CUATRO #2
—Marisol, esta mañana he recibido en el colegio profesional una llamada que no esperaba.
—Don Heriberto.
—La ha hecho el notario decano. A título personal.
Me ha preguntado si yo sabía que una de mis socias junior constaba, desde el lunes por la mañana, como esposa en un acta matrimonial registrada por una casualidad notarial que no me voy a tomar el trabajo de describir porque tú la conoces mejor que yo.
—Don Heriberto.
—Espera. Le he dicho al decano que sí, que lo sabía, con el aplomo con el que esta casa ha defendido a sus socios desde mil novecientos setenta y seis.
Luego he colgado. Luego he pasado diecisiete minutos mirando por la ventana pensando cómo era posible que yo, con cuarenta y cuatro años de profesión, me hubiese enterado del estado civil de una de mis socias por el notario decano.
—Don Heriberto, lo siento.
—No me pidas disculpas, Marisol. Dime lo que está ocurriendo.
Respiro.
Le cuento la versión profesional en cinco minutos exactos.
El poder notarial, las dos carpetas, la firma distraída, el loro, el notario Juliancito, el acta del lunes, la reunión del lunes por la noche con el presunto marido, el calendario de noventa días, la anulación por artículo cuarenta y cinco bis.
Omito la muletilla interior. Omito a Dagoberto por teléfono diciendo besos al marido.
Omito el chal de lino. Omito el roce de los dedos al pasar la copa.
Omito, sobre todo, la pregunta que Leandro Bermúdez Castillo ha dejado fuera del orden del día.
Nada de eso es información profesional útil.
Don Heriberto escucha sin interrumpir. Cuando termino, se recuesta.
—Marisol.
—Don Heriberto.
—Dos preguntas. Una profesional, otra personal. La profesional primero. ¿Esto te va a afectar al rendimiento entre enero y abril?
—No.
—¿Segura?
—Segura.
—¿Segura a pesar de que sabes, tan bien como yo, que la decisión sobre la socia senior de la promoción de julio se está tomando en estas semanas?
—Segura a pesar de eso, Don Heriberto.
Asiente. Toma la pluma otra vez. No la aprieta. La apoya sobre el expediente como un hombre que ha reservado el golpe.
—Segunda pregunta. La personal.
—Don Heriberto.
—¿Tú estás bien?
El pecho se me abre medio centímetro sin permiso.
En once años, Don Heriberto me ha hecho la pregunta personal dos veces.
La primera, cuando murió mi abuelo materno.
La segunda, cuando perdí un juicio que no debía perder en el segundo año.
Hoy, tercera vez. Don Heriberto no hace preguntas personales por hacerlas.
Don Heriberto las hace porque las respuestas le preocupan.
—Don Heriberto, estoy bien.
—¿Segura?
—Segura. Estoy molesta con mi abuela, cansada del lunes, y tengo la agenda del miércoles por resolver. Pero estoy bien.
—Tu abuela ha sido jueza civil cincuenta años. Las abuelas que han sido jueces civiles cincuenta años no firman por error.
Se me nubla medio segundo la mirada. Solo medio segundo. Él no lo nota porque está encendiendo, ahora sí, la pluma estilográfica y anotando algo en el expediente del que no soy parte.
—Marisol, resuelve el asunto en los noventa días sin ruido. Si necesitas reducir carga, me lo dices. Si necesitas que el bufete haga alguna gestión discreta en el registro, me lo dices. Si necesitas una tarde libre para pelearte con tu abuela, me la pides. Solo una condición.
—Dígala.
—No me vuelva a enterar de tu vida civil por el notario decano.
—Descuide, Don Heriberto.
—Puedes irte.
Me levanto. Me coloco la falda. Llego a la puerta. Antes de salir, él añade una frase más sin levantar la vista del expediente.
—Marisol, una cosa.
—Diga.
—El paladar ese, El Fogón de Leandro, hace un ajiaco razonable. Yo fui una vez, en el dos mil veintidós, con Isabel. Razonable.
—Don Heriberto.
—Hasta luego, Marisol.
—Hasta luego, Don Heriberto.
Cierro la puerta. Cruzo el pasillo hacia mi despacho con la sensación extraña de haber recibido, en los últimos once minutos, dos cosas contradictorias: una reprimenda profesional clara y un guiño paternal casi imperceptible.
Don Heriberto tiene setenta y ocho años de oficio en seis idiomas profesionales distintos y los maneja todos sin avisar.
«Marisol Prieto Ferrer, centra. Esto no cambia nada. Tienes tres audiencias esta semana y una mediación».
Entro en mi despacho. Encuentro a Lisette sentada en mi silla, con mis papeles delante, un café suyo en mi taza y una expresión que no es de clienta.
—Lisette, son las nueve y veintidós.
—Sé qué hora es.
—Estás en mi silla.
—También lo sé.
—Lisette, levántate.
—Mari, siéntate tú. Tengo cosas que decirte y no te las voy a decir con el mostrador de Zeneida entre nosotras.
Me siento en la silla de las visitas de mi propio despacho. Se siente raro. Lisette Ocampo Duarte empuja por encima del escritorio un papel doblado en cuatro.
—¿Qué es esto?
—Una apuesta del grupo de WhatsApp de las compañeras del bufete. Van cinco. Tengo obligación moral de informarte.
—Lisette, no.
—Mari, sí.
Desdoblo el papel. Cinco nombres manuscritos con cifras al lado.
Cinco cantidades en pesos cubanos. Un encabezado: apuesta sobre el destino de Marisol Prieto Ferrer en el asunto matrimonial.
Abajo, cinco columnas con una pregunta distinta cada una.
Fecha de anulación. Descubrimiento del engaño de la abuela.
Aparición de suegra. Encuentro sentimental imprevisto. Posible boda de verdad.
—Lisette.
—Mari.
—¿Tú has apostado?
—Veinte pesos.
—¿Dónde?
—Donde no te voy a decir.
—Lisette Ocampo Duarte.
—Mari, no te enfades. Es un tejido social natural del bufete. Siempre lo hacemos. Con divorcios, con juicios, con embarazos de Zeneida la del diecisiete, con herencias. Esto es el capítulo uno de una serie que se va a escribir sola. Nadie puede no apostar.
—¿Y lo de la pasante?
Lisette se queda medio segundo parada.
—¿Qué de la pasante?
—Lisette, la pasante me ha saludado a las nueve y seis con buenos días, señora Bermúdez. Zeneida me ha confirmado que fue idea tuya. Me dio instrucciones de tono natural frente al espejo durante la noche.
Lisette se tapa la cara con las dos manos diez segundos. Cuando las baja, tiene los ojos un poco húmedos del esfuerzo de no reírse.
—Mari, yo.
—Lisette.
—Mari, era para entrenarla. Se supone que no podía.
—Te voy a pedir una sola cosa.
—Dime.
—Pídele disculpas tú a Yasmín antes del almuerzo. Porque la niña ha llegado el lunes y tú la estás usando como munición.
Lisette baja la cabeza tres segundos. Cuando la levanta, la cara se le ha reorganizado. Ya no es de amiga pícara. Es de amiga a la que acaban de poner delante de una línea que no había visto.
—Mari, tienes razón. Voy a hacerlo.
—Gracias.
—¿Y conmigo?
—Contigo, cuando te perdone, te perdono entera.
—Mari.
—Sigamos con el resto. Dos cosas. Una, me borráis de los mensajes del grupo. No quiero saber. Dos, no hay posible boda de verdad.
—Mari, la columna existe.
—Borradla.
—Yadira dice que no la borremos.
—¿Yadira lo sabe?
—Yadira lo sabe desde el lunes por la noche a las doce menos cuarto, porque yo le envié el vídeo del ascensor.
—¿Qué vídeo del ascensor?
—Mari, olvídalo.
—Lisette.
—Mari, respira.
Respiro. Dos veces. Larga y corta. Lisette, en mi silla, en mi despacho, con la camisa azul marino que la favorece y los dos pendientes pequeños que le regaló Yandriel, me sostiene la mirada con la lealtad inmensa que solo dan trece años de amistad habanera.
—¿Él cómo es?
—¿Quién?
—El chef, Mari. ¿Quién va a ser?
—Lisette, te dije el lunes que si te interesaba llamaras a la apuesta.
—Mari, no evadas.
—Es alto. Sabe cocinar. Tiene un sous-chef que se llama Reinaldo que vale el triple de lo que le pagan. Abrió una botella de Pinar a las once de la noche. Hablamos dos horas y tres minutos. Calendario de noventa días cerrado por cláusulas.
—No me has descrito a un marido. Me has descrito un contrato.
—Eso era. Un contrato.
—Tienes polvo en la manga del traje del lunes.
Bajo la mirada. Me miro la manga derecha. Una manchita discreta, casi invisible, probablemente harina del paladar. Pasó por mi lado cuando Leandro rodeó la barra. No la había visto hasta este momento. Llevo el traje al tinte el jueves por la noche, sin falta.
—Lisette, salgo a las dos para la audiencia Acuña.
—Mari, cambias de tema.
—Cambio de tema. Fuera de mi silla.
Se levanta con una sonrisa que ya es de amiga, no de abogada. Rodea el escritorio. Me besa en la coronilla con la rapidez de una madre cubana imprevista. Sale. Cierra la puerta.
Me siento. Miro la manga del traje del lunes, que efectivamente lleva una manchita de harina que no había visto en dos días. Paso el pulgar encima. La harina no sale. Lo archivo.
A las dos y diez salgo del bufete a pie para ir andando al juzgado de la calle Teniente Rey. La calle Obispo a estas horas está cargada: turistas con mapas, cubanos de almuerzo tardío, un organillero con un gato en la cabeza que la semana pasada cobraba dos euros por foto y esta semana cobra tres.
A veinte metros del portal del bufete, apoyado contra la pared del edificio vecino, con una camisa color arena y un pantalón oscuro, está Leandro Bermúdez Castillo.
Me detengo tres pasos antes de llegar. Él se separa de la pared. Se acerca. Lleva en la mano derecha un sobre de papel de estraza pequeño, cerrado, sin sellos.
—Señorita Prieto.
—Señor Bermúdez. ¿Qué hace usted en la calle Obispo?
—Necesito informarle de una cosa. Preferí hacerlo en persona.
—¿Qué cosa?
—Mi madre no baja el jueves.
—Bien. Se retrasa.
—Adelanta.
—Señor Bermúdez.
—Ha cambiado el billete esta mañana. Baja mañana a las nueve.
Me quedo medio segundo parada en mitad de la acera. Una turista con una cámara me hace foto a traición porque se cree que soy una habanera típica. No lo soy. Hoy concretamente no lo soy.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—Tres días.
—¿Tres días de Niurka Castillo en La Habana?
—Esa es la previsión oficial.
—¿Cuál es la previsión realista?
—Dos semanas.
—Tengo que estar mañana a las nueve en su apartamento.
—Preferiblemente a las ocho y cuarenta.
—Señor Bermúdez, tengo una reunión a las diez en el bufete.
—Cancélela.
—No puedo cancelarla.
—Pues cámbiela de hora.
—Señor Bermúdez, lleva usted ocho palabras dándome órdenes.
—Lo sé, señorita. Disculpe. Es el nerviosismo.
—¿Usted se pone nervioso por su madre?
—Mi madre pone nerviosos a los tres kilómetros a la redonda con solo pensar.
Se me escapa, por segunda vez en dos días, una risa involuntaria. Breve. La sostengo medio segundo más de lo que hubiera querido. Él me extiende el sobre pequeño de papel de estraza.
—Para que lo tenga cuando llegue.
—¿Qué es?
—La llave de la puerta principal del apartamento de Línea. Por si yo no he llegado a las ocho y cuarenta.
Cojo el sobre. Pesa lo que pesa una llave. Me lo guardo en el bolso. Leandro me sostiene la mirada dos segundos más. Luego asiente. Se aparta del camino.
—Hasta mañana, señorita.
—Hasta mañana, señor Bermúdez.
Sigo caminando por Obispo hacia el juzgado.
A los seis pasos, giro la cabeza por reflejo.
Leandro ya no está en la acera. Solo queda la pared del edificio vecino, el organillero con el gato y una turista alemana apuntando con la cámara a un cartel comunista de los años setenta que ha sobrevivido a varios regímenes estéticos.
«Marisol Prieto Ferrer, tienes en el bolso la llave del apartamento de un hombre con el que estás casada legalmente y al que conoces desde hace treinta y ocho horas. Esto, en tribunales cubanos, tiene un nombre. Y no es trámite administrativo».
Llego al juzgado a la audiencia Acuña con un minuto de retraso.
A las ocho y veinte de la tarde, en mi apartamento de calle 23, con el traje del lunes al fin colgado en el perchero de la lavandería y una copa de vino blanco en la mano que no se ha ganado, abro el sobre de estraza de Leandro sobre la mesa del salón.
Dentro, la llave.
Una llave normal. Amarilla. Mediana. Con una pequeña muesca lateral en la parte baja.
Y un papelito.
Un rectángulo blanco pequeño, doblado por la mitad, con una caligrafía de cocinero que ya reconozco.
Ocho y cuarenta. Café hecho. Mi madre estará en el salón hablando sola. No se asuste.
Lo leo dos veces. Lo vuelvo a doblar. Lo pongo encima de la llave. Me siento en el sofá con la copa.
Llevo cinco años viviendo sola en este apartamento. Cinco. Me divorcié a los veintisiete. Me quedé aquí con la cama, el sofá, la mesa del salón, dos lámparas y un silencio que me costó trabajo llamar mío durante los seis primeros meses. Luego ya sí. Luego ya fue mío.
Esta noche, el silencio del apartamento no es mío.
El papelito, sobre la mesa, no está escrito para una abogada.
Está escrito para una mujer a la que, mañana por la mañana, le van a abrir una puerta que no es suya en un barrio que no es suyo para interpretar una esposa que no es suya delante de una suegra que sí es suya, legalmente al menos, durante al menos cuarenta y ocho horas.
No es una escena.
Es una vida prestada.
Bebo del vino blanco. Dejo la copa. Me llevo las rodillas al pecho.
Pienso en la foto de Miami Beach, en mi padre de espaldas, en la playa de cuatro años.
Pienso en una abuela jubilada que no firma por error.
Pienso en una pasante de veintidós años ensayando buenos días, señora Bermúdez frente a un espejo.
Pienso en Yadira con la mandíbula medio centímetro tensa.
Pienso, por último, en la frase que no le he dicho a nadie en once años, ni siquiera a Lisette, ni siquiera en el Dandy a las tres de la madrugada después de tres copas de malbec argentino de importación ilegal.
«Marisol Prieto Ferrer, hace cinco años que no te pregunta nadie si estás sola».
Me la digo bajito. Solo para mí. El apartamento me la devuelve en un eco que no existe.
Apago la luz del salón a las nueve y seis. No ceno.