Nuestro mejor error SEIS #2
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SEIS #2

—Sí, mijo. Pero a ratos te conviene menos.

«Sigue cortando».

El pensamiento que aparece en mi cabeza no es mío. Es suyo. Me sorprende a mí misma oírlo dentro de mi propia voz interior. Lo archivo junto con el apoyo de la mano de hace media hora. Cajón mental de cosas que no voy a discutir hoy conmigo misma.

Leandro recoge los platos hondos. Lleva los tres a la cocina. Vuelve con una fuente de pollo asado al horno con papas y zanahorias, humeando, con una corteza dorada que hasta mi abuela aprobaría. Sirve tres raciones. Reparte.

—Leandrito.

—Mamá.

—Este pollo está mejor que el que hacía tu padre.

—Mamá.

—No te pongas rojo. Es verdad.

—Mamá, estaba Marisol delante.

—Por eso lo digo. Para que lo sepa.

Leandro mira la mesa. Coge un cubierto. Empieza a comer sin contestar. Doña Niurka me guiña el ojo izquierdo.

—Este hombre que tienes al lado cocina mejor que su padre, que cocinaba bien. Que te quede claro.

—Me queda claro, Niurka.

—En Camagüey eso vale más que un piso.

—En La Habana también, Niurka.

—Entonces vamos a entendernos.

Leandro se atraganta medio segundo con una papa. Bebe agua. Sigue comiendo. Yo llevo el pollo a la boca con la misma disciplina con la que afronto los interrogatorios cruzados. Está bueno. Muy bueno. Quizás demasiado bueno para el primer jueves del resto de mi vida.

—Una pregunta delicada.

—Adelante.

—¿Nietos?

Me atraganto yo con una zanahoria. Leandro, con velocidad profesional, me acerca el vaso de agua sin mirar. Bebo tres sorbos cortos. Recupero la respiración. Miro a Doña Niurka a los ojos. Ella me mira con la dulzura con la que los camagüeyanos formulan las preguntas inadmisibles.

—Niurka, llevamos cuatro días de conocimiento operativo.

—Hija, en Camagüey eso no es obstáculo.

—En La Habana, sí.

—Hija, la Habana está llena de niños que sus madres decidieron tener al tercer día. Pregúntales.

—La respuesta es que hablaremos del tema cuando toque.

—Muy bien, hija. Es una respuesta elegante.

Pausa. Leandro corta pollo con una concentración excesiva. Yo me concentro en la papa del borde derecho del plato, que es la menos comprometedora. Doña Niurka bebe agua. Mira el jarrón de girasoles. Vuelve.

—Hija, una segunda pregunta.

—Niurka.

—¿Al menos me das una fecha orientativa para los nietos?

Leandro suelta el tenedor sobre el plato con un ruido breve que en circunstancias normales sería descortés.

En estas no lo es. Yo dejo el mío también.

Respiro. La miro. Doña Niurka me devuelve la mirada con una dulzura profesional impecable.

Llevamos una hora conociéndonos y ya estamos negociando calendarios.

—No.

—Hija, dame un año.

—No.

—Una estación.

—No.

—Un trimestre.

—Niurka, no.

—Hija, solo por si viene.

—Niurka, si viene, vendrá. Y si no, no. Le propongo no hablar de nietos hasta el próximo ajiaco.

Se calla tres segundos. Luego asiente. Luego come dos zanahorias seguidas. Leandro levanta la vista. Me mira con una mezcla de alivio y admiración profesional que yo detecto porque llevo cinco años entrenando el radar de admiración profesional en los pasillos del juzgado.

—Marisol acaba de ganarse el postre.

—Mijo, yo no he dicho lo contrario.

—Pues pongamos el postre antes de que le ganes otra cosa.

Leandro se levanta. Recoge los platos. Desaparece hacia la cocina. Se oyen cacerolas. Doña Niurka se inclina hacia mí, por encima de la mesa, con un gesto confidencial que a los cubanos mayores les gusta hacer justo cuando el hijo no está en la sala.

—Una cosa que no le voy a decir a él.

—Niurka, todo lo que usted no le diga a él, yo se lo digo después.

—Hija, esto no. Esto es de mujer a mujer.

—Niurka.

—He traído de Camagüey tres vestidos que fueron de mi suegra, de mi hermana y míos. Todos son blancos. Uno es de iglesia. Otro es de bautizo. Otro es de boda civil.

Me atraganto otra vez. Esta vez sin zanahoria. Solo con el aire.

—Niurka.

—Hija, no digo para cuándo. Digo que están. Por si acaso.

—Niurka, yo ya estoy casada con su hijo.

—Hija, eso es lo legal. Yo hablo de lo otro.

—¿Lo otro?

—La boda con fotos, hija. Los legales no hacen álbum. Los álbum necesitan ceremonia.

—Niurka.

—Hija, pruébatelos antes de irte esta noche. Uno solo. El que tú elijas.

—Niurka, esta noche no.

—El sábado, hija. Si no esta noche, el sábado por la mañana. A las diez.

Leandro vuelve con tres platos de flan de calabaza.

Deja uno delante de su madre. Uno delante de mí.

El suyo a la cabecera. Doña Niurka retoma la conversación como si no hubiera pedido ninguna prueba de vestido de novia.

Leandro, que no ha oído la última parte, nos mira alternativamente.

Yo miro mi flan. Mi flan me devuelve la mirada con una neutralidad que agradezco.

«Marisol Prieto Ferrer, el sábado a las diez es una fecha que no estaba prevista en el pacto. Vas a tener que añadir una décima cláusula antes del viernes al mediodía».

—Delicioso el flan, Leandro.

—Gracias, Marisol.

—Niurka, gracias por la invitación.

—Hija, la invitación es diaria. Los tres días que estoy. Y algún día más.

—Niurka, sobre la duración hablaremos mañana.

—Hija, qué habanera hablando de duración.

—Soy habanera, Niurka. Lo compenso con otras cosas.

—Ya veo, hija. Ya veo.

Le veo los ojos a Doña Niurka Castillo Valdés, de Camagüey, sesenta y dos años, dos viudeces, tres vestidos blancos en una maleta y una capacidad diplomática que explica por qué su hijo cocina como cocina.

Me llevo la última cucharada de flan a la boca.

Leandro, en la cabecera, nos observa a las dos con una sonrisa que lleva guardando desde el postre y que esta noche, por primera vez en seis años, aparece en su propia mesa.

Salgo del apartamento a las diez y diecisiete con el ramo de girasoles que traje, esta vez vacío, porque Doña Niurka ha insistido en quedárselo para acompañar al suyo. Leandro me acompaña al rellano, cierra la puerta del 4A a su espalda, baja las escaleras conmigo hasta el segundo.

—El sábado a las diez es mi culpa.

—No, Leandro. El sábado a las diez es su victoria. Y la vamos a sobrevivir.

—Gracias por los días.

—No me lo agradezcas. Me salió.

—Me salió a mí también, y todavía no lo he dicho.

Bajamos el último tramo en silencio. Me acompaña al portal. La calle Línea a las diez y veintidós tiene rumor limpio de jueves. Leandro levanta la mano. Aparece un taxi. Me abre la puerta trasera. Entro.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Cierra la puerta. El taxi arranca. Por la ventanilla veo el edificio art déco desaparecer por la esquina de 8. En el reflejo del cristal, una mujer con moño flojo y vestido azul marino que no recuerdo haber reconocido nunca así.