CINCO #2
Cargo la maleta grande en el maletero del Lada.
La segunda, detrás. La tercera, de mano, se sienta en el asiento de atrás junto a mi madre, que ha subido antes que yo con la agilidad de quien ya ha hecho esta maniobra cincuenta y tres veces en su vida.
El taxista, el primo político de Reinaldo, nos mira por el retrovisor sin decir nada.
Lleva trabajando con la familia el tiempo suficiente como para saber que los comentarios se cobran, y que él, por ahora, no los cobra.
—A Línea, por favor. Casa.
—Enseguida, jefe.
Arranca. Salimos de la terminal. Mi madre abre el bolso grande.
Saca un caramelo de naranja. Me lo ofrece.
Yo lo rechazo. Ella se lo come. El Lada toma la avenida Rancho Boyeros.
La Habana, a las nueve y veinte de la mañana de un jueves de enero, tiene ese tráfico denso e irregular que los cubanos llamamos el pulso, porque no se parece a ningún tráfico del mundo y no se puede describir sin exagerar.
—Antes de llegar a casa tengo dos preguntas.
—Adelante.
—Primera. ¿Cuándo te casaste exactamente?
—Mamá, el dieciséis por acta, el diecinueve por conocimiento mutuo.
—¿Eso qué significa?
—Nada. Es una cosa nuestra. Entre ella y yo.
—¿Y yo puedo saberlo más adelante?
—Más adelante.
—¿Segunda?
—La escucho.
Mi madre me mira. Me mira mucho. Me sostiene la mirada con la lentitud con la que mi madre sostiene las miradas importantes. Luego suelta la pregunta.
—¿Tú estás enamorado de ella?
Giro medio centímetro la cara hacia la ventanilla. Por Rancho Boyeros pasan un anuncio amarillento de un hotel del año noventa y cuatro, un grupo de escolares cruzando en un paso de cebra sin marcar, y un almendrón verde que adelanta al Lada por la derecha sin señalizar.
—Mamá, la conozco hace ocho días.
—No es respuesta.
—Hay algo.
—Con hay algo a mí ya me sirve.
Se acomoda. Mira por su ventanilla. Vuelve a abrir el bolso, saca otro caramelo de naranja, se lo come. No dice nada más hasta que el Lada entra en calle Línea.
El apartamento de Línea lo tengo desde que me divorcié, hace seis años, y lo he pagado entero en cinco.
Cuarta planta de un edificio art déco de los años treinta.
Dos dormitorios. Un salón que da a un balcón pequeño con barandilla de hierro forjado.
Una cocina. Un baño con azulejos originales.
Piso de mosaico hidráulico con dibujo romboidal.
Lo ordené a fondo anoche hasta las dos y media de la mañana.
Lavé las sábanas de la cama de invitados, limpié el cuarto de baño con bicarbonato, barrí el balcón, planché dos manteles.
Mi madre cruza el umbral, suelta el bolso grande sobre la mesa del salón, cuenta dos segundos, y empieza.
—Mijo, has limpiado.
—Limpio, mamá. Llevo años limpiando.
—Tú limpias habitualmente. Anoche has limpiado a fondo. Se nota la diferencia.
—Mamá.
—Muy bien, mijo. A tu esposa le va a gustar.
Da tres pasos por el salón. Se para en el centro.
Gira sobre sí misma con la lentitud de una mujer que lleva cuarenta y ocho años evaluando casas ajenas con el criterio de la suya.
Mira al techo. Mira a la lámpara. Mira al sofá.
Mira al aparador. El aparador tiene encima un jarrón pequeño cubano de vidrio verde, herencia de mi abuela paterna, con una rama de romero seca que puse en noviembre porque me gusta el olor.
—Mijo, el sofá está mal colocado.
—Mamá.
—Está mirando hacia la puerta de la cocina. Debería mirar al balcón.
—Mamá, lleva seis años mirando a la cocina. A mí me gusta así.
—A tu esposa no le va a gustar así.
—Mamá, tú no sabes qué le gusta a mi esposa.
—Mijo, una mujer que entra en casa del marido por primera vez quiere ver el balcón desde el sofá. No la puerta de la cocina. Es una regla antropológica.
Se agacha. Coge una de las esquinas del sofá. Lo arrastra quince centímetros. El sofá es de tres plazas y pesa lo que pesa un sofá cubano de tres plazas. Ella lo arrastra como si fuera una silla de cocina. Yo me acerco rápido.
—Mamá, espera.
—Mijo, ya lo hago yo.
—Mamá, déjame.
—Mijo, yo tengo sesenta y dos años, no ochenta. Apártate.
Me aparto. Entre los dos, pero sobre todo ella, movemos el sofá noventa grados hasta que el respaldo queda paralelo a la pared del aparador.
Ahora el salón tiene una perspectiva completamente distinta.
Ahora sí se ve el balcón desde el sofá. Reconozco sin decirlo, en tres segundos de observación silenciosa, que mi madre tiene razón.
Lo que llevo sin reconocer es si se lo voy a decir.
—Queda mejor.
—Lo sabía.
—No muevas nada más hasta que yo no te diga.
—Yo la cocina no la toco. La cocina de un cocinero es terreno sagrado. Pero el salón se mejora.
—Mamá, el salón también se respeta.
—El salón se respeta cuando uno tiene esposa. Hasta entonces se mejora.
Suspiro. Mi madre abre la maleta grande, saca el ramo de girasoles de casa, lo libera del papel de periódico mojado, busca un jarrón en el aparador, encuentra el pequeño de vidrio verde, se lo queda mirando tres segundos, suspira corto, y mete los girasoles.
—Mijo, el jarrón es pequeño.
—Es el jarrón de mi abuela.
—Yo lo sé. La tía Mercedes le regaló ese jarrón a tu abuela por el cumpleaños del sesenta y siete. Un jarrón de un solo clavel, no de un ramo de girasoles.
—Mamá.
—Mijo, los girasoles caben, pero les falta aire. El ramo me lo reservo para un jarrón más grande. ¿Tú tienes un jarrón más grande?
—No.
—Entonces compramos uno esta tarde. Que se vea que hay mujer en casa.
—Mamá, va a haber mujer en casa solo a ratos. La otra mitad del tiempo Marisol vive en su apartamento.
Mi madre se para medio segundo. Me mira a los ojos con una precisión distinta, de contadora jubilada, que no es la precisión maternal.
—Mijo, ¿tú y tu esposa no vivís juntos?
Me he equivocado. Me he equivocado de información.
Mi madre me ha abierto un flanco que yo, nervioso, le he servido en bandeja.
La señorita Prieto Ferrer va a matarme mentalmente esta noche, durante la cena, en algún momento entre el plato principal y el postre, cuando yo le cuente esto fuera del protocolo.
«Ya. Remienda rápido».
—Mamá, vivimos juntos. Mitad aquí, mitad allá. Ella tiene despacho en su apartamento y a veces se queda para no madrugar al bufete. Es un acuerdo temporal.
—Mijo, un acuerdo temporal. ¿De quién?
—Nuestro.
—Mijo, los acuerdos temporales entre marido y mujer en el primer año no existen. O viven juntos, o no viven juntos. Medias tintas, no.
—Mamá, lo hablamos cenando.
—Lo hablamos cenando.
Se sienta en el sofá nuevo, ahora con vista al balcón. Cruza las piernas. Mira los girasoles en el jarrón pequeño. No comenta. Deja el comentario en suspenso, como deja mi madre los comentarios importantes, colgados en el aire, para que el interlocutor tenga tiempo de reconocerlos por sí mismo.
—Mijo.
—Dime, mamá.
—A las siete ya tiene que estar aquí tu esposa.
—Mamá, le he dicho a las ocho.
—Pues le dices que a las siete.
—Mamá, Marisol trabaja hasta las siete.
—Que salga antes.
—Mamá.
—Mijo, yo no he bajado de Camagüey con tres maletas para cenar a las ocho. Yo ceno a las siete en casa desde el nacimiento de tu abuelo. Y tu abuelo nació en mil novecientos veintiocho. Es decir, cuarenta y cinco años de tradición familiar.
—Mamá, el abuelo nació en mil novecientos treinta y cuatro.
—Treinta y cuatro. Es decir, cuarenta y un años de tradición.
«Ya. Llama a la señorita Prieto».
Saco el móvil. Salgo al balcón. Mi madre se queda en el salón inventariando el estado de los muebles. Marco el número de Marisol. Me sale tono. Un tono, dos, tres, cuatro. Al cuarto, contesta con una voz profesional que ya reconozco por segunda vez en mi vida.
—Señor Bermúdez.
—Señorita Prieto. Pequeño cambio.
—Señor Bermúdez, la cláusula octava del pacto impide cambios unilaterales.
—No es unilateral. Es mi madre.
—Señor Bermúdez, su madre no tiene firma en el pacto.
—Señorita Prieto, mi madre no necesita firma. Tiene presencia física.
Silencio al otro lado.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—Señor Bermúdez, a las siete no puedo.
—A las siete y media.
—Señor Bermúdez.
—Señorita Prieto, se lo ruego. Mi madre ha viajado con cincuenta y tres kilos de maleta, dos kilos de puerco, treinta huevos, un queso añejo del dos mil diecinueve y dos ramos de girasoles, y usted y yo necesitamos que la cena sea corta, temprana y decente.
—A las siete y media.
—Gracias.
—Si esta es la cláusula novena, le advierto que va a haber décima.
—Me doy por advertido.
—Otra cosa.
—Dígame.
—¿Ha movido su madre algún mueble?
Dudo medio segundo. Solo medio segundo.
—Un sofá.
—¿Algún mueble más?
—El sofá y un comentario sobre un jarrón.
—Pacto roto, señor Bermúdez.
—Señorita Prieto.
—Pacto roto. Cláusula diez. Durante la estancia de su madre, usted me debe información en tiempo real de cada mueble que ella mueva, cada jarrón que critique y cada opinión que exprese sin que yo se la pida. Es un deber de transparencia matrimonial fingida.
—Acordado.
—Hasta esta noche, señor Bermúdez.
—Hasta esta noche, señorita.
Cuelgo. Me quedo en el balcón dos minutos más sin motivo.
Miro a la calle Línea desde el cuarto. Un almendrón de los años cincuenta baja hacia G con la carrocería roja pintada a mano y la música demasiado alta.
Un vecino del segundo sacude una manta sobre su propio balcón.
Dos niñas con uniforme escolar corren hacia la escuela del Vedado porque van tarde.
Vuelvo al salón. Mi madre ha terminado el inventario. Está sentada en el sofá nuevo, con las piernas cruzadas, mirando los girasoles en el jarrón pequeño de mi abuela con una expresión que yo conozco desde los seis años.
—El jarrón es pequeño para los girasoles, pero los girasoles quedan bien igual.
—Mamá.
—Y tu esposa, según los datos que tengo, viene a las siete y media.
—Sí, mamá.
—Está bonita, está. Pero lo importante es si te ríes con ella.
Miro a mi madre tres segundos.
—Todavía no lo sé.
—Esa respuesta, a los ocho días, es mejor respuesta que el sí que me dio tu hermano cuando me presentó a la Mireya aquella, y esa no la aguantamos ni tres años.
Me río corto. La primera risa del día. Mi madre también.
Los girasoles en el jarrón pequeño aguantan.
El jueves veintidós de enero, a las diez menos cuarto de la mañana, en mi salón de la calle Línea, con el sofá girado noventa grados por decisión materna y una caja de treinta huevos sobre la mesa de la cocina, tengo, por primera vez en seis años, compañía que me hace reír en mi propia casa antes del desayuno.
—Una cosa más.
—Dila.
—El sofá queda mejor así, ¿verdad?
La miro tres segundos más.
—Queda mejor así, mamá.
—Lo sabía.
Se levanta. Entra en la cocina. A los diez segundos, desde la cocina, grita con el volumen camagüeyano de quien no considera gritar estar gritando.
—¡Leandrito, en la alacena hay cinco tarros de comino de hace dos años!
—Mamá, déjalos.
—¡Los tiro!
—¡No los tires, mamá!
—¡Mijo, el comino viejo es un insulto a la cocina cubana!
Suspiro. Salgo de nuevo al balcón. Miro la calle Línea. Respiro hondo.
«Ya. Sigue respirando».
En menos de diez horas, Marisol Prieto Ferrer va a subir los cuatro pisos de este edificio, va a entrar por esta puerta con el chal de lino sobre los hombros, y va a descubrir, en orden aproximado: un sofá girado, un queso de seis años, una caja de treinta huevos, un ramo de girasoles en un jarrón pequeño, y una suegra camagüeyana que ya ha tirado el comino de dos años y que piensa hacer un inventario íntegro del matrimonio entre el plato principal y el postre.
Marisol, según mis cálculos, me va a mirar con una expresión que llevo treinta y seis años viendo en las cubanas pero que nunca, hasta hace cuatro días, había visto dirigida a mí. La llevo viendo ahora por tercera vez en cinco días.
Empiezo a reconocerla antes de que aparezca.
Lo cual, en lenguaje camagüeyano, se llama se está armando algo.
Lo archivo. Vuelvo a entrar. Mi madre, desde la cocina, me pide una bolsa para los tarros de comino.
—Mamá, yo lo hago.
—Mijo, tú cocina. Yo tiro.
La cocina de Leandro Bermúdez Castillo, que es la única cosa en el mundo que Leandro Bermúdez Castillo defiende con uñas y dientes, acaba de ser tomada por una mujer de sesenta y dos años con un delantal de flores amarillas y una jerarquía maternal inapelable.
«Ya. Empieza la cena».