CUATRO
Subo las escaleras del bufete a las nueve y cinco con el café de la cafetería del portal en la mano derecha, el bolso en el hombro izquierdo y una ligera sensación de que la calle Obispo me mira esta mañana con una curiosidad excesiva.
Un carretillero que pasa cada día a las nueve sin saludarme hoy ha inclinado la cabeza.
La señora que vende periódicos en la esquina me ha preguntado por mi abuela con una precisión demasiado focalizada.
El portero del edificio vecino me ha dicho doctora, qué alegría verla con un tono que no corresponde al martes anterior.
«Marisol Prieto Ferrer, o es tu imaginación, o la calle Obispo ya tiene la noticia».
Llego al tercero. Abro la puerta del bufete.
El olor habitual de café recién hecho, papel, madera lacada.
La radio baja sintonizada en Radio Reloj dando la hora exacta a alguien que no tiene reloj.
Zeneida Palenzuela está detrás de su mostrador con los ojos puestos en la pantalla, pero yo sé perfectamente que lleva esperando mi entrada desde hace cuarenta minutos.
La pasante nueva, la que llegó el lunes del Isa de Derecho, levanta la vista desde la mesa auxiliar donde archiva expedientes. Sonríe. Demasiado amplia. Demasiado temprana.
—Buenos días, señora Bermúdez.
Tres palabras.
Las tres palabras más cortas que se puedan recibir antes de las nueve y seis de un miércoles cubano.
Y las tres palabras que no se reciben en el mejor sitio posible, porque la recepción del bufete Delgado-Armenteros, a las nueve y seis de un miércoles, no está vacía.
Hay público.
En la sala de espera, a dos metros del mostrador de Zeneida, están sentadas dos personas a las que reconozco por el rabillo del ojo antes de poderlas procesar del todo.
La primera, Doña Rosario Betancourt, viuda del general Betancourt, setenta y ocho años, clienta del bufete desde mil novecientos ochenta y cuatro, que viene cada miércoles a las nueve a que Don Heriberto le actualice la testamentaria y que, en los intervalos, se dedica a perfeccionar el rumor habanero con una eficacia que le envidiaría el diario Juventud Rebelde.
La segunda, apoyado contra la ventana con un sobre de mensajería entre las manos, el motorista de la notaría decana.
Un muchacho joven que no me conoce a mí pero sí conoce la hoja de ruta de los rumores del colegio profesional.
Detrás de mí, en el umbral, acaba de entrar otra persona. No la oigo. La deduzco: el aire ha cambiado un grado la corriente del pasillo. Probablemente un cliente de Yadira.
Cuatro personas ajenas al bufete. Cuatro. A las nueve y seis.
Doña Rosario levanta la vista del ejemplar del Granma del martes que tiene abierto sobre las rodillas sin intención real de leerlo.
Me mira. Mira a la pasante. Mira otra vez el Granma.
Vuelve a mirar a la pasante. Sonríe medio milímetro.
Es una sonrisa que no es benevolencia; es archivística.
Está guardando la frase para más tarde. Para las once de la mañana, en su salón de la calle Línea, delante de dos amigas que llevan setenta años esperando saber algo nuevo de cualquier bufete de La Habana Vieja.
El motorista, por su parte, no sonríe. Baja el sobre. Saca un lápiz. Apunta algo en una esquina del albarán que no es horario de entrega. Es tres sílabas. Las mismas tres sílabas.
La persona que acaba de entrar por detrás, que ahora identifico por la voz en cuanto carraspea, es un cliente de Yadira, Gerardo Cuadrado, empresario de la importación de repuestos, cubano de Miami, cincuenta y cinco años, con una costumbre social que yo conocía de dos cenas del colegio: si hay un chiste a mano, lo coge.
—Ah —dice Gerardo Cuadrado desde el umbral—. ¿Hay boda en esta casa?
No lo dice fuerte. Lo dice con el volumen perfecto de las indirectas cubanas, el volumen que oyen exactamente las cinco personas que tienen que oírlas y no las que están al fondo.
Doña Rosario se ríe bajito. No es una carcajada; es una tos feliz.
La pasante se da cuenta en tiempo real, demasiado tarde, de que lo que estaba ensayando en voz baja durante cuarenta minutos con Lisette y Zeneida ha sonado, dicho en voz alta, más raro de lo previsto.
Se pone roja. Mira a Zeneida. Zeneida no la mira.
Zeneida teclea. Zeneida es, a estas alturas de la mañana, una estatua profesional.
—Perdón, doctora. Perdón. Doctora Prieto. Buenos días, doctora Prieto.
«Marisol Prieto Ferrer, seis testigos externos. Contabiliza después. Reacciona ahora».
Me giro noventa grados. Medio cuerpo hacia Gerardo Cuadrado en el umbral, medio hacia la sala de espera. Me coloco el bolso en el hombro con la precisión de una audiencia.
—Señor Cuadrado, buenos días. No hay boda. Hay una confusión administrativa que me están ayudando a archivar. Como ve, un equipo diligente.
—Doctora Prieto.
—Señor Cuadrado. Pase a la sala de reuniones, que la doctora Soto le atiende en dos minutos. Zeneida, acompáñele, por favor.
—Enseguida, doctora.
Gerardo Cuadrado, que no contaba con respuesta directa, baja el volumen y asiente.
Pasa hacia la sala de reuniones. El motorista, que ya había apuntado sus tres sílabas, se endereza contra la ventana con la discreción de quien sabe que lo han fichado.
Doña Rosario me sostiene la mirada dos segundos más de la cuenta.
Yo también se la sostengo. No voy a ceder el rellano delante de seis testigos externos a una anécdota que tiene cuarenta y seis horas.
—Doña Rosario.
—Doctora.
—¿Café?
—Ya me lo ha servido Zeneida, doctora. Gracias.
—Que siga disfrutándolo.
Vuelvo a la pasante. Bajo el tono dos centímetros.
—Yasmín.
—Dígame, doctora.
—¿Cómo se llama usted?
—Yasmín Pérez Echevarría.
—Cuando alguien te diga en esta oficina que digas señora Bermúdez a alguna doctora, tú preguntas primero a Zeneida si esa doctora admite el apellido de casada. Ahorras muchos lunes.
—Sí, doctora.
—Y la respuesta, en mi caso concreto, es no.
—Sí, doctora.
—Siga archivando.
Yasmín baja la cabeza y archiva un expediente que ya está archivado. Zeneida, detrás del mostrador, suelta un microtramo de aire que en su código privado significa yo la avisé, doctora. Me apoyo dos segundos en el mostrador. Mantengo la sonrisa de oficina, que es la sonrisa que no llega a los ojos.
—Zeneida.
—Doctora.
—¿De quién ha sido la idea?
—No me consta, doctora.
—Zeneida.
—De la doctora Ocampo. La doctora Yadira también estaba en cc. Se lo envió a la pasante por WhatsApp a las ocho y doce con la instrucción literal de usted entrena tono natural frente al espejo.
—Zeneida.
—Doctora.
—Gracias.
—De nada, doctora.
Cojo el café. Cruzo el pasillo hacia mi despacho.
A mitad del pasillo, la puerta del despacho de Yadira está entreabierta.
Desde dentro se oyen dos voces femeninas conteniendo una carcajada con el esfuerzo aparatoso que se pone en las carcajadas que se saben mal pagadas.
La puerta se abre del todo cuando paso por delante.
Aparece Yadira Soto Baldomero, cuarenta años, matrimonialista como yo, con un expediente en la mano que usa de coartada.
—Doctora Prieto.
—Doctora Soto.
—La espero a las nueve y media en mi despacho para la consulta de Guantánamo.
—A las nueve y media.
—Un detalle.
—Dígalo aquí.
—Señora Bermúdez. Se me ha escapado. Le pido disculpas.
Lo dice con una voz que no pide disculpas.
Lo dice con la voz de las compañeras de promoción que han esperado once años una ocasión como esta.
Yadira fue la primera que no me felicitó en dos mil veinte cuando me nombraron junior senior seis meses antes que a ella.
Hoy, por primera vez, tiene algo con lo que compensar la asimetría.
—Aceptadas, doctora Soto.
—Gracias.
—Una cosa.
—Dígame.
—Si el se me escapa se le escapa a usted más de tres veces este trimestre, le cuento al doctor Armenteros lo del expediente Salgado, que usted y yo sabemos cómo se cerró.
Se le tensa medio centímetro la mandíbula. Solo medio centímetro. Lo he visto antes en las testigos pagadas. Lo recompone enseguida.
—Entendido, doctora Prieto.
—Nos vemos a las nueve y media.
Sigo. Paso por delante del despacho de Lisette sin mirarla.
Ella está hablando por teléfono con un cliente o fingiendo hablar con un cliente.
Da igual. Entro en mi despacho. Cierro la puerta.
Dejo el café sobre la mesa. Me quito los guantes finos de conducir que llevo estos días porque las mañanas son frescas, uno por uno, con un cuidado innecesario.
Cuento hasta cinco. Cuento hasta diez. Respiro.
«Marisol Prieto Ferrer, el bufete tiene la noticia. Tú tienes tres audiencias esta semana. Ponte a trabajar».
Llamo a Zeneida por el interfono.
—Zeneida, comunícame con Don Heriberto. Si está, ahora. Si no, en cuanto venga.
—El doctor Armenteros está. La espera a las nueve y cinco. Ya lo dejé anotado antes de que usted entrara.
—Por supuesto.
—Me tomé la libertad, doctora.
—Gracias, Zeneida.
Entro en el despacho de Don Heriberto. Cierro.
Don Heriberto Armenteros Delgado está sentado en su sillón de cuero, el que le regaló el bufete cuando cumplió veinticinco años de socio senior.
Sesenta y ocho años. Traje gris antracita.
Gafas al borde de la nariz. Sobre su mesa, un expediente abierto que no es el mío, una taza con el logo del colegio profesional y una pluma estilográfica que aprieta entre los dedos con la calma de un hombre que no sabe que está apretándola.
—Siéntate.
—Prefiero de pie.
—Marisol, siéntate.
Me siento. La silla de madera vieja que tiene reservada para socias junior rebeldes.
Me cruzo de piernas. Espero. Él deja la pluma.
Se retira las gafas. Se masajea el puente de la nariz.
Cuando vuelve a ponerse las gafas, me mira con la expresión con la que durante once años me ha comunicado ascensos, broncas, clientes de altura y dos o tres malas noticias personales.