SEIS
«Marisol Prieto Ferrer, estos girasoles son táctica. Estrictamente táctica».
En el tercero me cruzo con una vecina que saca la basura.
Me mira. Asiente. Me mira más. Entiendo, por la cara que pone al reconocerme sin haberme visto antes, que Vedado Informa ya ha circulado también por este edificio.
Subo con paso uniforme. Los tacones suenan menos de lo habitual porque he elegido los medios.
Los altos, hoy, habrían sido beligerantes.
Abre Leandro.
Lleva una camisa blanca de lino, ligeramente arremangada a media antebrazo, pantalón oscuro, y un paño de cocina doblado sobre el hombro derecho que sugiere que lleva cocinando desde las cinco y cuarto.
Huele a sofrito. La puerta, detrás de él, enmarca el salón en planos superpuestos: la mesa ya puesta para tres, los girasoles de Camagüey en el jarrón pequeño sobre la mesa, y al fondo, de espaldas, una mujer pequeña con vestido estampado inspeccionando un marco colgado de la pared.
—Señorita Prieto.
—Señor Bermúdez.
—Adelante. Llega usted con dos minutos de adelanto.
—Los dejo descontados del final de la cena.
La primera sonrisa del día se le escapa tres milímetros.
Me aparta. Me acepta el ramo sin preguntar, lo pone en la encimera de la cocina abierta que da al salón, y coloca la mano izquierda en mi espalda por debajo del omóplato para acompañarme los cuatro pasos de entrada.
Tres segundos de apoyo. Ninguno de los dos lo reconocemos. Yo lo archivo. Él sigue.
La mujer pequeña del vestido estampado se gira.
—Hija.
Me quedo parada medio segundo. La palabra hija pronunciada así, con entonación camagüeyana completa y los brazos semiabiertos, me coge sin armadura preparada. Las armaduras profesionales no sirven con las madres cubanas que dicen hija. Hay que tener otras armaduras, y yo no las tengo de serie.
—Buenas noches, señora.
—Niurka, hija. Señora me llama la del portal.
—Niurka.
—Acércate, que te vea.
Me acerco. Me pone las dos manos en los hombros.
Me inspecciona con la expresión de una jueza del concurso de novias del pueblo, solo que yo soy la única concursante y ella ya ha decidido que gano.
Su perfume a jazmín, discretamente fuerte, me recuerda al aroma que llevaba mi madre cuando yo tenía cuatro años. Aparto el pensamiento.
—Hija, eres más alta de lo que pensaba.
—Un setenta, Niurka.
—Y más delgada.
—Peso lo que peso, Niurka.
—Hija, en Camagüey decimos que la mujer delgada se come mejor la carne de puerco. Mañana te lo demuestro.
—Con gusto.
Leandro, desde la cocina, carraspea. Su madre ignora el carraspeo.
Me suelta los hombros. Me señala la silla central de la mesa, la que queda a la izquierda de la cabecera.
La cabecera la tiene reservada ella. Me siento.
Observo la mesa mientras Doña Niurka se sienta enfrente y mueve el jarrón de girasoles dos centímetros a la izquierda porque la luz de la lámpara les da mejor.
En ese mismo gesto, el antebrazo derecho de Doña Niurka choca con la copa de agua que había servido Leandro hace tres minutos en el sitio de Marisol.
La copa cae hacia mí con la lentitud específica de los objetos cubanos en vuelo doméstico.
Consigo retirarme un centímetro. El vaso aterriza sobre el mantel con un golpe sordo, el agua se derrama en una tira larga en dirección a mi vestido, y la base del jarrón de girasoles queda empapada de aquel charco que Doña Niurka acaba de provocar y de gestionar al mismo tiempo.
—Esto no ha sido culpa mía.
—Niurka, lo ha hecho usted.
—Sí, hija. Pero no ha sido culpa mía. Es distinto.
Leandro aparece con un paño de cocina en la mano y una serenidad profesional que delata seis años de servicio a público camagüeyano.
Limpia el mantel en tres pasadas. Retira el jarrón.
Seca la base. Lo devuelve. Doña Niurka lo observa sin moverse, como una jueza que asiste a una intervención pericial sobre un expediente que ya ha fallado.
—Bien resuelto.
—Gracias, mamá.
—Pero el mantel va a quedar marcado.
—El mantel es lavable, mamá.
—Todos los manteles son lavables. No todos quedan iguales después.
—Por favor.
Doña Niurka asiente con la dignidad diplomática de la mujer cubana que acaba de ser reconvenida por su hijo en presencia de la esposa nueva.
Se alisa el vestido. Se recompone. Mira al jarrón.
Lo desplaza los mismos dos centímetros que acababa de desplazar hace un minuto, ahora hacia la derecha, para que la luz de la lámpara le dé mejor por el otro lado.
Yo, con el vestido azul marino seco por un centímetro de margen, respiro.
«Marisol Prieto Ferrer, nota mental: la señora tiene codos y no los conoce».
Mantelería blanca. Platos hondos de una vajilla antigua cubana que probablemente perteneció a la abuela paterna de Leandro.
Copas de agua y copas de vino, tres de cada, sin lujo.
Cubiertos alineados con cuidado profesional.
Una pequeña cestita con rebanadas de pan cubano cortadas no hace cinco minutos.
—Yo sé que los dos llevan pocos días juntos.
Aparece Leandro con una bandeja de sopa de ajiaco en la mano derecha y una jarra de agua fresca en la izquierda.
El ajiaco.
No ha corregido el ajiaco. Y sabe, desde anteayer, que yo tengo con ese plato un antecedente que no le he contado. Le sostengo la mirada cuatro segundos enteros. Él me sostiene cuatro también, sin parpadear, y coloca la bandeja delante de su madre con un movimiento que dice confía, que yo sé.
No confío del todo.
Pero me planto.
—Niurka, los días se cuentan o por calendario o por intensidad. Por calendario llevamos pocos. Por intensidad, los suficientes.
Leandro se ríe medio segundo, bajito, mientras sirve la sopa a su madre. Doña Niurka me mira con un respeto nuevo. El respeto de una camagüeyana a una habanera que le ha devuelto una frase con la misma forma de la suya.
—Esa respuesta es de las buenas. Apúntala, Leandrito, antes de que se te olvide.
—Mamá, no me voy a olvidar.
—Apúntala igual.
Leandro me sirve a mí. Me mira un segundo más de lo profesional. Sirve a su madre. Se sienta en la cabecera. Coge la cuchara.
—Buen provecho.
—Buen provecho.
Tomo la primera cucharada. Y el cuerpo me llega antes que la cabeza.
Un hormigueo en la nuca que no había sentido en veintitrés años.
Un cierre pequeño en la base de la garganta.
Una gota que no sé si es de sudor o de otra cosa, en el arco de la ceja izquierda.
Mi cuerpo, antes de que mi boca procese el sabor, ya ha decidido que este ajiaco es una información emocional que no iba a recibir esta noche, y me lo ha notificado por los canales de siempre, que son los canales que llevo veintitrés años logrando silenciar.
«Marisol Prieto Ferrer, esto no es ajiaco. Esto es otra cosa».
No es ajiaco. O sí lo es, técnicamente, porque tiene el maíz y el boniato y la malanga y la carne y el laurel, pero no lleva el punto concreto que mi madre le daba, aquel punto que no he podido volver a probar en veintitrés años sin que me subiera una bola al estómago.
Este ajiaco tiene cilantro al final, no lleva comino, y el caldo está más claro.
Es un ajiaco de otra cocinera. De otra escuela. De otro recuerdo. No es mi ajiaco.
Y precisamente por no serlo, hoy me lo puedo tomar.
Bajo la cuchara. Respiro por la nariz. La gota de la ceja se queda donde está porque no puedo levantar la mano a secarla sin que se vea.
Doña Niurka, desde la cabecera de enfrente, ha registrado los dos segundos.
Lleva sesenta y dos años registrando los dos segundos de otras mujeres en mesas de comedor ajenas. Bebe agua. No comenta.
Leandro también lo ha registrado. Él tiene media cuchara en el aire.
Ninguno de los dos dice nada durante cuatro segundos más.
Respiro.
—Está bueno, señor Bermúdez.
—Gracias, señorita Prieto.
Doña Niurka nos mira alternativamente. Nos pesa la conversación profesional que mantenemos frente a ella con los apellidos. Abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.
—Tú no vas a llamar señor Bermúdez a tu marido en la mesa de tu suegra.
—Niurka.
—Hija, dilo. Dile Leandro. Por una vez, al menos esta noche.
Miro a Leandro. Leandro me mira. Los dos sabemos, en los dos segundos siguientes, que de los noventa días pactados el lunes por la noche, noventa y uno va a ser distinto.
—Leandro, la sopa está buena.
—Gracias, Marisol.
Su nombre en mi boca, el mío en la suya, suenan distintos a los que llevamos cuatro días usándonos por apellido. Doña Niurka asiente. Vuelve a su sopa. Bebe dos cucharadas largas. Deja la cuchara.
—Háblame de tu familia.
El primer bache. Mi familia es una cosa sobre la que hablo poco.
—Niurka, vivo con mi abuela materna. Mi madre murió joven. Mi padre emigró cuando yo era pequeña.
—Hija, lo siento.
—Hace tiempo, Niurka.
—El tiempo no lo arregla todo.
—El tiempo, en mi familia, lo arregla lo justo.
Me sale, sin calcularlo, una frase que no había pronunciado en voz alta nunca. Leandro la registra. Doña Niurka también. Ninguno de los tres la comenta. Ella cambia de marcha con la elegancia de una mujer que ha enviudado dos veces.
—Hija, ¿eres abogada porque tu abuela fue jueza?
—Posiblemente.
—¿O porque te enamoraste de los códigos?
—Los códigos no me han enamorado. Solo me han organizado.
Doña Niurka da dos cucharadas más. Mira a Leandro.
Leandro le sirve una segunda ración sin preguntar.
Mi plato sigue a la mitad. Lo acabo con aplicación profesional, cucharada tras cucharada, respirando cada tres.
La bola del estómago se queda donde está, pequeña, controlable.
La gota de la ceja izquierda ya se ha evaporado sola.
—Leandro.
—Dime, mamá.
—¿Tú sabías que la niña es huérfana de madre?
Silencio de un segundo.
—Lo sé desde esta noche, mamá.
—¿Y eso no lo hablan ustedes?
—Marisol y yo hablamos lo que le toca a cada día, mamá.
—Leandrito, esa respuesta es muy cubana.
—Soy muy cubano, mamá.