y se despidió con la dignidad de una reina.

Yosvani la acompañó hasta la acera, donde el primo de Reinaldo ya esperaba con su Lada blanco impecable.

Doña Niurka Castillo Valdés cruzó la calle 17 caminando como quien acaba de oficiar una ceremonia de investidura sin previo aviso.

Marisol y yo nos quedamos solos en la acera, guardando una distancia de un par de metros. La noche estaba tranquila y el aire traía una frescura agradable. La pequeña lámpara ámbar sobre la puerta del paladar proyectaba una luz cálida sobre nosotros.

—Leandro —dijo ella, rompiendo el silencio.

—Dime, Marisol.

—Me debes una.

Bajé la cabeza un instante, asimilando sus palabras.

Cuando volví a mirarla, me encontré con sus ojos marrones fijos en los míos.

El mechón de pelo seguía allí, suelto, dándole un aire vulnerable que contrastaba con su seguridad anterior.

En su mirada había una pregunta que yo aún no sabía cómo formular.

—Sé perfectamente lo que te debo, Prieto —respondí.

Ella asintió una sola vez, con sobriedad.

No hubo sonrisa ni comentario adicional.

Se subió al taxi que acababa de doblar la esquina de la calle 8 y cerró la puerta ella misma.

Mientras el vehículo se alejaba, me quedé un minuto entero allí plantado, respirando el aire de la noche antes de decidirme a entrar.

Desde el umbral, Reinaldo me observaba en silencio. No dijo nada, pero no hacía falta.