CINCO
Mi madre se llama Niurka Castillo Valdés, tiene sesenta y dos años, baja de Camagüey en la guagua de Viazul que sale cada día a las veintitrés y llega a La Habana a las nueve, y lleva cuarenta y ocho años perfeccionando la técnica del bajón con tres maletas y un discurso preparado.
Lo sé porque la he visto bajar exactamente seis veces en los últimos quince años.
Me he posicionado en la acera correcta del aparcamiento de ómnibus cada una de esas seis veces.
He visto la guagua entrar por el lado izquierdo, frenar con ese chirrido que solo tienen los neumáticos cubanos, detenerse a la altura exacta en la que se abren las puertas del andén, y expulsar pasajeros durante catorce minutos.
Mi madre es siempre de las últimas en bajar.
Nunca por casualidad. Siempre porque le gusta comprobar, antes de pisar La Habana, que el resto de pasajeros no se han olvidado nada debajo del asiento.
Hoy es la séptima vez.
«Ya. Sigue esperando».
Las ocho y cincuenta y cinco. La guagua ya ha entrado.
Ya ha frenado. Ya ha abierto puertas. Por el andén salen camagüeyanos con bolsos grandes, una pareja de abuelos con una bolsa de naranjas para parientes habaneros, un muchacho joven con una mochila deportiva y cara de primera vez en la capital, dos mujeres de la edad de mi madre hablando a voces sobre un trayecto que la última vez no se hizo tan largo.
Mi madre no sale.
Las ocho y cincuenta y ocho. El conductor de la guagua baja, da la vuelta al vehículo, abre las puertas del compartimento de equipajes, empieza a sacar maletas.
Sigue sin salir mi madre. Me aproximo a la puerta.
La vigilo por el rabillo del ojo. Sé perfectamente lo que está pasando.
Mi madre está revisando, sistemáticamente, los bajos de los asientos seis, siete y ocho, que son los que ha ocupado ella y los que ha ocupado la señora que venía a su lado, a la que no conocía antes de Camagüey, pero a la que ha adoptado como responsabilidad auxiliar en las últimas diez horas.
Las nueve y tres minutos. Aparece en el escalón.
Doña Niurka Castillo Valdés baja del autobús con la dignidad de una diplomática retirada.
Setenta centímetros menos que yo. Pelo teñido en un tono caoba que mantiene en las mismas peluquerías camagüeyanas desde los treinta años.
Vestido de algodón estampado con flores amarillas sobre fondo verde, probablemente el mismo que llevó al matrimonio de mi primo Yuniesky hace diez años.
Zapatos cerrados con un tacón bajo de viaje.
Un bolso grande de cuero marrón en el antebrazo izquierdo.
Y en la mano derecha, tal como había predicho la señorita Prieto Ferrer en la cláusula quinta del pacto notarial del lunes por la noche, una caja de cartón de huevos.
En el antebrazo derecho, además, un paquete envuelto en dos hojas de periódico Granma del domingo pasado.
Un paquete del tamaño de dos kilos de puerco asado.
No me equivoco. Llevo treinta y seis años reconociendo a distancia el perfil de dos kilos de puerco asado envueltos en Granma del domingo.
El olor, que empieza a abrirse paso desde las hojas hacia el andén, me lo confirma antes que la vista.
—¡Leandrito!
—Mamá.
—Mijo, hay un atasco en la catorce desde Matanzas.
La guagua ha venido rompiendo el horario.
Yo le dije al chofer que la culpa no era suya, que por el amor de Dios a nadie le importa la catorce porque la arreglaron mal en el dos mil diecinueve, pero el chofer ya lo sabía, porque el chofer es de Florida, Camagüey, no el Florida de los yumas sino el Florida cubano, y en Florida, mijo, todos los choferes tienen opiniones sobre la catorce. Aguántame la caja de huevos.
Aguanto la caja. Pesa. Son treinta huevos de corral. Las gallinas de la vecina de mi madre, que se llama Odalys, mismo nombre que la vecina del paladar, aunque no es la misma Odalys, le ponen treinta huevos semanales, y mi madre, sistemáticamente, me trae entre veinte y treinta cada vez que baja.
—Mamá, dame un abrazo antes de los huevos.
—Mijo, los huevos primero. El abrazo después.
—Mamá.
—Leandrito, si se te rompen los huevos, no se come la tortilla de Corinto. ¿Tú quieres la tortilla?
—Sí, mamá.
—Entonces los huevos primero.
Coloco los huevos en equilibrio sobre el capó del taxi que he aparcado en la acera.
El taxi es el del primo político de Reinaldo, un Lada blanco que llevo usando seis años para todas las gestiones familiares porque el hombre cobra la mitad que un Cubacar y el doble de lealtad.
Mi madre me empuja el paquete del puerco hacia el pecho sin preguntar si estoy listo.
El periódico Granma del domingo pasado me deja el lateral de la camisa con una huella grasa rectangular del tamaño de un titular.
Hoy a las ocho y cuarenta, cuando abra la puerta a Marisol Prieto Ferrer, yo voy a llevar, en el costado izquierdo de la camisa, un pasaje entero de la sección de cultura del Granma grabado al aceite.
No me preocupa. Me preocupa la cantidad exacta de cosas que voy a tener que no comentar en los próximos tres días.
—Mamá, ya. El abrazo.
Mi madre termina de subir el último escalón del andén. Suelta el bolso grande. Y me abraza.
Abraza con la intensidad con la que abrazan las madres camagüeyanas que no han visto a un hijo en once meses.
El abrazo dura siete segundos. Yo cuento.
Mi madre, dentro del abrazo, ha olido al mismo perfume de agua de colonia con jazmín que lleva desde mis diez años.
Se separa. Me pone las dos manos en las mejillas.
Me mira con esa mirada de inventario que solo ponen las madres cubanas.
—Mijo, has adelgazado.
—Mamá, peso lo mismo que hace tres meses.
—Mijo, has adelgazado.
—Mamá, te digo que no.
—Mijo, no discutas.
—No discuto.
—Mijo, déjame mirarte. Tienes ojeras.
—Mamá, son las nueve de la mañana.
—A las nueve de la mañana, a tu edad, no se tienen ojeras si se duerme. ¿Tú duermes?
—Mamá.
—¿Tú duermes con tu esposa?
—Mamá.
—Mijo, es una pregunta natural. Tu padre y yo dormimos treinta y ocho años en la misma cama hasta que él se murió, y las ojeras se nos repartían entre los dos. Ojeras compartidas es ojeras divididas. Tú tienes ojeras enteras. Es un dato matrimonial.
—Mamá, Marisol y yo estamos muy al principio.
—Muy al principio, mijo, es cuando más se duerme juntos. Luego ya viene la costumbre y uno duerme de espaldas. Ahora, al principio, tú no deberías tener ojeras. A no ser que.
—Mamá.
—A no ser que ya estéis con problemas.
—Mamá.
—Mijo, ¿estáis con problemas?
—No, mamá.
—¿Segura la respuesta?
—Segura.
—Entonces dormís mal. Y eso se arregla con un té de tilo antes de la cama.
—Mamá, vamos al taxi.
—¿Y tu esposa?
La pregunta llega en el segundo veintidós después del abrazo.
La tengo cronometrada. En la versión optimista, llegaba en el sesenta.
En la versión realista, en el cuarenta. En la versión pesimista que escribí mentalmente a las seis de la mañana, en el quince.
Veintidós es una cifra intermedia que mi madre ha calibrado con precisión de relojera suiza.
—Mamá, está trabajando. Tiene juicio a las diez.
—Mijo, ¿en serio tiene juicio a las diez o tú quieres que no la conozca todavía?
—Mamá, tiene juicio a las diez. La conoces esta noche.
—¿Viene a cenar?
—Viene a cenar.
—¿Tú cocinas?
—Yo cocino.
—¿Qué cocinas?
—Lo que tú quieras, mamá.
—Mijo, lo que yo quiera no. Lo que te salga bien. Que para impresionar a una esposa que llevas ocho días conociendo hay que servir lo mejor, no lo más arriesgado. La novedad no impresiona. La solidez impresiona.
—Mamá, ¿tú cómo sabes que la conozco ocho días?
—Mijo, no me preguntes.
«Ya. Sigue cargando huevos».
Cojo la primera maleta. Es la más grande.
Pesa veintitrés kilos, que es el máximo tolerado por Viazul.
Mi madre siempre viaja con el máximo porque considera que viajar sin maletas cargadas es desaprovechar el viaje.
La segunda maleta pesa diecinueve. La tercera, la pequeña, que según ella es solo de mano, aunque nunca la lleva en la mano, pesa once.
Total cincuenta y tres kilos de madre camagüeyana en tres maletas, más dos kilos de puerco, más treinta huevos, más un paquete lateral atado con cordel que no he identificado y que huele a algo fermentado.
—Mamá, ¿esto?
—Un pedazo de queso añejo. Del Corojo, del del diecinueve.
—¿Del año dos mil diecinueve?
—Del mes de diciembre del diecinueve.
—Mamá, el queso tiene seis años.
—Mijo, el queso se puede comer con seis años. En Francia se les paga el doble.
—Mamá, no estamos en Francia.
—Razón de más para saber aprovecharlo.
—¿Y cómo sabes que la conozco ocho días?
—Mijo, Yudisleydi me pasó una foto ayer por la noche.
—¿Qué foto?
—Una foto que tomó Doña Odalys del Vedado desde el balcón de su casa el lunes por la noche, cuando tu esposa salía del paladar a la una y cinco de la madrugada.
Doña Odalys la subió al grupo Vedado Informa.
Yudisleydi está en ese grupo porque lleva seis meses pensando mudarse al Vedado.
Me mandó la foto con un mensaje que decía tía, mire a quién se ha casado el primo Leandrito.
—Mamá.
—Mijo, la niña es bonita. Y tiene estructura. Que es lo que se valora en Camagüey.
—Mamá, Marisol no sabe que tú lo sabes.
—Mijo, yo me hago la sorprendida esta noche. Es un arte camagüeyano. Lo domino.
—Mamá, por favor.
—Mijo, relájate. El primer día es protocolo. El tercero es cuando ya se avergüenza con confianza.
—Mamá.
—Mijo, ¿y para cuándo un nieto?
—Mamá…
—No me mires así, mijo. Tu padre se murió sin nieto. Yo aguanto, pero hay una edad en la que una madre cubana tiene derecho a preguntar. Y la esposa esta es mayorcita. En Camagüey, a los treinta y dos ya nos preocupamos.
—Mamá, Marisol tiene treinta y dos, no cuarenta.
—Razón de más. Treinta y dos es ya.
—Mamá, vamos al taxi.
«Ya. Sigue cargando maletas».